sábado, octubre 14, 2006

OSVALDO AGUIRRE





Escribo en mi casa, en papeles sueltos o en cuadernos, a mano. En principio tomo notas y luego a partir de esas notas, de algunas de esas notas, surge determinada escritura. Por lo común estas notas están relacionadas con conversaciones, o son registros de situaciones mínimas o de relatos. Luego, no importa si es de día o de noche, pero sí que haya un cierto silencio, el silencio necesario para que esas palabras que están apareciendo cobren fuerza y se hagan oír. Para mí escribir es vivir en otra lengua. Recuerdo una vez que hablé con Mario Levrero, el día siguiente al que él terminara de escribir una novela; Levrero me decía que se había ido a vivir a esa novela. Bueno, en determinado momento, llegado a lo que considero puede ser la versión final, paso el texto a la computadora. En cierto sentido yo pienso la escritura de poesía de modo análogo al trabajo agrario.Aclaro que mi familia proviene del campo (y en parte ha vuelto, ahora, al campo) y al escribir poesía, en general, escribo sobre el campo. No obstante, yo no tengo tanto una experiencia directa del campo como de los relatos que he escuchado desde chico sobre el campo, sobre las cosechas, las tormentas, los animales domésticos y los animales salvajes, ciertos personajes fantásticos, etcétera. Pero volviendo a lo anterior: pienso que también yo hago mi "campaña" –como se dice en el campo-, que cada año, entre la primavera y el otoño estoy madurando determinada cosecha.
El plan aparece cuando esas notas van tomando cuerpo en un posible poema. No refiere a ninguna investigación ni lecturas en especial, es sólo definir cómo se va a estructurar el texto, cómo sería el cierre, qué tipo de voces se están tramando.Voy haciendo lecturas, pero no están referidas directamente a lo que escribo sino al hecho de escribir, "el oscuro desafío que me enciende", como diría Juan Manuel Inchauspe. Sí, los dejo descansar forzosamente, ya que publico de vez en cuando. En el 2000, por ejemplo, publiqué un libro, El General, que había escrito siete años antes. Y ahora estoy por publicar otro libro que empecé a escribir hace nueve años. En algunos casos –por ejemplo, en El General- prácticamente no hice corrección después del tiempo que dediqué a su escritura. Hay un modo, pienso, de dejar tranquilo a un texto, de advertir que ya no necesita de uno o que en todo caso es imposible corregirlo; y es cuando uno ya no puede entrar en ese texto. Cuando uno termina de escribir algo –y digo "termina" en el sentido literal- comienza a convertirse en un lector de ese texto, el texto se va volviendo extraño a uno, y uno mismo se aleja del texto. En ese sentido, aunque lo haya escrito, uno es como cualquier otro lector. Me pasa, con algunos poemas (y también con reseñas o artículos que hice), de sentirme absolutamente extraño, de desconocerme; no porque abjure de esos textos sino porque no sé, no comprendo qué me pasaba por la cabeza al momento de escribirlos. Es decir, lo he olvidado. Y agradezco el olvido, porque, como dice Barthes, es porque olvido que leo, y que escribo.
La corrección, cuando la hay, significa para mí ajustar el sentido de las palabras, el sonido de las palabras que uno asocia. Atenuar algún exceso. El sentido de la corrección también cambia con el transcurso del tiempo, uno no hace siempre el mismo tipo de correcciones, depende del trabajo que se proponga hacer con la lengua y con el poema. En algún momento me propuse trabajar sobre las posibilidades poéticas de determinados procedimientos narrativos. De la narración. Me propuse reinventar una lengua familiar, casera. Una lengua a la que sentía perdida, aunque a la vez sabía que nunca existió como yo la practicaba.
Sentí que tenía como un legado, y que ese legado se materializaba en dos libros, un libro de mi abuelo y un libro de mi padre. El libro de mi abuelo es un viejo libro de contabilidad que inició mi bisabuelo para registrar el movimiento del campo y que luego, abandonado y convertido en borrador, fue el lugar donde mi abuelo aprendió a escribir, donde ensayó su firma, donde transcribió canciones e hizo otros ejercicios de escritura.
El libro de mi padre es un herbario, que todavía conservo (como el libro de mi abuelo), con todas sus muestras (aunque ya secas, claro) y sus descripciones, los pequeños relatos sobre los ejemplares que había recolectado. Por eso he estado atento a las palabras y los modismos rurales que he escuchado, a las modulaciones de una lengua estereotipada y a la vez, no sé, sabrosa. Ahora, aun con esa misma lengua, quiero salir para otra parte.
La poesía se me aparece como un camino, un camino con vueltas, donde es raro cruzarse con alguien.
OSVALDO AGUIRRE
POEMAS DEL LIBRO INÉDITO "CAMPO ALBORNOZ"


Nota

Campo Albornoz era el nombre de una estancia en el sur de Santa Fe. No sabría ubicarla en el mapa, porque fue fraccionada y desapareció. Sin embargo, sobrevivió en el habla de personas que siguen situándola como punto de referencia, aunque no exista. Es decir que se trata de un lugar del lenguaje, no de la geografía.
O. A.


Campo Albornoz
I


Con un silbido largo
llamaba al Lucero
para ir echando putas
hasta el pueblo.
Ya en la última hora,
antes de salir al patio
y entonar como dormido
las estrofas de Aurora,
sus ojos picaban
por la calle ancha.
Era la palma de su mano
y se animaba al primero.
Listos, en sus marcas,
a ver quién gana, a ver
quién llega a la estación
para saludar el paso
del lechero;
a ver quién en la plaza
y el último
cola de perro.
La señorita
se quejaba de la tierra
y decía que mañana.


II

Quién te corría, digo,
sino el campo florecido
en el mediodía de verano,
los cuises asomados al borde
de la cuneta, intrigados
por semejante apuro,
los teros, que alzaban vuelo
a los gritos, como si dijeran
"aquí no se puede estar
tranquilo", cruzaban la huella
y se posaban del otro lado
y al rato, con quejas y reclamos,
volvían al punto de partida:
"esta es la última vez", decían.


III


En Campo Albornoz,
departamento Constitución,
provincia de Santa Fe
-escribió el sumariante-,
la señorita de tal,
directora de la escuela
rural, declara.
Desde el pueblo siempre
por la calle de la estación
llegaba en sulky
-tenía una capota roja
para sol del verano,
heladas o temporales.
Paraba en chacras
o por el camino
a esperar alumnos,
apuraba a la yegua
y ocho menos cuarto
podía llamar a fila
ante la bandera y dar
los buenos días
donde ahora no se oye
voz humana ni corre
más que el viento,
o el simple abandono,
ni hay cosa que diga
de nuestra vida.
Todos los grados
a su cargo, de marzo
a noviembre, años
y años sin falta:
salvo esa mañana
en que hallaron
bajo el sauce
al viejo que cuidaba,
frito de una puñalada.


Diario íntimo

En su cuaderno anota
el día de siembra
y la verdad de la cosecha,
la fecha y el monto
de cada lluvia, aclara
si hubo piedra y otra:
qué daño quiso hacer.
No se hace líos
con tantos números
pero a fines de marzo
como maleta de loco
lleva ese cuaderno,
uno que guarda
de la escuela rural,
forrado con papel araña.
Mide el agua caída
en la quinta
y al final de la trilla
compara las cifras
de la campaña presente
y la campaña pasada,
y otra: saca cuentas
del rinde por cuadra.
Y tiene una letra
tan clara que parece
dibujar sobre las líneas
de la hoja, bien parejos,
los surcos de soja.


Vademécum

Se aplica un sapo
-la parte de la panza
fría- y el dolor
de muelas pasa.
Un caldo liviano
es santo remedio
para ir de cuerpo,
dar una vuelta
a la casa apenas
uno se levanta
de la mesa cura
la falta de sueño.
Con telarañas
las cascaritas
no arden ni sangran
y si se agrega
algo de barro fresco
se acabó el llanto:
nadie se rasca
las ronchas que dejan
hormigas, tábanos,
abejas. Y la tos
se va con tomas
de agua y miel
cada cuatro horas
en cucharita de té.

Bizcochos

Te voy a dar algo,
dice, que en la ciudad
imposible de conseguir.
Son los bizcochos
de dulce de leche y coco
que él mismo hace.
Ofrece una bandeja
con sonrisa bien ancha.
Antes, se jacta, por la zona
repartía bochas como ésa
-y qué galletitas, qué masas:
una delicia. Hasta decir
basta, hasta que se cansaba:
salía antes que las gallinas,
con la chata rebalsada
y en una de esas llegaba,
capaz, a San Nicolás.
Entonces algo fallaba
en él, ya la semilla
del desastre de su vejez.
El bulto del cuchillo
que calzaba y hacía ver
por gusto. O las gansadas
tremendas para disculpar
el susto y los diálogos
y entreversos que mantenía
consigo mismo:
"-¿Cómo?
¿Si vienen de lo profundo
del maíz?
-Me roban, ¿y?
-¡Y no sé qué más!
-¿Cómo?"
El negocio se conserva,
ese es su orgullo,
aunque algunas vitrinas
desnudas, y tiene espacio
de vicio. A la madrugada
da vueltas al lado del horno,
más que nada por costumbre,
y la mujer que le ayuda
se aburre de estar sentada.
Es cosa de locos, los pocos
clientes son viejos sin dientes,
y encima la competencia
bolacea que sus manos
tratan la harina más barata.
Pero quién aguanta ahora
las bromas de otra época,
las carcajadas a solas.
El pan se vuelve piedra,
ya nadie se extraña, y él
amasa lo justo, o menos,
de martes a viernes,
y en fiestas y fin de semana
agrega los bizcochos,
unas cuantas docenas.


Alemanes

Son dos gotas de agua,
mejor dicho de aceite
y grasa.
El trabajo y los años
los retocaron parejo:
gruesos, retacones,
la palidez de la cara
realzada por qué mugre
qué negros los mamelucos
y el pelo colorado, igual
que si un golpe de viento.
Los mismos callos
endurecieron sus manos
en el aprendizaje
de los misterios
que animan lo mecánico.
Hasta en la manera de ver
las cosas, como si un cable
invisible los uniera.
"Cómo anda -dice uno,
por la marcha de un Hanomag-:
Ése no nos da de comer".
Y el otro arranca apenas
un segundo después:
"no nos da de comer",
repite, los ojos deslumbrados
por la inteligencia del cascajo.
O antes: "Cómo anda",
y a lo mejor frena y deja
al otro seguir lo que él piensa.
Y los dos, al conversar,
inflan las mejillas
enrojecidas y tratan
de decir, con pausas,
las palabras completas,
como si tuvieran la boca
repleta de tuercas.
Conocen los tractores
y las trilladoras que les llevan
desde su salida de fábrica,
vida y obra de cada máquina:
cómo anduvo en campo
con humedad o qué fuerza
para desencajar un acoplado.
Sin necesidad de salir
de la fosa, por el motor,
el temblor del piso
o la tierra que levantan.
No les resulta ajeno
nada de lo mecánico.
Bien entrada la noche
se ve luz en el taller:
los dos siguen con trapos
embadurnados, y el aceite
y la grasa, como el tinte
más natural de la piel.


La despedida

Has sentido, en tu corazón,
el desprendimiento de una rama que cae.
Juan M. Inchauspe

En sus últimos días
se puso más flaca
y arisca que de costumbre.
Apática: la voluntad
le faltaba. Pero ni quejas
ni lágrimas alteraban
lo serio de su cara,
y no quiso que fueran
con ánimos o sonrisas.
Le preguntaban:
-Pero qué le pasa.
-Nada, nada –ella;
y eso si contestaba.
El reposo aconsejado
por el médico que no pidió
no calmaba su cansancio
y las plegarias de la extraña
puesta de compaña y vigilia
al Cristo crucificado
sobre su cabeza, lo mismo
que si escuchara llover.
Le costaba entender
los consuelos que le daban,
abrir los ojos y enfocar
algún objeto o silueta
en la pieza en sombras.
Más que acostarse
se hundía en la cama
como si ya estuviera
donde te dije.
La comadre afligida
por el agua, la ventilación
del cuarto y el olor
de las sábanas, y el médico
que, vaya novedad,
la veía desmejorada,
seguían la rutina del drama
y por eso se engañaban.



Ladrones

I

Era noche tan cerrada
que ni luciérnagas
siquiera y de pronto
los perros comenzaron
un escándalo.
Ladrones,
pensó.
Echaban chispas,
y hasta perder la voz,
como si un extraño
o los que van de chacra
en chacra con carne
envenenada o qué sé yo.
Se levantó de la cama
e intentó hacer luz
en las esterillas. Nada,
pero aquellos seguían.
A la mañana encontró
un pobre gato destripado
-quién sabe de dónde-
y en el patio, a la vista,
para que él supiera,
una comadreja, bah:
las patas y la cabeza.


II

Comenzaban el día
con mates en la cocina
y la radio para saber
los rindes de la lluvia.
Discutían si el agua
caída y el cielo, hacían
pronósticos por su cuenta:
lo normal después
de recibir la tormenta.
Hasta que ella, con luz
de alarma en los ojos,
helada de pies a cabeza,
pidió que bajara el volumen,
silencio, que no se moviera:
le parecía escuchar
algo raro en el camino.
Él le hizo caso
por darle el gusto nomás
pero enseguida vio:
no estaba loca, no,
eran voces, por lo menos
dos, que circulaban
a pocos pasos, oh.
Ladrones, dijo ella.
Y él, callado la boca,
dejó el mate y salió
con la escopeta a ver
un camión atravesado
entre huella y cuneta,
justo ante las casuarinas
de la puerta,
y dos vestidos de barro:
vecinos del pueblo
que tenían la ocurrencia
de salir al camino. Pero,
¿cómo, en qué cabeza?,
preguntaron, y todavía
esperan una respuesta.
OSVALDO AGUIRRE



Osvaldo Aguirre (Colón, Buenos Aires, 1964) vive en Rosario. Integró el Grupo de Arte Experimental Cucaño y estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Publicó los libros de poesía Las vueltas del camino (Tierra Firme, 1992), Al fuego (Tierra Firme, 1994) y El General (Melusina, 2000), las plaquetas Narraciones extraordinarias (Vox, 1999) y Ningún nombre (Dársena 3, 2005), las novelas La deriva (Beatriz Viterbo, 1996) y Estrella del Norte (Sudamericana, 1998), los libros de cuentos La noche del gato de angora (Fundación Ross, 2006) y Rocanrol (Beatriz Vierbo, 2006). Editó las obras poéticas de Arturo Fruttero y Felipe Aldana, publicadas por la Editorial Municipal de Rosario. Edita el suplemento Señales del diario La Capital, integra el consejo de redacción de Diario de Poesía y colabora (o ha colaborado) en Radar, Punto de Vista, Bazar Americano, Vox, La Pecera, El Jabalí, Hablar de poesía, La ballena blanca, Nadie olvida nada (San Salvador de Jujuy) y Ángel de lata (Rosario), entre otras publicaciones.

viernes, octubre 13, 2006

SANTIAGO ESPEL

El tiempo es tirano, y las obligaciones su brazo ejecutor; esto determina mis modalidades, mis hábitos de escritura, de manera unilateral. Por eso, hago todo lo que se detalla en la pregunta, y más, según la ocasión. Saber si esto es bueno o no, es materia de debate, o al menos de reflexión, considerando que yo no me "siento" a escribir poesía, sino que me "siento" cuando termino de escribir.
La poesía se escribe desde un alerta, desde una incomodidad, desde la adversidad.
El poeta no es un talabartero ni un programador de sistemas. Cuando llega el momento de corregir, ahí sí me siento, y trabajo, hago uso del oficio.
La poesía está inficionada de misterio; por eso sus procedimientos, sus modos de escritura están sujetos a ese mismo misterio.
Escribimos en los intersticios del día, de las obligaciones, de ahí la variedad de recursos, con y sin luz, con y sin ruido, en la computadora, en el papel, con frío o calor, con lluvia o melancolía, con viento o exaltación, con dolor o placer…escribimos como hacemos el amor.
Escribo, según se mire, poco…nunca más de 15 o 20 poemas al año…!!! Si se trata de un libro de poema único y extenso, es decir un libro articulado sobre una trama y encadenado, trabajo con un plan previo, incluso con la preexistencia del texto, es decir tratando de escribir aquello que me gustaría leer, y que de algún modo –misterio dixit- ya está escrito, y yo desentraño, rescato. Así escribí mis últimos dos libros: Isoca y Vulgata. Si son poemas independientes, confío más en la intuición, en la violencia del momento, en algo instintivo que está más en el cuerpo que en la cabeza, a diferencia de lo anterior, donde la cabeza manda.
Una vez más, ahora no tirano pero sí justo y benefactor, el tiempo determina qué poema se salva del estropicio y qué otro no. Corrijo mucho en la cabeza, antes de escribir. Doy muchas vueltas en torno a cada verso, lo leo en voz alta, lo reviso, su sentido y sonido, y por último veo si está justificado dentro del poema, si suma, si tiene valor autónomo. Hay versos de apoyatura y otros de relevancia; ese acople de acordes es el tejido del poema, su trama.Acordes menores y mayores combinados, indispensables, insustituibles. Por último reviso el poema entero, lo leo en voz alta, trato de ver dónde renguea, dónde corre y se afirma.
Mi procedimiento quedó, creo, dicho arriba, en esas urgencias y limitaciones espacio-temporales; puedo agregar algo: yo empiezo a escribir el poema dentro de una caja de seguridades, como una caja acústica y afinada, trabajo sobre lo que sé y conozco, digamos que utilizo mi "oficio"; después, cuando el poema está casi armado, lo monto sobre un rectángulo de vidrio, como quien calca una figura, y lo desplazo levemente, lo borroneo. Se trata de una distorsión, de una deformidad, un movimiento casi imperceptible por donde se cuela el misterio y corrompe la prolijidad del texto, lo fuerza, le da su sentido último y auténtico. Salgo del cuadro del oficio y lo abordo desde el misterio, lo retuerzo.
Mi vínculo con la poesía está en el cuerpo, en mi respiración, en mi ideario del mundo. Ningún poema ha cambiado el mundo, pero más de un poema ha mejorado mi vida…¿y por qué no la de los demás?

SANTIAGO ESPEL

POEMAS INÉDITOS

NI UNA COSA NI LA OTRA



Miento si digo que intenté la revolución.

No es verdad que puse una mesa patas arriba.

Tampoco le dije mire váyase a mi ex suegra.

No mordí la mano que me dio de comer.

Menos cierto es que estuve preparado

para rechazar los honores que nunca me dieron.

Y además, debo confesarlo, me costó

diferenciarme de los conspiradores.

En fin, que como multitud, fui un adicto del deseo.

Que como no pocos, transgredí con permiso.

Fui un tentado. Un idiota revulsivo. Un asco.

Eso sí: no vengan a decirme que todo esto me resbala.

No me vengan con el cuento

de que estoy grande para prender la mecha.

Menos que menos ustedes, jóvenes, viejos peripatéticos.




TEMA PARA UNA DES-COMPOSICIÓN



Peor que el olor, que las moscas, peor que la carne roja y plateada

en un cuadro de Bacon, peor, mucho más duro es el ojo de la vaca.

No es la mirada bovina que conocemos.

Ajena la vaca a la tragedia del matadero, a los camiones enrejados,

a la tipificación mitológica, ajena inclusive a sus múltiples metáforas literarias,

a su donaire de bestia pacífica, a la infame bucólica agraria;

…no…no, es peor, porque es una mirada que va por afuera de lo bovino,

por afuera de la desgracia o la suerte misma del animal.

La vaca está echada a un costado de la ruta, un bulto informe

y sanguinolento en una banquina en declive.

En lo que queda de piel, de pelo crespo, fue casi enteramente negra,

con geometrías blancas y manchas de grises irrelevantes.

A un costado, tumbada, igual que un mueble sin uso, como una mesa,

o un vehículo que hubiera desbarrancado, cuadrado y pesado,

torpe y guarango, con las patas aparatosamente estiradas hacia el cielo.

La vaca mueve el ojo como la traslación lenta de un planeta en su órbita.

Una mirada agresiva y blasfema, escrutadora;

a veces el ojo queda inerte en el paso lerdo de las nubes.

¿Hace cuánto que está ahí la vaca? ¿Cómo llegó ahí? ¿Tiene dueño esa vaca?

¿Estaba sana o estaba enferma al caer allí? ¿Ya no da leche esa pobre vaca?

El bicherío que le anda por el despojo del cuerpo se ha empezado a extender

entre las otras vacas; algunas ya pobladas de ese verde dorado de la mosca.

Muchas se sacuden la corta cola en el lomo ancho

para espantar el ir y venir zumbón de los bichos.

La vaca gira despacio su ojo y ve el desastre en ciernes.

De a poco van llegando veterinarios, lugareños, los primeros fotógrafos,

los cronistas acreditados y los esbirros de la gobernación.

El rumor de la vaca se extiende como la misma peste de la vaca.

Se cancelan rápidamente las inversiones, cae la cosecha, tiembla el mercado,

la bolsa retrocede, se ve amenazada la liquidez, cae el cambio por culpa de la vaca.

Raro…mientras…se mueren otras vacas, pero no la vaca del ojo aprensivo.

Consecuente, el ojo sigue la propagación del caos con lenta rotación.

Hay que hacer algo con la vaca que se nos muere, se nos está muriendo don,

dicen cabizbajos, algunos que llegan en fila con velas y cachimbas.

Otros discuten el límite del desastre, previsores, miden las consecuencias,

pesan la peste, suman y restan la muerte, calculan la indemnización,

miran de costado a la vaca y firman documentos extensos de letra chica.

Vienen luego los intendentes de signo opuesto a dirimir el litigio,

se reclaman airadamente las pérdidas millonarias, tiran la taba, se van a las manos,

y la vaca en tanto gira su ojo en torno y parece empecinada en no morirse.

Entonces, las moscas verde doradas se empiezan a animar con el gentío.

Llegan por fin los exegetas de la vaca y declaran un milagro;

un grupo de notables recaba información y delibera en círculo;

se componen odas y se instalan atriles para pintar a la vaca;

entonces pronto se llena de curiosos que se arriesgan al bicherío,

familias con barbijos y carteles de cartón en favor de la vaca;

otros de signo exaltado que vienen decididos a terminar con la vaca.

Se levantan unas carpas en la zona y se desvía la ruta en forma de herradura.

La prensa extranjera consigue acreditaciones sin garantías sanitarias.

El papa menciona a la vaca moribunda en su homilía.

Se multiplican las peregrinaciones espontáneas y el turismo prospera.

Crece la mortandad del ganado aledaño y muchos vecinos se apestan.

Algunos candidatos improvisan tarimas y exponen sus plataformas.

Y la vaca mientras tanto sigue sin morirse, mirando hondo y desde lejos.

El alboroto de la heterogénea aldea se hace más y más ruidoso.

El grupo más radical quiere sacrificar sin más demora a la vaca.;

algunos expresan en defensa razones humanitarias; otros hablan

del futuro de los hijos, de la tradición de la tierra y el respeto por los difuntos.

En algún sector se desata una gresca que levanta polvareda y represión.

El ojo de la vaca se agita, preso en ese cuerpo corrupto y tieso.

Hasta que en un momento, por encima de la disidencia generalizada,

la vaca suelta un mugido tan prolongado y agónico, tan único,

como sólo puede ser el que provoca el silencio más absoluto.

Y como todos creen que la vaca se muere, o que se está muriendo,

o que por fin acaba de reventar, de irse en ese mugido bestial,

se acercan y estrechan el multitudinario cerco en torno al animal

y comprueban con asombro que la vaca aún mueve ese ojo lento y aprensivo,

para clavarlo en ese otro ojo que ahora lee desaprensivamente este poema.



GANCHOS



La última mujer con la que estuve

me dejó la casa llena de ganchos

de carnicería.

Me fui dando cuenta de a poco,

a los días de quedarme solo.

Ganchos ahora vacíos

y oscilantes como horcas.

De esos ganchos, mi última mujer

colgaba toallas, corpiños, bufandas

y grandes pañuelos de seda.

De la seda emanaban

perfumes oscilantes como horcas.

Cuando me quedé solo,

de a poco fui escuchando

el tenue balanceo de los ganchos:

un acero sinuoso

cortando el aire.

Al fin, no me quedó otra

que descolgar los ganchos,

uno por uno, meterlos en una

bolsa y tirarlos al río.

Si un día de estos vuelve

por los ganchos

le voy a decir que vaya a dragar el río.

Me acuerdo que el último gancho

que descolgué era realmente grande;

tan grande como para resistir

el peso de un viejo caballo sangrante.



MUJER DE FE




No tuvo suficiente con la carta astral,

ni escarmentó con solari parravicini:

sin embargo espera que pase algo trascendente,

que florezcan los nardos por ejemplo,

que el gallo cante tres veces al día

o que las arañas resignen de una vez el patio;

espera, velando una vieja máquina de coser,

junto a un perro sin nombre ni apellido,

regando una higuera seca en un jardín vacío.



HOMBRE DE CIERTA FORTUNA



Entre los objetos de la descendencia encontró

dos corbatas, un título de propiedad de un terreno

en algún pueblo de la provincia, un reloj de oro,

una baraja española con mujeres desnudas

y una palangana de acero inoxidable.

Usó las corbatas durante veinte años;

por deudas inmobiliarias el estado terminó

por expropiarle el terreno;

empeñó el reloj para hacerse una dentadura de porcelana;

jugando, apostó la baraja y las mujeres desnudas y perdió;

finalmente, una tarde de lluvia en el balcón,

descubrió la sabiduría en el agua quieta de la palangana.



EL GIGANTE



Toda una vida elongando y sacando músculo

tenía que conducir al éxito más rotundo.

Al principio, fue cómico no comprender la idea de

perspectiva y proporciones durante la infancia;

siendo generosos, fue pintoresco y hasta artístico;

por último, sin casi poder evitarlo, ya adulto,

y con la malla negra ajustada al cuerpo, fue trágico.

Sin embargo, toda una vida de nutrientes

y abdominales tenía que redundar en vigor y destreza.

Pura fibra, decían unos. Poco cerebro, otros.

Indiferente, el gigante colgaba medallas de su cuello.

Adicto al anabólico y al elogio, sus músculos crecían.

Un día, en el gimnasio, por exceso de potasio

pisó una de las cáscaras de banana que constituían

parte de su dieta y resbaló, con tanta mala suerte

que golpeó su nuca contra la barra de una pesa.

Te dije que poco cerebro, decían unos, por lo bajo.

Pero qué músculos, decían los otros, compungidos.


TANGO



Un camión de bomberos rojo, como un juguete inmenso

con la cuerda rota y la sirena cortando el concierto de bocinas;

sin incendios a la vista, ni derrumbes, salvo la pelea casi

imperceptible de una pareja en el café de la esquina; la caída

seguida de rotura de una gran maceta de arcilla desde un

quinto piso que da al pulmón de manzana orientación oeste;

una colisión de escarabajos y su consecuente atascamiento

en el playón de una estación de servicio; la pérdida de nafta

súper de un bidón amarillo en la misma estación de servicio;

un hombre de campera de cuero negro que fuma de espaldas

al bidón mientras le pone gas al auto; dos monjas que cruzan

la avenida consustanciadas en algún diálogo privadamente divino;

un albañil en un piso 26 agitado por el viento contra los

cristales azules de un edificio colmena; un gorrión que acaba

de morir de un síncope por el choque de dos colectivos en

la esquina donde tiene su nido; el inminente encuentro de dos

nutridas columnas enfrentadas por el control del sindicato;

los bombos y bombas de estruendo que sacuden a los viejos

del geriátrico frente al que van a concentrarse las columnas;

la avalancha desopilante de naranjas y pomelos de la verdulería

sobre el cochecito de bebé que pasa justo con su madre apurada;

alguien que saca el cuerpo tapado de alguien y lo lleva a la morgue;

una ambulancia ululante que cruza a 70 km. por hora en rojo;

un supermercado coreano que está a punto de ser asaltado;

el temblor sofocante del subte con el paro sorpresivo de

los conductores y el bloqueo de los molinetes; esa señorita

que compra un helado de chocolate con fecha vencida;

los cuatro fibrosos ciclistas en línea que toman agua mineral

con las cabezas estiradas al cielo; la marquesina que va a

caerse sobre un puesto de diarios a las 12 horas tres minutos;

una ampolla de bencina que se astilla en la mano de un enfermero

que ve venir por el pasillo a la enfermera que tanto le gusta;

salvo estas catástrofes menores, es un día como cualquier otro

en la ciudad, nada que justifique ese camión de bomberos rojo

y brillante, como un juguete inmenso e importado, crispando

el ánimo de la tarde gratuitamente, como si hiciera alguna falta.





LAS COSAS QUE SE VEN A TRAVÉS DEL VIDRIO


Al séptimo día la piel del poroto se tensa y ramifica

en uno de sus costados; tiene forma embrionaria, de feto;

al noveno día la piel blanca se cuartea y aparece una

finísima hebra verde, sólo la punta, rompiendo la piel;

el secante que aprisiona al poroto contra el vidrio se

oxida y abre una mancha aureolada como una corona ocre;

del costado del poroto sale una diminuta lengua que

comienza con los días a buscar su vertical y el rayo de luz

hacia la boca del frasco; el niño sonríe y dice mirá mirá;

tan indispensable ese alumno miope que lee y busca

la metafísica de spinoza en el pulimento de cristales,

como el exaltado que busca la resaca en el fondo de su vaso:

ambos la bacteria bajo el influjo de lo microscópico, ambos

el bacilo que engendrará un nombre y múltiples maldiciones;

hombres yéndose por un periscopio en posición supina

tras el sumidero de los talentos y la inmortalidad;

células congregadas bajo el panóptico de la tentación;

centauros discordantes de ritmos que gritan eureka eureka;

el cristal convergente en su aro metálico va sobre

la presa y las huellas; el forense abre su ojo y lo pega

a la lente; rastros de lo mínimo aumentados a escala;

la hipótesis convexa como el mismo contorno de la lupa

que exhuma lo que no será hasta que haya prueba,

evidencia o alcahuete que diga señor yo sé toda la verdad;

una pecera es el universo y la paradoja de llenarse

con tierra y no agua para espiar transversalmente la

molienda del orden de la hormiga: víscera singular de

un cuerpo multiforme en chirridos y armaduras casi

espaciales; canales, catacumbas, túneles y viaductos,

panes y larvas tan pequeños como panes y larvas de

nada más que hormigas; la hormiga ignora el perímetro

de cristal que la contiene; la tarea no se debe al lugar

sino a cierta ontología desesperante y a la construcción

de un continuo que ignoramos desde este otro lado;

obsesión de atrapar aquello inasible que nos mata:

el tiempo; la circunferencia y el diagrama como una

rosa de los vientos en la arena que grano a grano cae

desde siempre y para siempre hasta que no quede nada,

ni siquiera ese relojero de cuento que dicen sabía cómo

imponerle al tiempo la burla del mecanismo del tiempo;

la vitalidad del paso de los minutos encerrada en diámetros

y elegantes embudos invertidos que estrangulan pero no

impiden que el grano caiga y decante el desierto entero

aunque su tópico sea el infinito gesto de volver la arena

arriba para recomenzar como el mar su macabro destilado;

las formas deformadas del otro lado del vidrio:

ese embrión que pudo ser y no será ése que tuvo que ser

de otra manera y forma y sin embargo da motivo

al progreso de patologías debiera ser orgullo familiar

aunque signe ciertos temores en sus descendientes y

en ocasionales aparejamientos que no apareamientos

ni accidentes salvo esos cartelitos prolijos en las bases

de los frascos y la repugnancia de los que dicen yo no fui;

la pared de vidrio entre el hombre sentado en la silla

con los brazos ajustados al correaje y a la sentencia

del distrito; los otros ojos del otro lado miran

la pierna afeitada del hombre sentado en la silla que

contrae el puño de su mano derecha; la inyección que

entra en el brazo del hombre y la pared de vidrio

sordomuda que no sabe lo que allí comienza a ser

y a dejar de ser equidistante; el vidrio es la mejor asepsia

para reprimir la arcada que el deseo sujeta a su correa;

habrá un copérnico pronto, ese que nos salve de lo que

nos pisa los talones como farsa o equivocación; habrá un

copérnico en cada patio y esquina de cada barrio; uno que

mire arriba las uvas dispersas en el cielo para trazar

geometrías; millones de kilómetros y años luz vistos

a través de un tubo con un intrincado filtro de cristales;

ese que nos libere del horóscopo homeopático por rabia

de saber qué somos sin alfileres ni meandros diplomados;

habrá osa mediana y casiopea y boyero y can mayor y

también cruz del sur y tres marías y súper nova y halley;

se trata de ese vidrio fino o grueso que tocamos no

sabemos de qué lado.



EL CASCO DE GUERRA



Cuando el empleado lo dio vuelta para repasar

el estante de vidrio donde se apoyaba,

vio adentro del casco de guerra la colonia de piojos;

adheridos a la concavidad del hierro áspero,

y ante un corto y enérgico sacudón de la mano,

los piojos, de a miles, desataron el nudo oscuro

que formaban en la parte superior del casco;

cuando no quedó ni uno solo de los piojos

apareció el mechón renegrido y sanguinolento

que los reunía pegado al hierro interno;

el casco estaba despintado y tenía una abertura

como una grieta en la tierra reseca de la sequía;

tenía también unas letras y números y nada más;

adentro había un rectángulo adhesivo con un código;

el empleado despegó con una espátula

el mechón de pelo que cayó al piso;

con el golpe, salieron los últimos piojos

y el empleado los roció con un insecticida; después

repasó el estante y acomodó el casco en su lugar.



GOMA



Sentado en la silla de ruedas, las manos juntas,

el acróbata recuerda sus días de gloria;

el número de los anillos es lo que mejor hacía;

¿Cómo se llamaba la gimnasta rusa?

¡qué tetas!...y ese olor fuerte, como acero…

¿Y el domador que tenía un diente de oro?

Ahora está rígido por fuera y blando por dentro;

ha perdido la elasticidad que le diera fama

y el apodo grandilocuente de goma.

La mujer que le cobra la pieza le pregunta

cómo fue el accidente; “no hubo accidente”

dice el hombre y gira en la silla de ruedas;

“Parkinson”, dice después. “Parkinson”.

Cuando la mujer sale del cuarto, el gato

del acróbata, un gato atigrado y naranja,

se sube a sus faldas; el gato arquea el cuerpo

y bosteza; le faltan los colmillos superiores;

el hombre pasa la palma por el lomo del animal;

cuando llega al cuello, empieza a apretar.





7a.



Dicen la brutalidad del homicidio:

la mariposa monarca descuartizada.

La cabeza en una lata de azafrán,

sepulta, ahí, en el fondo del río.

La boca cosida, los ojos quemados.

Perforadas con saña las alas, plexo,

las patas en los canteros sin tierra.

Difunden que no existió tal crimen,

que una mariposa no altera el orden,

y que no se hable más del asunto.



7b.



¿Cuántas manos tiene un verdugo?

¿Un verdugo acaricia a sus hijos?

Habrá migrado la mariposa, dicen.

Matar nadie la mató. Porque quién,

quién se ensañaría con una mariposa.

¿Para qué asesinar una mariposa?

¿Qué propósito tendría, qué fin?

¿Habrá chocado contra el viento?

¿Dónde están las manos del verdugo?

¿Acaricia a sus hijos el verdugo?



7c.



Sin permiso vengo a matar al verdugo.

Le haré estallar un ramo de jazmines

cerca, en el corazón o en la cabeza.

¿Pero cómo matar lo que está muerto?

¿Cómo matar lo que vive en la muerte?

Lo haré de todos modos, armado de

una palabra o con una hebra de luz.

Subvertiré el orden de los asesinos:

sin licencia vengo a matar al verdugo.

Le cortaré el cuello con una mariposa.



(del libro Isoca, 2004)



romance de barrio


fue al cruzarse en el almacén del barrio

entre salames y dulces de batata

que ella se arremangó

metió la mano en salmuera

y sacó del tarro una aceituna imponente

el convidado

aceptó con febril gratitud

abriendo y cerrando la boca como un besugo

sin saber que luego

aquel delicado convite

complicaría el primer beso

con el filoso pico de su carozo

tarde piaste pajarito

¿por qué no me habré quedado para siempre

rampante

en alguna de las casas de la infancia

levantadas arriba arriba de los árboles altos?

¿quién me mandó bajar

quién me hizo bajar?

por qué para qué en qué momento

-bajé a tomar la leche-

y puse entonces los pies en el mundo

para calcinarme de ahí en adelante

de dolor de metejones de revanchas de cacareos

de conscientes, torpes, irremediables muertes.


(del libro Cantos Bizarros, 1998)




SANTIAGO ESPEL

Santiago Espel nació en Capital federal, Bs.As. Argentina, en 1960. Publicó en poesía: rapé, 1988 (Faja de Honor de la SADE); Pavesas & Muelles, 1990; Misas en Harlem, 1993 (1º Premio de Poesía en el Concurso Nacional Ramón Plaza); Cantos Bizarros, 1988; La claridad meridiana, 2001 (mención en el Certamen Internacional "Letras de Oro 2000", Honorarte , y Divisa Nacional "Horacio Rega Molina"; La víspera sí, 2002; Isoca, 2004 y Vulgata, 2006.
En 1995 publicó la novela La Santa Mugre o el País de Cucaña, en Grupo Editor Latinoamericano.
Dirigió la revista bilingüe de poesía (castellano-inglés) La Carta de Oliver, entre 1990 y 1999.
Actualmente coordina la colección de libros de poesía del mismo sello.
Integra la revista de poesía Omero.
Es miembro de la Sociedad de los Poetas Vivos.

ANAHÍ LAZZARONI



.

Hasta hace un par de años el primer borrador siempre lo hacía a mano y continuaba en la computadora. En estos momentos casi no puedo escribir si no es máquina mediante aunque se que si surge un poema, de ser necesario, podría escribirlo a mano como en los viejos tiempos.
Escribo sobre todo por la tarde y algo que necesito de un modo más que imperioso es un silencio absoluto. Las hojas blancas tamaño A4 me producen una atracción hipnótica. Sin plan, bastante a ciegas, con un inmenso placer. Corrijo, sigo corrigiendo aún una vez que el texto ha sido publicado, acepto sugerencias. Aparece a veces en forma de una idea otras es como si mirara lo que pasa en el mundo y tradujera a un lenguaje poético eso que creo ver. Pero no se si debería decir que miro el mundo o que escucho el mundo y después escribo o que hago una cosa o la otra según la ocasión. Me encantaría escribir con más continuidad. Soy de las que deben esperar que la poesía las visite.

Anahí Lazzaroni


POEMAS DEL LIBRO "BONUS TRACK"


Algunas cosas necesarias para la escritura de un poema

La precisión de un relojero.
El vuelo del águila.
La delicadeza de un insecto.
La zozobra del loco.
Pluma o lápiz.

Sequía poética


Las palabras no se adhieren al papel,
vuelan dispersas, se distraen el aire.
Andan como locas de atar,
como mujerzuelas,
en la época de los conventos.
Padecen demencia.
Reniegan.
Hasta que un buen día
Se paran en seco.

Vicisitud


Envíanos la lluvia, envíanos la lluvia
Zeus amado, sobre nuestros campos
de cultivos y llanuras.
Súplica Ateniense
Si se pudieran mojar las palabras,
¿acaso crecerían?
No habría desierto en los papeles.
Una leve lluvia cayendo desde lo alto
y los textos se clasificarían
en, al menos, dos tipos :
poemas de invernadero
y poemas salvajes.
Una leve lluvia en los papeles.



POEMA DEL LIBRO "A LA LUZ DEL DESIERTO"



En todos lados se cuecen habas

Algunos poetas me escriben cartas
donde me cuentan que deliran por el lejano sur.
No son pocos los que me imaginan en una casa
construida con maderas claveteadas,
escribiendo sin cesar mientras la nieve cae y cae
Hasta piensan que suelo estar sentada junto al fuego,
como si fuese un personaje de ciertas novelas decimonónicas,
y me piden que les describa el silencio porque ellos ya no lo recuerdan.
Este mediodía varias calles de la ciudad están cortadas.
Escucho bombos,
voces,
sirenas de patrulleros,
personas que gritan cada vez más alto en medio de la aglomeración.
Por ahí no se puede pasar.

Primavera de 1999




POEMAS DEL LIBRO "ACECHAR AL HAIKU"

¿Quién intenta
en el extremo del mundo
acechar el haiku?

***

El globo rojo
tirado en el suelo,
hay una fiesta.

Anahí Lazzaroni


Anahí Lazzaroni nació en La Plata. Reside desde su infancia en Ushuaia, capital de Tierra del Fuego, Argentina. Publicó: Viernes de Acrílico (1977), Liberen a la libélula (1980), Dibujos (Ediciones Revista Aldea, 1988), En esta ciudad se escribirá una novela (prosa, Ediciones Revista Aldea, 1989), El poema se va sin saludarnos (Ediciones Último Reino, 1994), Bonus Track (Ediciones Último Reino, 1999), "A la luz del desierto" (Ediciones Último Reino, 2004). Entre 1986 y 1994 codirigió la revista "Aldea". Colabora en diarios y publicaciones del país, y del extranjero. Poemas suyos han sido traducidos al italiano, francés, coreano y catalán

martes, octubre 10, 2006

MARIA TERESA ANDRUETTO












Vivo lejos de la ciudad y por lo menos tres días a la semana trabajo en casa. Esos días trabajo casi todo el día, ya se trate de contestar mails, preparar un pequeño texto, leer material para una colección que dirijo o proyectos personales de escritura.
No me importan la hora, ni la luz, ni la época del año, ni los ruidos (he escrito con fondos muy ruidosos, aunque ahora vivo en el campo, en un lugar silencioso), aunque en general hago las primeras versiones de narrativa en verano y muy rara vez trabajo por la noche.
La narrativa va directamente en la computadora. En cuanto a la poesía, como dijera Montale, escribo sólo "cuando ella me visita" y eso no sucede a menudo. En el caso de los poemas, un primer borrador puede que vaya a mano, sobre todo si aparece –y es lo habitual- cuando estoy fuera de casa, cuando viajo en ómnibus (tengo largos trayectos en transporte público) o estoy en la ciudad, entonces entro a un café y anoto en una pequeña libreta o agenda o servilleta de papel algo que luego vuelco a la computadora. Nunca anoto propósitos ni objetivos, ni temas a trabajar, ni argumentos a seguir, y generalmente al comienzo de un proyecto de escritura no tengo mucho más que una imagen muy fuerte y el deseo de explorar qué (me) pasa en relación a esa imagen. Pero hay/sucede una suerte de plan, sí, aunque no se trata tanto de una planificación sino más bien de un cauce que a partir de cierto texto toma la imaginación.
Podría dar ejemplos: en algun momento surge un primer borrador de un primer poema (Arroz con alcachofas, de Palabras al rescoldo, o la primera versión del poema Pavese, del libro del mismo nombre, o Hamaca en Kodak) e inmediatamente (se me) aparece la idea de una serie: poemas sobre comidas/poemas como foto-escenas de la propia vida/poemas-relatos en torno al padre biológico y al que se quisiera padre literario...).
También me ha pasado eso con ciertos proyectos narrativos: El anillo encantado y Huellas en la arena, son una serie de cuentos que retoman el género maravilloso, La mujer vampiro, una serie de cuentos de miedo, Todo movimiento es cacería una serie de cuentos con mujeres. Escribo uno, después aparece otro, en algún momento pienso que podría hacer un conjunto de cuentos o de poemas de ese tipo y me vuelvo más receptiva a esos asuntos y a esas formas. Es decir, se me aparece pronto la idea de conjunto, de libro. e parece que así, bajo esa modalidad suelen trabajar los artistas plásticos. e trata de un camino de exploración (la serie puede tener que ver con lo formal o con lo temático o con ambos aspectos) que no se agota en un solo texto, que tiene su tiempo de existencia en mí y después se diluye como interés de escritura. Ha persistido además a lo largo del tiempo y de lo escrito el interés por el mundo de las mujeres.
Eso puede verse en la narrativa (Tama, los cuentos de Todo movimiento es cacería, La Mujer en Cuestión, en una novela inédita que se llama Lengua Madre) y también en Kodak y en Beatriz. Mujeres – la que soy, las que observo, las que quiero- de distinta generación y la relación entre ellas, las relaciones entre madres e hijas, la relación entre las mujeres y la palabra, las traiciones y fidelidades domésticas, la búsqueda del amor, los prejuicios, la incomprensión, la solidaridad o la maledicencia, y algo que siempre me atrae y desconcierta: las diversas miradas que se puede tener sobre un mismo asunto, la relatividad de todo, la imposibilidad de conocer nada de un modo absoluto. Todo eso forma parte de un mundo del que puedo extraer "material" cuantas veces quiera, porque es el mundo al que pertenezco y entonces mirar allí ha sido también un intento de comprender.
Tengo alta conciencia del oficio y mucho respeto por los oficios. Se trata de una pelea con las formas. De una materia cruda que va en busca de cocción estética.
En ocasiones el buceo en los distintos géneros se da porque no puedo resolver lo que busco por un camino y entonces me cruzo a otro, pero también puede suceder que un asunto, aun habiendo sido ya escrito, siga pretendiendo otros cauces. ¿Ejemplos? Muchos: un episodio de infancia convertido en un poema de Kodak, el poema de Kodak convertido en cuento ilustrado para los más chicos, el mismo episodio como base de reflexiones en torno a la escritura para leerlo en un encuentro de poetas, fragmentos de ese mismo texto ingresando como reflexiones de la protagonista de una novela inédita. Cosas así me suceden con frecuencia. Corrijo mucho, sí. Casi diría que en la corrección, en el lento trabajo artesanal, es donde encuentro el placer más intenso de escritura.
Abandono por años los proyectos y tengo la sensación de que dejándolos exudan lo que no les sirve, porque cuando los tomo –tanto tiempo después, a veces años- parecen señalarme qué es lo que sobra.
También conozco los riesgos de la hipercorrección capaz de matar "lo vivo" de un texto, y sé que a todo eso me expongo (nos exponemos al escribir) con mejores o peores resultados.
¿Qué significa la corrección para mí? Se trata de un ejercicio vital, creo, una suerte de depuración de uno mismo, de los excesos de uno mismo. Los trabajos/ la vida tienen un peso enorme. Todo lo que uno vive/hace es de una importancia crucial para la escritura, hace la escritura o mejor dicho, la escritura se hace con eso. Hay una corriente que va desde el mundo y los oficios, hacia la escritura, porque ésta no nace de la nada sino de esa relación con lo/los que nos rodea/n. Así las lecturas y la escritura de lo que no es poesía, el dolor con respecto a ciertas cuestiones, la relación intensa con muchas personas que nada tienen que ver con el ambiente, el asombro ante lo mucho o lo poco que vemos y el trato con alumnos que en mi caso siempre ha estado muy cargado de afectos, van dejando su marca en lo que escribo.
La voz narrativa, incluso si se trata de poesía, es uno de los aspectos de la escritura que más me interesa y, desde ya, el aspecto formal que, a mi juicio, exige mayor refinamiento: la posibilidad de ser otro, de ser desde otro, de un modo verosímil.
Ese travestismo de la mirada es algo que está íntimamente ligado a aquel núcleo de interés al que me refería antes: lo relativo de toda verdad, la imposibilidad de alcanzar una certeza que sea a la vez propia y del otro. Finalmente es central para mí la mirada –creo que escribir es un modo de mirar muy intenso- , eso (la mirada a un mundo interno/el ojo puesto en el mundo) es lo que está al comienzo de la escritura. La música, que no quiero altisonante (siempre busco un tono menor) me importa mucho, muchísimo. Pero se trata de una búsqueda que aparece sobre todo en el trabajo de corrección.
María Teresa Andruetto

POEMAS DEL LIBRO "KODAK"



Hamaca

Estoy en cama
(la enfermera
se llama Erminda)
Por la ventana que da al patio,
mi hermana pasa a bordo de una hamaca.
Pasan también las moras, el verano,
las chicharras. Ha de ser octubre,
como esta tarde, o tal vez noviembre,
y el calor agobia, porque mi padre
que llega del trabajo, se ha soltado,
cosa extraña, la corbata. Yo estoy
en cama. Y Ana que pasa alegre,
viva, a bordo de la hamaca.
Habrá sido de vidrio el aire,
como esta tarde.

Peras

Había una rosca cubierta
de azúcar, una mesa con el hule
verde y una frutera de vidrio
(por la loneta de las cortinas, el sol
sacaba tornasolados color de ajenjo),
y había peras. Recuerdo los cabos rotos
y el punto negro que, en una de ellas,
hace el gusano. Sé que las dos teníamos
el pelo corto y unos vestidos
almidonados.
Después algo (quizás el viento)
sonó allá afuera y mi madre dijo
que acababan de pasar
Los Reyes.

Marin´a *

Mi madre está dormida, con su solero
de flores sobre la colcha (tiene el pelo
tomado con invisibles, huele a agua
colonia). Mi abuela se acerca,
le dice algo al oído y lloran las dos.
La que ha muerto tenía las uñas
amarillas, un misal y un relicario
con pelos de Santa Cecilia.
Hay murmullo de rezos,
una cama vacía, una pañoleta
oscura, una taza de café
(pasa el vapor todavía),
el piso de ladrillos,
la mecedora, las glicinas...
Alguien nos alzó
hacia el tufo de la muerta
(se llamaba Elizabeta),
para que viéramos.


(*) Madrecita, en piamontés, es también la palabra con que llamaban a mi bisabuela.
Teoría sobre el cielo


(... tu mano, mi tapadito azul, el cortejo,
los caballos, un sacón que llevabas de
pied
de poule... )
¿Quién pasa?
Un niño.
¿A dónde va?
Al cielo.
¿Y por dónde sube?
Por una escalera larga /que está allá lejos, /al final del pueblo.
Paisaje
Le dijeron: verás el río
(ella llevaba un vestido con canesú),
verás pajaritos y sauces
(un vestido rosa hecho
por su madre).
En el camino
se largó un aguacero,
¡y ella estaba bajo un toldo
con su vestido nuevo!
(cuando la lluvia acabó
ya era tarde,
no encontró pajaritos ni sauces
y el agua corría por todas
partes).
Desnuda en la tienda
No era coqueta
Era fuerte.
June Jordan
Necesito ropa, dijiste. Una blusa
alegre, de color subido. Y fuimos
a la tienda. La chica que nos llevó
a los vestidores se llamaba Tula.
Te queda rico, dijo, te queda de novela.
Nos metimos las dos en esa caja,
entrábamos apenas.
Como no había asientos ni percheros
te ofrecí mis brazos.
Te sacaste el vestido, la campera,
te sacaste la blusa, las hombreras,
te sacaste el turbante, la remera,
te sacaste el corpiño, la bolsita de mijo,
te miraste al espejo y me miraste
y yo vi tu pecho crudo, las costillas
al aire, y después tu corazón
como una piedra, fuerte y fatal
como una piedra.
Carta

En la feria, cuando elegía alcauciles
(estaban algo oscuros), un muchacho
que no tenía más de trece años (lo vi
correr, por La Cañada, hacia El Pocito),
me arrancó la cartera (quedaron
las tiras colgando).

¿Tenía dinero, señora?
Nadie preguntó por tu carta
(yo la llevaba conmigo,
tu última carta,
doblada en cuatro).
Era sólo un papel y ese muchacho
lo habrá tirado al agua.
Caballito


Eran una niña y su madre.
Esta piedra parece un caballo,
dijo la niña,
y se hincó junto al agua.
La madre abrió las manos
y el caballito galopó
hasta la página.

Visita

Hoy vino mi madre a visitarme
y caminamos las dos por estas calles.
Hablamos de mi hermano,
de los hijos, de las chicas del Sur,
de mi cuñado. Otra vez yo critiqué
al gobierno y ella dijo otra vez
"¡Es un país tan grande!". No quiere
que me queje: "¡Este país generoso
recibió a tu padre!" y rodamos las dos
hacia una zona de tristeza, en silencio,
hasta que se detiene y dice: "Ayer
hice dulce de duraznos" y yo digo
que hablaron de mi libro

María Teresa Andruetto


María Teresa Andruetto nació en Arroyo Cabral/ Córdoba/ en 1954. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Córdoba. Ha escrito narrativa, literatura juvenil, libros informativos y teatro. En poesía, publicó Palabras al rescoldo (1993), Pavese y otros poemas (1997) y Kodak (2001) , todos ellos en Ediciones Argos, quien tiene en prensa Beatriz. La editorial de la Universidad Nacional del Litoral prepara actualmente un libro con su poesía reunida.