domingo, mayo 27, 2018

IRMA VEROLÍN




Para que comience a escribir primero tiene que surgir alguna manifestación de incomodidad entre mi persona y el mundo o esa vastedad de cosas y circunstancias que llamamos mundo. Luego es necesario que se produzca cierto toque en alguna zona íntima, la palabra viene a convertirse en un puente pero si no existe la tensión la palabra se alisa, se achata, se vuelve blanda finalmente. La tensión interna debe ser contenida para que el lenguaje vacile lo suficiente, vibre, se crispe un poco. Ese momento inicial es definitorio, marca el tono, el ritmo,  el enfoque. Hay que saber guardarlo, cobijarlo, sostenerlo y a la vez tener la capacidad de atravesarlo: la tensión está allí. 
En mi adolescencia estudié guitarra clásica, afinar las cuerdas para que los sonidos respondieran a una grafía musical me resulta una buena metáfora para el acto de escribir. El sonido  de la música y el color de una palabra no difieren demasiado entre sí. Se trata de encontrar una sintonía entre dos sistemas diferentes: el lenguaje con su monumentalidad y lo volátil de la vida. A veces voy llevando a cuestas una palabra que está sola, como arrancada del corpus,  poco a poco esa palabra se transforma en un germen que da pie al texto, sea poema o relato. Es la coloración de la palabra lo que me cautivó o lo que  ella me evoca sin que lo sepa completamente. Otras veces es una breve frase. Vienen solas estas palabras sin que las llame, sin que sea consciente de qué fue lo que las trajo hasta mí. Sin embargo están allí y me acompañan  transitoriamente para que después sean el inicio de un texto. En realidad yo vivo con las palabras, cohabito con ellas en cierto estado de exasperación porque siempre las estoy cazando, cultivando o acaparando, son mi material y mi obsesión.  Claro que  finalizada esta ardua iniciación llega la etapa del tachado, de la sustitución, del movimiento de las palabras en el espacio. Es un juego inquietante, ya sea que se trate de podar o de expandir, el acto de canjear es siempre un quehacer desparejo. El desafío reside en creer que es posible un canje justo. La clave está en el momento del origen que engarzó dos instancias aparentemente irresolubles: lo intangible de la vida con la densidad del lenguaje. 
Llevo la libretita conmigo y la infaltable lapicera. En mi casa hay papeles en unos cuantos lugares y están bien repartidos para que cuando ocurra ese cruce  fenomenal entre mi persona y el llamado mundo, las palabras no se retraigan. La blancura de los papeles es una buena invitación, también un reaseguro para este yo que persigue su lugar, su forma, su autoreconocimiento  y que descubrió en la escritura su vía de escape y de encuentro a la vez.  A veces me sorprende que mi poesía gire en torno a la definición siempre inacabada de un yo que se fractura, que se fuga, que se vuelve inasible. La duplicidad no puede resolverse pero merodearla o estar frente a ella en situación de asalto y  de constante indagación, sutura lo que se desintegra creando un orden que sólo la voz poética alcanza a rozar. Entre ese yo que habla y el mundo parece no haber contacto  aunque jueguen a los espejos hasta el cansancio. El mundo es una instancia de controversia sin la cual el yo no podría hablar. Ese dichoso mundo, lejos de ser un referente, se comporta como un adversario. El mundo me marca el pulso mientras mi interioridad se esfuerza por evitar que la escritura  sea un  simple eco. Es un diálogo sordo pero atrapante. Insisto: mi poesía intenta construir un orden reafirmando el  constante desvanecimiento que la vida le impone a cualquier clase de orden. La tensión se instala siempre entre ese yo quebrado y un mundo que no da cabida, que desdice, que desintegra la voz que busca alcanzar alguna forma. No casualmente el tiempo con  su cualidad cambiante, volátil, inapresable  se presenta como algo lleno de sustancia, como un objeto en sí mismo. La vida no hace más que deshacerse y el yo, gracias a la voz, encarna la fuerza que intenta capturar una fugacidad completamente incapturable.
Desde muy pequeña fue  para mí la voz humana, la voz teatral, la voz de las canciones, la de las conversaciones íntimas dentro de la casa, la de los intérpretes del tango la que me acercó a la literatura. Supongo que el tono confesional de mi poesía viene de allí. Que esas voces pudiesen amarrarse en la escritura fue un deslumbramiento infantil sin medida, y creo que aún conservo parte de ese asombro. Escribir entonces sería también captar los matices de una voz en sus mínimas inflexiones.  Me interesan los matices, las leves fluctuaciones, los detalles. Me gusta detenerme en lo casi insignificante para hacer de eso un acontecimiento de la mirada y de la voz poética, como si el mundo encerrara secretos que pasamos por alto y hubiera que ponerlos en primer plano para rescatarlos de alguna manera de su posible aniquilación. Allí está otra vez la lucha entre lo cambiante y lo que puede hacer perdurar algún sistema más o menos ordenado. De todos modos me sigue sorprendiendo en cada poema que escribo la necesidad angustiosa de ese yo por definirse. Es un merodeo continuo que  pretende abarcarlo desde cada uno de sus ángulos. De eso se trata, de  volver sobre lo mismo para ahondar en las posibilidades de comprensión. La variación no está en abrir nuevas ventanas sino en profundizar la mirada sobre un único paisaje. Allí ha quedado encerrado el misterio. En la segunda mirada se cuenta con la ventaja de un ojo entrenado ante esa vastedad que llamamos mundo y que, como ya sabemos, está repleta de suspicacias.





Poemas:


         BOTAS NEGRAS

Me ponía las botas
-unas botas negras de goma-
para ir a descolgar la ropa de la  soga.
Yo le tenía más miedo a las víboras 
que a la sombra de nuestros corazones.
Vivíamos en la orilla del monte
y él me miraba con esos ojos azules
desde la cocina
cuando yo me estiraba hacia la soga
con mis botas puestas. Sabía
-lo sabía muy bien-
que  él me estaba mirando
cuando me estiraba largamente
hacia el calor de  nuestras sábanas.
El paisaje me abrasaba
la tarde
el trópico
la caída del día
la luz atravesaba la claridad de las sábanas
y se estrellaba
hasta desaparecer
en la punta de mis botas negras
mientras él
desde la cocina
me seguía mirando: sus ojos azules
ahogados
en el cuadradito amarillo de la ventana.


         (De Al borde de la música, inédito).


       
        DÍAS DE INTEMPERIE

Cáscara rugosa con su interior comestible:
el tiempo es una nuez.
Tendida en esta cama
a lo largo del ancho verano
pongo en remojo mis pensamientos de ayer,
un día cualquiera: cielo de nubarrones y
veredas pegoteadas por la humedad
con olor a orines de perros y gatos.
Dejo  que las cosas sigan como están
-demasiada intervención perjudica
el orden de la vida-
mientras pretendo que la almohada
me cuchichee alguna certeza;
la siesta se ha vuelto una prolongación
de la noche
así
sin contrastes
la vida ha perdido su fisonomía.
Algunos diluvios quedaron en mi memoria
desde ayer
cuando puse a remojar mis pensamientos,
todo se ha vuelto
extremadamente amplio,
los días, una eternidad:
no se encienden luces
no se propagan  las sombras
nada entra en la cáscara de nuez.
Días de intemperie
días para cerrar los ojos frente a la luz.


            (De Los días, Fundación Victoria Ocampo-Bs. As. 2015).



           LA SUSTANCIA DEL COMPARATIVO

               
Como esos lobos salvajes que
con la ayuda de las tempestades
y el amontonamiento de los siglos supieron
en los tiempos antiguos
aproximarse a los caseríos
para encontrar calorcito y comida,
esos que se convirtieron en perros
de pelaje suave y ojos mansos,
yo acerco mi cabeza a tu mano.
¿Me alimentarás?


                   (De “Los días” Fundación Victoria Ocampo, Bs. As. 2015).



              SÁBADO

Apuro el primer bocado 
de la mañana, el mundo es inaudito
para alguien como yo
que se extasía
frente al círculo oscuro
de la taza de café.
Por suerte 
hoy sábado
el mundo comienza a adormecerse
y tengo el día entero
para mí:
una mercancía cara
que se consume rápido,
pura extensión hacia delante
parecida a la llanura
donde tenderé mis sábanas
y lustraré mis zapatos.
Estoy respirando 
y es casi un milagro
percibir este aire
que entra y sale
de la casa de mis huesos.
Mañana 
cuando el mundo
esté  completamente adormecido
bailaré
bailaré hasta cansarme.
                     

/ de “Calendario”- inédito



          DETRÁS DE MIS OJOS
                 

Detrás de mis ojos cerrados 
estoy yo
con los ojos abiertos
mirándome:
soy tan pequeña
que casi desaparezco.
Soy pura  uñas crecidas
y pelo largo
deformados los dedos de los pies
los codos tristes.
Mi pequeñez navega
en un universo lleno de aire,
nada más que aire.
El aire y yo nos pertenecemos
el uno a la otra
en este sitio blanco
donde mi cuerpo se deja estar
completamente abandonado
lejos de las palabras
ahora que mis ojos se abren
y se cierran
una vez más.


                    (De Árbol de mis ancestros, Ed. Palabrava 2018).


           OTRO DOMINGO

Es extraño: hay una mujer
que camina por la casa
y esa mujer soy yo.
Las caderas se abultaron,
los pies fueron perdiendo su firmeza.
El día no comenzó temprano 
hubo sol. El silencio le dio a mis pensamientos
su mejor lugar.
Supe recordarme 
enlacé algunas palabras
con esta letra  despatarrada
que ejercito tan mal,
murmuré
para que nadie me escuchara,
bebí mi té de hierbas.
Esa mujer 
ama el silencio
más que a ninguna otra cosa
en este mundo desgarbado
como esa letra
con la que ella suele escribir en el reverso
de papeles impresos.
Papeles gastados 
pies enclenques, la mujer
camina por la casa vacía
mientras  la luz que se va mezquinando
en los ángulos
harapienta
convertida en hilachas
se retira despacio.
Todos los domingos se parecen, pienso
y sospecho que ella
como yo
piensa lo mismo.
                                 

           (De Calendario, inédito)
     

      NACIMIENTO


Mi madre entregó
mi cuerpo recién nacido al mundo,
se lo dio a la luz
que se asomaba despavorida
entre las cosas
y  enseguida se fue
apuradísima
lejos de este mundo.
Quedamos solas la luz y yo
y nos entreveramos
de mala gana.  Aprendimos
a nombrarnos y desdecirnos
en medio de este desvalido escenario.
Tengo preguntas para hacer
que mi madre no contesta:
¿De qué está hecho mi cuerpo?, pregunto.
De lo que quedó
del cuerpo de tu madre, me respondo.
¿De qué está hecha la luz?
De palabras, me responde la luz.
           

                        (De Árbol de mis ancestros,  Ed. Palabrava 2018).


Irma Verolín

          
Nací en Buenos Aires en diciembre de 1953. Estudié letras en la Universidad de Buenos Aires, pero no concluí mis estudios aunque aprobé un número considerable de materias. Hice infinitos talleres y cursos privados de literatura con distintos escritores e investigadores. Durante veinticinco años fui narradora, publiqué novelas, libros de cuentos, libros infantiles. Los premios literarios que obtuve en el país y en el exterior (para citar algunos: Emecé, Municipal Eduardo Mallea, Internacional de novela Mercosur, Internacional de Puerto Rico, Fondo Nacional de las Artes en cuento) han sido, entre otras cosas, mi pasaporte a la publicación. En 1998 fui becaria del Fondo Nacional de las Artes para escribir una novela que terminé publicando veinte años después. Cíclicamente  varias de mis novelas han salido finalistas en concursos como Clarín, La Nación, Planeta, Fortabat, de un modo irónico sin ser seleccionadas para su publicación.
Si bien mi primer asomo a la literatura fue la poesía, en la que trabajé afanosamente  en forma exclusiva durante una década,  mis libros de poesía han salido a la luz recientemente: De madrugada (2014), Los días (2015), que obtuvo el Premio Victoria Ocampo y Árbol de mis ancestros (2018). Algunos de mis textos fueron traducidos al inglés, alemán, portugués, italiano y  ruso.


domingo, mayo 13, 2018

NICOLÁS GARCÍA SÁEZ


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La poesía...puede ser muchas cosas. En este momento es una respuesta que evoca un estado de ánimo con el color agridulce del otoño, o un río helado. Luego, la necesidad o el entusiasmo pueden invitarme a materializarla a través de las palabras, que acaban de ser niebla entre mis pensamientos, y lo que hay alrededor de esos pensamientos.
Intento ser disciplinado, avanzar con el tipo de método que a mí me funciona con agua fría. El sedimento, los ecos de lecturas anteriores, incluso las propias, pueden estar, así que es probable que cada tanto se cuele, en el esbozo de un verso o alguna estrofa, algo que a alguien se le coló en algún verso o estrofa -los ecos suelen ser de los trovadores antiguos- la cual, muy probablemente, proviene de otros versos y otras estrofas...y así.
A veces salen de un tirón, y suelen ser los que más me gustan. Otras veces me veo tallando el detalle, casi siempre con un color y adjetivo. Depende la solemnidad o ligereza que me devuelva el texto, voy corrigiendo con más o menos rigor. Por lo tanto a veces corrijo lo necesario, otras poco o, directamente, no corrijo.
Intento escribir entre el silencio del amanecer, mientras los poemas aparecen por medio de susurros, sonidos, imágenes, música, recuerdos, ilusiones, detalles, versos ya escritos o que se van escribiendo en el aire, y que solo tengo que depositar en un cuaderno.

Poemas

UNA TORTUGA

La prehistoria
es algo increíble
descansa en un balcón
por el módico precio
de una cajita de cartón
que le servirá
para atravesar con su legado
(de millones
y millones de años)
el invierno porteño


POEMA QUE PUDO HABER SOÑADO LA TINTA CON LA QUE MIGUEL DE CERVANTES ESCRIBIÓ LA PRIMERA PÁGINA DEL QUIJOTE

¿Y por qué no querrá acordarse, tan grácil caballero
del nombre de aquel lugar perdido en La Mancha?
Privilegiado poseedor de rocín, astillero y adarga
tiene además la fortuna de contar en su olla con vaca
salpicón, palominos, lantejas, quebrantos y duelos

Además es florido portador de un sayo de velarte
calzas, pantuflas, vellorí, un mozo, ama y un rocín
una gran casa, el tiempo para leer y volverse loco
y un boato con cincuenta años de ocio, a sabiendas
que en esta época, el vecindario perece a los treinta


POEMA QUE PUDO HABER SOÑADO PEDRO LINARES ANTES DE FABRICAR SU PRIMER ALEBRIJE

Amanece y dos tortugas
cargan un mundo multicolor
de paisajes lunares en su lomo
víboras azules
con antenas de caracol
cubiertas de flores, azúcar y copos de nieve

cargan rinocerontes con bigotes carmesí
cabezas verdes, zapatos rosas
la risa breve en sus jorobas prominentes
y burros, con alas de mariposa
¿cartón o copal?
leones con cabezas de águilas sonrientes

Turquesas, como los mares del golfo, de fuego rojo, como los atardeceres en La Merced. Tantos gallos mansos, con sus ojazos de toro, me indican el camino sabio hacia la ventana y lo único que oigo es una palabra, que se repite, y se repite, y que dice:

¡Alebrijes!
¡Alebrijes!
¡Alebrijes!

UNA LUCIÉRNAGA

En el vasto campo
oscuro, nocturno
argentino
se apaga
y se enciende
el milagro

Nicolás García Sáez

Publicó los poemarios Neptuno y las faunas; Los sueños ajenos; Los sueños ajenos, volumen 2; el libro de crónicas/ficción Cinco crónicas americanas y un viaje a la Luna y el poemario en prosa y relatos cortos Breve cuaderno de las epifanías. Próximamente publicará su primera obra de teatro. Se dedica además a la música y a las artes plásticas y audiovisuales.



HERNÁN SAGRISTÁ




1
Durante un tiempo, a la pregunta qué era para mí la poesía, solía responder jugar con palabras. Idea que había quedado resonando en mi cabeza, si mal no recuerdo, de la película Orfeo de Jean Cocteau. En una primera aproximación literal, la frase viene a suscribir lo que comúnmente se expresa para el arte en su conjunto y que refiere a aquello que permite seguir jugando por otros medios. Observación que vale, sin lugar a duda, también para la poesía.  
Aunque algo pueril, es una definición que me excusaba de referirme a mí mismo como a alguien que, de una u otra manera, escribía. En cierta manera, me daba pudor ponerme a la altura de verdaderos poetas. Desde esta perspectiva, algo tramposa, se escinde el acto de “jugar con palabras” del acto de “escribir”; “ser poeta”, de “ser escritor”. Más tarde, tomé conciencia de la complejidad del arte de la poesía, no solo en los aspectos técnicos que hacen a su escritura, sino también, a su capacidad para ahondar en mundos que limitan con lo inefable. 
Pero si por un momento volvemos a pensar la definición, si bien elemental, esconde una de las contradicciones que hacen a la propia naturaleza de la poesía. A diferencia de otras artes, las palabras le imponen a la poesía un corsé de sentido del cual no puede escapar del todo.  La poesía trabaja con la misma materia prima que usamos cotidianamente, oral o escrita, para transmitir pensamientos y sentimientos: el lenguaje. El reto, entonces, consistiría en hacer del leguaje un lugar extraño, y con él, las palabras. Desplazamientos de sentidos, enrarecimiento de la sintaxis, desviaciones y refundaciones constantes de uso. Se trata de modelar el barro que todos los días pisamos para intentar esculpir algo nuevo. Las palabras son nuestros ladrillos. Pero para construir un poema necesitamos de otros elementos. 
En mi caso, la poesía se presenta como un tornado que recién empieza a formarse. Levanta una ventisca que arrastra, primero sigilosamente, pequeños objetos que encuentra a su paso en una feliz confusión: Imágenes creadas y poderosas (como diría Ashbery); retazos de ideas o vínculos oblicuos entre ellas; impresiones nacidas de observaciones mínimas; o del gozo fortuito que provoca una obra de arte; un tono extrapolado de un discurso (conversacional, técnico, institucional, filosófico, etc); un ritmo fluido o la música dada por la atracción entre palabras. En ocasiones, no reparamos en esos primeros ventarrones y pasan desapercibidos. El poeta debe estar atento a esos fenómenos embrionarios para que no lo sorprenda de golpe el desastre de verlos pasar y olvidarlos.  
Cuando me siento a escribir, el poema puede surgir de una palabra, una correspondencia musical entre palabras, una imagen o impresión. Pero en la mayoría de las ocasiones nace de una idea –tema que nunca se presenta del todo transparente. Puede ser una reflexión sobre algún asunto o el encuentro accidental entre dos ideas de naturaleza distinta. En la mayoría de los casos, el tema funciona como una especie de Mcguffin, que se exterioriza en una serie de ideas precariamente hilvanadas y de carácter ambiguo, pero que sirven como punta de lanza para disparar la escritura hacia lugares inesperados. Partir de una idea, conlleva el peligro de quedarse en la formulación de explicaciones o sentencias.  Para evitar esto, trabajo la idea / tema para que se disuelva en la forma que va asumiendo el poema durante el proceso de escritura, y de esa manera transformarse, en algo desconocido que no estaba allí al momento de empezar a escribir. 
Algo de lo dicho en párrafos anteriores (sobre la escritura poética), Elizabeth Bishop lo sintetizó magníficamente con estas palabras: los sueños, las obras de arte, (algunos) destellos del siempre- exitoso- surrealismo de cada día, los momentos inesperados de empatía […], percibir de soslayo un rostro que no podemos ver por completo pero que nos parece enormemente importante”. Y luego sigue “[…] eso es lo que yo quiero para el arte, […] una concentración abnegada y perfectamente inútil. 
Adhiero a esa idea de inutilidad que se reclama para el arte en general y la poesía en particular. Su esencia se resquebraja cuando resulta un vehículo de enunciación útil, eficaz y certero. Como agrega Ashbery sobre los dichos de Bishop: solo en esa concentración perfectamente inútil puede surgir lo único que es útil para nosotros: la invitación a conocernos como inadecuados transcriptores de una vida que siempre está a punto de llegar a ser algo.
Esa supuesta inutilidad siempre va acompañada de cierto vacío, cierto escamoteo. La poesía es también misterio, lo que no se dice. El intento, siempre al borde del fallido, de describir lo indecible. Y en aquello faltante, que se calla o se desplaza, el material biográfico, la anécdota personal, las impresiones volcadas, dejan de ser propias del poeta, para abrirse a un posible lector. 


2
Partir de un tema tiene la ventaja de funcionar a manera de un plan que organiza y encauza la escritura hacia una meta más o menos luminosa. El tema empuja la escritura hacia adelante, y en ese proceso, un poema lleva a otro y a otro, así sucesivamente. Tiene la capacidad de agrupar poemas, armar series, pensar en términos de libro. Los poemas dialogan entre sí. Existe un hilo invisible (y nunca lineal) que despliega continuidades entre los poemas. Trabajar con series ayuda a que los poemas adquieran consistencia, cierta densidad, y compongan un cuerpo coherente y fluido. Cuando tengo un tema, comúnmente investigo. Es un proceso que disfruto mucho. Puede consistir en la lectura o relectura de textos, generalmente, ensayos ligados a un tema específico de mi interés (arte, naturaleza, filosofía, historia, ciencia, etc.) con el propósito de extraer un concepto, un léxico técnico, un tono discursivo. Otras veces, consulto internet para despejar alguna duda, para ahondar sobre un tema o simplemente para buscar referencias sobre alguna película, programa de tv, o cualquier otra memorabilia de la cultura popular.  
En menor medida, me siento a escribir lo que va surgiendo. Por lo general, en esos casos, existe igual un elemento disparador previo. Durante el proceso de creación, puede irrumpir con fuerza un tema, que, en poemas posteriores, pongo a prueba para considerar si puede llegar a tomar un camino fructífero. 


3
Rara vez el poema adquiere su forma definitiva en una primera escritura. Con frecuencia, escribo una primera versión y la dejo descansar un tiempo. El lapso necesario para que mi cabeza pase a otra cosa, se olvide, para luego retomar el poema sin esa obsesión de “querer decir tal o cual cosa…”. En este sentido, la reescritura es el momento en el que el poema destila su verdadera forma. Se suaviza o desplaza definitivamente una idea más o menos explícita y se funde en imágenes que cuentan por sí mismas. Además, la reescritura es cuando realizo el ajuste fino. Sustituyo palabras, quito un verso superfluo, pruebo otro orden sintáctico. 


4
No tengo procedimientos concretos. Si un verso me viene a la mente lo suficientemente nítido, rápido lo escribo en lo que tenga a mano, una servilleta, un cuaderno o en el bloc de notas del celular. Después llega el momento de pasarlo en la computadora para trabajarlo. Si, por el contrario, el disparador resulta una imagen incipiente, dejo que siga rebotando en mi cabeza hasta que madure. Puedo escribir en cualquier momento del día. Solo necesito estar dispuesto. Para eso nada mejor que sentarme en la mesa de un bar a tomar un café. 


Poemas


(de Mundos Efervescentes)


Ferroviario 

El rito se repite cada nueva generación
el niño espera expectante el trueno mecánico
mientras chillan las cigarras
y un escuadrón de hormigas argentinas 
exploran bajo las gramíneas
y al calor, una nueva colonia edifica

La señal se acalora, la campana arenga 
el niño corretea hacia el objeto que lo hechiza
suspende la incredulidad aprendida
delante de furgones de ritmos acompasados
Exige una función de repetición perpetua
colmada de asombros de primera vez

El niño es un hombre del siglo XIX
un hombre de otro tiempo
el desencanto aún no es su patria
como las hormigas y los trenes
avanza impune, caprichoso, confiado 



Salto al Arte

1
Estás en la cima del mundo
la mínima brisa me desarmaría, sospechás
y entonces te mecés al borde 
en un equilibrio inestable
más allá, otro comienzo

Con esquíes de competición tallados para volar
estás encima del mundo y lo sabés
solo con tu dios
allí abajo, papel continuo blanco y arrugado
salpicado de puntillismo multicolor 

El salto es inminente
el llanto también
te acomodás las gafas
los copos ahora caen naranjas

Las montañas te intimidan 
les hablás de igual a igual para no ser menos
les hablás para distraer un rato tu mente
mientras ellas te devoran angurrientas 
y llenan sus grietas con pedacitos de vos
te escupen como un carozo, sabés rancio de miedo

2
Mirás los valles por última vez
manchados de rosas invernales, violetas traicioneros 
quisieras que un oso te despedace y termine con todo esto
los deseos a veces se cumplen, pensás y vomitás una montaña 
que se acumula en montoncitos como pañuelos descartables 

Sincronizan el banderín y tu mirada (uno baja, la otra se nubla) 
comenzás el descenso por la rampa, te volteás a mirar 
algo quedó allí arriba petrificado y contempla tu caída
un suave desgarro, una fibra que no volverá a soldar 

En cualquier momento pasás de un chispazo a otra dimensión
y desaparecés sin dejar rastros, pero no
el hígado, el estómago, los pulmones y demás órganos 
se acumulan en los dedos de los pies como muñones informes 

Estás volando, nada puede salir mal

La grácil posición en V ya es otra y todo el abecedario menos la V
ladeás, das mil vueltas y te arqueás como un contorsionista 
dibujás una llave inglesa, una estrella ninja, una cruz invertida 
más cerca, una grúa, un montacargas, una tabla de planchar 
aterrizás de cabeza y te incrustás en el papel arrugado 

3
Te vuelves escultura de carne compacta 
despojo de un saltador cobarde

Un nuevo comienzo te espera
tu cadáver incrustado ya no es sinónimo de dolor

Conservado en un cubo bajo cero, traslucido y decorado alpino

posás exultante
el nuevo enfant terrible  
del MOMA, el TATE y el Guggenheim 




(De Un yo compartimentado)

Monoblocks Zen 

1
De lejos, un conjunto de viviendas más
se las incursiona al tiempo casi detenido 
que proponen y entonces, se abren al suceder 
de senderos escoltados por árboles longevos  y
solares cercados por ligustrinas de líneas rectas 
Una pila de hojas secas se arrastra de a rachas 
sigue mi andar, se trenza en una nube embudo    
de un crujir, se escurre entre juegos para chicos 
diseñados por urbanistas que nunca lo fueron 
La parroquia para una comunidad trabajadora
de sólido hormigón armado tercermundista
recibe feligreses de años y aquellos nuevos
para los que lo colectivo es apenas un decorado 

2
Torres monoblocks de lobbies vidriados 
en un continuo verde de palmeras de interior 
un haz de luz solar entibia la cerámica lustrosa 
arrumbada en un rincón, una vieja enceradora 
Una anciana lucha con la puerta de entrada
y la consabida ráfaga que embolsa el viento
Amenaza con llevársela puesta
sin embargo, una mirada más atenta 
revela un cuerpo robusto y compacto, típico
de inmigrante que sobrevivió a la guerra 
Del mercadito de barrio regresan cargados
una pareja de jóvenes que adquirieron
costumbres lo-fi algo forzadas

3
Sobre las callecitas peatonales 
que terminan en los márgenes del barrio 
apretujadas se suceden casas idénticas
prolijas fachadas con canteros y alumbrado
destilan el encanto propio de aquello
que queda dentro del cuadro: chica chico
caminan por donde los llevan las palabras 
Solo allí, en el detalle, donde lo individual 
aflora, carteles de numeración dicen más
que una altura, con dibujos naif o fileteados 


4
En el encuentro de dos de esas callejuelas 
pintó remodelación que rompe la simetría
adosado a la casa, un cubo semitransparente 
solapado tras cortina de vegetación tropical 
a mitad de camino entre invernadero botánico
y esas simpáticas cajas de zapatos para habitar 
dispuestas como Tetris en estrechas barriadas  
de suburbio de Tokio


Caja que contradice las dimensiones humanas
y que dispara de manera un poco apresurada  
una imagen Ozu: 

Una escena familiar
de austera, conmueve 


pongámosle
un padre y su hija

sentados al estilo seiza
un decir templado

en silencio, cabizbajos
se sirven una taza de té 

remozan las sonrisas
bajo la mirada contenida 
de la lente 

en un tatami shot


(abril 2018)


De lo abstracto

Una hoja ¿cuándo deja
de ser una hoja?
Y un arbusto salpicado 
de pequeñas hojuelas y 
pecas que disparan su rojo 
contraste ¿es arbusto
cuando ya nada dice 
el fino nervio que ramifica 
de su todo? ¿O un ápice solitario  
a pesar del trepidar que roza
hermano a su alrededor?
Aprisionar ese mutismo 
oculto en el follaje indeterminado
que se niega a dejar de ser 
naturaleza 


Un primer intento:
desplazo la pantalla de mi teléfono  
lentamente por delante de la ligustrina
busco esa imagen huérfana 
ese pormenor
en el acercamiento
la trama sobre la que suspira aliviada la mirada 
ese patrón repetido de tapiz 
falto de un universo que lo apode 
y lo llene de significados    
y ahí nomás
a un paso de conseguir el milagro
se posa  
una insignificancia 
que con su sola existencia 
intrínseca 
restablece el orden
de toda forma reconocible 
como el día abruma con sus formas transparentes 
después de un sueño nebuloso


Un segundo intento: 
donde convergen    
las líneas de tres elementos 
el borde de pileta pintada de rojo 
un piso de laja irregular
y la sólida sombra de una pared 
proyectada de modo oblicuo sobre el césped
persigo escurridiza una imagen fantasma: 
no borde, no laja, no césped
pero el mundo no se deja desvanecer tan fácil 
un zorzal irrumpe con carreras cortas
y saltitos intercalados 
los tres planos 
vuelven del anonimato  
con personalidades autónomas 
pero maniatados a sus circunstancias
en una parcela de quinta pueblerina  


Un tercer intento: 
tal vez la ausencia ocurra en lo múltiple 
y entonces, la quinta en su conjunto
con sus elementos 
dispersos 
a diferentes distancias 
tropiece por azar con su no quinta
la maniobra: forzar un fuera de foco
no reposera, no cantero, no parrilla, no árboles 
no flores, no rejas, y así, anular las cosas
forzar un fuera de foco
forzar las formas
hasta descomponerlas
vaciarlas 
enmudecerlas 
Lo intento
una y otra vez obstinado 
un resto casi imperceptible se cuela 
se resiste a la substracción
se resiste a borronearse hasta ser nimbos
de vagos colores penetrando los bordes ajenos 
mínimas partículas  
reconocible 
de ella:
Los iris de sus ojos movedizos que no pierden de vista
su pensamiento 
-recalcular impreciso enfoca-
en un involuntario morderse los pellejitos 
-que se desvanece en el detalle-
de la nuca extendiéndose en su desnudez 
donde nace un tatuaje de adolescencia 
-que compite- con un rizo solitario 
y difícil que estira al céfiro sus hilachas   


Siempre una parte radiante y nítida
justifica por si sola
todo el arte
figurativo
la fuerza arrolladora 
del realismo   


Hernán  Sagristá

Nací en la ciudad de Buenos Aires en 1974. Soy licenciado en Publicidad y realicé especializaciones en Administración y Gestión Cultural (IUNA) y Educación, Imágenes y Medios (FLACSO).  Trabajo como guionista de audiovisuales y otros contenidos educativos asociados al patrimonio natural y cultural. Publiqué mi primer libro de poesía “Mundos Efervescentes” en el 2017 (En Danza) y en la actualidad, tengo dos libros inéditos esperando edición.