martes, octubre 31, 2006

JORGE AULICINO

Escribo de noche. Siempre, desde hace años. Solo y sin música. Hubo una época en que escribía en los bares, atento al fenómeno de la musas imprevistas. En rigor no escribía. Eran apenas unos apuntes. Me convencí para siempre que la noche era mi hora. Y el silencio. Cuando no había PCs, escribía con una caligrafía cada vez más incomprensible, más provisoria. Trataba, cuando pasaba a máquina los manuscritos, no pensar en qué estaba escribiendo. Mantener el estado de levitación del lenguaje, y tachaba luego el sobrante. La PC fue una bendición para mí. Cuando empecé a usarla, entendí que esa sería siempre mi herramienta. Esas oraciones en estado virtual, que pueden borrarse y volverse a escribir. Letras que se deshacen y recomponen. Una maravilla. No tomo apuntes. Me siento a escribir. Si la letra levanta vuelo, sigo. Me cuesta mantenerla en vilo. Pero no quiero dejar que pase el momento y escribo todo cuanto puedo en cada sentada. Después borro. Casi siempre sobra. Es poco lo que reemplazo. Se trata más bien de borrar. La poesía es lo que falta. Paradojalmente, se borra para obtenerlo. No creo que sentarse de noche a escribir frente a un dispositivo electrónico sea un rito. Si escribo de noche, y en la computadora, y en silencio, es porque en esas condiciones y con esas herramientas siento que las palabras se ponen en un estado de libertad especial. Son condiciones requeridas, nada cabalístico. Es lo necesario para desencadenar un fenómeno. El fenómeno sí, tal vez sea mágico. Siempre hay libros que me acompañan. Auden, por ejemplo. En este momento, escribo con la compañía de un bestiario medieval. Escribo lo que "va surgiendo", pero tengo un plan. Creo que lo que escribo es fragmentario, pero responde a un plan general. Fijo tres o cuatro mojones. El libro tendrá tres partes, digo por ejemplo: un andante, un allegro, un adagio. Si tengo el título, tengo el punto de referencia central. Eso incluye el tema. El último libro que publiqué, Hostias: bueno, tuve el título desde el principio. Se trataba de la comunión. Tuve luego los títulos de cada una de las partes: los tomé del Requiem de Mozart.
Luego me olvidé de todo y empecé a escribir. En los últimos cinco años, los libros que escribí tenían un plan, una idea central, que debía ser perceptible, que se haría perceptible, sin forzarme a eso.

Entendí que todos los libros anteriores, escritos sin plan aparente, habían respondido a un plan. Los fragmentos encontraban un principio y un fin. Algo me decía que el libro se había terminado. Digamos que ahora soy más consciente de las ideas previas. Para demostrarme que escribo con un plan, escribí el librito Las Vegas. Descubrí en Clásica y Moderna unos libros pequeños de arquitectura. Uno de ellos era sobre la arquitectura de Las Vegas. Me produjo de inmediato una especie de arrobamiento. Cada dos páginas, estaba dedicado a un edificio de Las Vegas con una foto. Me propuse escribir una docena de poemas, cada uno de ellos referido a uno de los edificios presentados en el librito, y cuyo título fuera el nombre del edificio en cuestión. Digo: referidos. Con una muy libre y suelta referencia. La artificialidad del conjunto fue lo que me sirvió de guía principal. Esa ciudad pura electricidad, en base a electricidad, muerta de día, presentada técnicamente, fijada en breves iluminaciones en un libro mínimo; esa idea.

Siempre dejo descansar los textos, aunque no mucho. La corrección significa lograr la mayor distancia, para aliviar de adjetivos, subjuntivos, etc, y luego, en otra pasada, para eliminar la hojarasca, las limaduras, la viruta, el resto. La poesía se va haciendo.

No escribiría si supiera cuál es su finalidad o su origen. Sólo busco el esfuerzo y el placer de escribir. Mantener el estado de levitación el mayor tiempo posible. Cuando sostener el poema no me cause ese leve retorcijón, esa pregunta: ¿sigo? ¿puedo seguir o me voy a la cama?, entonces creo que habré logrado el nirvana. Mi vínculo con la poesía es un vínculo con la historia cruzada de religión. Desde la historia social del arte hasta las películas épicas, fantásticas y de acción, pasando por la crónica y la divulgación científica, la geografía y la arquitectura, hay una amplia gama de asuntos que son el sustrato de la poesía para mí. La falta y la presencia de Dios. Pero si no logro que eso adquiera "estado de poesía", pues es un fracaso. Borrar a veces significa eliminar completamente. Lo que no se sostiene, no se sostiene, es inútil maquillarlo, operarlo, peinarlo. Pareciera que para mí la poesía estuviese mediada por la escritura (la ciencia, el arte, la historia, la religión, el cine, los juegos de PC) pero juro que he visto muchas de las cosas que escribí, en la llamada vida real. Y en todo caso, Atila, Saladino, son personajes que conozco en carne y hueso.

JORGE AULICINO


POEMAS



DEL LIBRO HOSTIAS



2 - Hostias
Cetrería


¿Qué saben hoy de tu propósito la hez de los atrios,
el violador, el impune, el manco, el sudoroso idiota,
el que corta el teléfono con furia, el que llora ?
¿Y qué sabe el que sabe, el que derramó vísceras,
las unió con electrodos, las puso a freír,
gritó de placer al descubrir la fórmula,
al ver las natas del hipotálamo,
la explicación de la tos o del estornudo?
¿Qué saben de tus voces encapsuladas en nuestro corazón
los que duermen en un banco, los que fueron muy lejos,
los que se mueren en el subte, los que muerden el freno,
y aquellos que trepan a las torres de alta tensión porque es su trabajo?
¿Dónde está el fulgor? ¿Quién lo buscaría en la historia conocida,
en el homicidio reprimido, en la basura del mercado?
Y sin embargo, cualquier sonido en la floja madrugada
podría llevarnos a tu abismo certero.
Un pensamiento cualquiera, liberado de su noria,
en el aire del búho que alejó el sufrimiento.


3 - Communio

1

Deberíamos saberlo; pero,
¿en qué desvío se extravío la copia,
el pergamino en que escribiste,
el que vimos cuando se elevaba
el sol rojo de las hecatombes?
Porque alguien leyó, todos leyeron, todos supieron
--César caminando por el campamento en horas vacías
y oyendo la tos de uno, la plegaria de otro,
mientras su mente se alzaba hacia Apolo;
o Lucas, recorriendo al tacto el anverso de las palabras;
o el que de pronto estuvo rodeado
por las paredes de hielo de un pensamiento;
dados o tormentas;
el que vio llegar el barco oscuro o el alado mensajero--;
todos supieron,
y todos volvieron
al viento y a su incipiente mensaje.
Deberíamos saberlo
en la contemplación fría de un espigón,
en el empeño de los que descargan
el camión tras el mercado.
Ya el pez no tiene olor después de muerto.
Pero deberíamos saberlo. Aunque no haya cifra.
O porque está la cifra congelada.
O porque es triste la muerte del lunático.
O porque no querríamos la muerte para nada.

4
"... amigos, habláis de rimas..."
Juan L. Ortiz


Vienen ríos, como los cachalotes, a morir en las playas
rodeados de moscas y chicaneados por zánganos.
Pero cuando nacen allá, en el occidente,
cargados de barros o de aguas de nevadas;
y cuando crecen, entre toscas o totoras;
o cuando se hinchan bajo el parlotear de cotorras;
allá, en el color de mate de esos crepúsculos.
Pampas, esas pampas, esos largos pajonales,
esas gordas, ásperas gotas; esas bandadas en círculos.
Ya viste el chajá en el agua desconfiada, hasta las rodillas;
y la yegua tordilla, el pelo de los ijares goteando barro;
viste la res abierta y la bosta fragante y el rocío afilado.
Quédate aquí a morir, como llegando a todo.
Quédate aquí a morir, como el agua que gotea de las chapas.
Y va al mínimo torrente, anda entre los pastos y se pierde.

5


Incensar la tarde con lo que apronta el corazón.
El corazón, como el muelle donde andan, dormidos,
raros marsupiales. O el tipo aquel, de la bufanda.
Y el corazón, donde un rostro de mujer se estira,
hecho de humo en alborada, allá, contra un cielo
poroso aún, esponjado; espalda de desierta mañana.
El corazón con el crujido de un mueble o de un libro.
El corazón, la gastada palabra, la lavada palabra.
El corazón, abierto a las rutinas industriales,
al costillar de los hechos; el corazón que cuenta las costillas.
Incensar la tarde, limpiar el rincón, tender la cama.


9

Padre que nos diste la precisión y el cálculo.
Padre que chorrea por las paredes cuando llueve.
Padre que se quema en los basurales
o cae como una bolsa de cemento.
Padre, nos diste el amor que ya agrietó los huesos.
Alteramos en el escenario unos cuantos enseres.
Y tu perdón se desliza por los techos.

11

Dardo al fin extraviado más allá del límite del aire,
la conciencia se parte ante los ángeles
y el pensamiento cesa en la lejana aduana.
Construiremos todavía unas casas fenicias.
Andaremos todavía con un báculo apagado.
Ya no te ríes. Ya no quemas nuestro pan.
En la iglesia vacía se respira un angelus.
Esta humedad huraña en los estucos,
estas baldosas gastadas, el hombre que allá se inclina,
la furia que se eleva como el humo de un sacrificio,
el vitral blanco y azul en el que se quiebra el recuerdo,
la mujer que llevo en el cuerpo:
no soy menos feliz con esto
que con la búsqueda del arca.
Libéranos para siempre de la guerra, del horror, del sacrificio.
Hay, bajo estas piedras, rosas de bronce seco y armas enterradas.
¿Cuántos pueblos los ríos arrojaron en los barrancos?
Y cuántos buscan algo útil en la resaca.
Esta humanidad que come, y la que come los restos,
sostienen las iglesias vacías y averiadas.



JORGE AULICINO

POEMAS DEL LIBRO "LAS VEGAS"

Boardwalk Casino


Las fantasías y los recuerdos
son, dice, la misma cosa.
¿Dirías que son materia?
¿Son materia los efectos eléctricos?
¿Es materia la luz tamizada
de un día sin sol en un departamento?
Si se pudiera sostener por varios segundos
ante la vista la estructura de la mente,
si con ella se pudiera hacer una foto
como de una montaña rusa iluminada,
sostenida a su vez por marquesinas
como guardas de resplandor amarillo,
qué cierto y rústico sería el desierto,
qué verdad la conquista de un proyecto,
qué real vos y los que pasan y hablan.


Flamingo Hilton


Elevadas las rosas, secas las paredes.
Los pasos apurados por las habitaciones.
El celofán guardado en los placares.
Ahora, como si patearas masas de cables viejos en la calle,
exigirías respuestas a los problemas manufacturados
con que te engañaste a lo largo de muchos años.
Banalidad en la historia íntima de cada casa actual
Y de todas las casas ya desaparecidas: los regalos,
Las enfermedades, las cenas, los patios, las cortinas.
Las rosas son elevadas, las paredes son secas
--mueren después, duran años con sus manchas,
Pero no tienen el color de la rosa y su enervante delicadeza.
Rosas o flamencos en las grandes mañanas
señalan un itinerario en el que nadie se confunde.
Esto es rojo, aquello es rosa, la materia es tenue.




MGM Grand Hotel, Casino and Theme Park

Tiranía del deseo, aún sin objeto:
el mero desierto, y sobre él
materia indescriptible de sueños rudos:
un hombre con cara de rueda de bicicleta,
el pánico de mil arañas en fuga,
la autorreproducción de máquinas
con copetes de helechos o podridas
plantas acuáticas,
la inenarrable acumulación de lo que drenan los sueños,
canaletas tapadas por trapos y fetos de ardillas,
fuegos artificiales y puros impulsos nerviosos;
la rígida opción entre el búnker monacal y el palacio,
un león de grifería en la entrada.



Caesars Palace

Redoble de platillos y un metrónomo en el paisaje.
No hay vida natural tras las ventanas.
Como si todo hubiese sido levantado
por gitanos del espacio que no conocieran el fuego;
cuyas manos hubiesen estado entrenadas por siglos
en el manejo de rayos, en la fabricación industrial de cosmos.




Ferguson´s Downtown Motel


Fumando un cigarrillo en la terraza,
el rápido enfriamiento de la tierra alrededor;
una situación abstracta, sin cadencias,
la vida como caños vacíos
en los que resuena de vez en cuando un golpe,
gorgoteos, un crujido.
Civilización nocturna, respiración artificial,
venas de neón a la intemperie;
la obra un desatino interminable,
el mundo un misterio corrompido.


Pop architecture


Desde lejos se ven como paredes de crema batida,
de cerca se aprecian los pedazos de loza
agregados a la mezcla.
Desde un avión a baja altura sólo serían cajas blancas.
Se puede imaginar un borracho tardío entre botellas
completando la escena a las diez de la mañana.
Esa es la hora en que la vida real retuerce las tripas,
recuerda la necesidad, limita la libertad,
invoca paisajes más netos de bidet e inodoro
en los que se restablece un orden insuficiente.



Tragamonedas

Usuarios de tarjetas de crédito y cheques de viajero
intentando la antigua transmutación de los metales,
la suerte entregada a la estadística que llaman azar.
Al amparo de las moscas de los pensamientos,
a cubierto de la humedad corrosiva de los ácidos
del tiempo que camina por delante de las ventanas
y que vuela por encima de las grandes ciudades;
en una noche de terciopelos eternos y luces reguladas,
buscan el sorprendente flanco de las cosas,
el núcleo latente del mundo, hecho de esmeralda
y pórfido, de níquel y de rosas de oro líquido.
JORGE AULICINO

Nací en Buenos Aires, en 1949. Viví mi infancia y parte de la adolescencia en Ciudadela, provincia de Buenos Aires. Soy nieto de inmigrantes italianos y españoles. Mis viejos eran comunistas. La poesía empezó para mí con la colección Robin Hood, cuyos libros me iba regalando cada año, desde los seis años, la hija de un carpintero. Mis dioses son los árboles y el genio de la literatura, que sopla donde quiere, y en los más diversos oficios y escrituras: ciencia, política, religión, periodismo, ensayo, filosofía. Publiqué los libros de poesía "Vuelo bajo", "Poeta antiguo", "La caída de los cuerpos", "Paisaje con autor", "Hombres en un restaurante". "Almas en movimiento", "La línea del coyote", "Las Vegas", "La luz checoslovaca", "La nada", "Hostias". Soy periodista.

SELVA DIPASQUALE (selección de textos: Osvaldo Aguirre)


Escribo en el caos y el desorden. Varios libros a la vez. Tengo muchos papeles y libros arriba del escritorio y de la mesa de luz. Creo que eso ya es parte de mi vida y de mi forma de ser. También leo varios libros a la vez, en general, de poesía, filosofía o ensayos. Me inspira mucho leer el diccionario de lengua española, el diccionario de símbolos o el etimológico. Subrayo mis libros. Escribo anotaciones al margen. Las ideas me asaltan y convocan, y aunque siento que concreto muy pocas de esas ideas, necesito un entorno de "muchas" para poder concretar "algunas". La dispersión me convoca. Tomo notas. Y cuando me siento a escribir, necesito de una concentración y una energía especiales y en general muy grandes para pasar esas notas en limpio y convertirlas en literatura. Esto suele ocurrir fundamentalmente en días de luna llena. En días de luna llena aumentan mi productividad e inspiración, siempre fue así, desde que recuerdo que escribo. Esos días suelo estar eufórica o con un ánimo exaltado y me siento más parte del universo que nunca. Cuando logro esa concentración especial, vivo la poesía como una forma de contemplación y meditación. Suelo leer en voz alta lo que voy escribiendo, necesito escuchar la música del poema, me tiene que convencer, trato de encontrar esa música. A veces no es fácil, lleva tiempo terminar de escuchar el poema acabado. Muchas veces siento que escribo con todo el cuerpo. Me atrae la escritura como juego y descomponer las palabras, jugar con su sonoridad y asociar libremente, hacerlas decir otra cosa diferente, sin que se pierda algo de lo esencial. Reescribir el mundo, algo así como hacer la enciclopedia propia. Imagino la escritura como un universo paralelo. Y nuestros cuerpos de escritores como cuerpos de palabras. La poesía me permite la creación de una nueva realidad. Entiendo a la poesía como una forma de explosión. Con la poesía se puede hacer explotar a las palabras. Algunos poemas nacen de una vez, otros me llevan mucho tiempo. Tengo archivos en la computadora de los que llamo "poemas sueltos" o "poemas sin proyecto" y otros archivos en los que me propongo una investigación sobre temas que me apasionan: como el mundo vegetal, por ejemplo. Escribo a mano, en la computadora, con la máquina de escribir, otras veces grabo. Hago un poco de cada cosa, o empiezo a escribir a mano y luego sigo en la computadora, otras al revés. Escribo las primeras ideas en la computadora, lo imprimo y necesito escribir a mano. Eso depende más del poema, de lo que el poema me exija que de mí. Los poemas me imponen cosas, me reclaman que esté de una manera o de otra, son como personas o seres que se plantan frente a mí y requieren rápidamente autonomía. Si estoy muy concentrada o inspirada, puede que sienta que "alguien" me dicta lo que escribo. Creo en "las fuerzas del universo" y Dios para mí es literatura. En cuanto a la corrección, sí dejo descansar los textos, en general, algunos unos meses otros un año. Para la corrección me ha servido mucho mi experiencia de talleres literarios. A los 25 años, más o menos, empecé a sentir que quería mostrar lo que escribía. Me empezaron a gustar algunos de mis poemas, y así fue como participé del taller, que en aquel momento daban Jorge Aulicino y Daniel Freidemberg. Me acuerdo que llamé a la casa de Aulicino por un aviso que salió en Página/12, yo en aquel momento no tenía mucha idea sobre la existencia del Diario de Poesía, tampoco conocía a otros poetas de mi generación. Un día, creo que después de dos o tres clases, Freidemberg me dijo "vos tendrías que hacer taller con Arturo Carrera", y después de algún tiempo eso fue lo que hice. Mi curiosidad pudo más, y no sé si Freidemberg se acordará de aquello que me dijo (!). Así conocí a Arturo Carrera y Daniel G. Helder, que daban taller juntos, y estuve 3 años estudiando con ellos. En ese taller, conocí a Roxana Páez, Rita Kratsman, Silvana Franzetti, Alicia Hernández, Mariana Bustelo, Alejandro Rubio y muchos otros poetas que pasaron durante ese tiempo por el taller, pero a los que nombro sigo sintiendo compañeros de ruta de la poesía o con varios de ellos mantengo un vínculo de amistad. Las lecturas de mis compañeros de taller y de mis maestros, claro que tuvieron influencia sobre mi escritura, me permitieron entender lo que significaba corregir y fueron un incentivo, sin duda, para seguir escribiendo. Todos los maestros de poesía que conocí hicieron su aporte a mi escritura, pero el que sin duda tiene y sigue teniendo influencia sobre mi escritura es Daniel G. Helder, a quien considero como una especie de escultor de las palabras. Desde fines del año pasado (2005) y hasta mitad de este año, volví al taller de D.G. Helder, para corregir algunos textos, y así fue como tuve la suerte de conocer a otras poetas, con quienes nos seguimos viendo, y con quienes es y fue un placer hablar y reflexionar en torno a la escritura poética, entre ellas: Laura Lobov, Florencia Fragasso, Julia Sarachu y Vanina Colagiovanni. Estoy convencida de que se puede partir de cualquier lugar para escribir: un olor, un sabor, una música, otro poema, un sueño, un color, un aviso del diario bizarro o sin importancia alguna. Aunque también hay temas recurrentes en mi poesía, que tienen que ver con la experiencia de la vida o lo familiar. Todo puede convertirse o ser poesía. Y eso me parece mágico, deseable y maravilloso.

Escribo en cualquier lugar. En general, no me acuerdo dónde escribí lo que escribí. Muchas veces la escritura se da en tránsito. Después de mucho tiempo encuentro papelitos en cajones, libros, carteras, en los que anoté comienzos de poemas, una frase, una idea y si tengo la energía suficiente, en ese momento, escribo a partir de ahí. A veces de esa primera frase o idea no queda nada. Puede ser que funcione como disparador.

Me atraen las imágenes, creo que mi poesía es fundamentalmente una poesía de imágenes, siempre hablo de "lo que veo", sea en la realidad, en un sueño o ensoñación. Y me preocupo por ser sincera o auténtica con "eso que estoy viendo". A veces me obsesiono demasiado con la sinceridad. Me gusta mucho escribir en tiempo presente. Valoro la ironía y el humor, también la manifestación de lo siniestro. Trato de disfrutar del proceso de escritura y de mis textos en sí, aunque no siempre es posible. Puedo sentir odio o amor por lo que escribo, alternativamente. A veces me canso de mí y de mis obsesiones. Disfruto mucho de leer a mis contemporáneos y de encontrar la poesía que hay en los otros como quien descubre un tesoro, creo que por eso armé este proyecto que espero siga creciendo.

Soy curiosa y sufro de ansiedad.

La poesía es de todos, está en todas partes y puede ser escrita por todos.


SELVA DIPASQUALE


de MEDITACIONES EN EL BOSQUE

Además, para que la voz se deje oír y grite en tu corazón, construye en tu corazón el desierto donde grita. Conviértete en desierto. Escucha el desierto del sonido.
Eckhart Meister

El bosque da vueltas a mi alrededor.
El alma es amarilla
Y sube
Sube
Los animales están agazapados.
Rodando van a venir
como cuando la miel rebasa del vaso.

...


Estirada hacia atrás observo los pinos al revés y pienso que cada uno es una capilla.
Voy a salir de mi casa para hablar con ellos.
Ahora mismo.
Ahí voy.




CAPILLA DEL MAR OSCURO

Tres pinos juntos. Arriba se confunde el ramaje. –Entrá, toca una rama con la mano izquierda. Apretá fuerte y mirá para arriba. Te duele. Cuando empezás a ver borroso empieza nuestra oración. Salí. Volvé a entrar. Quebrá un pedacito de savia. Olé. Hacé una marca en el tronco del medio. Tocá la tierra y escucha: "Protección para los hombres que se transforman en arañas cuando salen del mar. Lentamente. Protección para las arañas gigantes que no van a volver". Apretá de nuevo. Siempre con la mano izquierda. Te duele. Podés salir. Si te das vuelta y mirás de lejos nos vas a ver cubiertos de arañas negras, muertas de risa, balanceándose.




CAPILLA DE LAS ALMAS

Cuatro pinos en círculo. Voy al centro. Cuatro almas sobrevuelan la cúpula. Nubes. –No mirés. Miro y me mareo. Un pino está seco. Parece una vena. Paso la mano por un tronco viejo. Intento de nuevo mirar para arriba. Las venas se entrecruzan. –Pensá en las nubes pero no mirés. Hay pequeños brotes suspendidos como campanitas. Las ardillas chillan. Estos pinos son cuatro amigos que a la noche bailan y cambian de lugar. –Con una rama seca golpeá otras ramas. –¿A quién llamamos? Hojas amarillas, corteza, ramitas, caen. Me voy. –No, quedáte. Vuelvo. –Tocame. De lejos me mira un tronco dinosaúrico. Nubes en la cúpula. Llueven bolitas azules. –Chau. Me quedaría para que me crezcan raíces. Vuela una ardilla. Grita y me voy.


CAPILLA DE LOS INSECTOS DURMIENTES

Me acuesto debajo de unas ramas que rozan el pasto. Esta es la capilla para dormir, donde los insectos sueñan amontonados, a punto de morir. Me da sueño. Veo llorar a una mujer rubia. Me mira un ojo azul protoplasmático. Algo me protege. Es de noche y la capilla se encapsula. Viajamos a la luna.


CAPILLA PARA CREER EN EL CICLO DEL AMOR


Un pino muerto de amor abraza a otro pino. Ramas secas y bocas abiertas en los troncos. Brotes de pinitos alrededor del muerto. Hay una alfombra verde para entrar. Abajo está la ciudad pero acá se pueden dejar todas las penas de amor.
Esta capilla parece parte de una iglesia abandonada.
El vivo y el muerto se besan en la cúpula. Lágrimas azules. En la entrada dos hijos se miran. El mas chiquito está muerto.




de PARASELENE



GEOMETRÍA

Siluetas negras
hombres
que caminan
a nuestro alrededor
mientras el color detenido
de estas luces
en el vagón del subte
cíclicas despiden
el mismo olor
del huevo que olvidamos
en la bolsa de basura
podrido ahora
derramado
leo
estos poemas.







EL CLORO TURQUESA NOS ULCERA LOS OJOS



Quien mira desde lejos ve unas siluetas negras que saltan y rebotan acompasadamente.
Tenemos 10 años y nos estamos besando abajo del agua. Y hablamos y cuando subimos a la superficie jugamos a ver quién adivina las palabras escondidas en el burbujeo.
Los grandes nos reclaman con su aleteo permanente. No importa nada. Ni este viento que nos trae más frío y pega en nuestra piel ni las hojas voladoras de los eucaliptus.
Empujamos hacia abajo para resistir la fuerza del agua, con la dolorosa ilusión de escondernos
para siempre.
Su cara se deforma, el pelo parece
compacto y grueso,
la sonrisa
brillante y fea. Los dientes
cada vez más afilados. Abajo del agua
muerden más.




GEOMETRÍA

En el principio
tu lengua
en tu lengua
los sonidos
en los sonidos
el principio
de tus palabras.



GESTIÓN


Me voy al campo con mi papá y queda la bebé con mi mamá, pero no estoy segura de haber dejado leche. A las siete de la mañana del día siguiente quiero volver. Estoy preocupada.
Regresamos.
La boca de Selene está llena de pegotes de algodón y sus ojos se volvieron tan transparentes que se puede ver su interior.
Mi mamá dice que le dio leche galvanizada y que me hizo otra gestión: me averiguó y tengo que llevarla al oculista.
Le miro de nuevo el ojo izquierdo. Se ve la sombra de un arbolito.



EL OTRO OJO


Mi leche es muy grasosa y tiene
la consistencia de un chicle
Selene hace globos
tiro del globo y siento
su paso por el esófago
adentro del ojo de un loro desmayado
viaja el sacaleches
lejos, el papá
discute con alguien
por unas maderas.
Selene llora.



PASEO

Selene y yo
avanzamos
hacia la plaza
en el Carrito azul
ella mira
sin mirar
y piensa
cruzando la calle
una nena la abraza
-no le jales sus piececitos
Selene me mira
y mira a la mamá de la nena
tatatá
y sonríe
y la nena se sube
al carrito
y Selene se asusta
un poco
retrocede
la rechaza
tatatá
y le vuelve a sonreír
y me mira
y mira a la mamá de la nena
viento
y nos tenemos que ir
a la plaza
que se va el sol
viento
y la mamá de la nena
y yo
nos miramos
viento
-no le jales sus piececitos
y nunca sé
cómo y cuándo
termina
un momento como éste.


VELOCIDAD




Un féretro dibujado
en el techo
la luz del sol
pega sobre la madera
del lado izquierdo unos cuchillitos
el féretro está triste
nadie lo ocupa
me pestañea
y yo
a él
se pone de perfil
y habla con los cuchillitos
de cada mango
hasta su boca
alguien ata
hilos rojos
él los quiere absorber
los absorbe
el féretro
se empieza a consumir
la madera
se pudre
deja paso
a la luz
es todo
luz.

Selva Dipasquale

sábado, octubre 28, 2006

LAURA WITTNER


Cuando aparece el puntito inicial, o parece que aparece, me viene un apuro tremendo por pasarlo a escritura. No importa el lugar ni la hora; solamente tener un momento a solas (aunque puedo estar rodeada de desconocidos, por ejemplo en un bar), una lapicera (o lápiz) y un papel. Ese puntito inicial suele consistir en no más que una frase – a veces, si tengo suerte, rodeada de un "halo" bastante impreciso que sugiere hacia dónde o cómo podría llegar a ser ampliada la idea. Aunque casi nunca viene en forma de idea. Concretamente suele tratarse de una imagen (visual en la mayoría de los casos) que ha nacido con música propia y capacidad de sugerir – de sugerirme de qué estoy por hablar en realidad. Bueno. Entonces viene el momento de pasarlo a tinta. Casi siempre tengo conmigo mi cuaderno y mi lapicera. Pero si no, la prueba primera puede hacerse incluso en una servilletita de papel o un volante que me hayan dado por la calle. A veces la prueba primera falla; leo lo que acabo de escribir y me digo: "y esta mierda, ¿qué es?". Listo. Quién sabe si volveré a escribir alguna vez (a esta altura, de todas formas, ya no entro en pánico). Otras veces, cierro el cuaderno con la sensación de que la línea que acabo de anotar podrá ser expandida y convertida en "algo" más adelante, tal vez cuando llegue a casa y me siente en la computadora, tal vez en meses o años. Y otras veces, las mejores, así como se hace tinta la línea inicial dispara continuaciones; y entonces voy y vengo, tacho, releo, levanto la vista, miro por la ventana, me siento realmente encapsulada y escindida de lo que me rodea, aunque al mismo tiempo más integrada al mundo que nunca. Mirá lo que acabo de declarar. Pero un poco es así; es una sensación que descubrí de niña cuando empecé a entender que "escribía". (Y en esa época era capaz de "escribir" una página entera mentalmente, corrigiendo incluso, mientras caminaba o viajaba en colectivo, para después llegar y descargarla en la Olivetti como si tal cosa).La segunda instancia es pasar lo escrito a la computadora. Ahí a veces ya reescribo en el momento, corrijo, me sorprendo de mi torpeza inicial. Otras veces pasa todo bastante parecido a como surgió. El momento de trasladar el dibujito de mi letra en tinta al blanco y negro aparentemente serio del Word siempre me produce una sensación de ritual. Algo de exaltación, pero también de miedo: mirá si ahora se desvanece todo. Si no le veo sentido. En fin, el miedo básico. A veces algo en el poema que estoy escribiendo me lleva a elegir un formato o tamaño de letra en particular. Suelo tener el impulso de redondear el poema en la primera pasada a la compu, salvo que vea que puede llegar a tratarse de algo más largo, en fragmentos. En ese caso me dispongo a esperar que los meses me vayan dando una idea de lo que estoy haciendo. Guardo el documento hasta el día siguiente: otra ocasión para no reconocer qué quise hacer y olvidar el asunto. Si supero esta tercera posibilidad de anulación, casi siempre corrijo. Corregir, para mí, consiste mayormente en cortar. En ocasiones no puedo creer cómo me he desbocado, cuánto hay demás en un texto... y además... ¿esa rima indeseada? ¿cómo no la había visto? ¿o la deseo? ¿y si la intensifico? Ensayos que pueden prosperar o volver a dejar todo como estaba.
Escribir escuchando música no puedo. Sería como escuchar dos músicas al mismo tiempo. Lo que he logrado últimamente, aunque no sé si me va a favor o en contra, es corregir o reconsiderar un texto mientras mi hijo se transforma en power ranger y lucha contra el mal (¡Power Ranger dame el poder!).
No tengo nada parecido al orden – como un plan inicial, investigación ni horario fijo para escribir. El poema viene cuando viene, y ahí lo escribo. Estoy bastante cerca de admitir que creo en "la inspiración". Puedo reconocer factores que con seguridad ayudan a activar o desactivar el mecanismo: si estoy leyendo cosas que me gustan, probablemente escriba o piense en escribir. Si estoy muy angustiada o preocupada, no habrá forma. Si tengo la lapicera que quiero sobre el papel que quiero, si logro un lindo deslizamiento, es posible que me anime y juguetee, y de ese jugueteo tal vez salga una idea que de otro modo quién sabe. Pero nunca me fuerzo (por no decir "nunca me esfuerzo"), porque ya comprobé que eso conmigo no funciona. A veces no escribo durante meses. Una vez fueron años. Sin embargo, cada vez que termino un poema disfruto de esa tremenda sensación fugaz, una especie de déjà vu existencial que podría resumirse en algo así como: "Ah, claro. Esto es lo que yo hago".
Aun sin plan, algunos poemas se van reuniendo entre ellos. A veces al cuarto o quinto me doy cuenta de que parece haber un sentido en común, que esos poemas van juntos. Hace poco escribí un grupo que se llama Lluvias; es la primera vez que armo algo un poco más organizado, con textos que remiten a lo mismo, al menos en un nivel. Cuando terminé me di cuenta de que todas esas imágenes, ideas, músicas, venían dando vueltas en mi cabeza desde hacía años, o décadas. Pero en realidad es así con casi todo: creo que lo mío son tres o cuatro temas que me acompañan desde siempre. Se enriquecen, se ponen en segundo plano, adquieren nuevas dimensiones... pero siguen siendo siempre los mismos tres o cuatro.
LAURA WITTNER

POEMAS DEL LIBRO "LA TOMADORA DE CAFÉ"

Dentro de casa

17.
Están volviendo
todas las historias infantiles;
todo está siendo sometido a juicio,
ya nada es pintoresco, material para poesía.
Los padres son los imputados
y parecen culpables;
nosotros ya empezamos
a parecer culpables.

18.

Se me dirá: doméstico es cualquiera.
Yo no lo niego, pero no puedo
dejar de advertir algunas cosas.
Grito entonces si la silla con rueditas
pasa por sobre el gancho imantado del morral
y observo cómo la cafetera
empieza a aparecer por todas partes
ostentando sus dibujos de vapor interno,
su cáustico fondo fangoso.

22.

Pensar en parques, en sonidos,
y añorar. Cuidar la fiebre,
querer con todo el corazón,
y envolver con todo el cuerpo.

23.

Yo me pierdo en las connotaciones,
dudo de la existencia
de las palabras; lo mismo
con la veracidad de ciertas caras.
Del otro lado de la puerta
mi hijo aprende todo
y se me hierve el agua del café.

24.

La coca chisporrotea
en un vaso
en la oscuridad.

40.

Fui y me creí todo,
y eso me hizo feliz. Vi
dos mariposas prendidas en el sweater
de la chica sufriente, que se había quedado trabajando
en la penumbra, y fue perfecto, me dije, porque
el entero sentido de esa escena
podía condensarse en, y deducirse de,
las dos mariposas en el pecho, en diagonal.

Cambios de luz

Las nubes deciden lo que nos hace esta penumbra, parece
que toda una familia de nubes migra
en una sola noche y por eso se apuran
una tras otra en esa línea de vapor mutante
que por fortuna atraviesa la luna
y es el apuro lo que las hace ir cayéndose, desprenderse
de cualquier forma en un instante, metiéndonos ideas
en la cabeza a vos y a mí que musitamos la palabra
de lo que vemos y en la segunda sílaba callamos
porque no es eso, está siendo otra cosa y así
no hay diccionario que resista.

La tomadora de café


...

2


Ilustración de la teoría del esfuerzo.
La necesidad del merodeo y la confinación,
de la queja, mirar la tele y aceptar que llueva
durante días. El aroma, la escalera que lleva al ventanal en L
y a la mesa con mantel azul serán una elección y no un refugio.
A esto lo llamaremos "proceso de mejoramiento":
con pocos trazos se compone una imagen
por la que hasta es posible caminar.
Una curva en la costa, tejados rojos,
un potrillito cómico que apura el tranco
para no perder de vista a su mamá. A la noche
veremos una estrella fugaz en el momento esperado.
Durante tres segundos se caerá del cielo,
y nos dejará en penumbras, en ascuas
bajo el resto de la vía láctea.
....

4

Otra vez sólida y eterna
en la oscuridad del microcine.
Cuántas películas sirven para que una mujer
vaya volviéndose linda: si tiene tacos, si no,
si tiene la nariz medio ganchuda pero esa
esa sonrisa a medio armar
y esos miedos poéticos que un buen director
sabe enmarañar con uno o dos
mechones sueltos cuando se trata de su actriz
o de su espectadora, a quien sin conocer
ilumina y maquilla,
dejando que se entregue
a voluntad
al deleite, en la oscuridad.
...

7

Se despertó el mundo. Se despertó la percepción.
Hicieron facturas en la panadería
antes del amanecer, y al kinoto le salieron cosas blancas.
Todo emana un perfume repleto y activo:
no se le puede dar más tratamiento
(un tratamiento mejor) que percibirlo.

....

Un poco verde, verde, muy verde

Agosto

Tras las lluvias, palomas empapadas aterrizan en la baranda del balcón.
Hay dos que intentan cortejarse, se cortejan.
El resto las repudia: ¿Cómo puede ser...?
Pero enseguida sus miradas fulminantes, sin elasticidad,
cambian de dirección. Con ellas van también
los negros – funestos – pensamientos.

Septiembre

Cayeron los primeros kinotos. Hubiera querido
tener un rincón donde quemarlos, mirarlos, esperar
que esta misma quietud traspasada de ácido y naranja
ardiera en el carbón, íntima pero invasiva.
En cambio hay dos frutos redondos
en silencio posados en la tierra.

....

Luna de miel


¿Qué croaba esas noches? ¿Ranas en semejante ciudad?
Volvíamos entre jardines, pero entrábamos a grandes edificios
para subir altísimo, fumar en los ventosos balcones,
dormir sin sueños, hasta la hora de desayunar.



Equilibrio
En los aviones y en los trenes, uno
se siente sólido y eterno.
Juan José Saer
(Dylan Thomas in America)

1

Llegamos al lugar donde acamparemos durante veinte días. "Éste es el terreno." Hay que alisarlo, desmalezar un poco. Ponemos manos a la obra. Todo se hace en silencio. El sol está bajando, y nos llenamos de un sentimiento desolador. ¿Por qué aquí, por qué no veinte metros más allá? ¿De qué manera este perímetro arbitrario nos puede contener? ¿Qué significado retiene ese alerce de tronco ancho, esta loma de pasto quemado? Se alzan las tiendas en semicírculo y la vida recomienza. Después de todo nos tenemos a nosotros mismos: ¿o acaso no hemos ido, no estamos allí, condensados en una especie de equipaje de mano que pronto se despliega con docilidad, aceptando las nuevas marcas?
El día de la partida volvemos a callar. Diligentes, retiramos todo lo que es nuestro. Pero el territorio no se despoja de sentido, y abandonarlo se nos vuelve absurdo. La mancha de cenizas es donde cocinábamos. Por esta hondonada caminamos hacia el lago, cada noche, conversando y riendo en voz baja. El sendero que se pierde entre las lengas nos lleva hasta el río, y por allí hemos vuelto varias veces al día cargando el agua en una olla. En estas ramas se tiende la ropa a secar. No es fortuita la disposición de aquellas rocas: delimitan nuestra sala de lectura.
¿Es necesario irse? También aquí podríamos vivir.

Tres versiones

Cheever vuelve de Manhattan y se acuesta

Camino y camino.
En calle Cincuenta y tres elevo una plegaria,
después almuerzo y veo el partido.
Vuelvo a casa en el tren,
tomo un poco de gin
y estudio italiano.
Me despierto a las tres de la mañana
paralizado por el pensamiento de lo que no hice
– mis dientes, por ejemplo. Y de pronto
creo ver con claridad
el pasadizo (en las relaciones humanas)
donde la línea entre creatividad y luz y oscuridad
y desastre
es fina
como un pelo.Y pienso
que es una carga heredada,
que mi madre ya cargaba con ella,
y que, como en todo, la luz
triunfará. Me parece ver el rostro seductor
de la sabiduría, la articulación, la poesía.
Algo que se puede cultivar, hacer que florezca
como una perversa tentación:
una cadena de falsas y suaves promesas,
una tierra artificial de leche y miel.
Digo entonces: que hay un gusano en la rosa
pero que no es fatal. Preferiría, sin embargo,
no tener esta visión de desastre.
Rezo por eso,
o por una comprensión más completa y relajada
de que la fuerza vital casi siempre está en disputa.


Irving intenta emocionar hablando del invierno


Delante de los focos, la nieve parpadea
como si esas dos que pasan arrojaran diamantes.
El llanto perpetuo de un bebé, la voz inquisitiva de un chico,
el frío agreste que se aleja
con su olor a manzanos sin plantar,
y su necesidad
de meter la pala en la tierra
para ver cuán profundo se retiró la helada.
Esperar, a ver qué pasa.
Esperar y ver qué pasa.
Mansfield y el tema de "pararse a mirar"
Después paseamos calle abajo.
Del brazo. Hacía calor.
Vos te apantallabas con el catálogo
y repetías: "mirá, mirá",
y nos parábamos 100 años a mirar,
para después seguir nuestro camino.
LAURA WITTNER





Nací en Buenos Aires en 1967. Desde los 13 hasta los 18 estudié literatura y escritura con Juan Carlos Martini Real. A los 17 publiqué un libro de cuentos. Me recibí de Licenciada en Letras en la UBA. Trabajé siete años en la sección de Espectáculos del diario Buenos Aires Herald. Ahora trabajo traduciendo del inglés, y traduzco también por placer (poesía, más que nada). Mis propios poemas los publiqué en los libros El pasillo del tren (Trompa de Falopo, 1996), Los cosacos (Del diego, 1998), Las últimas mudanzas (Vox, 2001) y La tomadora de café (Vox, 2005). También en varias antologías, revistas y páginas web. En Francia acaba de publicarse mi primer libro para chicos, Cahier du temps, ilustrado por Gwen Le Gac (Actes Sud, 2006)

viernes, octubre 27, 2006

LAURA LOBOV


Tomo notas en bares y colectivos en alguna libreta o papel que tenga a mano, generalmente son ideas, esbozos de cosas que a veces quedan en eso y otras crecen para convertirse en algo más. Para escribir, prefiero la computadora. Me encanta sentarme ahí, al lado de la ventana, mirar el cielo, las ventanas de enfrente, la gente que camina por la calle. El rito es bastante sencillo, prendo la pc y, mientras se inicia, me preparo un mate. A veces escribo con música, otras, prefiero el silencio. Aunque el silencio en mi casa no existe, por la ventana, escucho pasar al 60, a los chinos del depósito que gritan, las voces de los mecánicos del taller. Eso también es una banda de sonido. Me gusta leer en voz alta lo que voy haciendo. Escribo cuando puedo, cuando vuelvo de trabajar, antes de irme a dormir, en el trabajo (shhhh). Lo que más me gusta son los sábados de sol, abrir todo, que la luz entre y se refleje en las paredes naranjas, saber que tengo todo el día por delante para hacer las cosas que quiero. En general empiezo a escribir y el plan se va armando solo. Solo o de manera inconsciente, no sé o es lo mismo. Después, cuando lo descubro, puede ser que lea cosas que se relacionan con lo que estoy escribiendo o pregunte sobre eso a la gente que conozco, pero en realidad lo que más me pasa es que empiezo a ver el tema por todos lados, como una pequeña obsesión. Necesito corregir en papel. Las primeras correcciones las hago en pantalla pero son parte del proceso inicial de escritura, después imprimo todo muchas veces, lo leo, lo corrijo, lo dejo por un tiempo...Que descanse, repose, leve. Y después lo retomo. Primero aparecen las imágenes. Creo que la música surge en el momento en que las imágenes van tocando el papel (o la pantalla en este caso), como si lo que veo fuera encontrando su propio espacio. Su espacio en la página y su espacio en la canción del poema. Por eso me gusta leer en voz alta. Para poder ajustar lo que se ve con lo que se escucha para escuchar más fuerte un sonido que viene de lejos y que llega hasta acá.

LAURA LOBOV


POEMAS DEL LIBRO INÉDITO "LA CASA DE LA ABEJA"



era un cuadrado la casa,
blancas las paredes y el pilar
alto de la entrada. se veía todo el cielo.
el cosmos, decían.
cuando en la capital
se ven con suerte
algunas luces. la materia
desordenada y en polvo
se transforma. sin ir más lejos,
en frente, un primer piso
iluminado en la madrugada esconde
pequeños tesoros, un trofeo de karate, una heladera
y restos de algo. habría que ir al campo, salir
a la terraza, escapar
en la sábana oscura que se alza
sobre los otros. él trajo
una revista desplegable, estiró el índice,
apenas con la punta así,
cuando eras chica preguntaste
qué es el cosmos, te muestro, acá
estamos nosotros.


***


pienso cómo entra
no mi casa que es chica, la torre,
el parque, la pileta, tu habitación. todos
en este punto luminoso que su dedo tapa
y la distancia, el trayecto que recorre el dedo
de un planeta al otro.
hace calor y prendemos
estrellitas y bengalas en la calle.
cuando tu mamá era chica
no existía la tele en colores ni tampoco
el pilarcito. y en el piso de enfrente
apagaron la luz, si el mundo
no va a estallar debería
buscar algo que encender, cigarrillos
papeles. fuego. la tierra
está corrida del eje
si todos saltamos a la vez
volvería a su centro. escucho
un despertador en cada casa. ahora
el desayuno, ahora,
caerían las cosas, los vidrios
se astillarían.
y más tarde
caminar por la calle
entre los restos con la idea
del deber cumplido.

***

ahora que todo estalla
bombas, planetas, naves qué pasaría
si mi casa empieza a arder y
la otra y la otra y la otra y así
se enciende este punto.


***

en el piso de enfrente
apagaron la luz, si el mundo
no va a estallar debería
buscar algo que encender, cigarrillos
papeles. fuego. la tierra
está corrida del eje
si todos saltamos a la vez
volvería a su centro. escucho
un despertador en cada casa. ahora
el desayuno, ahora,
caerían las cosas, los vidrios
se astillarían.
y más tarde
caminar por la calle
entre los restos con la idea
del deber cumplido.


***

una polilla volaba,
bajo la mesa
yo con ese miedo siempre
a lo que viniera del aire. la agarraste
con los dedos,
no hace nada, ¿ves?
no muerde, no respira. para mí
tiene pelos
o un polvillo gris
que cae al matarla. lo que queda
es lo que la hace volar. igual
no quiero ver
la órbita de tus dedos
al tomarla, cortar el vuelo en seco,
como si juntaras con la espada
varias cosas que arrojaste
primero al aire. así
estábamos seguros
mientras los ladrones fueran
seres alados que en silencio
se iban llevando las cosas.

***

hojas y un escarabajo
flotan en la superficie, a su alrededor
algunos hilos oscuros como rastros
de su movimiento.
me quedo en la escalera,
mido cada centímetro,
el borde del frío. ya es hora
y en el abrigo
de la casa se oye
una charla suspendida por el ruido
de la tele. llega la noche
la luz alta se refleja y deforma
en la ondulación del agua. todo se imprime,
hasta la piel. ahora tus dedos, la yema
cada parte del cuerpo
es una ola.

***

nadie lo dice pero existe
un elemento que reúne
a todo el resto, así
se cierra la cadena.
no lo enseñan en ningún lado,
está y algunos saben
de su forma.
pero apenas conocés un par de datos:
los moles y ese brillo intenso que llega
desde lo alto. hoy
todo se confunde, esa luz, ella dijo
es dios, se cuela desde allá
y te mira. tenés que creer
y no mentir, todo
él lo ve mientras querés agarrar con las manos
esos puntos que bailan en la luz.

***

entonces te acordás de una vez que tu abuela casi mata una abeja.

preocupada, colgó un paraguas de la soga
para que le diera sombra, le puso
agua y miel y la dejó ahí, en el patio.

mientras servía la comida, espiaba
por la ventana para saber
si de una vez levanta vuelo.

***

un paraguas negro balanceándose cabeza abajo
solo en la cuerda
una abeja, sobre el piso rojo
caminando, lenta, hacia el agua.

***

te colgabas de las ramas,
los caños de la plaza, una cuerda
o cualquier cosa para ser escalada.
lo que todos llamaban tobogán era
una pendiente. y ahí, en la noche
sacudir el pelo, dejar
que la sangre subiera a la cabeza para ver
luces de colores con los ojos cerrados
y otras blancas al abrirlos despacio
mientras el contorno del parque se dibuja
con el brillo intermitente de las luciérnagas.

***

sólo una lamparita
en el insomnio, la veía
rezar como un blanco amarillo
en la oscuridad. arriba
el cielo
seguía su curso y era
el campo de batalla en el que dios
se disputa la luz
con las estrellas.


LAURA LOBOV




Laura Lobov nació en Buenos Aires el 28 de febrero de 1978. Publicó Balneario, dentro de la colección Arte de Tapas de la Casa de la Poesía (2003) y Las cosas a descansar por Gog y Magog Ediciones (2004), editorial que codirige junto a Julia Sarachu y Miguel Angel Petrecca. Durante los años 2002 y 2003, realizó la producción y coordinación del ciclo mensual Salones Poéticos, música de salón y lecturas poéticas, en la Casa de la Poesía del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Además, sus poemas fueron publicados en El decir y el vértigo. Panorama reciente de la poesía hispanomaericana (1965-1979), México, 2005, Post menem-Antología de poetas argentinos, Chile, 2006, 18 Poetas-Antología de poesía latinoamericana Perú, 2006 y Taquigrafia para principiantes, Buenos Aires, 2002.


miércoles, octubre 25, 2006

CARLOS MARTÍN EGUÍA

No tengo ritos fijos, en una época escribí en movimiento real, quiero decir, componía mis poemas arriba del tren o del colectivo y creo que tenía que ser así, escribir con el murmullo de la realidad de las horas pico en la oreja, no tenía tiempo libre, ahora tampoco lo tengo pero escribo por lo general sentado en una silla, mi silla, y esta sólo se mueve muy lentamente, al compás de la rotación y la traslación terrestre, me muevo con ella por los días y las estaciones. Recuerdo haber escrito dos libros completos en cuadernos artesanales, me cayeron en las manos y tenía que escribir ahí. Período de superstición, período en el que andaba bastante perdido. Tengo planes que son alterados por lo fortuito, lo que va surgiendo es también una parte fundamental, ahí vuelve de vuelta el movimiento, lo que renueva las relaciones planeadas de antemano. Corrijo cada vez que me siento frente al trabajo, siempre encuentro algo que mejorar, esta manía se termina cuando publico. Lo demencial del artista que nunca logra lo que busca se termina con la publicación. Ahí sí ya está. El procedimiento del contrapuntismo entre imbricación y tala. Imbricar imágenes, conceptos, tonos, en fin, materia sónica, y talar lo mismo, imágenes, tonos, etc, que no funcionan. De vez en cuando imagino lo que sería dar con un método que pudiera resumir todos los sistemas de composición para llenar un espacio en blanco. Pero ese método lo controlaría todo y la cuestión perdería incentivo, sería la exhibición de un puro virtuosismo que detesto. Sigo tratando de comprender lo que me rodea y a mi mismo escribiendo, el procedimiento no puede ser un molde preciso y definido, sino actuaría como forma fija o peso muerto y toda esa materia se opondría al vuelo que necesito para conservar el deseo de escribir y la perspicacia necesaria para establecer buenas combinaciones entre las múltiples posibilidades.


CARLOS MARTÍN EGUÍA




POEMAS DEL LIBRO INÉDITO "LA VACA ROJA"



LA VACA ROJA


Reverberaciones de Freud y Marx
en los laberintos mentales
de las dos lindas trabajadoras sociales
rompiéndose la cabeza frente al niño
que pintó la vaca roja.
Está pidiendo un mejor trato, corean,
seguras de concertar en la raíz
para vertebrar una lumbre.
Al fin el chico
a punto de abrumar la mirada
en una porción de baldosa
dice
yo la vi así
atada al atardecer,
sola y con el poquito de agua
que le llevé en un tacho.



VOLVIENDO DE LA ESCUELITA
RECORDANDO A MANSILLA


Bajo las ondulaciones del aire
en el cielo extendido
en torno al aliento de los perros
en las zanjas
donde se mueven anguilas y se despliega
el estilo rana de las ranas
en el agua podrida por el ciclo
vida muerte
muerta vida
hacia los pajonales
bajo la vibración del vacío
el embate del yaguar
del crepúsculo hacia la noche
en su fantasma bayo oscuro
amarillo Nápoles
en el fondo donde devienen manchas
con pintitas negras
terror de los carpinchos
del animal doméstico
entre el ataque y la quiebra
uno se acostumbra a todo
anda con lobos y es lobo.


LA NOTICIA COMO HAIKU
EN EL RESUMEN INFORMATIVO
DE LAS DOCE



Una nevada prematura
inicia la temporada en Tierra del Fuego.




OBSERVACIÓN IV


Ella hizo un boquete en el sentido
que construía la convivencia
así se escapó de él.



A IMAGEN Y SEMEJANZA

La humedad traspasó primero la pared
después los caños
tomando los cables y comiéndole la luz
a ese sector de la casa
un espacio a oscuras en el nirvana del mineral
donde se levantó moho.
La causa está a la vista y no hay nada que suponer
me dice ella que siempre supo que vivir es actuar
y que está de nuevo
en lo que una vez pensamos como hogar.
Con cara de desconcertado inquilino que vuelve
de trasnochar a la deriva
me pregunto que rincón de mi cerebro
se arruinará primero
a imagen y semejanza.




INFANCIA


La luz del día ya es decrépita
un cuarto de sol varado en el horizonte.
En un rincón de la cocina
mi abuela lee un salmo.
Estoy en el patio mirando hacia el oeste
quizá esperando que los murciélagos salgan a revolotear.
Un perro negro contra la somnolencia anaranjada
pasa por la calle.
Agarro la bicicleta y me lanzo tras él
diciendo
vuelvo dentro de un rato abuela.



LA EFICACIA DE LO LENTO


Salgo de las cuatro paredes
como huyendo de un país de bárbaros asesinos
para disfrutar la mañana
tomando mate en el jardín.
Ni una nube en el cielo.
El aire de una nitidez memorable
exorciza la resaca.
Las cosas se ponen solas
en un movimiento hospitalario.
Mi sombra es tirada de los pelos
por la baba de dos casitas
que se arrastran con suavidad.
Son los caracoles que volvieron
a desplegar sus atentas antenas
contra cualquier clase de celada.



CARLOS MARTÍN EGUÍA











Nací el 22 de agosto de 1964 en Castelli, Prov. Bs. As. Estudié biología pero abandoné casi al final, por los mismos años cursé materias de psicología y de filosofía. Comencé a publicar poemas en el año 91 con Anotaciones y otros poemas en la editorial Libros de Tierra Firme, siguieron Repertorio (1998) Libros de Tierra Firme, Phylum vulgata (1999), El sacatrapos (2002) y Oso no hay nieve acá (2004), estos últimos en editorial Siesta. En narrativa publiqué Errantia (2000) en edición de autor, unos 180 ejemplares de los cuales no me queda ninguno, El retama (2004) en Eloísa cartonera y La plancha de altibajos (2006) en la editorial Paradiso. Tengo inédito un relato que posiblemente lo edite Paradiso y unos poemas bajo el nombre La vaca roja. Estoy empezando a escribir una novela que llevará tiempo. Gané algunos premios. Hace ocho años que enseño ciencias naturales en escuelas secundarias, antes fui fotógrafo, vendedor de pan, de alhajas, de ropa artesanal y por poco de buzones. Siempre hay que comer aun cuando te entregás de lleno a las musas. Tengo una hija que este año cumple 15.

martes, octubre 24, 2006

EMMANUEL TAUB



Los ritos siempre existen mientras uno escribe, lo interesane es que a lo largo de los años los fui deformando, hasta estos días en los que el rito de escribir se volvió mi poesía misma. Ahora que me pongo a pensar en estos ritos, descubrí algo que no supe ver: el proceso de creación poética no ocurre en mi casa. Es la verdad. Solamente llego a escribir en mi casa en el momento que decido pasar lo escrito en los cuadernos a la computadora. Algunas formas:
Sólo escribo en cuadernos Rivadavia, tapa amarilla y lisos. No renglones, no cuadriculado. Corrompen, de alguna manera, mi proceso de escritura: necesito ver la palabra surgiendo en la hoja blanca. Solamente las palabras. Sobre los cuadernos escribo, pruebo, tacho y corrijo. Creo que mi escritura funciona como una pared a la que hay que darle diferentes capas de pintura para terminarla. El cuaderno es la pared. Las capas de pintura son cada lectura, cada corrección sobre los mismo textos. Es muy difícil que escriba directamente en la computadora sin antes experimentar sobre la hoja en blanco. Ahora si, una vez que decido que lo voy a pasar a la computadora, no vuelvo a tocar al texto del cuaderno y termino su preparación en la pantalla.Me gusta escribir en cafés. Me obliga a concentrarme en lo que estoy escribiendo y además, en el tumulto me enfoco. Me abstraigo del ruido. Pero no es el único lugar, escribo en colectivos, micros, autos, viajando. Depende del momento en el que siento que tengo algo que escribir. Sólo escribo con lapiceras negras (preferentemente –a excepción que no exista en el lugar– bic negra). No puedo escribir con otro color, ni con otra lapicera (excepto que esté obligado). El cuaderno Rivadavia y la bic están insertas en la creación de mis textos. Igualmente, he sabido adaptarme a la ausencia. La poesía se me escapa como un vómito. Es una expulsión, mi purgamiento. Después lo dejo madurar un tiempo, ni siquiera lo miro y vuelvo al poema más tarde. Muchas veces esa expulsión es solamente un verso, una palabra, una idea o algunas líneas. Por eso las escribo. Las miro. Después trabajo el poema desde ahí: desde una palabra que me gusta construyo el poema, otras veces lo trabajo como una partitura musical. Sin embargo, textos o versos que quedan en el papel desde la vorágine en varias ocasiones ni siquiera terminan en el poema. En otros momentos, quizá tengo una idea dando vuelta en la cabeza, un tema o una imagen que quiero trabajar. Cuando aparecen estos poemas, son versos que ya voy construyendo en la cabeza y después los vuelco en el cuaderno. La corrección, pienso, es fundamental para el poeta. Por él y por la poesía. Uno necesita revisar, tachar, cortar, agregar. Leer y leer los textos hasta que se decida a publicarlos. Es ese el momento en donde la corrección se rompe, porque una vez que el poema no nos pertenece (es del otro, el lector) queda sellado en sí mismo. Otra herramienta importante para mí, es la mirada del ojo ajeno. Siempre ayuda sacar el poema a una exposición amena (entre conocidos) antes de sacarlo al ruedo. Grupos de poesía, amigos poetas, me fui construyendo con el tiempo un grupo de personas que pueden interrogar un poema desde su perspectiva. Los escucho, los pienso y luego tomo de las correcciones lo que siento que necesita el poema. Como ya conté en la respuesta anterior, me gusta escribir, dejar invernar lo escrito y retomarlo. Hago siempre lo mismo luego de cada corrección. Hay un sentido poético por sobre todas las cosas. Es cuestión de entenderlo. Un cuerpo. Un camino. Una sonrisa. Una tormenta ennegreciendo el cielo. Una rama quebrándose. Una noche muriendo en un amanecer. Hay que saber colocar el ojo en el espacio, para modificar el sentido del cuerpo y que las veinticuatro horas, dejen de serlo por un instante. Como los grandes cambios. Quizá, la poesía sea solamente eso. El momento en que ingresamos la mirada en el espacio para hacernos de un instante de tiempo.

EMMANUEL TAUB


POEMAS DEL LIBRO "VEINTICUATRO"


V. El último hombre

La ciudad está invadida
por famélicos
insectos
que depredan las paredes de mi cama.
Putrefactas
mis manos esperan caer.
Ya no soy uno
ni dos
ni tres:
somos imágenes
del cuerpo que anidé
ese
que alguna vez te alimentó.
Grito de la noche
soy
noche
agonía de la noche
soy
el hombre
envejeciendo
que descansa adentro mío.


VI. Suelo

dejaste caer los hombros
tus ojos
atrás de ellos
reís
bajas la cabeza
enterrás la nariz contra la madera y sostenés el aire

para hacerse invisible hay que pensar como hombre invisible

ahora no te ven
ves a todos
"¡todos!" –gritás. nadie levanta la cabeza de su plato.
nadie se asombra

para poder gritar hay que juntar el aire como un lobo

mirás de reojo
¿qué harías si todos estuvieran muertos?
serías un sobreviviente
o un fantasma

¿para ser fantasma hay que ser invisible?
para ser un sobreviviente hay que volver

pero
nadie deja de respirar
todos
están ahí
cómo
¿es posible que todo fuera un sueño?
te golpeó el rostro, algo
quién querría batirse contigo
siempre
fuiste un perdedor. por qué pelear ahora
volver mejor a meter la cabeza en el plato
"¡denme una tregua!" –gritás. tampoco te escuchan esta vez.

¿es verdad que por cada pensamiento hay una palabra que se escribe en un papel?

volver o no. qué importa
¿es necesario entender?
Nada. Absolutamente Nada.
todo funciona igual sin el maquinista
es mentira que hay alguien
sosteniendo al mundo
para que no se caiga:
los elefantes son animales no columnas
–repetís–
los elefantes son animales no columnas
–como un conjuro que te vuelve invisible–
los elefantes son animales no columnas
los elefantes no son columnas
los elefantes no sostienen al mundo
y detrás del horizonte
hay otro horizonte y así...
Te hubiese gustado despertar en otro tiempo
Pero no.

para despertar en otro tiempo hay que creer. o ser un fantasma

a veces la muerte tiene extrañas formas de manifestarse
y se viene de golpe
y golpea por partes
como el sonido que deja el cabalgar de un caballo

para romper a un hombre hay que atacarlo por todos los frentes
los cuerpos son difíciles de quebrar

cuando alguien lee
otro mira
cuando alguien muere
otro mira
cómo enfrentarse sino a un cuerpo que se quiebra
Somos ojos expectantes
tan sólo
frente al final

una vez que la palabra marca el papel, la tinta no se borra. solamente se rompe


III.


Km.1200
regreso años más tarde
al castillo de tierra
que acompañó mi niñez
la montaña monstruo
bañada en blanca baba
todo es más pequeño
todo
es tan lejano
y
ya no cargo conmigo
juguetes de madera
pelotas
armas de cartón
cargo libros en libros
pero mis papeles
son iguales
infinitos los mil garabatos
¿me reduje a una página?
¿me reduje a un recuerdo?
¿a una Bitácora?
qué será
del tiempo y de nosotros
inventores del tiempo
quién escribirá mañana
estas palabras
quién regresará a su infancia
para ver si todo fue real
tal vez el pasado
solamente un sueño
en nuestra mente
tal vez
aquél niño en el Bosque
corriendo
en medio de las ramas
de pinos como flechas
con las manos llenas de tierra
y la cara
cubierta de sangre
–raspaduras/caídas–
tal vez aquél niño
el más oculto
ese espejo en el lago


APOSTILLA


Últimas visiones sobre el paraíso

I.


me hubiese gustado mirarte una vez más
deshacer tus huesos
y regalarte
una muerte no tan parecida a la muerte

pero el tiempo en vida es así
termina
y uno se queda
con palabras
y detalles


II.


quise pensarte imaginando cómo se espera la muerte
de qué manera
recibirla
oír hablar de ella


cuesta ser en otro

el dolor
es un cuarto de muñecas
incendiándose

uno se tiene
a uno y a su muerte
para pensarla
o dejarla ser

III.


quiero ser yo quien entierre a mis padres
y no que ellos entierren un cuerpo
que dieron nacer
prefiero
imaginar su partida
que dejarles la muerte
porque una vez que entra en la casa
no hay quien la pueda quitar


las sábanas vacías
pesan años
que le roban el aire
a los recuerdos.


EMMANUEL TAUB



Emmanuel Taub nació en Buenos Aires. Licenciado en Ciencia Política, ha cursado la Maestría en Diversidad Cultural y la Especialización en Estudios árabes, americano-árabes e islámicos en la UNTREF. Es doctorando en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.
Investigador en Ciencias Sociales por la Universidad de Belgrano y la Universidad Nacional de Tres de Febrero, trabaja en el área de Historia de las Ideas y Teoría Política.
Es uno de los encargados de la sección Altovuelo del Diario Cultural FIN

EDUARDO MILEO


No reconozco ritos en torno a mi escritura. Pero si se trata de historizar un poco, recuerdo la caja de "utensilios": birome, portaminas, goma de borrar, un cuaderno; en otro momento la máquina de escribir eléctrica; luego la computadora. Antes, un vaso de vino; ahora no. Y, en realidad, una comprobación, quizás un poco sorprendente: la escritura se acomoda a la técnica utilizada para escribir. Cuando empecé a escribir con la máquina, me costaba acomodar los pensamientos a esos nuevos movimientos de la mano, torpes al principio, más fluidos luego.
La escritura sufrió el mismo proceso: se fue volviendo asequible, logró sincronizarse con el pensamiento. Una situación análoga sucedió en el pasaje de la máquina de escribir a la computadora. Evidentemente, hay una memoria de la mano, que se vuelve "pensamiento" autónomo, que necesita independizarse para, a la manera de un pianista, "disociarse" de algún modo de la inteligencia cerebral, cobrar inteligencia propia, para entrar en comunión: ser otro para ser el mismo. Una memoria que es aprendizaje de procedimientos y que procede inconscientemente. Que al momento de escribir potencia las posibilidades de encuentro. La luz es importante. En general, prefiero escribir con buena luz. Pero cada luz tiene su escritura, porque cada luz tiene sus biografemas en la memoria del espectro. Casi siempre escribo en el mismo lugar, porque escribo en la computadora. Pero a veces escribo en cuadernos, al aire libre o en bares. Creo que lo mejor es mantener en estado todas las memorias de la mano.
El silencio, para mí, es el estado ideal para escribir: el silencio, pero poblado de sonidos.
No suelo tener un plan, lo que no quiere decir que no tenga un tema. Pero sea lo que sea –a veces hay tema y a veces no–, espero la llegada de un tono. Se manifiesta cuando llega, hace sonar su campanita, y hacia ella voy. Mis lecturas son eclécticas, y tampoco responden a un plan: soy muy digresivo cuando leo, y aunque varias veces me propuse alguna investigación, solo pude realizarla conscientemente cuando investigué sobre temas ajenos a la literatura –estudié varios años anatomía humana, y di clases de esa materia en la Facultad de Medicina–. Una vez que termino un poema, lo leo una vez y corrijo lo más superficial. Después lo dejo descansar. De vez en cuando vuelvo a tomarlo y limo asperezas estilísticas o musicales. En ese proceso, voy escribiendo otros poemas, que seguirán el mismo camino, y que generan muchas veces un tono, y pautas para corregir los poemas que han sido puestos a macerar. Cuando decido publicarlo, lo corrijo nuevamente. Esta corrección incluye un propósito de edición en un organismo –el próximo libro–, lo que implica, además de una corrección del texto, la elección de un orden en el rompecabezas del texto general. También la lectura en voz alta, sobre todo en recitales, es decir, con público lector-escucha, es una muy buena instancia de corrección. La respiración, el ritmo, todos los elementos musicales del poema se ponen en juego y permiten la confrontación de la idea con la realidad. No obstante algunos poemas en los que trabajé durante mucho tiempo, corrijo poco, y creo más bien que un poema se corrige con otro poema. Escribir no es impune: todo poema, aun los descartados, dejan su huella en la escritura. Casi siempre aparece primero una imagen, que se traduce en palabras. Luego se establece un diálogo entre las palabras y la imagen, lo que provoca que la imagen se mueva. Creo que la poesía es una especie de cine individual. Pero a medida que avanza la escritura, comienza la música a invadir el poema. La unión de música y palabras ha sido, desde tiempos inmemoriales, uno de los sentidos más auténticos y evocadores que supimos darle a nuestra comunicación con el mundo. Un mundo poblado de dioses —naturaleza sublimada— engendraba emociones que los tambores, las cuerdas y las flautas transformaban en danzas que hacían girar los cuerpos alrededor del fuego: lo sagrado. La palabra llevaba las danzas al éxtasis necesario para entablar el diálogo con los dioses. Interioridad exteriorizada, las deidades devolvían esas expresiones en forma de sol, lluvia, noche, luna y abundancia. Los dioses han sido, desde nuestra más tierna infancia como especie, el espejo donde miramos nuestra belleza, nuestra bondad. Lo que por un lado es vacío –lo que escribo se aleja en ese momento de mí–, por el otro es plenitud: nombrando al mundo me completo. Lo que es oscuro y me pierde, laberinto de mí, se vuelve luminoso y claro, espacio abierto. Generación de la mudanza, lucidez del instante, secreción visceral de la conciencia, grito ensimismado, apocalíptica visión del paraíso, cactus, desierto, inundación, potencia, fracaso de la inercia, tormenta en reposo, sexo de los dioses, pájaro del deseo. La poesía es concentración, y en ella las cosas se manifiestan como extractos, se expresan como agujeros negros de sentido. La melodía verbal se ajusta en ritmos que combinan frases y silencios y que, en algunos casos, producen la armonía de versos simultáneos. De todos modos, los armónicos de ciertas palabras resuenan en la cámara natural del silencio poético, pueblan los coros del vacío. La belleza que ofrece la poesía es una belleza íntima, porque la poesía nos hace bellos y, en ese trance, nos vuelve dioses de nosotros mismos. Pero en esa operación en la que participamos todos, como poetas o como lectores, la poesía nos hace universales, nos convierte en universo. Es por eso que, entre todas las cosas, la poesía une mis fragmentos, me establece en la categoría de lo humano, de lo que es capaz de amar. Ante la poesía quedo perplejo: me obliga a mirarla de frente, me impide mentir; soy los que soy sin ambages. Me une y, por tanto, me libera: me pone dentro de mí. Al volverme humano, me desaliena, me corta la retirada, me ubica en la tierra, me da realidad. Por eso también me eleva en un único cuerpo con los que luchan, me solidariza con los trabajadores, porque soy uno de ellos, me da el coraje de sentir que soy muchos, y de combatir con todos ellos por otro mundo que –no tengo dudas– está en este. La poesía es revolucionaria porque violenta el lenguaje, lo mueve, lo deshace, y luego salta hacia el abismo entre los escombros. Íntima religión, la poesía es cosmos revelado; anatomía del instinto, es una ética que se hace al andar. Con la poesía desaliento el olvido, diluyo el silencio, habito el universo, invento el amor.




POEMAS INÉDITOS


XXIX

El que está sin amor
o el que está sin trabajo
ahuyenta –sin amor
pero no sin trabajo–
una mosca tenaz.
El insecto es religioso en su fastidio.
Como si orara,
como si el orbe levantara entre las alas,
se esfuerza en el zumbido
por imitar a la abeja.
Pero nadie esperaría de ese vientre negro
–a pesar del ojo verde o bordó–
la dorada descendencia de la miel.
El sin amor o el sin trabajo la mira
describir una órbita aleatoria
tomando su cabeza como sol.
Bebe
de a sorbos
todo el vuelo.
"Amor y trabajo
–piensa entre tragos–,
no alcohol y tabaco."



XXXII

El sin trabajo se quedó sin luz:
se lo tragó la verdad.
Ni acomodarse pudo: vacío
como silueta forense.
¿Por qué esperar del mundo una respuesta?
¿Qué sabe de uno la noche?
No hay fuera de las manos una acción.
Sólo lo inmóvil persevera:
lo demás es del viento.



XXXIV



El que está sin trabajo
cuelga de un perchero.
Su cotidiano deshacerse,
su ser nadie más que ropa
expuestos como un cuadro.
"Esto no es un perchero",
habría dicho Magritte
si no fuera una momia,
una nada hecha de polvo y misterio.
Pero qué puede decir el sin trabajo
si desaparece de su ropa,
si no es nadie en el amor del mundo.
Con la punta de los dedos
aferra el puño de la camisa holgada.
Siente en la yema los hilos
de la tela raída.
Y vuelve a colgar de su perchero
como la momia de Magritte.



XXXIX

Es un día de fuego.
Estalla en los ojos
el sol de la cúpula
y es un incendio de odio la campana.
Cantan los fieles una fe que se apaga.
San Cayetano tiene la espiga marchita.
Pero bailan como alambres
las filas de fidedignos,
las columnas encendidas de la grey.
Es un día de fuego
porque hay fuego en los ojos
porque es de fuego el rostro que confía.
Es de fuego y tiene hambre.
La sombra no se come.
Ya no se bendice el agua.
Dios no tiene perdón.
El que está sin amor
o el que está sin trabajo
abandona la fila de creyentes
y camina junto a las paredes
escritas por los herejes.



XXXV

El sin trabajo huele a quemado.
Su aspecto de sí mismo
lo descubre ante el mundo.
Ha pateado la calle
y en la calle latas,
tapitas sin botella,
cartas
que algún despechado hizo bolitas.
Como el amor se come con champán,
el sin trabajo no piensa enamorarse.
Pero vivaces
sus ojos se despiertan
cuando huele en el aire.
El sin trabajo cree en el humo
de las gomas encendidas.
EDUARDO MILEO









Eduardo Mileo nació en Buenos Aires el 4 de julio de 1953. Editó los libros Quítame estas cruces (Ediciones del Escuerzo, 1982), Tiendas de campaña (Trocadero, 1985), Dos épicas (junto a Alberto Muñoz, Filofalsía, 1987), Puerto depuesto (Último Reino, 1987), Mujeres (Último Reino, 1990; 2ª edición: Ediciones en Danza, 2005), Misa negra (Último Reino, 1992), Poema del amor triste (Ediciones en Danza, 2001), Poemas sin libro (Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes, Ediciones en Danza, 2002) y Muro con lagartos (Ediciones en Danza, 2004), y el casete Mujeres (Circe/Último Reino, 1989), donde recita poemas del libro homónimo y otros. Junto a Alberto Muñoz, es autor de la obra de teatro Misa negra. Junto al compositor Raúl Mileo, editó el CD A boca de jarro y prepara Irala, sueño de amor y de conquista. Fue miembro del Consejo Editorial de la revista de poesía La Danza del Ratón hasta su último número, en 2001. Junto a Javier Cófreces y Alberto Muñoz, dirige el sello de poesía Ediciones en Danza. Integra la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina (SEA)

jueves, octubre 19, 2006

VANINA COLAGIOVANNI



Una cámara rápida que se desplaza por paisajes cotidianos y extraños con música animada. Así es la poesía que más me gusta. Lo que escribo surge de la observación y la percepción que después busco "traducir" al lenguaje escrito y, como en toda traducción, algo se pierde. Son imágenes, al principio aisladas, que empiezan a repetirse obsesivamente y a interconectarse. Lo que me impulsa a escribir es siempre una percepción extrañada de lo cotidiano, que tiene algo de siniestro. Hacia eso se acerca una descripción lateral, sesgada, oblicua, que nunca llega verdaderamente a nombrarlo. Lo rodea, pero no lo toca. No tengo muchos rituales, me concentro mucho en bares ruidosos, pero puede ser también en un colectivo o en mi casa. Suelo escribir la primera versión a mano, al pasarlo a la computadora hago una reescritura y voy corrigiendo sobre cada nueva impresión; dependiendo del poema, las impresiones pueden ser muchas. Hay épocas en las que estoy totalmente vinculada a la escritura y todo lo que observo, escucho, hablo, leo, las películas, las publicidades de la calle o la televisión, todo forma parte de un gran texto que dialoga con el texto que estoy escribiendo en ese momento, y que llevo incorporado; de manera que ese texto interior es muy permeable y lo que miro y escucho tiene una conexión misteriosa con lo que estoy escribiendo. Siempre tengo un interlocutor en mente cuando escribo, no puedo pensar un poema sin ese "lector fantasma", a él o ella van dirigidos muchas alusiones y guiños. Ese interlocutor no es el mismo, va cambiando. Pero lo que lo caracteriza es que siempre es alguien de total confianza. Los libros son para mí cartas, más o menos largas, dedicadas a los amigos. Escribo un diario en el que aparecen mis obsesiones, crisis, intentos de poemas, ideas para libros que quiero escribir, ideas para libros que abandono casi en el mismo momento de contarlas, cartas que nunca voy a mandar, canciones, diálogos reales, fotos, catálogos de muestras, inventario de sueños. Muchas –muchísimas- veces eso que escribo va a parar a los poemas. Me interesa mucho la mezcla de géneros. Uno de mis libros preferidos es El affaire Skeffington de María Moreno en el que ella inventa la vida y obra de una poeta que vive en París en los años 20, hace un cuadro de la época de entreguerras, en plena efervescencia de las vanguardias artísticas y políticas, incluye una biografía de la autora y hasta sus poemas y los comentarios a esos poemas. La pretensión documental, la inclusión de distintas voces, la relación entre diferentes niveles del texto, para mí es la marca de un libro excelente. En mi diario, cuento un sueño: estoy con mis amigos, mirando una película en la casa donde viví hace tres años, voy a mirarme en el espejo y me pinto los labios con brillo, de reojo miro la tele, al volver a ver mi reflejo tengo la cara de una de las que estaba en el sillón. Lo que más me intriga es el gran volumen de los labios nuevos. Los miro al hablar. Cada vez que los abro pienso decir algo pero salen palabras que no se parecen en nada a lo que quiero decir, como si hablara en otro idioma. Tienen cierta coherencia, pero no dada por mí sino por esos labios y esa lengua, que no son propios pero que trato de usar para hablar. Algo parecido creo que pasa cuando escribo.
VANINA COLAGIOVANNI
POEMAS DEL LIBRO INÉDITO "SALA DE ESPERA"


5


Volví a casa dolorida
por la extracción

no dejé de tener cierto respeto
por lo sagrado, prendí velas
puse el rosario bajo la almohada
-que cicatricen bien los puntos-
fui al supermercado

regalan una revista el mundo se ve amplio
y permanente

todos son corredores
nadadores en bicicleta maratonistas
a cierta distancia
las caras parecen frutas
las frutas hacen sombras de pájaros

la comunión se extiende
desde nosotros
hasta los vegetales

el carozo de ciruela en caída libre
hacia el patio de comidas

cortar una ciruela al medio
introducir la lengua en el orificio
-que no se abran los puntos-
cerrar los ojos hasta ver todo
duro como el carozo, la piel, blanda
-que suture, por favor-
para mi hambre
la pulpa.


8


Tomates en la pantalla violeta
luz radiante en los cartones de leche
flechas de plástico verde
hacia el pasillo

cierro los ojos
entre las verduras hay ángeles:

los corredores terminan
con montañas de conservas
túnicas celestes y espigas de oro
en los paquetes de galletitas

la suficiencia reservada de las naranjas
el rojo verde de las paltas en descomposición
limones agridulces

todo lo que llega desde su memoria precaria de voces
y raíces se filtra a través de mi mano

unión perfecta equilibrio de las cosas
las flechas verdes laten motorcito acelerado
el rumor de las heladeras dice algo más
a cada especie lo suyo

no, a cada una los restos carcomidos de otra
un lugar en la góndola

esperando que alguien las mire
y elija
de canastos ordenados no por letra,
sino por fecha de vencimiento

hombres comiendo tomates ven
ángeles clavados
en la pared
como mariposas
se exhiben en el pasillo
y al salir se llevan uno
envuelto en algodón.

21

enfermarme de algo grave, quedarme meses en cama
que me mantenga inmóvil, leyendo hasta cansarme agotar todas las escuelas de la filosofía, volverme sabia,

no pasó.




POEMAS DEL LIBRO "TRAVELLING"








El perfume literario


Sentados en un sillón verde
las miradas de los cuatro se cruzaban
focos de luz en la noche de Colonia.
El tiempo se iba con el vino
en la exploración de los temperamentos
y las conversaciones inesperadas.
Uno se levantó y comenzó a caminar
recitando versos incomprensibles.
La vida imita al arte _la cita obligada,
y otro pensó en las afinidades electivas
como la puesta en escena
de un lugar común.
Ahora la memoria oscila
y se desplaza como el deseo
modificando las figuras y los mapas.
La distancia es
el principio y el fin de las correspondencias.



Carta



El principio es una imagen intermitente
los cuatro en el umbral de la casa
observando la tormenta,
un relámpago y el bautismo
la luz que cambió nuestra mirada
desvelando las pupilas.
Los acontecimientos
comenzaron a correr con su propia velocidad.
Nuestra unión fue una carta sin abrir
que contenía las palabras justas.
Y dicen que los libros mismos
son cartas, más o menos largas,
dedicadas a los amigos.


El ajedrecista




Está sentado, la cabeza apoyada en una mano,
en la parte más ruidosa del café.
Envuelto en el ensueño temprano
fija la mirada en un punto impreciso entre los libros,
papeles apilados y una partida de ajedrez
sin terminar.
El reflejo le hace bajar los párpados
hasta la mitad de los ojos oscuros.
Sobre una hoja en blanco
decide hacer un mapa de su vida:
las ciudades en las que vivió
los desvíos, las mudanzas,
y el dibujo vacilante
que no representa para los demás
otra cosa que un garabato infantil,
con la forma vaga de un rostro,
para él es un laberinto,
una brusca revelación.


Huellas



El viento cálido agita las hojas
inclinando al ciprés hacia la casa
bajo un cielo que se oscurece.
Las paredes
descoloridas por la humedad,
resguardan los cuerpos dormidos
abandonados al calor de la mañana.
La arena cubre el suelo del cuarto
empañando los vasos
y el vidrio de la botella
que están junto al umbral.

El pasillo en silencio.
Las miradas, las risas,
los juegos y afinidades cruzadas
se apagaron junto con
las últimas sombras
de la noche.

Los párpados cerrados
hasta que llegue la tormenta.


Slovaquia


La chica repite “slovaquia”
tratando de decir algo más
que se detiene, resistiéndose a salir.

Cada vez que lo dice, la “s” emite
un leve zumbido que turba sus labios
la boca se recorta del rostro,
opacando sus ojos grises,
atrapándome en una inmovilidad obscena
en la pausa de la propia contemplación
del momento discontinuo,
hasta que sin aviso
vuelvo a la velocidad del mundo
al asiento del tren
extrañamente familiar.
Podría ir a Eslovaquia, pienso,
mientras recuerdo sus labios
y de nuevo vienen, un momento después, sus palabras
la palabra
slovaquia
y la lengua
da un golpecito mecánico en el paladar.

La decepción y otras estéticas


Como descreo de los efectos en cadena
enmascaro toda necesidad propia
cada impulso individual
para adscribir a las verdades más triviales
y montar, sin falla, la representación de mí misma.

Peces




Con peces en el cuerpo
naranjas como tu bolso preferido
o el pañuelo en el cuello,
con mirada de nena y sonrisa vegetal
no hiciste mejor cosa que decirme,
después de haber dormido juntos,

la quiero a ella más que a vos.

No tuviste mejor idea que llevarte,
a la mañana mientras yo dormía,
la torre blanca
como un talismán,
dejando mi juego interrumpido,
porque creías haber soñado que estabas presa
en la diminuta pieza de ajedrez
y siempre es mejor llevar la propia cárcel con uno,
antes que huir imprevistamente de la muerte
hacia una ciudad cercana
para encontrarla esa misma noche
en un barrio desconocido.



Instantánea

Vi a mi doble en un tren
de perfil,
llevaba un saco oscuro
pestañas largas, el pelo largo ondulado
que en siete u ocho años voy a tener
mucho maquillaje, una sonrisa estática.
La observé todo el viaje
parecía como si no me pudiera ver
y fuera sólo una película
proyectada para darme
un vistazo del futuro.
VANINA COLAGIOVANNI

Vanina Colagiovanni nació el 23 de diciembre de 1976 en Buenos Aires. Publicó Travelling, Gog y Magog ediciones, en el 2005. Escribe poesía y guiones, actualmente está trabajando en un fotodocumental sobre poesía argentina de los años sesenta.