domingo, diciembre 30, 2007

EDGARDO ZOTTO

"un domingo de invierno en el Parque Independencia con mi padre y mis dos hermanos (mellizos) mayores en el año 1949"

"comunión en la Iglesita de un barrio del sur de Rosario, en la calle Ayolas y Bv. Oroño las dos calles fueron citadas en algún poema"


Puedo escribir en cualquier parte, a cualquier hora y sin ninguna ceremonia. En los últimos tiempos por obligaciones laborales, escribo poco y mal en las salas de espera de los aeropuertos argentinos o en los hoteles. A veces viajando en remis a Buenos Aires o a Santa Fe.
Nunca tuve un “lugar propio” y dudo ya que lo vaya a tener. No por falta de espacio en las casas en que he vivido; más bien por inciertas prohibiciones internas o por puro amor al desorden y a los vaivenes del azar.

En una época (hace más de diez años) viajaba en mi auto todos los miércoles a Buenos Aires para participar de un grupo en la casa de Arturo Carrera (también coordinaba D.G. Helder) y la mayoría de las veces no tenía nada escrito para llevar y de pronto –durante el viaje- con la mente en blanco, llegaban unas líneas, una imagen o una frase y detenía el auto en la banquina, al costado de la autopista y escribía en los márgenes de un diario esas palabras y después las pasaba en limpio en el bar de la estación de servicio de San Pedro o Zárate y ya en la reunión leía el manuscrito, un poco avergonzado, mientras los demás llevaban decenas de folios A4 de computadora, prolijamente anillados, en carpetas transparentes, con títulos y subtítulos en distinta tipografía, con citas prestigiosas.
Es posible que esos textos se hubieran estado escribiendo en algún rincón de mi cabeza o de mi cuerpo desde antes y de pronto se vislumbraba una forma o la sombra de una forma. Veía de pronto el hilo y tiraba de él y algo –un objeto- iba apareciendo.
Durante largo tiempo viví el proceso de escritura como una imposibilidad o al menos como una dificultad muy grande, que por años funcionó eficazmente y paralizó todo proyecto.
A pesar de haber llenado papeles y cuadernos, desde –digamos- los años de la escuela secundaria, siempre me negué a considerarme un escritor. Pero en forma misteriosa, dentro mío algo permanecía.
A mediados de los 90, literalmente me enfermé (tuve una fiebre rara) y desde el lecho de la enfermedad tomé coraje y llamé al teléfono de un aviso del Diario de Poesía y atendió Arturo y ahí empezó la pequeña historia.
Escribo a mano, con birome o lápices (las buenas lapiceras las he perdido siempre) en una hoja cualquiera, sin renglones; puede ser el reverso de un volante de publicidad, una boleta, o el cuadernito que me trajo una hija, de Praga o el que me trajo la otra del Perú.
De a poco voy pasando los borradores en limpio en la computadora. Tiempo después los imprimo y los empiezo a llevar conmigo a todas partes, entre las hojas de un libro, en la agenda o adentro de un diario doblado.
Llevo las hojas a todas partes, las saco a pasear. Van conmigo a la oficina, a la sala de espera de un médico, a un viaje de trabajo o de turismo. A veces los releo y surgen correcciones. Otras veces decido la destrucción o salvar una línea. Generalmente sólo quedan ahí, como esperando, algo que no sé que es.
Después cuando vuelvo a corregir unos cuantos y a pasarlos una vez más en limpio, se los suelo hacer leer a un poeta amigo/a y escucho sus críticas o sugerencias. Siempre aporta algo la mirada de los otros. A veces a partir de esas opiniones vuelvo a corregir, otras veces no.
Después de un tiempo (pueden ser meses de haber comenzado el proceso) siento la necesidad de armar el libro, con esa masa informe y poco a poco se va cerrando el círculo y de pronto siento que está terminado, cuando empiezan a aparecer otros textos que me parecen distintos (otra entonación, otra textura, otros temas) y me hacen pensar que la historia puede continuar y que siempre hay (habrá) la espera, la esperanza de un nuevo libro por venir.
Edgardo Zotto


SELECCIÓN DE POEMAS DEL LIBRO “IMPLUVIUM”

Sentarse a leer
el desmesurado libro de las horas
y que sus páginas temblorosas
no pasen demasiado rápido

***

Vértigo del pasaje
del paisaje a la página
Fugaces escenas nacidas
para llegar a la blanca superficie.
Paisajes movidos.
Mínimos paisajes.
Certidumbre de lo que no pasa.

El último en hablar

No es que no tuviera pensamientos
Se le escurrían demasiado rápido
entre las grietas de las cosas.
I

No me conozco, dice,
no sé nada de mí.

II

Todo el tiempo la pregunta:
¿cómo pudo ser que llegara
a este estado de cosas?

III

En la noche, en el cuarto cerrado,
a oscuras, en posición fetal, solo
bajo el techo que cruje
por el peso de la lluvia,
vuelve a contarse a sí mismo
la vida de aquellos días.

***

Cavar, cavar
hasta que algo aparezca:
piedras, metales roídos, raíces
de la mente.
Cavar, cavar
hasta que entre el aire por el hueco
y restaure el hilo
y que las cosas dentro suyo
se vuelvan a unir.

Lluvia final

Que no pueda cumplirse
Ninguna profecía
Que el pasado cambiante
no tenga quien lo recuerde.
Que el polvo de nuestro huesos
planee liberado sobre un fondo negro
en un sitio helado.

Notas para un manifiesto objetivista lírico

I

¿El principio o el final del bulevar?
Ya no es otoño y el río apenas se mueve.
El techo del Valiant descolorido
completamente cubierto por la nube
de flores de jacarandá.

II

En el parque donde una vez
la soga del ahorcado colgó
los chicos de la calle
nadan desnudos
en la fuente del centauro.

III

El ataúd: un charco escaso
en la plaza vacía.
En su lecho
el gato muerto y el perfume
de las magnolias ajadas.

IV

Debajo del pino,
sentados en su brillo
el anciano en la silla de lona
y el perro negro, a sus pies.
La lluvia no deja de caer:
el rayo no cayó.

***


Cae cayó caerá
una lluvia oscura
en el impluvium
de su rara memoria.


SELECCIÓN DE POEMAS DEL LIBRO "RESTOS DE UNA CIVILIZACIÓN PERSONAL"

Relatos de un inmigrante, circa 1960

Los grandes, concentrados en el vaso
oscilan entre el desinterés y la incredulidad.
El círculo de los chicos
sentados en el límite del pasto y la vereda,
oye enmudecido las historias.
Nítidos los ojos oscuros
de los soldados de Basilicata,
la luz de los muertos
bajo un cielo traslúcido.
La materia áurea y tenebrosa,
entrevista por los niños en la duermevela
una y otra vez, un sol hecho de otros soles
de la noche, construido con los fuegos
de los que no terminan de desaparecer.


Restos

Queda un jardín
territorio de alimañas


un mar de florcitas salvajes
resiste.


Quedan los fragmentos de un libro luminoso
adheridos por la lluvia
a lo que fue una silla de espera


resquicios de un color
en la quietud de los rincones


signos de la luz


señales en la tierra


restos de una civilización personal
que se niega a desaparecer.



Última vez que se alude a ella


Cae el fruto aún verde


Cae la hoja espiralada.


La flor que se deshace
cae en esquirlas amarillas.

Cae una brizna tocada
por el último rayo del oeste.

Todo cae, todo vuelve a caer
al pozo sin fondo
de su memoria inútil.



En fila



Siguiendo la línea de semillas
cuneiformes, resecas por el sol,
se alcanza el incierto centro de la isla.


En el borde, hacen guardia
los girasoles de cabeza caída,
oscuros, entre el cielo añil
y los senderos de ceniza.



Resistencia



Unos años después
reaparecen
en el fondo del cajón
las minúsculas escamas
del chili, del ají.

Fueron molidas por manos diáfanas
y ahora yacen en el rincón más oscuro.

Se han perdido los perfumes
y el picante sabor que adormece
las bocas inexpertas.

Pero en los pequeños sacos de arpillera
con el rostro de un maya dibujado,
aún resisten los colores.




El día del coloquio


Un día perfecto
para no hacer nada;

la nube pintada por Bonnard,
corre más allá de la línea
del párpado entrecerrado.

Ya no tan extranjero
ni a la espera de cambios leves.

La rodilla ruidosa deja de doler
y el mar sigue rugiendo lejos, tan lejos,
aunque al costado la gramilla crece
y aparecen unas violetas escuálidas
que reclaman atención.

En el momento de estirar los brazos
detrás de la cabeza adormilada,
huyen las voces insistentes.

Sin pensar, sin esperar, sin desear nada,
después de tanto tiempo puedo envolverme
en la novedad del silencio.



Visitantes




No espera a nadie
pero alguien llega


entra el que no reconoce


también el holograma
de un rostro enjuto que pronto se desvanece

y un animal enorme, real,
un puma desafiante

un cuerpo en su armadura
y una mujer que transparenta la consistencia de lo soñado.

Así el vacío del que no espera
se va llenando.


Inesperados visitantes
entran y salen de un cuadro desenfocado
que alguien parece proyectar
desde un lugar desconocido.



Con Renata en el Parque

En el túnel lustros de los árboles
mi hija lee las escasas palabras
que en otro libro escribí para mi padre.


Callada parece temer
su desprotegida emoción.


En la luz sin ojos de la mañana
lo gris se ilumina


Un agua leve enciende su mirada.




Lo mínimo



I

Mariposas blancas
enlazadas, abrazan
el invisible muro



II

En el estanque dormido
una, dos, tres ranas
recién nacidas.


Entre el agua y el brillo
del pasto que ondula
la calma definitiva
o la voluptuosa iluminación


Diminutas formas luchando
por salir, por renunciar
al límite



III

Lo que sueña
se sumerge
en la bruma
del arroyo


Y vuelve
en la canoa
vacía






SELECCIÓN DE POEMAS DEL LIBRO "MEMORIA DE FUNES"

Mellizos

Juegan en la plaza.
En los brazos retorcidos
los moños de comunión.

Exhibidos frente al busto de Saavedra
reparten estampitas
de bordes dorados,
vuelven al juego.
Uno entierra un zapato de charol
en la arena húmeda.

El otro pisa las flores
del cantero

Después de las fotos
alguien viene a buscarlos
pero no dejan de jugar.

No quieren irse, no, juegan
a matarse.


Siesta


Sueña al sol
tendido en la hierba seca

A su lado pasa
la caravana interminable
de las hormigas.


Saltos


El perro salta contra el árbol
ladra con furiosas embestidas
a la comadreja que nadie ve.

Como nosotros
a los saltos, gritando
hacia la nada.


Cocinero Zen

Al sol ardiente
seca los hongos
en el patio del Buda.



En Trelew

Sólo queda
el infinito viento
arrastrándose
en los pastos secos.

Tus ojos miran el camino
del aire en movimiento.


En Salta


Vino y agua
y esos triángulos
que guardan
diminutos dados.


Una simetría sabrosa
bajo la luz de oro
de las fornituras.


Zumbido de una mosca
en el almuerzo duradero.



En el parque de la Bandera


En la rama del fresno este otoño
alguien la dejó olvidada.

O se arrepintió sin animarse
a terminar con su vida miserable
ese día y bajo esa luz.
¿O tan sólo fue un simulacro
para asustar a quien se ama?

Indiferente a cualquier avatar
de los sentidos, sujeta a un nudo firme
la soga, se balancea.


El sueño de los perros

El perro gime en sueños

"Los perros sueñan", dijo Borges
en la Escuela Freudiana.

Ella va más lejos, inventa una teoría
sobre el sueño de los perros;
"no olvidan ningún sueño, los acumulan
como los huesos enterrados en el jardín,
para cuando se quedan solos".




Escrito en un tren

Cada palabra
donde debe estar

no
una al lado
de la otra

no
una debajo
de la otra

cada palabra
en su lugar

cada una
en el misterio
de la otra.


Imán

Más que un corazón
un imán

una fuerza que atrae
imperceptiblemente
todo lo que pasa a su lado

lo que arrastra
cada una de las íntimas virutas
de un cosmos parcial
que sólo nos desarregla.


Dioses, os pido


Que no falte
la hoja de papel
ni el lápiz afilado.

Que no termine
la sed ni las ganas
de seguir

Que advenga lo intemporal.



Otro Funes


Quiso olvidarlo todo,

no sólo el nefasto arbitrio
que trajo el dolor.

Borrarlo todo:
lo más dulce
y lo terrible.

Quiso cubrir
su historia entera
con algo parecido
al magma denso
del volcán:

ser
de aquel Funes acosado
el fiel reverso.


Edgardo Zotto


Edgardo Zotto nació en Rosario en setiembre de 1947, donde ejerce su profesión de abogado. Publicó Memoria de Funes (1998) y Restos de una civilización personal (2001) en Editorial Tse Tse. En 2004 Impluvium en Editorial Siesta.

ESTEBAN PEICOVICH


El proceder de la infancia
Campesinos, panaderos, equilibristas, violeteras, químicos, lectores de agua y hasta buzos, no surgen del repollo del cielo sino de esa mutante paridora de prodigios que es la especie. Ella también provee de poetas al mundo. Motivos tiene. Necesita que imaginen lo aún no sucedido. Que cuiden el almácigo de lo inclasificable. Que impidan toda repetición. También para que la palabra sostenga al día y a la noche. Así, con su soplo verbal, ellos la pasan proponiendo nuevos génesis de recambio. Para estas en apariencia fútiles tareas están los poetas. “Espias de Dios”, según Shakespeare. “Legisladores del mundo”, según Shelley. “Tejedores de palabras”, según Safo.
Diagnostica la tradición que "de poeta y de loco, todos tenemos un poco". Pero no explica porque algunos son muchísimos mas locos que otros y se pasan la vida trabajando gratis como vicarios de la locura y de la poesía públicas. Este es el servicio que los poetas prestan a la sociedad. Y a no quejarse. No es insalubre ni incómodo. Y bien que se los recompensa por ello: cantan, celebran, inventan y salen (y vuelven) del mundo, en formidables aparatos de volar hechos solo con palabras. Para un animal humano no es poca cosa.
Que en medio de un país huérfano, como el argentino, unos seres algo inválidos y contra natura, siempre fuera de moda y negados a las pericias básicas (como arreglar un grifo, conducir automóviles o meter la mano en la lata) insistan en imaginar lo que sucede en donde dicen no sucede nada (allí, justo en el camino paralelo al camino) es acontecimiento prodigioso. Lo hagan con agraciadas o desgraciadas voces.

Sigue pareciéndome que San Pablo fue un evangelista de la poética al decir de aldea en aldea “Sois como dioses y no os dais cuenta”. A su modo advertía que en cada ser humano hay poeta portátil. Dormido, en ejercicio, o a la espera. Que cada vida es biografía en el sentido de que es “vida a escribir”. Y que el tiempo que nos queda por vivir es igual al que nos resta por escribir.
Siento que “la infancia del procedimiento” contiene la clave misma de la poesía pues el hágase la luz del procedimiento está en la infancia. Y en como recorremos el tiempo del mundo con ella posada intacta en nuestro hombro. Como pájaro que nos da de ver. Y de cantar.

En mi caso este asunto es claro y campesino: escribo para vivir. Soy un ser suelto que tiene en la palabra su cédula de identidad. Fui así desde el arranque. Según mi madre, durante mi temporada en la cuna solo dije “yea yea yepa”. Jitanjáfora de tránsito que me acompañó hasta comenzar a escribir. Ya habitante de la cinta sin fin me busqué un idioma hijo. Un sitio donde fuera nuevo vivir. La madraza poesía. La posada y camino a la vez. La jeroglífica por naturaleza. Tierra de todos que se alza con fauna y flora propias entre lo razonado y lo sensible. Intima luz que explora los bordes del sentido. Maga de la que espero me murmure un incierto día (o noche) lo porvenir/me.



Curriculum

Nací (es un decir).
Guardo entre gasas mi único cadáver,
aquel cordón umbilical que ella mantuvo
en escondite de múltiple avaricia
hasta dármelo a la edad de mis sesenta.
Tozudo soy como una rosa.
Y sucesivo como las hormigas.
Lento, hasta ser todo invierno.
Y dulce hasta mis huesos.
Fui una sólida monja hasta ser padre.
A mi primera hija se la robé a su madre
un día en que el amor andaba
de animal aturdido dando tumbos
casi de farra loca por la casa
y lo atrapamos.
Tengo otra hija con la cabeza revuelta
por los pájaros.
Tres hijos del otro lado del océano,
dos nietos que por dudar de mi existencia
me llaman Sebastián,
y una madre que resiste riendo
la inundación y el tiempo.
De mis cuatro esposas,
la primera se ahogó en sus propios ojos,
la segunda fundó una maternidad,
la tercera regresó a su sitio natural
de un cuadro de Filippo Lippi
y la cuarta me arropa y alimenta
y con cuchillo de azúcar
hace de mi dos hombres que la aman.
Por mi árbol genealógico ha descendido
tanta gente que me hace ruido dentro.
Desde el minero empaquetador de azúcar
que me trajo
hasta Vidriera, el licenciado.
(a pleno día se me ve la noche.)
Por la palabra, al artefacto que soy
le fue dada la rosa en consideración
el cordero en cuidado
y el silencio de Dios en cautiverio.
Silaba a silaba, comparto el gineceo
de las palabras que me aman.
Un mujerío que teje/desteje como Safo
mi inconcluso diccionario perplejo.
Se presentan, ahora, asuntos nuevos
Del girasol se fuga el amarillo.
Llaman a la puerta. Es la humedad.
Ni el licor de lo eterno, ni Sherezade,
ni la picadura súbita del pezón más colibrí
pueden hacer que reviva lo que olvido.
Veré de poner música esta noche
no vaya a ser que tope con un golpe
de dados y mi azar no lo sepa.


(de La bañera azul)





POEMAS

El gallo

Trajéronme aquí, a terraza urbana
las vueltas de la vida de gus ruprecht
quien debió irse a la muerte a los sesenta
y para no estar solo
como niño
pidió un gallo.
Metióme aquí, en jardín de altura,
inadecuado
como flamenco entre esquimales
y una mañana completome con gallina
blanquinegra
y otra pequeña
(con pompón)
Hubo también tortuga y loro portavoz
al que enseñó a insultar en guaraní.
Por fin, Gus se tomó el Arca y partió.
Solo.
Al testar dejó a mi nombre su epitafio.
Y es lo que canto.

De “Fauna íntima”


Agua sucia

A mí de Rimbaud no me asombra su incursión
al infierno para traernos la guía
que llamó “agua sucia”
antes de echarla a la sombra
del póstumo cajón.
Va y viene y cuenta tamaño hedor
y con garfio de filibustero
y enfriados ojos de halcón
se hunde en Abisinia:
rifles, esclavos, drogas, alcoholes,
bellos papeles chamuscados,
brújula bailándole loquísima.
A mí lo que me asombra de Rimbaud
es el tatuaje que se hace en la lengua,
la pierna agusanada que trae del desierto,
el hongo de gangrena subiendo por la otra
y esa cintura rodeada por ocho kilos de oro
ganados sin arriesgar palabra alguna
en los feroces sucesos que tuvieron lugar.


Adiós al padre


Padre mío que estás en el polvo
hágase la voluntad de mamá: dame tus huesos.
Tu lápida te murió aquel mayo del 62
pero fue hoy tu derrumbe
hoy la fecha de tu racimo roto, de tu occipital yorik
de tu fémur yorik, en mi mano.
Empezó a suceder cuando María bordó la A de Andrés
en la bolsa de pan de tu después,
en la lluvia de talco,
en el tren en que viajé hacia vos
en el preamanecer de Plaza Constitución
en la ciudad de Lima que era Buenos Aires:
ciego de pie podrido, enano fumador,
la poca luz, el frío.
Padre de átomos que estás en el polvo
hubo que hacer su voluntad: quedaron huesos.
Entró en otro tiempo la costumbre:
vos hacia vos, nosotros hacia acá.
Padre de átomos que estás en el polvo
ese obrero llegó en su bicicleta,
faja negra, toscano, pico, pala, una conversación.
Dijo: “desentierro dos por mañana y es bastante”
Luego se inclinó sobre tu apagado pecho aquel
trayéndote del fondo de lo negro
hundiendo el pico hasta ese lunes del 62.
Padre de átomos que estabas en el polvo
levantamos tus brazos
la última tranquilidad de tus manos,
ese desorden marrón, y uno a uno, tu cuerpo.
La redondez de tu cabeza llegada de Europa
los antiguos lugares de tu voz,
el dónde de tus ojos.
Padre de átomos,
después del sol y el barro, nos fuimos a beber
con tu gran mano posada como pan en la mesa
y tu ceniza alzada y encendida
como una risa de tres.
Voluntad de mamá, padre mío.
Ya no estás en el polvo.

La entrevista

Esenio, treinta y tres años
soltero, nacido en Nazareth
adorado en Belén
bautizado en el Jordán
huido a Egipto
tentado en Jericó
distribuidor de panes
y de peces
amigo de ladrones
miel del traidor
cómplice de Lázaro
azar de Barrabás
terror del Sanedrín
dilema de Pilatos.
Y de aquí en más, esas horas
de las que no hay memoria clara.
Y nada más hay, ni yo siquiera,
pues trasvasado fui a otros seres

Teoría

Hacer un poema de amor no es hacer el amor
sino tan sólo navegar encima,
al lado, detrás del tiburón.
Hacer un poema de amor no es hacer el amor
sino tan sólo dibujar una futura cara en el espejo.
Puede hacerse mil veces y una vez
y no estar seguro ni del amor ni del poema
y el tiburón detrás,
el tiburón ya en tí
y el espejo en la espera.


Jardín botánico


Curvado como el mundo
un hombre relee en el periódico
lo nada nuevo sucedido en el espejo
después de Cristo.
En la inmovilidad de la luz
Una rosa está a punto de no ser.
Y cae.
La historia natural acontece
en el instante en que vuela la ceniza
de su cigarro
y los ojos se le olvidan en la lectura
inútil.

La bañera azul


El mejor poema escrito esta semana
son los doce tomates hechos crecer
en la buena tierra de la bañera azul
que se buscó otro oficio en la terraza.
Como yo, están verdes todavía. Y como yo
esperan cada tarde la lluvia y el sosiego.
Busco entablar conversación, la mínima,
pedirles el secreto de vegetar en gloria
dorados por el sol y amamantados por la noche.
Deseo esa noble genética que los hace nacer
y morir, irrepetibles, en sus pequeños destinos
que cruzan del amarillo al verde humildísimo
hasta apagarse en sucesivo rojo.
Los doce tomates que alumbran mi azotea
han nacido también de las manos de Dios.
Tan sólo reclamo mi derecho a ser tratado
por él, de igual manera, con igual cuidado.
Pido que ajuste el mecanismo de su obra
y ese argumento de la huida: el tiempo.
Nacer en primavera, disolverse en invierno
desconocer la silenciosa edad de la tortuga.
Sólo ser cada año, una vez, ese estallido
de antiguo asombro: la renovación exacta
del jazmín, la locuacidad de la albahaca
y los tomates, amándose de noche,
hasta amanecer repentinamente soles
en la sonrisa de la tierra.
Europa

Grandes señoras, las gaviotas desayunan soberbias
en los bordes morados del mar de Amsterdam.
Cuando el primer Vermeer alumbra el horizonte
ellas untan sus patas en petróleo
y picotean lo que llega del mundo.
Las grandes señoras están ciegas.
Confunden el velero, se posan torpemente
en el mastil de los semáforos de la Wilhelmstraat
y allí se quedan, redondas y blancas,
sin saber cómo morir.
En ninguna se ve ese relámpago que hace volar
a sus famélicas hermanas del Mediterráneo.
Ninguna insinúa perderse en el mar
o aligerarse
más allá del plomo de sus alas.
No hay una sola con forma de mujer italiana
o de guitarra griega.
A ninguna le ha quedado en la estría del ojo
el refusilo último del color de Van Gogh. Debajo de sus plumas, las gaviotas de Amsterdam
han perdido la estructura del vuelo
el pájaro que eran.
Grandes señoras, las gaviotas de Amsterdam
ya no son ni de la tierra ni del mar.


Detalle del fantasma

Cuelga enfilada la ropa de estos años.
Instantes quietos de muchos yo
sucedidos en su interior.
Camisa que presenció penurias.
Camisa que delicadamente enfermiza
despreció las lisuras, perdió botones
y resistió solísima en la percha del rincón.
La ropa hace su duelo,
se acompaña a si misma.
Linos, lanas, primavera, otoño.
Un yo detrás del yo que lo sucede
tal como fueron usadas en los días
que cuelgan en su olvido.
Hay un nosotros mío en estos yo
que los vaciados trapos recuperan con respeto
en su espantapájara postal.
Y un fino detalle nazareno
entrometido en el conjunto:
los zapatos faltantes.
Última delicadeza del fantasma:
esos colores vivos
de las corbatas con las que no se ahorcó.


El viaje

Sólo somos un leve error
en la dirección de vuelo
de las aves del Paraíso.
Y ahora volvemos a casa.

Esteban Peicovich


Esteban Peicovich, argentino, 1930. Autodidacta. Poeta. Periodista. De pesador de chilled y frozen beef en el frigorífico de La Plata (12 años) pasó a redactor, columnista y crítico de cine en “Clarín”. Como enviado de este diario al extranjero recibió el Premio Nacional Kraft al mejor periodista de diarios de 1963. En 1964 pasó a ser Secretario de redacción de "La Razón", dirigida por Felix Laiño Allí redacta "Historia Viva", libro que recoge el acontecer periodístico argentino desde 1816 a 1966, ejemplar que acompañó la edición del Sesquicentenario el 9 de julio de 1966. También dirigió los suplementos culturales y la revista semanal "Ciencia Viva.". Entre 1974 y 1987 fue corresponsal en el exterior y a su regreso al país presentador de programas de televisión y de radio. Entre ellos “Los Palabristas”, que en numero de 750 y junto con 200 de sus entrevistas personales forman la “Fonoteca Literaria “Los Palabristas” de Esteban Peicovich”, inaugurada este año en la Biblioteca Evans de la Universidad A&M College Station de EE.UU. Desde 1995 Peicovich es columnista del periódico LA NACION. Su obra literaria y periodistica incluye:"Palabra limpia de mí" (1960), "La vida continúa" (1963), "Hola Perón" (1965), "Historia viva" (1966), "Introducción al camelo" (1970), "La poetisa analfabeta" (1974), "Reportaje al futuro" (1974, España), "El último Perón" (1975, España)", "Borges, el palabrista" (1980, España), "Instrucciones al pavo real" (1993), "La bañera azul" (1995, España), "Poemas plagiados" (2000, España), "Gente bastante inquieta" (2001, Argentina) y "Así nos fue" (2002, Argentina) “El Palabrista” (2005, Argentina), “El ocaso de Perón” (2007, Argentina)