sábado, abril 14, 2007

MARTA BRAIER


La duermevela matinal, ese sueño ligero previo al despertar, suele anunciarme la inminencia de un poema. Escucho, aún dormitando, y ahí empieza la ceremonia. Me levanto y voy a la mesa del comedor, mi lugar de trabajo. Amo la luz de la mañana Debo bajar las persianas hasta el “punto justo”. Corro las cortinas. Me gusta la luz oblicua. Busco las hojas (tamaño oficio, lisa) y la birome (retráctil, de trazo negro y grueso). Escribo el poema en estado de exaltación y casi siempre de un tirón. Hago varias versiones. Si salgo, llevo el manuscrito en la cartera para tenerlo conmigo todo el tiempo. El poema me posee. A la noche, antes del sueño, lo recorro mentalmente, ya me lo sé de memoria. Al día siguiente lo tipeo en la computadora y lo sigo corrigiendo.
Me siento feliz, en comunión conmigo misma y con el mundo.
Algo más sobre la luz: cuando escribo tiene presencia. Es como una mamá que me mira complacida. Decía Lezama Lima: escribo porque sé que alguien me oye, la que oyó mi nacimiento.
Sí, hay un plan alrededor de un tema que me obsesiona. Intento diversos abordajes: el ensayo, mucha poesía, pintura, escultura, cine. Investigo, tomo notas. Me nutro. Luego vendrán los poemas, generalmente articulados. Leo antes y durante el trabajo de escritura. Es como un telón de fondo que me sostiene y alimenta.
Sí, claro, dejo descansar el texto. No hay otra. A veces, poco tiempo; pero puede pasar un año o más. La escritura es proceso en el tiempo. El intento de poema sigue su curso, escribiéndose en la interioridad, hasta que "encarna". Los ocultos engranajes de la génesis poética- esos mínimos avatares del sentir- y la forma musical, decantan, finalmente. Me interesan la elipsis, la tensión y la música del poema. Para corregir sigo esencialmente un imperativo musical muy personal. Una suave melodía me va guiando en la condensación rítmica y de sentido.
Sin embargo, subsiste una pizca de insatisfacción. Como decía Borges : no hay poemas terminados, hay poemas abandonados.
Son atisbos, iluminaciones. Primero escucho la música (la música es anterior, muy anterior), e inmediatamente asocio con una imagen puntual. Surgen las palabras como dictadas: el aire raspa/ cerca del parque// dan pena/ esas hamacas quietas.
Cuando el poema va a venir, lo siento en todo el cuerpo. A veces un tema me ronda, y por esos triunfos del azar se me representa en una pintura o escultura que me deslumbran y que operarán como escena generadora. Me ocurrió con una instalación de Plessi, un artista veneciano increíble, que descubrí en el museo Miró, en Barcelona; o con Hombre andando, de Giacometti, en una muestra en homenaje a Rodin. Esa marcha a contramarcha de la Vida, la mirada turbia, la rigidez corporal, me inspiraron varios poemas y la imagen hasta la adopté para la tapa de mi libro: Esta es la tierra, corazón. También Mujer sentada, de Hooper y Mujeres comiendo tallarines, de Aída Carballo.
Obviamente mi vínculo con la poesía tiene una gran carga visual. Seleccioné un poema de Ferlinghetti, de Imágenes del mundo perdido, como epígrafe de mi último libro, porque me subyugó la confluencia de imágenes auditivas y visuales, el poder evocativo y el misterio que emana de ellas: podría decir que quizás ella era más feliz/ que todos/ esa vieja solitaria del chal.../ con el pequeño pájaro manso / en su pañuelo.../ y el vagón/ chirriaba a través de los maizales/ tan lentamente que/ las mariposas/ entraban y salían.
Cuerda tendida, la poesía es flecha dirigida hacia un blanco. Me constituye, aunque la sienta, no como puerto de llegada; sino orilla que se escapa. Pero esa imposibilidad de asirla me cautiva, quizás porque se ofrece, en su belleza, indeterminada e incierta, como la vida misma.



Poemas


Mujer sentada


Pero sé que debo hablar de esa puerta,

en un hotel para turistas de la calle Cangallo.


Recuerdo con nitidez un finísimo rayo de sol

y las partículas del aire jugando con la luz.

(Ah el sencillo fulgor de una habitación en penumbras).

 

Estoy sentada sobre un sucio cobertor.

 

El conserje me entregó la llave de la diecinueve

y miró con cara de nada

cuando le hablé de tiempo de sosiego.

 

Cerró  la puerta y me dejó queriendo comprender.

(Los mosaicos hacían muecas con su geometría).

 

Poco importa si por la calle pasa un hombre,

si hay una fábrica, un frigorífico o muchos árboles.

Pero, el aire. ¿Entra por los pulmones, sale o permanece?

 

¿Qué hago. Qué hago aquí,

en un cuadrado sórdido y ajeno?

 

Ajeno. Sórdido. Agujero del mundo, digo.

Sentada sobre un sucio cobertor.



Obsesión



Hay mucho por hacer:


azulejos blancos


que brillen 


al frote de un trapito.



Insiste el niño en la tarea.


Agua del deseo...



Pero el mundo


sigue despidiendo polvo


                             y más polvo.




Naturaleza muerta con nísperos


La cabeza se inquieta en la almohada

para ver.     Pero no.


La cabeza se inquieta en la almohada

para ver.     Y vuelve.     Vuelve

la frutera de nísperos colmada: el esplendor.


Se inquieta la cabeza en la almohada

para ver.     Pero ni pájaros se ven:

-está tan alto el cielo,     aquí.


De, Gestos de minué, Libros de Tierra Firme, 1999

                         

La carcoma 

en la madrugada

sube por las calles

un lied  de Schubert

        

       sube   baja   gime


 es Ella otra vez

                                                 

                         Canta

   

entre cartones canta 

en una lengua extraña

              

     y corre baba, ¿oís?


un himno grotesco

      mece la ciudad.



C´est  si  bon


     el piano

dejaba oír suaves notas 

y la casa latía


Era  cierta la tarde

en la ventana


      Ahora

todo es precario, leve , azaroso


bellamente humano


     Acaso


el peso de mi cuerpo

sea la única certeza 


Esta es la tierra, corazón:

                          hebras de luz


un acorde sencillo.

                              

De,   Ésta es la tierra, corazón, Ediciones Último Reino, 2005


                     

El agua empujó toda la noche      yo la llamaba     después

entendí que era inútil nombrarla: ella se llamaba a sí misma


todo esto pensaba cuando observé que el río detrás de los ojos

empezaba a secarse


ahora no puedo bajar los párpados


qué es esto de estar vigilante todo el tiempo     ayer vinieron

sonidos apacibles  y me dormí


este lugar no lo voy a dejar nunca                                                                      

                                                                       (El río secreto)


*

Es la llegada de los panaderos del aire


la abuela dice que hay que pedir un deseo y soplar fuerte

para que el deseo se cumpla


ella pide     ahí va

                                                                           (el deseo)

                                                   *



Se ha puesto una remerita de buclé a rayas celestes y está bien en

la puerta de calle con el aire y los hombres que pasan en bicicleta

y   le  dicen tantos piropos   –¡mamita!–   que  se  ruboriza    qué

importa si en el fondo de la casa la están buscando para secar los

platos o guardar los cubiertos se está tan bien así con esos zonzos

que parece que se babean y ella las puntas bien erguidas de los

pezones mañana se pondrá la otra la de banlon blanca que le

marca más

                                                                                    (en la puerta)

*


El hermano la observa todo el tiempo

¿qué estás leyendo?    te pintaste     parecés una mascarita   sentate

bien     cruzá las piernas      mirá que las mujeres quedan marcadas

                                                      *

Después de muchas vueltas en la bicicleta finalmente se asomó a

una de las ventanas sobre el muro del colegio


la luz intensa de la siesta iluminó los cuerpos


no se atreve a decírselo a nadie y no puede dejar de pensar


por el espejo grande de la habitación también espió a sus padres


ahora ella sabe

*



Siempre admiró a la diosa del jardín

una Venus de yeso con brazos no como la del comedor de lujo

de marfil     finísima     pero mutilada

por las noches piensa en ella     el marido le cortó los brazos y la

arrojó al mar, le contó la Mercedes que parecía conocer la

leyenda de la Venus de Milo:

Por puta

¿Puta?

_Sí     la que se abre de piernas a cualquiera

(la Venus de Milo)

*

El alma ¿qué conjura?

abejorro     abejorro

tan lejos por un instante 

                                    (juegos en el patio)

*

                                                            

El techo del comedor de lujo gotea

Antonia ha puesto un balde y el padre ha subido a la terraza para

encontrar el origen

qué origen     no hay origen     hay un agua que corre y no cesa

las gotas son cada vez más anchas y la casa hace música de

goterones

el balde en el centro como un dios indiferente

                                                                       (con música de Cage)


Fragmentos de la nouvelle, El río secreto, editorial El jardín de las delicias,  2016




Marta Braier



Marta Braier nació en Tucumán. Es Profesora en Letras egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nac. de esa provincia. Poeta, especializada en Creatividad y Crítica Literarias, dirige talleres de Escritura y Literatura desde 1982 y coordina actualmente el Taller Literario para Jóvenes de la Biblioteca Nacional. Publicó Gestos de minué (Libros de Tierra Firme, 1999); Ésta es la tierra ,corazón (Editorial Último Reino, 2005); El río secreto (El Jardín de las Delicias, 2016), este libro obtuvo el Premio Único en poesía inédita (bienio-2011), otorgado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.  Reside en Buenos Aires.

jueves, abril 05, 2007

MATIAS MOSCARDI



En mi caso, la escritura depende de un estado previo de atención. Diría que es un estado de ánimo, en donde la percepción está siempre afinada y el cuerpo listo para ejecutar esa afinación, para transcribirla, como en la relación compositiva entre el músico y su instrumento. Parece algo muy teórico, incluso romántico, pero sin duda es más bien práctico. Basta con dar un ejemplo: cuando estoy predispuesto a la escritura, por lo general armando un futuro libro o simplemente acumulando poemas que tienen algo en común, entonces todos los días, en todo momento, cualquier cosa puede detonar el poema: una frase por la tele, una imagen en el colectivo, el churrasco que cocina mi abuelo cada mediodía, la lectura de otros libros de poesía.
Captar todos esos hilos que despuntan para empezar a escribir un poema no es algo que puedo hacer siempre. Necesito la predisposición. De lo contrario, sólo puedo escribir cosas que dejan de gustarme al día siguiente. A veces me pasa esto: escucho una frase o veo algo y pienso “esa es una frase –o una imagen– que habría anotado si fuera el momento adecuado” y no escribo nada porque siento que estaría tocando una canción con una guitarra desafinada.
El estado de atención dura el tiempo que me lleve escribir un libro, a veces menos. Quiero decir, cuando veo que un libro va por buen camino, ese estado se incrementa y se prolonga, quizás porque hay una motivación. Cuando termino de escribir el libro y lo que queda es corregir y ordenar los poemas, estar atento ya no es lo que requiere mi escritura. En la instancia de corrección busco, más bien, ahí sí, un saber teórico y crítico, que muchas veces no deja de ser intuitivo, en donde la experiencia de lectura guía los ajustes.
Me gustan los cuadernos; cuando veo uno que me gusta, me lo compro. Son más bien cuadernos de notas, chiquitos. Por lo general, no escribo poemas ahí. En los cuadernos anoto lo que tengo que recordar, funcionan como grabadores. Después voy directo a la computadora. La computadora me permite cierta velocidad de registro que mi mano no tiene. Yo escribo muy lento y tengo una cabeza muy ansiosa, que piensa mil cosas a la vez. Por eso voy directo a la computadora. Aunque a veces, ahora que lo pienso, escribí poemas enteros en mis cuadernos. Pero la versión final siempre aparece en la computadora.
Me gusta escribir escuchando música. Esa música puede ser tranquila, suave, o todo lo contrario, música ruidosa, distorsionada. Suena ridículo, pero cuando escucho música suave, por lo general, estoy más predispuesto a cierto lirismo. Cuando escucho música pesada llego naturalmente a la saturación que siempre busco en mis poemas.
Hay una combinación. Primero escribo “lo que va surgiendo”, producto de esa atención que explicaba más arriba. Cuando eso empieza a acumularse, leo todo junto y pienso en un plan, que por lo general incluye temas, escenarios y personajes. Entonces ajusto la atención, comienzo a dirigirla a ciertos objetos, sonidos, imágenes, frases; incluso a determinada sintaxis, a determinado ritmo. A veces, el plan incluye una investigación. Cuando escribí Óptica eufónica, libro inédito, empecé a leer manuales sobre la propagación de la luz y el sonido. Para mi último libro, un libro largo, con más de 100 poemas, leí sobre la Reacción en Hungría, en la Segunda Guerra Mundial, sobre el Anarquismo y el Budismo, un libro de fotografía, que incluía unas notas sobre Diane Arbus. Lecturas, todas ellas, que demandaba mi escritura y sobre todo el libro, las voces implicadas, los personajes y las circunstancias. Esas lecturas no siempre aparecen como citas, a veces ni siquiera aparecen, pero funcionan. No hablo de Diane Arbus pero, por momentos, siento que hay un modo de ver al estilo Arbus. Sí hablo sobre Hungría, sí sobre el Anarquismo, pero no con sus palabras. El tema está subordinado a una acción, nunca ingresa aislado, como reflexión teórica, sino que intento ponerlo en situación; por ejemplo: un baterista grunge especula sobre el capitalismo hablando de la música con los integrantes de una banda punk. Tanto los personajes y sus entornos, como la acción, están sometidos al cambio, todo depende de las lecturas que van apareciendo y del camino de la atención. Mi gnoseología es así: a medida que voy conociendo mi escritura, la voy cambiando. Mejor dicho: conocerla es cambiarla.
Para mí la corrección es inseparable de la escritura. Porque el escritor es, antes, lector. Personalmente, escribo un poema y no lo abandono hasta que no termine de corregirlo completamente. Cuando veo que su esqueleto puede erguirse, entonces lo dejo reposar. Después vuelvo para trabajar el detalle, que sólo es visible en el descanso. Por lo menos yo no puedo corregir detalles inmediatamente. Porque la urgencia es otra. Pero por lo general escribir el poema implica corregirlo en simultáneo.
En la corrección busco efectos, como en los pedales de una guitarra: saturación, intensidad, vacío, distorsión, eso depende del poema, y la corrección viene a acentuar su sonido, a nutrirlo. Como dije más arriba, a veces la corrección es intuitiva y otras veces es técnica, pero en todo momento es vital. Cuando es intuitiva, me guío por el gusto. Ahí me transformo en lector de mis textos y corrijo en función de lo que a mí me gusta leer. Cuando es técnica, me guío por ritmos, sintaxis, puntuación, cortes de verso. Siempre intento que el poema pase por el tamiz de las dos correcciones. Aunque quizás la corrección intuitiva está incorporada y me detengo con mayor cuidado en la técnica.
A pesar de todo lo anterior, creo que todo libro de poesía es imperfecto, y que incluso todo poema lo es. Los mejores libros de poesía que leí hacen de la imperfección una virtud, la incorporan como poética. Los escritores inéditos que escriben poesía pero no pueden armar un libro extraordinario suelen ser escritores que no pueden trabajar con la imperfección, sacar partido de ella. Por lo general, también son malos lectores: son los que corregirían un adjetivo en la obra de Kafka.
Me gusta pensar mi escritura desde la música. Pero no desde una estética de la música, desde un estilo o desde un género. Más bien desde la música entendida como pura forma. Pienso en los dos lenguajes que conozco y manejo: un instrumento rítmico, como la batería, y otro melódico, como la guitarra. En su combinación hay algo de mi escritura. Habría que sumar, a eso, un elemento autobiográfico, que con el tiempo fue decantando, hasta transformarse en otra cosa. Podría decir que la experiencia, si al principio ingresaba como transcripción o representación, ahora ingresa como percepción o forma. De todos modos, es importante que aparezca. Como lector, también busco reconocer en los textos la fuerza de una experiencia, que lo escrito esté cargado con eso. La experiencia puede aparecer en un poema sobre la muerte o en un poema sobre un limón. Incluso, a veces es más probable que el poema sobre un limón me diga más sobre la experiencia del poeta que el poema sobre la muerte. En mi escritura, y en mi relación con la poesía, entonces, aparece eso: el trabajo con la experiencia. Busco que cada palabra esté sustentada por la experiencia. También aprendí, hace poco, que con un buen manejo de la escritura es fácil escribir cualquier estupidez, y además es tentador. Pero la poesía, al menos para mí, no podría ingresar nunca dentro de esa comodidad. Por eso la relaciono con cierta agitación, mental y corporal.


Poemas



El color de la noche power metal en el espacio cóncavo que abre el vidrio. En el espacio cóncavo que abre el vidrio cuando la luz proviene de adentro, no de afuera. Una imagen que llega desde pero sale hacia (defecto visual). Nubes plomizas como las cañerías de un edificio costero. El flujo del agua corriendo por el óxido. Por el óxido hasta el pico de la canilla. De la canilla hasta la boca. Una araña del tamaño de un punto y coma trepa por los números del calendario. Se cae y trepa / Se cae y trepa / Se cae. El clima afecta la percepción del volumen. Subir la tele para dejar de escuchar lo que pasa afuera. Bajar la persiana para estar seguro de estar. De estar adentro.


***

La programación televisiva marca el movimiento de los astros. En un quiz show, un hámster le lleva las preguntas al conductor del programa en un Porche automático de juguete. Es una forma de decir que es tarde. Las películas basadas en hechos reales no lo dejan dormir. Sigue el camino amarillo, pero no comas la nieve amarilla. Como la tele no tiene control remoto, hace zapping con los párpados. 180 canales con la misma imagen: un roedor manejando un auto fino en miniatura. Sigue el camino amarillo, pero no comas la nieve amarilla. En el programa, un participante explica que la actividad onírica tiene lugar en el hemisferio derecho del cerebro, y la lectura en el izquierdo. Por eso, dice, no podemos soñar con frases. Sigue el camino amarillo, pero no comas la nieve.


***

Una revista de crucigramas en la heladera con la cara de Arnaldo André. Sobre la revista, la manzana verde con lamparones amarillos (manchas de nacimiento) no llega a tapar el rostro del galán. Girar el cabito de la manzana repitiendo el ABC (Cada giro completo equivale a una letra). Cuando el cabito cede a la presión concéntrica y es extirpado de la manzana madre, entonces significa la inicial de una persona que piensa en vos. Pero como el viejo Eddie arranca los cabitos de un saque, la letra es siempre la A de Arnaldo, que mira el acontecer del mordisco desde la heladera beige. Así, con la manzana en la mano y la heladera todavía abierta, el viejo Eddie mueve la perilla del Philco para lograr la nitidez de un canal codificado.


***

El Surfer Rosa espera la tanda para entrar al agua. Es la mañana y las cosas están heladas (no es necesario tocarlas para saberlo). El sol brilla y los pájaros heavy metal cantan. En los videos de surf, los chicos rubios entran en los tubos, salen de los tubos, giran, cortan las olas para abajo, cortan las olas para arriba, y saltan por el aire, para caer del otro lado y esperar la siguiente serie. En La Flecha las cosas son distintas. Los bodyboarders no pueden deslizarse a través de las olas conquistadas por los jóvenes surfers. Los jóvenes surfers no pueden interferir en el camino fluvial de los surfers viejos. Los surfers viejos no pueden, pero igual te cortan con la quilla si no te metés bien abajo del agua, lo más abajo que puedas. Y de vez en cuando aparece algún lobo marino. No hacen nada, pero dan miedo. La piel del Surfer Rosa parece mexicana. Helada su mente, que nada y filtra a contrapelo la espuma verdosa, y su madera se pierde sola entre las olas pequeñas.


***

Pensaba que las manchas que vemos sobre el mar los días de sol eran focos de contaminación, alteraciones de la pureza verdosa de la arena, el agua y la sal. Alguien le explicó que esas manchas son la sombra de las nubes y eso cambió todo. Ahora tiene más playas para visitar y dentro de las playas, más espacio en el agua para esperar una ola. Pero si flota sobre los círculos negros, mira hacia arriba y ve que ninguna nube está tapando el sol, entonces apura su madera hasta alguna parte turquesa y clara como en las películas tropicales; después se incorpora y respira tranquilo: es una tortuga de mar.


***

Oh, el Baterista Grunge sería un santo entre el cromo, pero se le ven las manos. El círculo dorado de luz sobre su cabeza no es la aureola iconográfica, sino el crash de 16 pulgadas que siempre apalea en el segundo verso, cuando se ejecuta el mismo compás, pero con distorsión. Todos esos platillos y el laqueado negro hacen de la batería un objeto marcial, y del Baterista Grunge un luchador de aikido, o un murciélago blanco encorvado sobre parches blancos de aros plateados. Sus movimientos lentos y fuertísimos demuestran que toda violencia tiene un orden. Después del ensayo, el Baterista Grunge necesita dos duchas, porque si el grunge está muerto, los pibes de la banda también, y los muertos no huelen bien. Le habían explicado, hace tiempo, que los músculos de las muñecas y de los dedos tienen una resistencia invariable, pero el Baterista Grunge toca con los hombros mientras sacude el cuello; y eso, eso produce inflamación.


***

La perturbación pasada de comer la comida de su madre y acordarse de su abuela muerta. Por eso, después del ensayo, el Baterista Grunge es un sauce perfumado con el sudor de un chaparrón de verano. Siente cada uno de los cuerpos de la batería (tacho / ton / bombo / chancha) como lunas transparentes de gel. Sus baquetas son relámpagos que impactan hincando cráteres sobre los parches, que ahora son tortillas pegadas en el fondo de una sartén con bordes plateados.


***

Mueve los labios pero no dice nada. Quadrophenia mea el pasto en una pose
de hip-hop. En la plaza, un chico juega a ser el hijo de un desconocido. Tiene un reloj de Mickey. Mickey viste unos guantes blancos, como de ladrón, y sonríe. Sus brazos son las agujas que marcan la hora. (Padre voló a través del océano y esto fue lo único que trajo). (Madre: ¿debo construir una pared?). Todos hablamos con los perros. Quadrophenia se incorpora y raspa el pasto con las cuatro patas: parece Michael Jackson cuando hace que camina, deslizándose hacia atrás.


***

Un botón rojo diagnóstico. El ascensor que nunca estuvo no tiene por qué estar. Las escaleras en forma de caracol o espiral sí. Aprieta el botón. (El color rojo desaparece y queda el plástico, como una pupila dilatada por la luz amarilla de bajo consumo que promete apagarse en medio minuto). El edificio costero queda cerca del asilo Unzué, un lugar que sólo entienden los fotógrafos. Abajo: La flecha, una playa comida por el mar. Todo lo que tenga forma de círculo es curativo: apretar el botón rojo; entrar antes de que se apague la luz; sacar las cosas de la bolsa; lavar las frutas en la ducha.


***

El gusto a pileta de la fruta. El agua girando por el círculo negro de la cañería. (Nunca desaparece por completo). “Agua dulce, agua salada, por agua viene, por agua se va” es una forma de decir que Julio Iglesias no conoce Mar del Plata, y si la conoce nunca visitó Obras Sanitarias. Restos de agua en forma de círculos irregulares y transparentes sobre la cerámica del baño. La transparencia se vuelve pornográfica si miramos a trasluz: diminutas partículas como caspa flotando en el vacío. Comer lo que se mueve de la fruta. Tomar lo que flota en el agua.


***

2000 gusanos viviendo 14 años debajo de la piel pueden hacer que los pies fashion
de Cenicienta se vean como las patas de un elefante asiático. En el canal en donde estaba el Discovery Channel sintoniza un programa de cocina. Alguien prepara un postre en blanco y negro mientras explica que todo lo que comemos forma parte de nosotros.


***

Las olas vencen como un yogurt y en el mutismo de la caída puede escuchar la perseverancia. Entonces recuerda, por un segundo, esa película de surf en donde el frío y la voluntad eran suficientes para erguirse como un conejo azul, como un zorro de piedra sobre el agua. Oh, Shigeru: ¿Qué dirías de la foto pegada a la tabla que flota para siempre en un desierto líquido? ¿Podés escucharme ahora? ¿En qué escena del mar se encuentra tu cuerpo? ¿O es el mar?


***

El agua lacrimógena del mar. Una mirada sumergida a la fuerza por falta de equilibrio no puede percibir otra cosa que manchas color acelga (cruda). La razón en una escala cromática. Donde el verde coagula sólo respiran los peces. Donde el verde aclara: el cuadro de la orilla enmarcado por las piedras de la escollera, visto desde lo hondo. El Surfer Rosa y su tabla, juntos, flotan al ritmo de una ondulación.

***

Para ejecutar un ritmo, primero deberás cantarlo con la boca. Luego recordarás.
(Memoria sincopada). El tiempo perfecto se conjuga a los golpes. Podrás hacer lo que desees, pero deberás saber dónde está Tierra (un batero nunca mata a su Padre). Tres leyes respetarás, menos la cuarta: marcar el tiempo / llevar el tiempo / caer a tiempo / perder el ritmo.


***

El Baterista Grunge machaca el círculo negro. La química no se aplica al ritmo:
en el momento del groove la madera es un cuerpo conductor. Ganar fuerza es perder precisión, volverse inestable: es la definición de la música, según el Baterista Grunge. (Sólo lo directo es poderoso). Ahora los buenos discos no existen porque todo está exactamente mal. Entonces: ¿cómo hizo el hombre para llegar a la luna, a su lado oscuro? Las multinacionales advierten a los padres sobre las líricas explícitas, pero en ninguna tapa dice “Frágil”. “En nuestro disco –comenta el Baterista Grunge a su banda– vamos a imprimir esa palabra con mayúsculas”.


***

Si es verano en la tele, entonces es verano. Apoyar un dedo sobre el vidrio para medir la temperatura. Nunca es necesario levantar del todo la persiana. Lo necesario es encorvar la mirada con la espalda, hacia la terraza. Un caracol encima de una paloma (diapositiva fija). Caminar en silencio. Cuando todo sonido se vuelve delictivo. Encontrar en los puntos de un pullover, como enhebrado, un pelo de hace tres años. Dormir con la cabeza en la heladera.


***

El cráneo es lo primero que se hunde en la espuma. El dolor en la cabeza depende de la temperatura del agua. A eso se le llama “filtrar” una ola. Hoy el mar está planchado como una camisa hawaiana. No hay surfers en la costa. Es una manera de decir. Porque el Surfer Rosa prepara su madera y se desliza por la superficie. Parece una tijera cortando cartón corrugado. No corre las olas: esquiva lentamente las líneas de los pescadores. Así, mientras navega, imagina que el mar se vuelve, por un segundo, transparente. Entonces, puede ver la distancia que existe entre su tabla y el fondo.


***

Un policía con un pollo en una bolsa de plástico semitransparente sube al colectivo sin pagar boleto. Es gordo, y el chaleco antibalas lo hace más gordo. “Tan gordo como el gordo Gastón Leandro”, piensa el Baterista Grunge. Durante diez cuadras sube gente. Durante diez cuadras baja gente. Durante diez cuadras ni sube ni baja nadie. El colectivero compra 1/2 kilo de pelones en un semáforo. “¿Cuándo decidió el policía ser policía? / Si el policía supiera que tengo una remera con la A de Anarquía abajo del buzo ¿me pegaría con el pollo?”. El camino hasta la periferia Unzué es largo. Dentro del colectivo toda acción es un hobby nervioso. “¿Por qué un policía y un baterista bajan en la misma parada?”. Podría ser un buen problema de matemáticas.

De,  Los círculos del agua.


Matías Moscardi


Matías Moscardi nació en Mar del Plata, en 1983. Publicó la plaqueta Josele (dársena3, 2004) y participó de la Antología breve de poetas breves (Estanislao Balder, 2005). En 2006, la editorial VOX publicará Pluvia, su primer libro. Contacto: matt30@ciudad.com.ar

sábado, marzo 31, 2007

PAULINA VINDERMAN





Suelo escribir con una pilot negra, en cualquier papel, sobre todo en bares y en manuscrito. Traducciones, reseñas, artículos, puedo hacerlo directamente en la computadora. El poema, no. Necesito el contacto de la pluma sobre el papel, un contacto sensual e íntimo. 
El poema me va llevando de la nariz; en realidad es el lenguaje el que me lleva y a él me someto. Si hay plan, éste surge sobre la marcha.
La corrección es sobre todo espacial y poda de reiteraciones (no de obsesiones, que respeto). Ahora, es casi siempre, una corrección a medida que escribo.







Poemas


Pisadas sobre el vidrio


2)

He llegado a un hotel tan ruinoso como mi alma antes del viaje.
Suelen llamar café, al brebaje que preparan por la mañana
y no existen cerraduras en las puertas.
La felicidad debe parecerse bastante
a este estado de exposición a los detalles
y a una oscura revancha sobre "los elementos del desastre".
El tarareo del mar llega hasta mi hamaca
y el salitre hasta la máscara
de mi pobre memoria.
La soledad tiene patas de ángel en este lugar;
no escribirá nada, no puede escribir nada,
pero acribillará a preguntas mi pasión por lo astroso.
Desde acá, las ciudades
son arcaicas esculturas de asfalto y de vidrio
iluminadas por las matemáticas,
como lo son los durazneros por la estructura musical
del viento al anochecer.


3)

Hoy vino la muerte. Es bella y callada
pero los gatos se asustaron.
Se llevó a Concepción, la tejedora
de la casa amarilla junto al mercado.
Se la ve pequeñita y oscura —como una lenteja—
dentro del bote,
el bote que empujarán a la corriente, al río del río.
Antes la cubrimos de muñecos de trapo,
coloridos, imperfectos y torpes, como la vida.
El sol brilla como el de los tapices
y los perros tienen los ojos cenicientos y solemnes
como los míos.
Ojos de ceremonia y de señuelo.
Hoy vino la muerte. Desandamos juntas
el sendero hasta el cruce.
Es turbia y neutral, como el río,
como mi tazón de aluminio, como mi corazón
que es todo río.


4)

Si el mundo me invita a un café esta mañana,
podré sobrevivir.
Después de todo, nadie más que el viento
me trajo hasta aquí. El viento y la locura
de hablarle en voz alta, sin pedirles permiso
a los dioses de arena.
"No amé a quienes amé lo suficiente".
(tan sólo con reconocerlo podría regresar.)
El exilio es una perla barroca
pero el destierro un túmulo orgulloso de sus frases
inconclusas.
Las hojas del banano le dan una desganada frescura
a mi rincón (a mi mirada).
Veo a la vida como algo desenfocado y hermoso.
Un bosque que susurra,
sólo hay que esforzarse por escuchar.


7) 


Oro sucio

Vi subir un sombrero por el río y lo seguí.
Parecía oro sucio a la distancia, como las pepitas
que rodaban por las calles rojas de viento
en Porto Velho.
En el sombrero iba un sueño
y el sueño remaba en el letargo con una pala
invisible.
Los sueños no se siguen si no es hasta el final, me dije,
los ríos no se siguen si no es hasta el final.
Y el viento se encerró en un cesto para que nada
salvo yo misma, pudiera moverse en la amarilla opacidad.
Mujeres de ojos tersos y orejas separadas
vigilaban las orillas bajo los plátanos.
Los hombres remaban lejos, sudaban en las minas,
atesoraban con la boca abierta
la blancura de mi raza y de mi desesperación.
La vida colgaba cerca -nunca tan cerca-
la vida era un globo de color naranja
que hacía pasar el día como un guardabarreras.

Voy a escribir un sueño, pensaba,
y ¿cómo se hace para escribir un sueño
sin traicionar su dibujo, su luna hueca, su sonido?

Un chico de ojos verdes como melones
pendía de su madre india y la empujaba hacia el centro
de la tierra: cada vez más pequeña la mujer aceituna
con la historia cortada y una docilidad (de evangelio)
estremecida.
Vi subir un sueño por el río y lo seguí.
Tomaba forma de sombrero a la distancia,
tomaba el color del caoba su tenacidad.
En la hamaca alguien canta sobre cubierta,
recuerdo a la balsa rota, los cinco buitres y el reloj
atrasado en la espesura.
Voy a escribir un sueño, pensaba,
y ¿cómo se hace para escribir un sueño
sin traicionar su lengua, su luna vieja,
el verdadero desierto de su aliento?


8)

La región espera la lluvia como yo el poema,
los árboles deformes como orejas deformes,
las bocas ávidas como perfectos copones de bronce.
El calor como un techo demasiado bajo,
la postergación como emblema.
Me siento a mis anchas, yo también, a esperar.
Nadie sabe que danzo como una loba vieja
sobre una terraza que arde.
Que recuerdo los bosques y colmillos filosos de mi vida
en la rogativa.
Cuando, al fin, las gotas empiezan a caer
sobre los baldes y las ilusiones, corro a atrapar
las palabras que el cielo envía:
pobres pájaros que enjaulo sin misericordia.


9)

Ese hombre habla en miedo
y el miedo es un idioma duro de entender.
Se disfraza de hostilidad, envenena el silencio,
lo hace girar extraviado, sin jardín alguno
donde el relato pueda confiarse, volver a ser
una canción de náufragos al calor del alcohol.
Me destina una habitación que semeja un armario
(ni siquiera hay una biblia en la mesa de luz)
¿Será mejor pensar el mundo desde esta celda?
Un cartel imaginario dice:
La búsqueda del tesoro empieza aquí.
La poesía lleva tatuado el jeroglífico:
el arte de ver el vuelo de los gansos salvajes
(desde mi ventanita)
como si me perteneciera.


10)

La única poesía que ilumina es la que arde
y ningún mar será más extenso que mi imaginación.
Pero los sauces llorones se inclinan demasiado,
(para mi orgullo) ante un sol despótico
y no puedo dejar incendiarse a mi soledad
sin poner en peligro al bosquecito cercano.
Finjo la serenidad que nunca tendré, el reposo
que jamás encontraré.
Y lo hago bien, más que bien: una parodia
esmerada a las puertas del cielo.
Soy un árbol clásico, de los que dibujaba
en mi cuaderno, esos de tronco oscuro, que
no se doblegan fácilmente y no conocen el dolor
de la palabra árbol.


14) Poste Restante

Salgo del correo con la voz ronca, la piel pálida
en un día que palidece.
—No tiene carta— ha dicho recién una boca amable
bajo unos anteojos de marco grande.
(¿y cómo podría ser de otro modo,
si ni siquiera recuerdo cuándo partí?)
He perdido mis lágrimas, mi tren, he perdido
mi oportunidad.
Estoy en un andén sucio junto a un hombre
que apoya el sombrero de fieltro sobre la valija.
Hay un poder voluptuoso atrapado en la visión
del último vagón, en el triunfo de lo callado.
El hombre se mueve en blanco y negro.
Se hunde en su estrecha vida como yo en la mía.
¿A cuál habitación regresará?
¿Habrá alcanzado a ver el girasol entre las vías?
Salgo del correo a una noche que parece
abrirse para siempre como ese girasol salvaje,
solitario, huérfano de historia, que parte el cielo en dos.


22)

¿Hay otro amor,
que no sea éste que se transforma en odio?
(un odio diáfano que sólo guarda la
oscuridad de la infancia)
Las luciérnagas iluminan con intermitencia
un mundo del cual ya no formo parte.
¿Hay otra patria que no sea esta noche?
¿Hay otra verdad?
El aire es tan puro que alucina
y la soledad, que fue siempre una tierra prometida,
es menos magnánima que la negrura del follaje
inventado, recortado y pegado sobre papel
para un suelo de lunas.


Hospital de veteranos

1)

La ventana del hospital
da a un baldío espeso de pasto y de botellas rotas
(como cicatrices de batallas).
Un sauce milagroso crece en la esquina que
da al cuartel.
Hospital de otro siglo, el dolor que me ata
a la silla despintada también es de otro siglo.
Las enfermeras corren con los orinales
por corredores hundidos y no reparan en él.
No estoy acá para curar mi vieja herida ni mi insomnio.
Soy hija, se supone que las hijas tienen salud.
En plena noche los azulejos blancos destilan
una luz primitiva. Puedo seguir un camino entre las
camas sin titubear.
Esa es mi luna, también la que imagino
sobre las botellas como un spot.
Comprendo su soledad (sin hermanos)
en medio del cielo.
Comprendo las mareas, comprendo a la locura
como un exceso de blanco.
He sido amada (no comprendida),
he sido aquel perro solitario de mi primer poema,
que atravesó la calle para ser mi amigo.
"¿Podríamos jugar mañana, cerca del sauce?"
El amanecer está en un punto muerto,
suspendido por una memoria que semeja un barco
sin mascarón de proa.
(Igual que mi vida).


2)


En estos días nunca despierto del todo,
me siento en el borde del sueño
a punto de caer de bruces, y me dedico a
espiar el cuento en su final.
Hay una tormenta en la cabeza calva
sobre la almohada
y un patio desnudo en la mía.
La noche fue un pizarrón
donde escribí mi piedad más ordenada,
la más benigna.
Ojalá nevara.
El ruido de los jarros de aluminio
con el té con leche, es mi llamado en la
mañana, aclara mi mente tímida, mi
grave respiración.
El día es opulento,
lleno de manchas en el piso,
estoy atrapando el adiós:
el ojo de mi" halcón de vida",
"no por su ojo sino por su alegría"
piso la nieve que cae, en otro lugar.


3)

El gato asoma por detrás de la tapia
entre los vidrios rotos.
Se eleva sobre la marejada de la memoria,
girando en el oscuro verano, cortando
los tallos que me sujetan a la tierra.
Sé que mi tibieza no le es suficiente, hay
demasiado miedo en nuestros pelajes revueltos.
Y en nuestro esfuerzo por vivir, no
queda tiempo para lunaciones.
Sólo una mirada celebratoria, un enlace
sin traducción bajo una luz perfecta.
Los vidrios parecen hierbas a la distancia
y el raído saco de hilo que me cubre,
azúcar sucia.
Nos iremos de inmediato a nuestros asuntos
por detrás de la vida,
como si ella fuera la tapia, o un telón suntuoso
(tierra de nadie entre bastidores).

4)

A golpes de estrellas, a golpes de luna,
¿cuánto hace que parezco un castor,
manteniéndome a flote en los rápidos del río?
Soy el guardián de mi padre, el guardián
del lenguaje, títulos nobiliarios sacudidos
por el temporal.
El amor es un objeto antiguo, valiosísimo,
encerrado en un museo babilónico, expuesto
a la artillería del invasor.
Bajo mis dedos crecen metáforas como hongos.
Días vacíos, quemados por un viento dorado.
Detrás del cielo azul pastel, habita una negrura
de cuervo.
Pobre cuervo, alisando sus plumas sobre
el alambrado; él, como el castor, bebe de este mundo
el agua posible.


5)

Pongo un vaso y una flor
en la mesita atestada junto a su cama,
pero él no los mira.
En realidad lo hago para mí.
La vida todavía debe ser para mí,
el viento que insiste en abrir la ventana
aún puede dejar un poema en la escudilla.
La crueldad de haber arrancado la flor
a su madre planta, para mi egoísmo -
verla morir en un escenario sórdido-
es un anzuelo limpio (carece de rencor.)
Del otro lado, la bolsa de sangre lanza
destellos azules, mal copiados, de mi flor.
Para avisarme que ella es la vida por ahora:
una paciencia de color azul.
(La lluvia que veo caer sobre los tubos
de oxígeno en el patio, también es para mí.)


8)

Los días se han vuelto cada vez más escasos.
"Si yo fuera el invierno mismo", hablaría
de culpas, frías como el alcohol sobre la piel,
frías como la cama al lado de la ventana rota.
Esta es una isla de detención
(rodeada por un mar que no vemos).
Las voluntarias vestidas de rosa
son tan dulces y compasivas que provocan furor,
no pueden con el invierno,
(no pueden con nuestro invierno.)
El aire es tan denso que a su través,
puedo ver las partículas de dolor como flores
de un empapelado envejecido.
Flores de ceniza, flores de estuco.
Palabras que ya nunca diremos.
Lavo la taza y las cucharas mientras espío
la caída del sol: un vertiginoso cielo
color limón que cae del otro lado del mundo,
sobre árboles talados demasiado temprano.

9)

Una pobreza luminosa nos une otra vez,
como en la infancia.
Pero ésta será la última canción.
¿Recordaré la letra cuando nos hayamos ido?
El olvido es una traición dulcísima
que no lastima tanto como una muerte.
Por ahora distribuyo los tesoros
en un espacio neutral: una servilleta a cuadros
y un marco para la foto de mamá, bella con su fe
y su collar prestados.
Ah, "si yo fuera el invierno mismo",
encendería fogatas diminutas en el corredor,
estrellas muertas que se asocien a este universo
de falla, de necesidad.


10)

Nuestra casa está en ruinas, te dicen
mis ojos sin querer.
Sólo tenemos esta seguridad de la leche caliente
que cruza tu garganta y nos consuela.
Afuera brilla una ciudad que cierra los ojos,
tal vez sufra más sin embargo: por ser plana,
por no tener colinas de aflicción.
Pero espera, pacientemente espera.
Nosotros oscilamos en la neblina de este sueño
desahuciado y ardemos en lo que ya terminó.
Heredé tus huesos y tu testarudez,
pero no tu miedo: ese foso en el cual hemos
nadado como perros sin dueño toda una vida.
—Gracias por la cena—dice tu voz ronquísima
desde el fondo de los tiempos, como un invitado
cortés a su anfitrión,
y sé que te irás pronto, llevándote el foso,
el hermano que no tuve, - el secreto - donde
construí a tientas, a pinceladas de acuarela, mi valor.

13)

El enfermero jefe me entrega tu anillo
(tu anillo de boda)
y camino después por los corredores apaciguados,
entre las fogatas,
con una estrella amarilla sobre el corazón.
No volveré al hospital.
Me demoro en las pobres lámparas
del subsuelo, las pobres lámparas que
desde ahora serán toda mi luz sobre el
libro a leer: miles de hojas con letras tan apretadas
que no pueden cantar.
Buscaré la Liebre, en el cielo sin nadie,
buscaré en la noche tu pueblo.
Mi manera de aproximarme al mundo
cambiará.
Mañana, soledad, palabras que se vuelven
jeroglíficos.
Te escribiré.


De, Hospital de Veteranos

Paulina Vinderman







Paulina Vinderman nació en 1944 en Buenos Aires, ciudad donde reside.
Publicó los siguientes libros de poesía: Los espejos y los puentes (Ed. Buenos Aires Sur, 1978); La otra ciudad (Ed.Botella al Mar,1980); La mirada de los héroes (Ed.Botella a l Mar, 1982); La balada de Cordelia (Fundación Argentina para la poesía, 1984); Rojo junio (Literatura Americana Reunida, 1988); Escalera de incendio (Ed. Último Reino", 1994), Bulgaria (Libros de Alejandría, 1998); El muelle (Alción Editora, 2003); Cónsul honoraria, antología personal (Summa poética, Ed. Vinciguerra, 2003); Transparencias (antología poética, Arquitrave Ediciones, Bogotá, Colombia, 2005) y Hospital de veteranos (Alción Editora, 2006).
Obtuvo entre otras distinciones, el Tercer Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (bienio 1988-89), el Segundo Premio Municipal (98- 99), el Premio Nacional Regional de la Secretaría de Cultura de la Nación (cuatrienio 93-96) , los Premios Fondo Nacional de las Artes 2002 y 2005, el Premio Letras de Oro 2002, Honorarte , a escritor destacado y El anillo del arte a mujeres notables, 2006.
Ha sido incluida en numerosas antologías y traducida parcialmente al inglés, al italiano al francés y al alemán. Sus poemas fueron, además, objeto de estudios y ensayos.
Ha colaborado (con poemas, artículos y reseñas literarias) en publicaciones del país y del exterior.
Colaboró con Nina Anghelidis en la traducción al castellano de  Votos por Odiseo, de la poeta griega Iulita Iliopulo y tradujo a Sylvia Plath, Michael Ondaatje, John Oliver Simon (Berkeley, USA), entre otros.