domingo, febrero 17, 2008

ANAHÍ MALLOL



No creo ni en la inspiración ni en los ritos convocantes. La poesía es algo de la dimensión del acontecimiento: una música en la cabeza, una frase, una imagen, que aparecen. A veces se queda así, dando vueltas, un tiempo. Otras veces busco enseguida algo en qué anotar, y entonces empieza la mecánica de la pérdida, el deslizamiento, la ganancia, una cierta autonomía o ajenidad de las palabras que siguen sus caminos, como una respiración. Siempre el silencio en torno, que facilita las transacciones, y que permite que el poema se inscriba y desarrolle como un ritmo a su propio ritmo.

O un viaje en transporte público, sola, rodeada de voces que apenas escucho. A veces, las voces que acompañan son las de los libros que me rodean, en el escritorio o en la mesa de luz. Desde esa música primera, que vuelve como un ritornello, que insiste hasta captar la atención de un ritornello existencial, aunque sea ficticio, y que puede venir de mucho tiempo atrás o ser recién escuchada, o recién vista, hay un desarrollo que lleva su tiempo. El papel, las lapiceras, los bares, son fetiches convocantes: la creación de la escena, la búsqueda de la captura que de todos modos en primera instancia es instantánea. Pueden estar o no- después, a la hora de la fijación del movimiento, se vuelven importantes.

Hay primeras apariciones que son azarosas, al parecer. Después, cuando ya hay una serie de poemas que forman un grupo con sus ecos internos, con cierta prosodia, o cierta orientación, es como ver el mundo con determinada lente, y los poemas se van acomodando a esa visión. A veces escribo más de una serie simultáneamente, como dos formas de ver las cosas, y los poemas caen en una o en otra. En esa etapa puede haber búsquedas, lecturas, películas o cosas que se miran, pero siempre lo mejor surge antes del hallazgo que de la búsqueda, de una visión que es una puesta en foco: como ir a una librería, abrir un libro en una página al azar, y que esas líneas te interpelen directamente.

Cuando estoy perdida, tras mucho tiempo de silencio, o de no poder escribir, leo a los autores que me gustan, porque sé que de ahí va a salir alguna chispa, algún deseo, alguna palabra. Pero también hay otra forma (más grata y certera pero más difícil de lograr) para ponerme en sintonía con la escritura: tomarme unos días sin leer nada, sin hacer nada, ver las series y las películas más berretas que encuentre, y de ese descanso algo surge.

También está la poesía de mis contemporáneos, y las lecturas públicas de poesía o los festivales.

Los textos tienen sus tiempos. Los dejo descansar, los leo mucho después: tacho, reduzco, sintetizo. Es una cuestión de peso: el poema tiene que caer por sí mismo, como una fruta que madura, pero a la vez esa madurez significa que tiene que volverse cada vez más liviano. La poesía es una forma de habitar el mundo, un estar atento para dejarse atrapar por ciertas cosas, o para percibir algo, y ponerlo en palabras, o para escuchar algo, y hacer algo con eso. Es un privilegio, en cierto sentido: un poema terminado da trabajo, a veces cuesta y hasta da bronca, pero también alivio, como si el acto de escribir participara de una suerte de exorcismo, o como si el hecho de entregar algo fuese una devolución, o el entregarse a algo fuera un modo de la participación con lo que a uno lo rodea, o como... No se trata nunca de expresarse: la palabra es desdichada. Es más vale un pensamiento en acto, un pensamiento (afección, percepción, concepción) que se hacen a sí mismos, se biscan, se exploran, un hallazgo de algo que estaba ahí y sin embargo no se sabía bien qué era, ni cómo. Hablar por medio de lo que se habla en uno.

Si se encuentra un procedimiento o una forma de hacer un poema aceptable, todo se arruina (todos los poemas empiezan a parecer iguales). La búsqueda tiene que ser incesante, y no por eso experimental: no hay procedimiento en el momento de escribir: hay poesía o no la hay, hay algo que decir o no lo hay, hay una imagen que trasmite algo, o unas palabras, o no. Y todo eso conecta o no conecta con el que escucha o el que lee. Tan simple que es difícil de explicar.


Anahí Mallol



SELECCIÓN DEL LIBRO “OLEO SOBRE LIENZO”



- 1 -


No hay nadie.

Escucho

emisiones de radio

en todos los idiomas.


El aire se enfría

en el jardín

de Rebecca Wilson

que de niña soñaba

con una casita

en medio del bosque.


Tormentas en el sol.

Desierto de nieve

que enseña

sutilezas del color.


Mantenerse vivo

al norte

del círculo polar:

un ejercicio

ininterrumpido

de la voz y del oído.


Mi pie vira

(él también)

del rosa hacia el blanco.

Temprana lividez de la carne.


Algo puede suceder.

Algo

como un ojo

de agua escondida:

¿hundirse o imitar

el aullido

de los machos en celo?


Dejo correr

la sangre del alce

sobre la nieve

para que torne

del blanco

hacia el rosado.


Seis meses dura

la noche ártica.

Pero no importa:

también puedo

congelarme hasta morir

a pleno sol.


Una ráfaga

de aire helado

un golpe de luz

en las pupilas dilatadas

voy a tener que tomar coraje

y amputar,

uno a uno,

los dedos

más opacos

de mi cuerpo.




- 2 -


Como si se tratara

de un libro de viajes,

de piratas o aventuras,

un ciego recorre

los desiertos de Utah

mientras se desliza

sobre las aguas

de la bahía de New York.


La cara

levantada

hacia el sol

gime suavemente

para sí.


Si no voy al Oeste

nunca sabré

qué es el espacio,

enfrentarse

al tamaño de las cosas

cuando la fuerza de la luz

golpea el ojo.


Una frazada a cuadros

abriga las piernas

demasiado delgadas.

No saben caminar.

Los ojos conservan

como un residuo

el movimiento.


Rememora otros libros

y estira las manos

como buscando algo.


Un sitio

solo

en la tierra

que se parezca a la luna,

tierra-piel agrietada

con gusto a sal.


Habrá que esperar

un tiempo más.

Hay cosas

que sólo Dios

y los indios

han visto.


- 5 -


Se va más lejos

con diecisiete años

y ese vientre

alimentado

sólo a arroz

y a agua de río

amarillo

calva

a la intemperie

no mira hacia arriba

ni siquiera

hacia adelante

sola

en la luz crepuscular

en un paisaje

de arrozales

o en Calcuta

expulsada

por la madre

por el vientre

(una condena

o una profecía:

con esta hija

nadie la querrá)

camina

como si fuera

hacia el Norte

o hacia algún lado

o arranca

con ambas manos

sus mechones.

No le tiene miedo al sol.


A veces pide

aunque aquí

ya nadie

hable camboyano.


- 6 -


Camina o cabalga

las colinas azules

del este de Africa

la cabeza desnuda

bajo el sol de la tarde

el cielo entero

un escudo

de intemperie

después de las lluvias

la hierba crece

alta

en colinas y praderas

en ese verde nuevo

busca

una extensión

de tierra no ocupada

un punto

desde donde

el azul

neblinoso a veces

del Kilimanjaro

recorte las pisadas

de las presas

que ninguna mirada

puede atrapar

en movimiento constante

cuando el mundo no parece

ya

ese lugar peligroso

el atardecer

se extiende hacia el fondo

como un turbante

de seda

de hermosos colores

encuentra

el sitio exacto

come una naranja

dueña, ahora sí.

de las tierras altas,

se queda

uno a una

absortos

la mujer

el paisaje

bajo el cielo

protector

de Africa.


- 8 –


De cara al sol

erguido

en una esquina

cuando el calor de septiembre

no es

ni siquiera una promesa

busca en el pastito

junto a las vías

una flor

de pétalos azules

todavía

no marchita.

Ya no sabe

si es que

no ve bien

(cinco dioptrías

de miopía

en cada ojo

una marca

en el orillo

una condena)

pero los contornos

de las cosas

se han vuelto difusos

como en una

foto vieja

o mal sacada.

Se aprieta

con fuerza

los párpados

y observa

las manchitas

de colores.


Acaso

de eso se tratara:

los colores

lo fluo

pero nunca

el sol de frente.

Ahora es tarde

y la ceguera

hace arder

los bordes

de ese mediodía.


Setenta años

sin ver el sol

y ahora

tiene la vista

cansada

los ojos

agrisados

igual a esa mujer

que en una foto

en sepia

mira de frente

al espectador

las manos cruzadas

sobre el regazo

el collar de perlas

dos vueltas

pegadas a la garganta

como una soga de ahorque

¿se dice estéril

de un vientre

que pare

hermanos suicidas?


No hay viento.

El sol permanece.

La foto se borra.

Tiene la vista

demasiado cansada.


- 9 -


Congelado

el río de este invierno

casi polar.

El color blanco

cuando es el hielo

quien lo produce

(una refracción

exacta de la luz

en las pupilas

asombradas)

es

el que más daña.


Hay que entornar los ojos

si lo que se quiere

es avanzar

por esa superficie

helada.


Los pies se cansan.

La otra orilla

está siempre

demasiado lejos

distante

la ribera izquierda

la de las lilas

y otras flores

encarnadas.


Alguien pregunta:

¿es asesino

o salva

el impromptu arrasador

del ojo

de agua?


- 11-


Con saltos

increíbles y flotantes

como los saltos

ingrávidos

de los pasajeros

en la luna

como los pasos

de los sueños

ligeros

un rebaño de impalas,

una fuga

desordenada y salvaje

como Africa

en la mirada

de un hombre solo

tumbado en su cama.


El proverbio somalí

resuena

como una sentencia:

el triple temor del león

cuando se ve

por primera vez

su rastro

cuando se oye

su rugido

cuando se está

frente a él.


¿Saldremos

a cazar

ese león?

Irrita

oír rugir

a ese animal

cuando no hay luz

todavía

y las aves de presa

trazan círculos

en el aire

en la ribera

opuesta del río.

Un león

ahí

en Africa

casi de perfil

la cabeza

levantada

y vuelta hacia mí

los ojos fijos

el estampido seco

el golpe sólido

de una bala

de 150 gramos

entre los omóplatos.


Sentir

como un viejo

las patas pesadas

buscar refugio

en las hierbas altas

la boca llena

de una sangre

caliente y espumosa

ocultarse

aplastado contra el suelo

más allá

de los árboles de la ribera

dejar que el cuerpo

se vaya agotando

las garras hundidas

en la tierra blanda

la vida concentrada

como una vibración

gutural y ascendente

contemplar

la cima cuadrada

del Kilimanjaro

ancha

como el mundo entero

gigantesca

alta

increíblemente blanca

bajo el sol

de una Africa

no conquistada.



- 12 -


De pronto

como si fuera

un día cualquiera

el padre

se vuelve frágil

dan ganas de guardarlo

en una cajita

envuelto

(como un niño

envuelto)

en papel celofán

una extraña pieza

de cristal

de Bulgaria

con esos huesos

casi transparentes

como una nueva

dimensión del tiempo

el carácter exponencial

de la tristeza acumulada en el cuerpo

dan ganas

de acunarlo

de recitarle

mil perdones

como un arrorró

por el hijo que fui

por el hijo que no fui

mil reclamos

por el padre

que pudo ser

y me dejó

me deja

ahora solo

hasta que sonría

otra vez

o me eche

(como cuando

le sonreía a mi madre

en la dulzura

de las tardes calurosas)

esperar que adquiera

el carácter translúcido

resistente y quebradizo

de un insecto de verano

como aquellos

bichitos que juntábamos

ha ce rato

en frascos de mayonesa

vacíos.


Los más lindos

nos dejaban

una lucecita verde

que fosforescía

antes de extinguirse

en la oscuridad ajena

de la noche

entre los pastos altos.


- 15 -


Es

la cualidad de la luz

la luz brillante

del mundo real

que entra

por una ventana

abierta o cerrada

siempre a la izquierda

y es la mujer

sola

aislada

por esa materialidad

casi sonora de la luz

inmóvil

absorta

con la carta en la mano

un mapa en la pared

una silla vacía

una caja abierta

un collar de perlas

una ventana invisible

tan preñada

tan tranquila

la luz

tan pálida que brilla

sobre la blusa azul

sobre

su vientre hinchado

en sus ojos

que leen la carta

o miran el mapa

noticias

de más allá del mundo

mujer en azul

mujer pesando oro

niña

leyendo una carta

ante la ventana abierta

musitando

la plenitud

de su inmanencia.

a D. M.


- 16 -


Retratado de medio cuerpo

con el tronco ladeado

(no está de frente

tampoco de perfil

en el artificio de la pose

insostenible)

vuelve el rostro hacia

el espectador

mientras ríe con dientes

que relucen

a la sombra de labios

gruesos y sensuales

bajo el bigote oscuro

desgreñado.

La mano derecha

se apoya en la cadera

una postura que subraya

los pliegues de la capa

sedosa y roja

(dan ganas de tocarla

como da ganas

la seda italiana).

Por lo demás

poco impresiona la figura

socarrona algo grosera

de ese hombre

pequeño y enjuto.

El jubón

de terciopelo negro

(otra vez

las ganas de palpar)

y el cuello de puntilla blanca

hacen pensar en un hidalgo

o alegre cortesano

de la España de Oro:

sin embargo

se trata de Demócrito

riéndose del mundo

en la Torre de Parada

un pabellón de caza

muy cerca de Madrid

colgado de ese muro

apenas envejecido

por el moho y los años

al lado

de Heráclito que llora

la fijación extrema

de los ríos de este mundo

congelado su fluir

en la debilidad

de la palabra.


- 17 -


Son los últimos

zorzales

de la tarde

- explica

tal vez intenta

aquietar

lo trémulo

en mí

(entre el corazón

y la conciencia

siempre del cuerpo

también del aire

que nos separa).

Mira

como si fuera

inocente la mirada

estira

un brazo

desnudo

sobre la mesa

y ofrece.


¿Es la voz

la parte del cuerpo

que llega más lejos

en su caricia?


Responde

y la respuesta

es siempre grave

es siempre leve

(como si una mujer

hablara a otra/

en un cruce de aguas

profundas y claras)

solemne y frágil

ese cerezo

tan auténtico

como nacido

de un haiku

que florece

en los inviernos

con las ramas

desnudas

y provoca luego

una lluvia

de pétalos blancos

la nieve perfumada

de esta franja

de Sur.


-Se dice dorado

de algo

que asemeja

al oro

de algo

en su etapa

mediana

se dice

mujer

el hielo

que derrite

la voz

de la mirada.


Sonríe

y cuenta

la parte que quiere

de su historia

repite

de vez en cuando

un nombre

que deja

como herencia.


Un color

en expansión

la tarde

de verano

un rumor

entre las hojas

del jardín.

a D. B.





SELECCIÓN DEL LIBRO “ZOO”



- 1 -


un caballo

parado

debajo de la lluvia

como si no

lloviera


así quiero estar

desnuda entera

debajo de la lluvia

como si nada

como si nadie

me hubiera

tocado nunca

haciéndome más frágil

- 3 –


exploradora solitaria

dueña de la calma y la intrepidez

confusas de Ulises

una hormiga

se aventura

más allá

siempre más allá

del límite marcado con su olor.


nada especial la mueve

si no es querer saber

qué es lo que hay

del otro lado

qué es lo que

hace frontera


- 4 –


acostada

lo más plana que puede

ahí donde el pastito no es

ni corto ni largo

acumula en el cuerpo

dorado y negro

todo el calor

del sol de septiembre


cuando se cansa

de estar ahí

de habitar

la sola superficie del cuerpo

viene hacia la sombra

el amor concentrado en las pupilas

lo derrama

extrañada

sobre mí que escribo


mi perra sonríe


porque recién

se levanta de la siesta

- 5 –


aplastado derrama

las entrañas secas y suntuosas

sobre el calor del asfalto


impúdico el sapo

a la hora de la muerte

se pierde y abandona

su ocasión de fascinar

de repugnar

con la humedad

vidriosa de la piel

- 6 –


hormigas afanosas

obreras que no conocen sino

la lógica del trabajo como único

método de defensa

nos obstinamos

en la reconstrucción

del nido ya

resquebrajado

pulimos la hendidura

la rellenamos con materiales nuevos

forzamos el contrapeso para soportar

la presión


como un cascarudo

que mira hacia su centro

un bicho bolita que se esconde

para no ver al enemigo

replegado sobre sí

un erizo todo espinas

la panza tan blandita alrededor

del hocico rosado


todo con tal de

no ver

no saber lo que hay

ahí afuera

lo que acecha

y se cuela

por la más

mínima raja:

a la vuelta de la esquina

la muerte el amor

como si nada


- 9 –


atravesar

por meses y años y estaciones

desiertos

de piedra hielo o arena

con paso firme

como impertérrito

a los cambios

de la luz de la temperatura

a la inclemencia

del paisaje

para adquirir

la consistencia casi pétrea

de los insectos

o los paquidermos

su elegancia

recóndita y misteriosa

construirse

trabajosamente

ese caparazón

hasta que alcance

la cualidad

del oro o el jade o la turquesa.


cuando muera

nadie podrá decir

que pasé

incólume ante la belleza,

la premonición y el terror

sólo mi cuerno

único

de escarabajo sagrado

va a dar

de eso testimonio

una molestia

un desequilibrio en el perfil:

la marca en lo imperfecto

(un rinoceronte, un escarabajo

qué más da

persiste

por la deformidad

su geometría perfecta

en el relieve de arena

de la memoria).


- 13 –


dorada

una gota de sol

caida con el primer

rocío de la tarde


con alas traslúcidas o tornasol

y patas flacas

la cigarra se esconde

entre la fronda del parque


hay muchas otras cigarras

que como lucecitas o

monedas navideñas

adornan invisibles

el verde nuevo

inconcebible

de las hierbas y parterres


cuando el azul

del cielo se oscurece

frota

abstraída en la labor

de ser ella misma

las patas con las alas

una y otra vez

frota las patas

contra las alas


la chicharra suena

toda la tarde

toda la noche suena

la chicharra


ella sola

hace

y extiende como una manta

translúcida y dorada

el sonido el calor el sentido

cuando digo verano.


- 14 –


mejor no hablar

una vez más

del cuerpo felino

que se arquea en el placer

brillante el lustre

del pelo lujoso

en una noche

poblada de sonidos

¿Hablar de

su docilidad aparente

cuando se entrega

a la dulzura de la siesta

todo mimos ronroneos y zalamas

para más tarde

sacar las garras

desgarrar

la carne el cuerpo el alma

del que lo ha amado

rasgarlo rasparlo separarlo

con las uñas, los dientes y la lengua,

el sexo

que al salir

libera extensiones rugosas como espinas

así al final la hembra no sabe

si gime de dolor o de placer

pero sabe

que de nuevo

ahí estará

a la dulzura de la siesta y de la noche

para entregar

otra vez

su pasión

su ternura

a la sensualidad perfecta

bellísima

del macho felino

de pelo brillante y ojos que

ven en la oscuridad

más que lo que una

querría confesar?


mejor no.

ya hay demasiados

poemas sobre gatos

monteses o panteras.

mejor acariciarlos

y dejarlos partir

en esas horas

inciertas

en que reclaman

sin apelación

su inalienable

libertad de seductores.


22 –


amarillo

un sol del mediodía

que se desplaza

por el bosque nocturno

o las montañas de América

sin una mancha siquiera

en su piel lisa y sedosa

el puma

cauto silencioso solitario

busca su presa

la mata y la arrastra en la espesura

sin dejar un solo rastro

(las vísceras a un lado entre ramas y hojas

enterradas)

oculto la devora

para después de saboreada

empezar otra vez el ciclo de la espera

y el sigilo y la paciencia


cuando el momento propicio llega

salta con agilidad

muerde la nuca

perfora el cráneo

del venado, carnero, ganado o caballo

a menos que

el propiciado

el ofrecido en sacrificio sea

su corazón sangrante y sagrado

de rey americano

pre-hispánico


porque así como sin huellas arrastra a una presa

que dobla su peso

cinco siglos más tarde

ya olvidados

el prestigio solar y guerrero

y el sagrado temor de matarlo

no menos fuerte o valiente o fiero

perdido en la espesura

o cerca de los ranchos

vuelto un depredador cualquiera

el mayor carnívoro terrestre de los Andes

es el que necesita ahora

amparo y clemencia


- 26 –


como si fuera

un son de protesta

cuando en realidad no es sino

un deseo

desesperado

de atraer la atención

de una hembra preciosa

toda una estrella

de rock que canta y baila

un ave del paraíso ensaya

un scra:

imitaciones de gatos

halcones y niños

en la puerta de su magnífica enramada

con pedazos de vidriecitos

de parabrisas que brillan como

diamantes si el sol les da de pleno

(y les da de pleno

al fondo del nido) y otras

chucherías trozos de alambre

una tira de

plástico rojo alrededor

de las paredes

y vértebras de oveja resecadas y lavadas

por el sol y las lluvias

también vidrios de colores y hasta

casquillos de bala hablan

de su esplendor de macho

deseoso

a punto

de ser elegido

por una hembra magnífica en un ritual

a la vez fastuoso y algo banal

sus tesoros a la vista para que ella

ella finalmente

diga sí

sí quiero y levante

ligeramente la cola

con la cabeza hacia delante y deje ver

ahora sí

las plumas

rosa intenso

de su nuca

y entonces sí

por un rato la enramada

se vuelva un paraíso




Anahí Mallol



Nací en una época en que los jóvenes creían que podían cambiar algo por medio de la imaginación, la acción, la palabra y el amor. Crecí con miedo, silencio, alerta, violencia, eufemismos y desapariciones. Me hice joven en una primavera cuyas flores marchitaron pronto la ley de obediencia debida y el punto final. Después vinieron los indultos. Cada día se hablaba más del Sida y se instalaba como otro miedo. Empecé a escribir, sigo escribiendo, ahora, cuando nadie cree que se pueda cambiar mucho, y la resignación, inadmisible, es una amargura y una derrota históricas; cuando la palabra casi no tiene valor por la institucionalización de la mentira; cuando la amistad y el amor virtuales nos hacen creer cerca pero nos mantienen lejos; cuando una acción chiquita pero honesta, un poema que vuelve a pensar en las palabras y las cosas de todos los días y se pregunta por su valor o trata de darles un sentido efímero, es todavía una esperanza o, al menos, un testimonio de vida.
Publiqué Postdata, 1998, Polaroid, 2001 (Primer Premio del Concurso “Año 2000: Memoria histórica de la violencia en América Latina y el Caribe”), Oleo sobre lienzo, 2004 y un libro de ensayos sobre poetas argentinos, El poema y su doble, Simurg, 2003 (que obtuvo el Subsidio a la creación de la Fundación Antorchas). Zoo, que obtuvo la primera mención del Fondo Nacional de las Artes, está en prensa. Escribo reseñas, porque me gusta hablar de los libros que me gustan. Doy talleres de poesía.

miércoles, febrero 06, 2008

NONI BENEGAS




Es importante, dicen, mantener una actividad del cuerpo para que no caiga en la fiebre. La fiebre de la complacencia, del dejarse ir río abajo, somnoliento. Importa el paréntesis, el guión largo a la manera de Dickinson, alzar la vista, mirar por la ventana y descubrir a la vecina que vuelve del mercado con una cesta vacía. ¿Vacía?, sí.
Ahora debo componer las cosas que entrarán ahí: caerán las acelgas y los apios, serán guirnaldas verdes; en medio, los pimientos rojos como gemas, las manzanas como oro, y volverá Grecia a su cesta, las hespérides, el Ática entera una mañana de enero pues al fondo, bien envuelto en papel de estraza, medio mar boquea.

Noni Benegas

SELECCIÓN DE MICRORELATOS

EJERCICIOS ESPIRITUALES

A ver cómo te lo puedo explicar; fue muy simple, y había un razonamiento detrás. Una vez estaba hincada en la capilla, no me acuerdo si fue al final o al comienzo de los ejercicios espirituales, porque empezaban también con bombos y platillos, una ceremonia llena de cantos y el altar dorado, incienso… No: tiene que haber ocurrido al final, porque al comienzo ponían crespones violeta y no había flores… el caso es que yo estaba ahí sentada o de rodillas -porque a cada rato te cambian según qué pasa al frente y adoptás una de las dos posturas y a veces te levantás también- y recuerdo que pensé: tantos años que me convenzo con todas estas prédicas, la meditación, una lectura por la mañana y otra por la tarde con comentario del cura y después reflexión callada, voto de silencio en casa y el colegio… ¡salgo levitando!… y decido que no voy a pecar más, que eso ofende a Dios, comienzo a hablar con Él todo el tiempo, cosa que voy a hacer cosa que le pregunto, me asusto cuando me olvido, estoy en guardia, empiezo a temblar antes de cada acción pensando si va a ser buena o no, la incluyo del lado bueno y pienso en otra y así hasta el infinito. Voy muchísimo a la iglesia, me quiebro en los vía-crucis, recorro la capilla alelada y cada vez que paso frente al sagrario sé que está ahí, pero qué mejor custodia que yo: es una redundancia, lo mismo que las imágenes y las vírgenes, Dios no tiene nada que ver con todo ese panteón . . . pero de a poco la cosa comienza a desleírse, actúo automáticamente, descanso, me sumerjo en una época de bondad tranquila, sonrío, perdono, no intento convencer a nadie; luego empiezo a leer de nuevo, miro televisión, escucho música, y lentamente me voy olvidando, vienen las vacaciones, me fundo con el mar, el sol, la vida de playa y en las excursiones al campo, con el trigo amarillo, el crepúsculo; cuido mi figura, camino y respiro en estrecha relación con todo eso, hasta que de repente . . . empieza otra vez el colegio, el otoño. Y como todos los años, la consabida semana de retiro, y desde entonces, sabés, esta soledad que no me abandona nunca.

LETRA PEQUEÑA

No entiendo por qué me han puesto aquí ella nunca se comunica conmigo no me consulta se mueve va y viene independiente de mí y a mí ¿quién me obliga a quedarme? Quisiera a veces que formáramos un dúo, un duetto, una dualidad ¿dolorosa?, ¿no es peor acaso este divorcio, esta indiferencia, este no haber nada? Siento el viento frío que corre desde la ventana, por momentos me parece estar debajo del tiempo, como sosteniéndolo, porque para mí puede ser domingo, en el sentido de día sagrado, untuoso, día de reverencias, de agacharse mucho doblando la cintura, y luego erguirse con fuerza, toda vestida de oro y brocato, y damasco y seda, pero rígido el traje como de cartón y ese viento frío corresponden a una recepción en el atrio, el ágora, lugares atemporales que figuran en los diccionarios como zonas donde se presentaban los príncipes y se saludaban entre ellos, yo estoy ahí y cruzan por el aire un cóndor y un águila, Machu Pichu, los Incas o Ricardo Corazón de León y Juana la Loca en terciopelo de Flandes y puntillas. También puede ser día de edificios como el del Banco de España y avenidas vacías, una mañana helada con aceras de lajas grises, escalinatas y arcos que dan a las arcas arcones donde está inmóvil el dinero embancado pero ella puntea el periódico es realista lee anuncios inmobiliarios piensa: si pongo tanto y luego alquilo, si compro dos y hago una oferta . . . podría cobrar mensualmente tanto, y me tiene día y noche confinada entre la letra pequeña y el apto. ext. tza., uno/dos dor., b., coc. indep., cal. gas, asc. ver 5 a 8
Publicados en Ciempiés: Los microrrelato de Quimera
Neus Rotger y Fernando Valls (eds.)
Editorial Montesinos, (Barcelona 2005)

LAS CEBOLLITAS FRANCESAS

Alguien está imaginando un guión de cine con una trama fascinante, donde una mujer toda vestida de negro con un mono de satén, sube a ver a su joven vecino, que se ha traído a un amigo para tener un encuentro sexual.
Cómo la mina logra quedarse en el piso y se crea un clima erótico entre los tres. De qué modo habría que filmar las imágenes como flashes, donde aparecieran detalles de los órganos en primer plano llenos de tensión y acción. Qué actores serían los adecuados y se prestarían con la veracidad necesaria. La mujer sería como Antonia dell’Atte. Una suerte de aspecto bisexual con reminiscencias de transexual. Habría que convencer a esta presentadora de que le conviene actuar en una película así, pues se transformaría en un clásico del cine experimental.
El deseo sería el protagonista; iría despertando a uno tras otro como el choque del vehículo filmado al ralentí en la descripción de Virilio en Estética de la Desaparición: a velocidades incomparables, pero visto en cámara lenta, el impacto convierte al coche o al avión en una especie de fruto que al rozar el suelo se abre mostrando su pulpa y las pepitas que saltan como gotas de rocío. La cámara debería estar situada a ras de suelo como en Ozu, y emular la maestría de los planos del maestro japonés. Diversas escenas sexuales complejas, llenas de ardor y placer compartido. Filmado en primera persona debería, en realidad, parecer que está contado. Es decir, podría tratarse del relato de alguien que da cuenta de sus movimientos pélvicos y los estallidos de placer que experimenta, y que poco a poco se despierta, y mientras va saliendo de la duermevela recuerda que ha comido unas cebollitas francesas agridulces, que ahora están batallando en sus intestinos.
Publicado en Microscopios eróticos,
Ediciones Atómicas S.L.(Madrid, 2005)

REINAS

La reina, que no era la reina sino la mendiga última del reino, llegó a reina porque se lo propuso. Robó el ramo de la heredera, y cubriéndose el rostrocon las lilas ascendió el escalón triunfal del trono. La mendiga, que era la reina olvidada, fabulaba en la plaza del mercado la historia de la reina que perdió el trono por una mendiga y la infancia feliz de una reina de veras. La primera historia cayó en desuso –era un mero acontecimiento en su vida- pero el suceso continuo de la niñez fue tomando color a medida que pasaban los años. La mendiga en el trono hizo guerras, modificó la lengua, abolió ciertas prebendas e instauró otras. En definitiva, sólo las reinas de verdad sueñan, pues las mendigas se agitan demasiado con tal de olvidar.


Publicado en: www.literaturas.com/1Hiperbreves2002NBenegas.htm

NOVGOROD

Cuando huyeron de palacio, alguien abandonó una mano furtiva en el cortinado de terciopelo. La caravana realizó el prodigio con la constancia de una hilera gris. En los confines, la mano sacudió la borla de nieve hasta borrar el trazo del convoy boreal.


LA HISTORIA

La confortable y tierna historia tomó asiento con la parsimonia de una flor tibia. Era una alta y bella mujer dispuesta al sacrificio, con tal de que sus motivos permanecieran ocultos. Sus gestos, sueltos y armoniosos, desencadenaban interrogantes.
Nadie, nadie diría que entre cinco o seis apenas levantarían el tomo. Desnudado el texto, la sintaxis no era lo peor, había una gramática agria con todos los verbos antiguos puestos entre comillas, como esos autobuses cuyo recorrido se altera de súbito y la noche cae sin poder apearse en la ciudad deseada.

EL MISTERIO DEL CUARTO AMARILLO

Estaba el mar expuesto en planchas tras finos cristales de vitrinas al sesgo.
Contenida el agua entre cotas de azul: casi tiza en la costa, casi antifaz
oscuro en los Alpes abisales. No había personajes de ese mar, ni toneles a
la deriva o Venus de granito grácil. Sólo un telón pesado corregía la comba
del cuarto amarillo. A las once el Museo selló las puertas. Rápido, como
cuando la marea, descargó su brazo de espuma sobre la ciudad.

LITERAL

Hace rato que da vueltas en la cama. Aparta una y otra vez la sábana. Reposa, por fin, sobre un costado. Al cabo, el peso continúa aunque la tela es ligera. Estira un brazo desnudo en la oscuridad: hace frío. Se arrebuja de nuevo, contrae los pies, y acomoda la almohada bajo el cuello. Adormecida espera. ¿Qué es lo que pesa; su cabeza como un planeta? Aprieta los
párpados; luego, de a poco, afloja. Hay allí una palpitante S que toda de negro se insinúa contra un fondo incoloro y adelanta la panza hacia una H del tamaño de una puerta. Gira las pupilas molesta, pero no logra expulsarlas. Parece más bien crecer la protuberancia salaz de la S y la férrea impavidez de la H, mientras entran en la retina los pilares oblicuos de la enorme A que sigue. Ya instalada, la primera sílaba empuja al ojo a ver la palabra que ondula entera dentro del campo visual. Tras la última vocal, la mirada busca con angustia una salida; es inútil: las letras en fila han invadido el ojo que nada distingue fuera de esas rejas. Acorralada piensa: si lo digo, tal vez se fuera como en un conjuro. Pronuncia,¿pero cómo?; la SH sibilante no existe en castellano, y si lo suelta en inglés, no se irá nunca de allí al pronunciar E por A, e I por E. ¡Qué tormento, prisionera insomne de un nombre que bien dicho no es literal! -¡Chakespeare, Chakespeare!- grita condenada, mientras la S se curva de risa y la H de hierro le barra la salida por siempre jamás.

PAREJA MADURA

Cuchillo, tenedor, cucharita; plato de postre, zumo de naranjas (treinta segundos en el microondas para quitarle el frío). Tres frasquitos opacos con píldoras a la izquierda del plato. Un jarrito de losa para la infusión, el que pone “mother” en azul, con fantaseosa letra cursiva inglesa. Sobre el mantel un individual celeste; encima, lo dicho.
En el plato de él la fruta está cortada y distribuida según un diseño propio. Dos trozos de sandía rosada semejantes a dos rodillas apuntan jugosas hacia su boca; en medio, como entre dos muslos, descansa un apetitoso triángulo de queso, y sobre esta blancura apoya un moreno bastoncito de trigo, que apunta al vértice del triángulo. El plato de ella es indistinto, también lo prepara él. Ella es mayor, no ve bien; él se solaza cada mañana con ese dibujo: así sí puede comenzar en día.
Publicados en Escritos disconformes. Nuevos Modelos de Lectura
Francisa Noguerol Jiménez (ed.) Ed. Aquilafuente nº 61, de la Universidad de Salamanca, 2004

SELECCIÓN DE POEMAS DE LA PLAQUETTE “CENTRO DE ARTE MODERNO”


Los hilos dorados de la imaginación colectiva

La sospecha (era lo último
que podíamos generar)
nos empujaba a bautizar cada cosa
con dos nombres


La Casa

Cómo disolver una casa, la estructura
de canela simple, sólida en la memoria,
los travesaños de letras de molde
y las ventanas, que enmarcan un único paisaje,
lívido, de la infancia.
Cómo estallar la ceniza y absorberla
por un agujero negro, o mejor luminoso, clarísimo
que brille hasta el fin y se apague.
Cómo no entrar ni salir, que no haya un porche
ni una escalera, ni una sala, ni una madre
al fondo de un sillón, y un hermano por siempre en el baño
descubriendo su adolescencia.
Cómo, una vez la casa quieta, borrar
la ausencia del padre
instalada con rabia de polvo en el vacío.

Cariátide

Caían primero, fluían luego, diríamos
que evaporaban las cosas de ella.
Nunca sabremos si sostenía con los brazos
o con la cabeza; si los hombros, erguidos,
se disolvían en el punto de embriaguez
de un horizonte de alta montaña,
o una insoportable aventura del alma
la empujaba a perder la mirada
en los meandros terrestres.
O si adivinaba a la distancia,
y al acercarse a su rostro
un párpado de estatua paralizaba al voyeur
y temíamos, entonces,
que ese mundo nos fuera ajeno para siempre.

Ostende al Sur

Ostende tiene su homónimo en una costa al Sur.
Estando en Ostende al Sur se piensa, sin que conste,
en Ostende al Norte.
Se camina
por sus senderos de arena y se descubre
el viejo hotel, calco de las construcciones
fin de siglo de Montreux, o la rivera izquierda
de Ginebra.
Pero Ostende,
es una estación ruinosa en la provincia de Buenos Aires
frente al Atlántico;
es un juego descascarado de jardín
en una terraza brumosa;
es un arbusto rodando por la playa.
La herrumbre
trepa los muros abriendo puertas sobre las dunas:
es la que fulge quieta en todas las lanzas
de la escuela flamenca.
El devastado hotel existe para la luz del norte,
La que aquí sufre irriga, como un subsuelo fértil,
La composición feliz.
Ostende,
exangüe bajo el viento, al Sur.

La nave

Había un cuadro en la pared,
algo así como un mínimo concentrado de imagen.
Una vertical de mástil o árbol partido por el rayo
más un esbozo trunco en la base
resumían el movimiento.
De ese cuadro
todos quedábamos colgados,
no de las grandes marinas o los grupos de familia
livianos y abigarrados.
Ese mástil de una balsa abandonada a la corriente
revelaba el trazo interior de cada uno
altivo ante el océano
que el feroz marco individual contiene.
Plomizo y urbano,
cercaba el azabache del palo sin tocarlo,
y casi las olas en un mar de niebla,
hubieran querido absorber de una vez al tripulante
si no fuera que éste era la nave misma.


Hors Champ

La foto del lugar vacío
en su busca por la memoria.
La móvil
extensa foto fuera del marco
del álbum
del universo.



La espera

Cuando vuelva
de no haber vuelto
desde su repliegue óseo, calcáreo
de caracola atónita
y venga a mi como a su arena,
cuando me mude en sílice aventado
borrosa y densa
y yo masque y muerda duna,
encenderé una hoguera para su oído,
cosecharé la lluvia
seré un tormento
de piedra y lava.
Pero no volverá
de no haber vuelto.

Jardines

Este dolor
¿a quién duele?
¿Quién, si emerge al fin,
muere de aire,
del mucho disponible
que oxida las estatuas?
Jardines de llanto
donde tocar magnolias densas
y transitar en andas
del perfume de esta lluvia
de párpados adentro.

Una cartógrafa

Se oía una gran sonoridad que no se oía
Lezama Lima

Había una vez una cartógrafa que delicadamente incluía a los viajeros en las rutas que trazaba. Así, los vestigios resinosos de un traficante de óleos quedaban dispersos a lo largo del plano; una dama antigua de miriñaque y sostén de afuera remembraba a María Malibrán, que ebria hubiera girado sobre sí siendo checo lo que pisaba. Alicia en el país de las maravillas visitaba otros lugares, y claro, de su comparación surgían las bellas voces del idioma: “ay”, “huy”, “qué poco”, etcétera. En general, los viajes eran infinitos, y en particular, cobraban un gusto almizclado y dulce de caramelo de los mares griegos. Encajonaba cofres en los ángulos, pero esos melancólicos jamás sospechaban que dentro de ellos hubiera alguna solución; goznes y sortijas dudosas, dientes y más claveras, abrelatas de la era espacial, y en especial bonetes y muñecas, palillos, aguarrás, liebres, prados, alfombras y dátiles, y hasta Don José sorprendido por tanto acecho majestuoso de la hermosa dama boba.

El Beso

Bolívar paseaba todos los días con sombrero hongo por el jardín. San Martín también lo hacía pero cabizbajo, las manos a la espalda, cada tanto se detenía junto a un ciprés al que no apreciaba en todo su sombrío esplendor.
“Al menos Usted tiene una esperanza” –le espetó el otro- “se nota en la forma de caminar, pero yo… míreme, a duras penas doy nombre a una marca de tabacos, de segunda o aún tercera categoría. En Usted, en cambio, se ve que es hombre de valor ¿tal vez se preocupa?.
Como San Martín pasase por Fontainebleau, se asomó a la ventana cuadrangular y dividida en otros tanto cuadraditos, tras la cual yo escribía esto. Me susurró “Eh, ¿qué hago yo aquí?” “”Déjeme pensar” le respondí“ póngase a un costado, hacia el cerco del vecino y espere unos minutos. Hallaré una solución.” Cada tanto Bolívar levantaba la vista tratando de adivinar lo que se tramaba detrás de los cristales, pero el reflejo del sol le impedía distinguir nada del interior. Daba vueltas elípticas y de tiempo en tiempo verificaba algo en la suela del zapato.
Abrí el Larousse Ilustrado “pequeño” le dije “llévame hasta aquel encuentro”,
supe entonces que Magritte se había disfrazado del gran centroamericano y que San Martín escondía una calvicie total bajo el negro peluquín.
“Venez” les ordené. Intrigados, el pintor belga y el filósofo francés se acercaron a la ventana. “¿Qué es este absurdo?” inquirí. Atinaron a balbucear algo ininteligible. “Irán hasta el fondo del jardín y a poco de separarse uno en la dirección opuesta al otro, cuando dé la orden, harán fuego. Nada de trampas.”
Al cabo de un rato se oyó un disparo seguido de un ruido semejante al de un ciervo cuando se echa a dormir. Saqué el espejito de la caja de maquillaje y comprobé que sobre la orilla flotaba el sombrero hongo, sólo se veían las trazas del filósofo, y en un caballete que había de pie sobre el horizonte, un gran lienzo mostraba una batalla. Una rúbrica con letra cursiva inglesa decía en el borde inferior: “A las 7,15 de la tarde, Bolívar y San Martín, a despecho de las miradas
de ambos ejércitos, rozaron furtivamente sus labios en la colina de Guayaquil.”

SELECCIÓN DE TEXTOS DEL LIBRO “ARGONÁUTICA”

El Ministerio
a José Ángel Valente

Sin ganas ya de criticar, dio por terminado el día. Subrepticiamente, aunque nadie lo observaba, se quitó los guantes y salió del Ministerio. Su cuerpo iba envuelto en sombras, casi invisible por la rapidez que le imprimía.
Sólo los pies, con método, repiqueteaban sobre la escalinata. “Bajaría escalones toda la vida” se dijo a sí mismo buscando asentimiento. Como seguía satisfecho, agregó “escalinatas de edificios oficiales, ex-palacios, ahora burocráticos, con largos escalones de mármol que se explayan entre una fila de columnas y las lajas de la acera, no la estrechez de la escalera del metro de absorbente aliento.”
Una vez terminado el descenso al no disponer de la posición oblicua que
tanto le interesaba, voló hacia la esquina, donde formó un bello ángulo recto,
desapareciendo.
Los ahogados
Cuando el orden se roe las uñas el miedo queda codificado. ¿Aprueba Ud. mi actitud? Sobre un cuadrado un triángulo, sobre todo ello este intenso barniz transparente. ¿Qué piensa? No pido su aquiescencia, esa es suya y deberá descubrirla Ud. mismo, yo puedo nombrarle algunos de mis recursos e incluirlo entre dos pares de signos de interrogación. Ud. puede ser un búfalo, alguien detrás de un ropero donde no hay nadie, puro artificio, vamos. Cada vez que la tormenta se estrella contra el aluminio, o mejor dicho el plástico disfrazado, me doy cuenta de que la obra de Dios está destinada a desaparecer. Nosotros también hemos sido los oyentes de un fantasma que nos ha tenido atados a su escucha gran parte de nuestra vida.
¡Al agua! ¡Al agua! aunque los ahogados se hayan retirado a conversar amablemente en la terraza del café.

Oblicuar obliga

lo que no miran ven
Quevedo

El Cardenal Inghirami deletreaba lo que podía.
Su capacidad de 90 y 45 grados, aliviaba a sus
coetáneos con una opinión digna de ser tenida en cuenta.
Sartre y yo participábamos del mismo anhelo. Don Juan decía
que el guerrero debía forzar la mirada de la forma en que sólo ciertos elegidos acusan de nacimiento. También los reyes del
Alto Perú eran agraciados durante su infancia con la visión incesante de un péndulo. Se capta, entonces, el antes y el después, que permanecen en la pupila actual.
Yacer, y olvidando la mejilla sobre la bolsa de plumas salir en busca de un sueño; pero desvelada, revelar: cruzando un puente; flexionando la rodilla en el acceso de mármol a palacio; abriendo el picaporte del toilette en un snack; perdiendo un pase de ping-pong
porque la pelota saltó sobre la cintura y el tirabuzón se trabó como si alguien hubiera aspirado tan hondo, que absorbiera
todo el mar en una piedra. Oír la circulación en el vientre del gato que duerme, cuya oquedad atraviesa temblando un avión en el Golfo de Méjico.
La oblicuez facilita la analogía, el dividendo obtuso, la suma imperial en el anexo del pequeño pabellón al fondo, desde donde el estampido voltea el último piso de una torta de bodas en Viena.
Tienes frío yo me ahogo. No hay coincidencia ni progreso Paralelas y el teorema de la rosa. Celebrar el mundo acumulando
pequeños frascos de esencias sobre la mesa y soplar el polvo tras sus improntas.



El castillo

Lo poco que sé se oculta con un disfraz que le regalaron
a mi madre, hace infinitos años, y que provenía de Siam.
Me presenté a la fiesta con él y pronto descubrí lo raído
y miserable que era. Se pensó que en ello residía el estilo (siempre que no se distingue el estilo se lo supone inmenso
puesto que no se ve), pero yo sabía que era prestado,
aunque un recuerdo muy vago de quién era ella, me impedía reconocerlo como ajeno.
El Castillo se vendía de pie,
se enajenaban objetos preciosos que la gente no alcanzaba
a pagar, ni tampoco deseaba. Por esto es seguro que aún hoy permanece como entonces, erguido y soberbio con la remota intención de entrar en subasta, pero sólo para verificar
el deseo de quienes pasan


Noni Benegas, nace en Buenos Aires y vive desde 1977 en España. En 1982 obtiene en Ginebra (Suiza) el Premio Platero de la ONU por Argonáutica, (Laertes, 1984, prólogo de José María Valverde). En 1986 gana el Nacional Miguel Hernández con La Balsa de la Medusa, (C.A.M., 1986). En 1991 publica Cartografía Ardiente (Verbum 1995) En 2002 aparece Las entretelas sedosas, (Casa del Inca, Montilla). En 2004 obtiene el XXIV Premio Esquío con Fragmentos de un diario desconocido, (Caixa Galicia 2004) El Beso, libro de arte, se publica en edición numerada del Centro de Arte Moderno, Madrid 2007. Burning Cartography, antología bilingüe aparece en 2007 (Host, Austin, TX)