lunes, octubre 15, 2007

MARÍA CECILIA PERNA



Al principio es una urgencia. No importa dónde ni cómo lo haga, solamente necesito estar completamente sola. Terriblemente sola, en lo posible. Y si hay gente alrededor, me tengo que convertir en una suerte de mujer invisible. Una computadora abandonada por horas me es útil, pero también me puede servir una libretita o el reverso de un papel usado. Si tiene colores, mejor.
Una urgencia. Yo le digo: “avidez por el trabajo”. Es casi casi la sensación antes de hacer el amor. Pero sola del todo. Una T de ansiedad que se dibuja así en el cuerpo: el trazo horizontal sobre la mitad del pecho y, del absoluto centro, parte viva una línea hasta debajo del ombligo. Se me acelera un poco el pulso y la respiración. Pero nada más un poco.
La urgencia, como sea, casi siempre fracasa, casi siempre termina en el acto trivial de mirar televisión o lavar los platos sucios. Una verdadera pena. Otras veces, sin embargo, llega como a los golpes y se impone con fuerza -generalmente es de noche- y se cumple hasta el final. Entonces sale primero una palabra o una frase mínima y, detrás, como si hubiera ya estado ahí desde hace tiempo, se puede llegar a armar hasta un libro entero. Todo depende de la fuerza y de la soledad. Siempre es cuestión de seguir el ritmo y saber cuándo y dónde fraccionar -esto es un verso, esto un poema; esto una serie, esto un libro completo y cerrado-. Cuando escribo no tengo edad. Me siento un reservorio antiguo de sensaciones y trabajo con la absoluta certeza de estar traduciendo a las palabras un fragmento de ese sedimento extraño.
Pero claro, claro, no todo está adentro de mí, al menos las palabras no lo están, las palabras vienen de todas partes: pequeñas obsesiones cotidianas, familiares, políticas, lectoras. También el ritmo viene de afuera. De más poesía o de la música que siempre me acompaña.
Muy a las perdidas tengo esta suerte: me despierto a la mañana bien temprano con un verso madurado en la cabeza. Por ejemplo, una vez soñé: “maquina con claridad de dos claros cuerpos juntos”, entonces, busqué con desesperación un papel y un lápiz para anotar, como esas personas que juegan compulsivamente a la quiniela. Si es así, después de escribir y fijar el verso soñado, “lo guardo para noche” cuando es más probable que le encuentre utilidad. Trato entonces de armar algo. Igual eso no pasa muy seguido. En general, pasa si estoy enamorada solamente.
Pero de verdad me siento muy afortunada si puedo escribir cualquier cosa así, que salga entera del estómago. Para mí ese es el supremo “momento de escritura”. Después hay que corregir, naturalmente. Pasar todo a la máquina, imprimir, leer, tachar, reordenar y reescribir. Esa es la parte del sudor, tan necesaria como la otra. En ese proceso el poema se me va haciendo cada vez más ajeno. A veces paso mucho tiempo sin tocarlo -o sin leerlo-, entonces lo encuentro de vuelta y puedo llegar a hacerle algún pequeño cambio. Y así hasta que, un día, lo tengo enfrente y ya no me importa si fue escrito por mí o por cualquier otra persona. Ahí es cuando sé que, para bien o para mal, ya no me pertenece, no tengo más derecho a tocarlo. Está enfrente mío y completamente cerrado a mi intención. No puedo tocarlo. Es definitivo: el trabajo ha terminado, apago la luz y me voy.

MARÍA CECILIA PERNA


SELECCIÓN DE POEMAS DEL LIBRO INÉDITO "CHINERÍAS"


Libro Chino

11 de marzo de 2004
Entiéndase:
China no es la China solamente. Es algo que no puede ser ya más que advenimiento. Construir la China para exiliarse ahí. Para ser un emigrado.
¿Quién se atreve hoy a escucharos, chinos?
Los chinos acá son siempre sucios, mafiosos, comen ratas, se visten un espanto, intoxican a la gente con comida en mal estado, en sus feos mercaditos, restaurantes.
Los chinos acá son la madre invertida.
Los chinos acá son veneno.
(El veneno como el miedo es de color amarillo)
Pero no. Más bien es esto: que la China es China madre, de la cual el deseo ya no huye. La China es China acá -China al revés- lugar al que el deseo puede volver solamente.
Ahora,
voy a buscar mi Madre China
para bajarle los muros.
Chinería Primera
(Dragón y Doncella)
Es así, es lo primero
que aprenda la doncella a respetar
el fuego
del Dragón que le fue dado
y lo vuelva la luz
de fuego en sí
para su cuerpo.
***
Después -sólo después-
llegará el Rey que estuvo ausente
y sin usar el sable
besará las escamas perladas del Dragón
como de jade
y podrá subir la Luna
fría y blanca
del alivio hasta su cuerpo.
***
Pero volvamos los ojos al Dragón
panza de fuego
amarillo
rojo fuerte
en los pequeños pies
de la doncella.
***
Porque si ella se dignara
a reconocer sin miedo
la protección caliente
y dulce
del Guardián de aquella puerta
tomaría todo el fuego
sagrado de su boca
adentro
en el centro de su cuerpo
lo retendría apenas
con la punta de la lengua
pegada al paladar.
***
Y el Dragón le daría de su boca
el ardor para llamar
la Luna
y bajarla del cielo hasta sí
como una carga suave
como el mundo.
***
Porque es la Luna el mundo
más suave
si sale de la seda
caliente
de los sueños desde adentro
del guerrero.



Chinería Segunda
(Sable y Luna)
Si la Luna en el agua se cortara
con el filo del sable
que está ausente
entonces un hilito
de luz sobre la calma
del agua
estancada de la noche.
***
Es porque está sólo en dos partes
en el agua
en lo negro
del cielo salpicado
aunque alguien
alguna vez pensó
en cargarla con las manos
suavemente
desplazarla para darle
movimiento.
***
Ella tiene igual
su propio movimiento
de cortarse a la mitad
y de crecer
como si la hubieran vuelto
encinta.
***
Pero sólo el sable ausente
podría recortarla de verdad
del fondo oscuro
del cielo o de las aguas
estancadas
y transportarla de noche
en el golpe
inmenso de la carga
delicada
sin partirla.
***
El sable silencioso
para el cual
ella simula
volúmenes de luz
fría y blanca
que la llenan.
***
O muestra que se parte
a sí misma
pero esconde la mitad
oscura dolorosa
en el fondo más oscuro de las aguas
y del cielo
salpicado.
***

Si hubiera un hilo solamente
atravesando el agua
tan quieta
del estanque
sería que el sable pudo abrirla
cortarla desde fondo
oscuro
que la envuelve
para que alguien se la lleve
contra el pecho
silencioso.
Chinería Tercera
(Pasaje y Galerías)

Vuelta toda
de arroz como una pasta
abre el cuerpo que ya cambia y se resiste
a seguir viendo los ojos
pegados
en la tierra.
***
Leche gorda
saliéndole del cuerpo
que apenas ya cambiado se resiste
a verse con los ojos
pegados
en la tierra.
***
Y lo sostiene en medio
de las pobres
galerías de los pobres
todos podrían ahí
ser quemados con un golpe.
Pero lo sostiene
-ahí-
apretado el corazón
contra la teta
que apenas ya cambiado se resiste
con el hambre que le viene
de la espalda.
***
Y los pies
van adentro de los campos
inundados
verde marrón al tobillo
la plaga del arroz
comida
que espera la humedad
para salir.
María Cecilia Perna


María Cecilia Perna. Nació en Zárate, provincia de Buenos Aires, el 9 de marzo de 1979. Ha cursado estudios en Letras (UBA). Publicó el libro La boca de Mercurio (Siesta, 2003) y la plaquette Gebirge (Zorra/Poesía, 2005). Participó y colaboró en diversas antologías y publicaciones electrónicas.

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