martes, abril 17, 2007

JUAN CARLOS MOISÉS


Desde la aparición de la computadora, los ritos en torno a la escritura me fueron abandonando. Escribo en cualquier momento, en cualquier lugar, sobre cualquier soporte. A veces, mientras camino por los alrededores del pueblo, aparecen palabras, se me ocurren ideas, vuelvo a casa y arranco con un texto. A todo lo que escribo lo dejo descansar un tiempo prudente. El momento de volver a ese material ocurre por pulsión, como el de la escritura. El trabajo de poda y corrección siempre lo hago en la computadora. Me puede llevar meses, años. Soy un escritor lento.
El comienzo de un poema nunca obedece a un plan. Ocurre, simplemente. Y aunque ocurra de manera espontánea, la escritura comenzó mucho tiempo antes, con la sola “atención”. El plan puede o no venir después. El plan puede contemplar una idea de poema y también de libro, que tomarán forma durante la escritura, gracias a la escritura. Las ideas en poesía no se conciben sino con palabras. La única manera es pensar el poema con el poema, a medida que se va escribiendo.
La corrección de un texto es la escritura misma.
Un poema se impone de muchas maneras. Porque es parte de la experiencia. Porque a la materia escrita se la siente viva y tiene futuro de poema. Y sobre todo, porque las palabras, algunas palabras reunidas de determinada manera, adquieren el sentido de realidad que necesita la poesía.


JUAN CARLOS MOISÉS


POEMA DEL LIBRO "MUSEO DE VARIAS ARTES"

GUIA PARA VISITANTES

Bienvenidos al Museo de varias artes. Se sugiere que tengan la precaución de entrar arropados, porque el otoño se acerca y el invierno espera con el deseo de hacer lo suyo. El espacio a disposición tiene límites naturales pero el horario de atención no se interrumpe. Pueden permanecer el tiempo que crean conveniente. Horas, días, semanas, meses. Pueden entrar a la mañana (la mañana que se transforma en un objeto bajo la mirada), a la tarde y a la noche (otros objetos que tienen su atributo). De modo que, con la inquietud que eventualmente los acompañe, pueden ubicarse con comodidad entre la luz del día que comienza y la penumbra de la noche que se borra. De hecho, pueden quedarse y no quedarse mirando lo que nace tantas veces y se modifica, después, más allá de los ojos. Es posible que fuera de la mirada se pueda estar más ausente de sí, más abarcativo, más impersonal y presente, para comenzar a formar parte de los objetos que se perciban.


EL DAMASCO


Antes de que ocurriera
yo no sabía nada.
Raúl Gustavo Aguirre
(“Señales de vida”)


En estos primeros días de otoño
el damasco sigue siendo un damasco,
flaco de aspecto pero fiel
a su carácter,
con unas pocas hojas
aferradas de las uñitas
que demoran el desprendimiento.
Da una especie de lástima.

Si lo comparamos con el plano
de la pared del fondo,
con los ladrillos parejos
quema-dos a fuego, chamuscados,
superpuestos en hilera rigurosa,
esas ramas desiguales modifican
las cosas dispuestas de antemano,
lo uno y lo otro, el fondo y el objeto
de lo que enfoca la mirada.

La perrita, que llamamos Nube
por las manchas claras de color
en su pelo, no es parte del damasco
pero se involucra como si lo fuera,
y hasta se diría que espera el clic
que no espera el damasco
de quien lo mira.
Nubes siguen siendo también
las que miran desde arriba,
prendidas a lo que trepa.
Las ramas se desprenden
de los gajos
como si quisieran ser parte
de otro árbol, pero no tardan en volver
para poner las cosas otra vez en su lugar:
la rama, donde hubo rama,
la hoja, donde hubo hoja.

Árbol movedizo por donde se lo mire,
nunca es el mismo.
Su forma es informal, para decirlo
de otro modo.
El movimiento
engaña en su dirección,
las ramas insinúan que se tuercen
cada una para su lado.
Creemos que la estructura va a desmembrarse
y que después de un instante
nos quedaremos sin árbol ante los ojos.
Esto no es así, el damasco produce
una especie de pataleo impreciso,
un fluir de ramas gruesas y delgadas,
y poco importa en verdad
al cabo de un momento
la magnitud del camino,
ancho o angosto, recto o sinuoso,
porque la forma se las arregla
para descartar lo que parece
y quedarse con lo que es.

Si miramos tras los racimos
de hojas, se deja ver el cuerpo,
las costillas del condenado.
Quedó indefenso, pero no dudó
cuando la oleada de humo
de la fogata de hojas secas
que se elevaba en el patio del vecino
hizo un giro en remolino
y lo envolvió, ni le hizo mella
que en un momento de confusión
se hiciera lo que parecía
la noche anticipada.

La noción de tiempo
es a nosotros que confunde.
Todo pasó y el desafío del árbol
provoca una nueva irrupción
de la realidad en los sentidos.
Que asimismo los sentidos
son provocativos con la realidad
es lo que incomoda, pero no al damasco.
El énfasis de su aspecto
se presta a una definición incierta.
Llama la atención por lo que calla
y rehúye, pero sin bajar los brazos.
Marca su territorio con sólo estirar
el pescuezo; de animal tiene lo suyo
como nosotros de árbol.
Su trazo es delgado y es vago como el vuelo
de una mariposa con las alas asimétricas
que no encuentra el rumbo ni acierta
con el ritmo de su desplazamiento.

Algo desentendido hay allá arriba
que produce entredichos.
Un color último se manifiesta
en diversos tonos que se extravían
y no tienen continuidad,
pero aun lo breve se debate
con crispada tensión.
El efecto de la luz en esa variedad
de detalles descompone la forma
y los espacios ocupados hacen olvidar
los vacíos que envuelven al árbol.
Miramos dramáticamente,
obligados como estamos a definir
esa cosa viva llena de padecimiento.
Y mientras una rama se ha desnudado
toda a lo largo, otra permanece unida
a sus hojas, distraída,
ajena a las modificaciones
que se van sucediendo sin que nada
podamos hacer para alterar
el libreto de su tragedia.
Salvo que como el gato
tuviera seis vidas más para arriesgar
en un juego que, lo sabe,
no tiene los naipes marcados.

No es comedia, como quisiéramos.
El caso es que lo sabemos,
como sabemos que nuestras manos
son incapaces de resolver
el cálculo de posibilidades
de un destino inseguro.
Apenas somos mirada y voluntad
para las intenciones que calla.
Lo mínimo fluye ahora,
mientras vamos apresando
al damasco que hay en el damasco,
como un modelo bajo la pincelada
que tantea el vacío.

No hay manera de escaparle
a las definiciones.
Por lo bajo el árbol se ríe
de lo que pienso de él,
porque sabe quién soy,
y el crédito que no me da
es la duda que ahora le devuelvo.
Nunca está todo dicho, aun
entre viejos amigos
que en medio de la verdad
se quieren y necesitan sin condiciones,
porque uno justifica al otro
y la diferencia lo complementa.

El damasco no es lo que fue
ni es lo que será,
y todo eso, sin embargo, es
un continuo que no pifia
pero engatusa.
Mirándolo me miro a la cara
para interrogarme, para saber
si es posible un pensamiento
sin abolladuras.
Siento, luego pienso, es
lo que digo, lo que creo que digo,
o lo que debería decir.
Estoy dispuesto a caer en su trampa.

De tanto mirarlo vemos que muestra,
esquivo y mordaz, lo más obvio y conocido.
No porque esquive las preguntas
se presta a una confusión inútil.
Su certeza puede más
que nuestra desconfianza.
El árbol no quiere darse
por enterado de lo que silbo.
Pronto mi cuerpo se abatata en el encuentro.

Si aflojar las piernas
fuera algo más que una ilusión,
le haría bien caminar
un poco por ahí, como nosotros;
tanta tierra por delante
lo mantendría ocupado
y no se pondría a pensar
en problemas de difícil solución.

Por momentos se me hace
que anda
con el cuchillo bajo el poncho,
como si nadie lo supiera.
Lo que todavía no sabemos
es cómo se reparte
la muerte en su corazón
ni qué sentimiento bombea primero
al resto del diseño, porque semeja
vivir sin preocupación como una boca
sin palabras.
Eso que llamamos damasco
permanece en apariencia
cerrado, ensimismándose, ajeno
a lo que pasa.
Sin embargo, el otoño
se ha ensañado con el árbol
en este breve día de mayo.

Lo que se había elevado
cae sin peso, sin remordimiento.
Ahora esas hojas miran desde abajo.

Llega el frío y pueden imaginarlo:
cambia su aspecto pero no su orgullo.
De pie y a menos de dos metros
de distancia, busco mis manos al final
de mis brazos abiertos.
La vecindad me devuelve
restos del verano: pétalos oscuros,
hojas secas, carozos descarnados,
macerados por acumulación.

Hasta no hace mucho el damasco despedía
aromas fragantes, y ahora,
cuando una ráfaga anticipa la lluvia,
se dobla con un quejido.
Los arrebatos del viento lo modifican
previendo un final.
Los ojos que miran
se adelantan en el dolor.
Esos golpes bruscos lo deshojan casi
completamente, la humedad que lo cubre
queda a la vista, oscurecida,
pero la luz ha surgido
de algunas hojas como un cosquilleo
que despierta la curiosidad
de quien se ve envuelto en su misma red.

Las hojas que se volvieron negras
tiran de las más claras;
saturada está la base, el tronco
donde nace, y fragmentaria su copa,
su parte de cielo que se mueve en abanico,
sin quejarse pero con chuchos.
Nos olvidamos de aquel aspecto
y la atención nos lleva
a la parte superior
donde las formas precarias
dibujan nuestro acertijo.

Las hojas de arriba se pierden primero,
algunas comienzan a mostrar agujeros
como si la materia tendiera a romperse
por tensión de sus partes individuales;
muestran perforaciones con signos
evidentes de que tarde o temprano
algo se degrada,
a la vez que otras pocas hojas permanecen
indiferentes, ajenas a cualquier posible
modificación, y esto es engaño
también, y es astucia.
Lo inevitable
termina por suceder.
¿Pero qué es lo inevitable?
¿Es ir de lleno hacia la nada
sin recorrer el camino?
Buscamos alguna posibilidad
para el damasco mientras padecemos
un estremecimiento: el árbol
reflejado en nuestros actos.

La única esperanza es que todas
las respuestas puedan ser saciadas
no bien trasp-ues-to el invierno.
¿Pero qué es todas?
¿Y cuáles las respuestas?
En nuestra duda se hace fuerte el damasco.

Piel de gallina en nuestros brazos;
es el frío del invierno anticipado
que hace el efecto por sorpresa.
La forma se desnuda; inocencia
es lo que no puede esconder.
El damasco también está hecho
de palabras, y las palabras
de tiempo.
Todo eso sigue ahí, cerca,
en el jardín, próximo a la ventana
mostrando las hilachas.
Hilachas, no pinceladas.
Podría pasar por una acuarela;
recuerda a las acuarelas
de Pompei Romanov, un artista ruso
y ‘real’ que supo vivir sus últimos años
pintando como un impresionista
tardío en medio de las chacras,
árboles, pastos, aguadas,
de esta tierra perdida.

También podría ser un dibujo
con unas rayas hechas a cuchillo
en el papel, tiradas a ciegas para hacer
notar el efecto de la casualidad
antes que de la furia.
Pero no es casual ni hay abstracción
en su lucha personal, osada y pendenciera.
Es una nueva posibilidad
para el damasco.
No sé
si esos intentos lo tranquilizan
o lo ilusionan; lo que conmueve
es la audacia de su naturaleza.

Y si lo real es posible en esa forma
que asume su revés, podremos glosar
pantomimas antes que palabras
sin que le haga mella
el resultado.
Imitarlo, parodiarlo, padecerlo
o reírnos con él de lo que somos.
Contar su historia en la nuestra
y la nuestra en la de él.
Ser eso de lo que hablamos.

Cada posibilidad se suma para que avance
la idea sobre la cosa, la envoltura
o la falta de ella,
en esa humanidad increpada.
Vuelve a hacer lo suyo la memoria
por un instante: pienso en los frutos
que dio en el verano
contra los cuales se ensañaron
los pájaros cada mañana,
en especial chingolos y zorzales.
Aquellos frutos, dulces y jugosos,
tuvieron su momento;
las huellas de esa violencia
puede verse en unos pocos
carozos acribillados que todavía cuelgan,
secos, aferrados a las ramas.
Lo que salvamos
se encuentra en la despensa:
unos frascos de mermelada
que hicimos cocinando
la pulpa azucarada a fuego lento
sobre la hornalla y revolviendo
con la cuchara de madera
hasta el punto que indicaba la receta
casera que nos dio mi abuela María
en su cocina de la chacra
cuando la visitamos el último verano
mientras nos hablaba
de su infancia española.
No le temblaban las manos curtidas
cuando refirió detalles de su padre
deportado por causas políticas
a España, en el 35.

De estas cosas también se hace un árbol.

Lo que fue en el damasco
vuelve a ser un desafío sin condiciones,
lejos de un aire veraniego
que sigue en contacto
con el paladar y la lengua.
No hay acto fallido para los sentidos.
Muchas cosas se han ido sumando:
la tierra oscura, las hojas alrededor,
opacas y dispersas, y una vereda,
a su derecha, que refleja una parte
de cielo.
Reflejo de reflejos,
así vamos de cabeza hacia el árbol real.

Sólo en lo alto de esas ramitas
desgraciadas la luz permanece
apiadándose por un momento.
La oscuridad empareja las formas,
las últimas hojas comienzan a definirse
con gruesa imprecisión.
El damasco se hunde en la noche
como si se alejara de nosotros;
diría que nos arrastra con él.
Raro: ninguna queja en el dolor.
Nos tiene agarrados.
Es un escarmiento moral
para los que esperamos algo
de las palabras.

Sabemos que todavía permanece
porque un contorno sugerido,
un arco leve se curva de arriba abajo.
Un pedazo de copa, de rama separada
y de hojas solas se desdibujan en el cielo
donde hay menos oscuridad que al ras
de la tierra, donde de algún modo
la realidad se ha ido
o se ha borrado; sólo
por el movimiento de esas hojas
-que pudieran ser otra cosa-
sabemos que algo todavía queda.
Lo que muere se resiste un poco,
nada más, y el damasco, el pequeño
frutal plantado en los fondos
del patio, dice y no dice
que no quiere saber nada con la nada.

JUAN CARLOS MOISÉS


POEMAS DEL LIBRO "ANIMAL TEÓRICO"


Me gusta escribir poesía de objetos, animales, sueños, personas. A veces, cuando puedo, escribo poesía con objetos, animales, sueños, personas. Por lo pronto, hago mía aquella frase conocida: ¡Poetas, a las cosas y a las personas!
Ahora bien, los poemas no se dejan escribir de un tirón. Los poemas, o eso que todavía no son. Sus partes no se encuentran, se distancian, se confunden, esperan impacientes, buscan su lugar y su momento. Ni cual-quier lugar ni cualquier momento. Mi pueblo natal, las orillas del río Senguer, la chacra de abuela María, los caminos secundarios. Generosamente, a la mañana temprano; a la hora del mate de la tarde; o a la noche, bajo las estrellas. El resultado de la escritura es diverso, y lo diverso ayuda a lo propio, como si fuera otro el que tomara mi mano y dibujara las palabras del poema, esos ideogramas.
Este libro fue, en su momento, no menos de cuatro libros, cada uno con su biografía. Ahora es uno solo, pero no habría sido ni siquiera uno si, por inconformismo o por piedad, hubiera seguido entusiasmado con la poda de poemas hasta el final.
En consecuencia, se puede advertir que los poemas que sobrevivieron están escritos en una y en otra dirección, en cuyo caso podría deducirse que, en conjunto, están escritos en ninguna dirección, como si esas fuerzas se anularan, lo cual quizás sea tan cierto como deseable. Aunque no son precisamente escritos negados. Anegados pudieran ser, cuando las aguas de la poesía desbordan los límites del papel y avanzan sobre objetos, animales, sueños, personas y lo demás.



CAJA DE PANDORA

Una poesía de propuestas
o una poesía de poesía,
una poesía de filiaciones
o una mirada destructiva sobre las lilas blancas,
un cielo sin ángeles
o un revólver frío como la noche,
una poesía sin palabras
o una poesía de dientes de ajo,
una poesía de respuestas
o una poesía de personas,
una nube pasajera bajo las constelaciones
o un viento del sur,
una escritura automática
o una lapicera clavada en el cuerpo de tu enemigo.


EL QUERIDO

Según el último censo
nacional,
mi pueblito, el querido,
el natal, tiene más o menos la misma
cantidad de habitantes
que cuarenta años atrás;
eso porque no contaron árboles,
sueños, pajaritos, nubes, aguaceros,
todo lo que respira
y queda para siempre.


AUTORRETRATO

No he descubierto aún
qué clase de tipo soy,
mucho buscar y saltar
como el saltamontes,
de ojos chiquitos y bigotes chamuscados,
quise usar la cabeza y usé los pies,
hablé demasiado,
nunca aprendí a cantar.


HAY UNAS CUANTAS PALABRAS

Hay unas cuantas palabras
que quisiera reunir.
Haciendo cálculos
creo que me llevaría
toda una vida reunirlas.
Les debo ese poema.


INTERCAMBIOS ESPONTANEOS

El caballo con una pata de mesa,
la mesa con una pata de caballo.
Festejamos esos entreveros,
porque en todos nuestros intercambios
nos hemos quedado vos
con uno de mis pies,
yo con una de tus manos.

PALABRAS Y GROSELLAS

Las palabras no dicen
nada
o dicen muy poco,
no son consistentes,
sólo llenan espacios en blanco,
buscan repercusión en sí mismas
cuando no son el sí mismo
de formas graciosas, groseras,
grosellas
me encuentran, me atrapan
del cuello y cubren
toda mi boca
hasta colmarla
(grosellas maduras).


RAMA SUSPENDIDA EN EL AIRE

Como rama
suspendida en el aire,
separado de lo que sucede,
me dejo estar:
ni un paso adelante
ni uno atrás,
no miro a ninguna parte,
no hago decididamente nada.
¿Para qué?

Desafío
a lo que se agita alrededor.


LA VERDAD

La vaca parada
en el lomo del pajarito
me toma una fotografía
mientras miro al pajarito
que apenas resiste
el peso de la vaca,
como el actor que hace
de su personaje la verdad
y de la verdad
un lugar inestable.


MEDIDAS IMPRECISAS

Está bien, dos más dos es cuatro,
pero querer a alguien es cinco,
seis, tal vez siete.
Oír el verano, oler la noche,
no tienen medidas precisas.
Se puede ser bueno o malo,
ambas cosas o ninguna,
sin que manzanas se vuelvan peras.
Los afectos no se suman,
los defectos no se restan.
Las nubes no abren juicios sobre las personas.


A VECES SE DEJA EL CUERPO

A veces se deja el cuerpo
tirado lejos
y se camina en sueños.

El cuerpo tarda en regresar.


RECUERDO ES OLVIDO


Recuerdo es olvido,
hablar es callar, no sé
si dije lo cierto,
mentira es certeza,
sólo en la poesía creo.



MI ANTEPASADO FUE UN MEMBRILLO


Mi antepasado fue un membrillo,
germinaciones espontáneas
dieron conmigo.
Si me dieran la opción
no elegiría un zapallo
como futura herencia.
La exigencia mínima
sería un conejo.



MUERTOS AMADOS


Testarudos, no por ciegos,
estos muertos amados
siguen buscando aventura;
con la lengua amortajada
y seca parecen decir:
hay que ir y hundirse en la tierra
de cabeza, abrir grietas, no parar
nunca.


EL TIEMPO ES UNA TORTUGA TESTARUDA


El tiempo es una tortuga testaruda
que no vuelve atrás;
buscamos la manera de convencerla
o con palabras sutiles intentamos engañarla,
le hacemos pasar gato por liebre,
liebre por conejo,
y la tortuga porfiada
con los ojos puestos en el infinito
sigue adelante sin chistar.

Tengamos cuidado cuando nos llamen
a la mesa de las celebraciones,
el menú inesperado pudiera ser
sopa de tortuga.

LA LISTA DE LAS COMPRAS


‘Mi amor, la alegría de oír abrazados,
en el amanecer todavía oscuro,
a los primeros teros
después del largo
y no muy amistoso invierno.’

No te imaginás, dice mi mujer,
la cara que puso el chico del mercado
cuando descubrió por azar
las palabras escritas al dorso
de la lista de las compras
que le alcancé sobre el exhibidor
de las carnes frescas del día;
y la mía, dice ella, mi cara de no saber
qué decir en medio de la ansiedad
de los clientes, cuando me devolvió
el papelito confesando sin pudor
que le gustaban los poemas de amor.

Qué iba yo a pensar, cuando el barullo
de los teros nos despertó en la mañana
y con el apuro fui a escribir a ciegas
en el primer papelito que encontré
sobre la mesa, que el entusiasmo
de ese acto mínimo y fugaz
por la retirada del invierno
iba a tener tan rápido como canta el gallo
el consuelo involuntario de un lector
enamorado.



AGITAR EL ÁRBOL


Matamos un pájaro,
creo que era un zorzal;
su caída se detuvo a tiempo
cuando su cuerpo con las alas
quebradas se encajó
en unas ramas del damasco;
horas después seguía pareciendo
una fotografía captada
en la mitad del vuelo.

No sabíamos en qué momento
iba a desprenderse de las hojas
para completar la caída.

¿Y si cayendo nos arrastraba con él?
Nadie se decidía a agitar el árbol.



VIENTO DE LA NOCHE


Después del viento furioso de la noche
no quedaron manzanas en el frutal,
cayeron al suelo, entre el pasto
y el yuyal que olvidamos cortar.

Las manzanas que levantamos a la mañana
fueron a parar al horno de la cocina
donde se asaron lentas y sin furia.

Esas manzanas son las mismas
que comimos en el almuerzo,
y nada, ni los bordes de la cáscara
chamuscada por el fuego
ni su sabor algo azucarado
por el licor que rociamos encima,
nos hizo recordar del viento de la noche
ni del fuerte abrazo que nos dimos
bajo las sábanas hasta dormirnos.



RAZONAMIENTOS

Y toda esa puesta en escena va y viene, porque
no podemos discernir el sitio: ¿dónde sucede lo real?
Fernando Kofman


1
¿En dónde reside el uso del huevo:
en el adentro o en el afuera?
En ambos, supongo; y si así fuera,
diferentes son las razones
como a simple vista es diferente
lo cóncavo de lo convexo.
Basta dar una mirada
al concierto de El Bosco,
que pintó a los músicos incómodos
un poco adentro y un poco afuera del huevo.

No sabemos si su intención
fue dar algún sentido a esa esfera
que le cuesta tenerse en pie,
salvo flotando en medio del agua
como tabla salvadora,
aunque también se puede pensar
que va a la deriva
por la ausencia de timón.
Para su mano de artista
no fue la primera preocupación
que los espectadores
fuésemos capaces de oír con la mirada
el ramillete de notas de una melodía.

A juzgar por el sentido común
-que a pesar de la apariencia
a El Bosco le calzaba al dedillo-,
podemos decir que el huevo inmenso
no es de animal conocido
y que los músicos están ocupando,
provisoriamente o para siempre,
el lugar que abandonó el pichón.



2
Los optimistas aseguran
que el “concierto en el huevo”
no ha llegado a su fin,
que los vapuleados instrumentos,
aunque desafinados, se siguen oyendo.
Al parecer, El Bosco pintó varias copias
porque no le salió de primera intención
o porque se entusiasmó
con las posibilidades del modelo.
Por la postura y la cara de los músicos
no pudo o no quiso disimular
lo divertido del concierto,
detalle que puso fuera
de toda discusión.


3

Si acomodáramos la retina a un solo propósito
y dejáramos de lado la minucia de los detalles,
podríamos arriesgar con tranquilidad
que una de las interpretaciones posibles
es que esos músicos entusiastas
han decidido volver
al lugar de donde nunca hubieran querido
salir: el útero materno.

Por eso se los ve sonrientes y simpáticos,
como chicos que no se preocupan
por saber cómo son las cosas en la realidad,
o bien porque lo saben y ese es el motivo
que los vuelve tan inocentes como despreocupados.

Recordemos que en el arca de Noé
había animales y no músicos,
y esto ya es un avance considerable
para pensar en un bote que navega
hacia algún lado, o hacia ninguno,
pero que lo simula en todo caso
para darle un sentido posible al concierto
que interpretamos sin partitura
cada día de nuestras vidas.


4

No sé; de lo que conozco
sin ir muy lejos de casa,
y dejando de lado los de pascua,
ricos, de chocolate, con sorpresas
y chucherías en su interior,
que de varios tamaños los hace
el arte de la repostería,
sin contar los huevos de dinosaurio
que se han encontrado
petrificados por el tiempo,
hay huevos fresquitos que son
más grandes que los de gallina,
de choique, por ejemplo,
como le decimos al ñandú.
Ahora bien, pese al esfuerzo
los huevos de choique-ñandú
no han logrado ser más grandes
que las mismas gallinas,
ni silbando desde adentro.
Las liebres no ponen huevos,
se salvaron.


5

Es cierto que a veces nos hace temblar
el efecto de las afirmaciones.
Por ahora estamos dispuestos a decir
sin malicia algunas verdades a medias,
mimetizados como estamos
con el tiempo que nos tocó vivir.
Cuando decimos que esto es bueno
y que esto otro no lo es
estamos dando una respuesta moral.
Decimos que amamos el mundo
pero eso no nos hace más buenos.
Tampoco es cuestión de ver
quién llega más lejos con la risa,
porque la angustia siempre
espera y no tiene dueño.
Vano, sin embargo, es esperar algo
de los cantos de sirena,
ni de las mismas sirenas;
Ulises no les dio ni la hora, y Homero,
por lo que sabemos, sordo no era
para ignorar de lo que hablaban.

No sé si me hace más humano
pero a mí me sigue gustando
como un acto adherido a las partes
oír desde la cama al gallo que canta
en el vecindario a la mañana.

Todo porque vivimos
en un huevo empollado por Dios.


LA CONSIGNA DE LAS FLORES SILVESTRES


Las cuatro estaciones:
Vivaldi, lo obvio.

El verano, el fugaz verano se va;
luz viva, de otoño, antes
de un tris, hiriendo, se va.
Llega, se demora el invierno,
el burlón, en lo que queda
a salvo del cuerpo.

Lo menos obvio:
la consigna de las flores silvestres
que permanecen erguidas.

(Si es por no torcer
el pulso que me retiene
en estas páginas
sólo dos cosas me he propuesto:
no dejar de escribir,
no confiar totalmente en las palabras.)

Primavera es lo que regresa
desde los pies.


ESTE RÍO ES COMO TU CUERPO


Este río es como tu cuerpo
aunque con otras propiedades.
De muy cerca, así, en la orilla,
te observo, te hablo, hundo
un pie en el agua
(incluso para decir muerde
pez uno de mis dedos);
como el río
tu cuerpo también ahora
toca, envuelve mi cuerpo.
para dar con la laguna prevista
en el diseño general.



OTROS VEINTE AÑOS

a Milton Jones


Y bueno, ya entraste;
los botines con barro dejan la marca,
la visita deja la marca, el invierno
deja la marca; después barremos, pasamos
el trapo húmedo, lo pasamos.
No será la última vez
que dejes una marca en el piso.
¿Unos mates, un vino tinto?
Nada, mates no, vino tampoco.
¿Un té, galés, inglés, en hebras, en saquito,
lo que sea? Ni un té, nada entonces;
¡qué clase de galenso, galés, eh galés, ah
una manzana!
Bueno, una manzana es algo.
Una manzana es algo más, no hay duda.
La edad no perdona nada, nadie perdona,
no perdonamos.
Mejor comamos unos bifes
a la plancha, vuelta y vuelta, jugosos.
Ahora sí el vino. ¿No? No querés
hablar de más, querés estar sobrio,
ver lo que pasa, no dar vuelta
la cara, no dejar que crezca
el bigote en la cara, que no
se te pegue la tristeza en la cara,
no querés tapar con la gorra la mano
ni tapar con la mano la cara,
querés tener los ojos bien
abiertos, la boca
en guardia.

Pasaron veinte años.
Volvamos a tener veinte años,
nada más, volvamos, volvámonos.
Creo que estoy hablando mucho; si estoy
hablando mucho avisame,
tenés que avisarme
antes de que pasen otros veinte años.


ESCENAS


Un zorzal que salta bajo la lluvia
en el jardín y hábilmente picotea
la tierra en busca de lombrices
que suben hasta la humedad
de la superficie es, en parte,
la realidad de este día.

Deberíamos agregar, en segundo plano,
tras la intimidad de la ventana,
la otra escena dramática del poema:
el actuar de unos ojos sin tregua
buscando a su presa
entre los detalles del día.




INUNDACION


El amor debe estar preparado
para cambiar sus modos
y adaptarse a lo nuevo
que viene de nosotros, con nosotros,
dice mi mujer, desperezándose.
Y cuando descorre la cortina
el sol de la mañana entra de lleno,
se abre paso y nos alcan-za.
¿Esto es lo nuevo de lo que hablabas,
la luz desmemoriada volviendo al comienzo?
La respuesta la da el lago mojando
nuestros pies, al pie de la cama,
hasta inundar las habitaciones de la casa
donde apenas se divisa la otra orilla,
los cerros desdibujados al fondo.

Y bien, debemos comenzar un nuevo día,
dice muy tranquila mi mujer.
Ahá, le digo, incapaz de decir nada coherente,
las palabras flotando en la lengua,
la casa nadando en el agua.
Aprendámoslo todo de nuevo, dice ella
haciendo barquitos con la mano.
¡Ah, ah!, digo sin levantarme,
porque por momentos viene el frío
desde el fondo oscuro del lago,
y tartamudeo y me siento llevar
despatarrado en la cresta de una ola,
destellando los ojos como una baliza,
abriéndome paso entre los juncos y el agua
hasta divisar sus brazos amados.

FOGATAS


El humo de las fogatas
se eleva sobre las casas
y los árboles más altos;
también nosotros quemamos basura
en el fondo del jardín,
amontonamos lo que no sirve,
lo que fue, hojas y ramas secas.

El fuego es remedio
para estos desperdicios,
y muchas veces el alma,
lo que llamamos alma,
se beneficia particularmente
ardiendo como los restos de vegetación
en el fondo del jardín.

Al caer la tarde
láminas de escarcha comienzan
a descender sobre la tierra
donde ciegas lombrices duermen,
y manzanos, perales, ciruelos,
aún se turban sobre los montones de hojas,
que pronto consumirán las llamas
y la fugacidad de la vida.


UN BAR DEL CAMINO


Cuando entré a ese baño de bar
del camino y la puerta se trabó
sin explicación, creí encontrarme
en el mismo infierno; no advertí
que hubiera lo que estrictamente
se llama fuego, crepitaciones,
gritos de dolor, sólo unos pocos malos
olores que me envolvieron
y la lamparita que no prendió.
Para estar en medio de la pampa alta
y desmesurada ese baño era un lugar
demasiado pequeño, sucio, opresivo.
Ni las frases chistosas escritas
en la pared con letra despatarrada
fueron capaces de provocarme
la mueca de una risa.

En las manchas de humedad
del revoque descascarado
vi con horror la sombra del que soy,
vi rostros no amados,
vi todo lo que no se desea ver:
de mí, de los otros, de lo otro.
Dije es el fin, ahora sé cómo es
la última visión de una persona.

Mi única esperanza fue
el ventanuco; después de forcejear
en lo alto durante unos momentos,
el hierro viejo, debilitado, carcomido,
cedió, y cielo y nubes entraron
increíblemente a tiempo.

JUAN CARLOS MOISÉS

Juan Carlos Moisés nació en Sarmiento, Chubut, en 1954. Publicó Poemas encontrados en un huevo (1977), Ese otro buen poema (1983), Querido mundo (1988), Animal teórico (2004), Palabras en juego (2006 – 1º premio en el Concurso Patagónico de Poesía Fundación Banco Provincia y Dirección General de Cultura de esa provincia) y Museo de varias artes (2006 – 1º premio Fondo Nacional de las Artes). De 1990 a 1998 dirigió el elenco teatral “Los comedidosmediante”, con el que recorrió varias ciudades del país. Autor de La casa vieja (1991), Pintura viva (1992), Muñecos, un cuento de locos (1993), El Tragaluz (1994), Desesperando (1997) y La oscuridad (2002), todas estrenadas. En tres oportunidades obtuvo el 1º premio en el Encuentro de Teatro del Chubut y fue seleccionado para participar de la Fiesta Nacional del Teatro en Mendoza (1993), Tucumán (1994) y Catamarca (1997). En 1994 El Tragaluz fue premiada en Tucumán y participó de una muestra en el Teatro Nacional Cervantes. Como narrador, dibujante y guionista de historietas ha publicado trabajos en medios gráficos. Vive en su pueblo natal.















1 comentario:

Anita Leporina dijo...

Gracias por publicar este material. Me gusta mucho Moisés.