domingo, febrero 17, 2008

ANAHÍ MALLOL


No creo ni en la inspiración ni en los ritos convocantes. La poesía es algo de la dimensión del acontecimiento: una música en la cabeza, una frase, una imagen, que aparecen. A veces se queda así, dando vueltas, un tiempo. Otras veces busco enseguida algo en qué anotar, y entonces empieza la mecánica de la pérdida, el deslizamiento, la ganancia, una cierta autonomía o ajenidad de las palabras que siguen sus caminos, como una respiración. Siempre el silencio en torno, que facilita las transacciones, y que permite que el poema se inscriba y desarrolle como un ritmo a su propio ritmo.
O un viaje en transporte público, sola, rodeada de voces que apenas escucho. A veces, las voces que acompañan son las de los libros que me rodean, en el escritorio o en la mesa de luz. Desde esa música primera, que vuelve como un ritornello, que insiste hasta captar la atención de un ritornello existencial, aunque sea ficticio, y que puede venir de mucho tiempo atrás o ser recién escuchada, o recién vista, hay un desarrollo que lleva su tiempo. El papel, las lapiceras, los bares, son fetiches convocantes: la creación de la escena, la búsqueda de la captura que de todos modos en primera instancia es instantánea. Pueden estar o no- después, a la hora de la fijación del movimiento, se vuelven importantes.

Hay primeras apariciones que son azarosas, al parecer. Después, cuando ya hay una serie de poemas que forman un grupo con sus ecos internos, con cierta prosodia, o cierta orientación, es como ver el mundo con determinada lente, y los poemas se van acomodando a esa visión. A veces escribo más de una serie simultáneamente, como dos formas de ver las cosas, y los poemas caen en una o en otra. En esa etapa puede haber búsquedas, lecturas, películas o cosas que se miran, pero siempre lo mejor surge antes del hallazgo que de la búsqueda, de una visión que es una puesta en foco: como ir a una librería, abrir un libro en una página al azar, y que esas líneas te interpelen directamente.
Cuando estoy perdida, tras mucho tiempo de silencio, o de no poder escribir, leo a los autores que me gustan, porque sé que de ahí va a salir alguna chispa, algún deseo, alguna palabra. Pero también hay otra forma (más grata y certera pero más difícil de lograr) para ponerme en sintonía con la escritura: tomarme unos días sin leer nada, sin hacer nada, ver las series y las películas más berretas que encuentre, y de ese descanso algo surge.
También está la poesía de mis contemporáneos, y las lecturas públicas de poesía o los festivales.

Los textos tienen sus tiempos. Los dejo descansar, los leo mucho después: tacho, reduzco, sintetizo. Es una cuestión de peso: el poema tiene que caer por sí mismo, como una fruta que madura, pero a la vez esa madurez significa que tiene que volverse cada vez más liviano.
La poesía es una forma de habitar el mundo, un estar atento para dejarse atrapar por ciertas cosas, o para percibir algo, y ponerlo en palabras, o para escuchar algo, y hacer algo con eso. Es un privilegio, en cierto sentido: un poema terminado da trabajo, a veces cuesta y hasta da bronca, pero también alivio, como si el acto de escribir participara de una suerte de exorcismo, o como si el hecho de entregar algo fuese una devolución, o el entregarse a algo fuera un modo de la participación con lo que a uno lo rodea, o como... No se trata nunca de expresarse: la palabra es desdichada. Es más vale un pensamiento en acto, un pensamiento (afección, percepción, concepción) que se hacen a sí mismos, se biscan, se exploran, un hallazgo de algo que estaba ahí y sin embargo no se sabía bien qué era, ni cómo. Hablar por medio de lo que se habla en uno.
Si se encuentra un procedimiento o una forma de hacer un poema aceptable, todo se arruina (todos los poemas empiezan a parecer iguales). La búsqueda tiene que ser incesante, y no por eso experimental: no hay procedimiento en el momento de escribir: hay poesía o no la hay, hay algo que decir o no lo hay, hay una imagen que trasmite algo, o unas palabras, o no. Y todo eso conecta o no conecta con el que escucha o el que lee. Tan simple que es difícil de explicar.
Anahí Mallol


SELECCIÓN DEL LIBRO “OLEO SOBRE LIENZO”
- 1 -
No hay nadie.
Escucho
emisiones de radio
en todos los idiomas.
El aire se enfría
en el jardín
de Rebecca Wilson
que de niña soñaba
con una casita
en medio del bosque.
Tormentas en el sol.
Desierto de nieve
que enseña
sutilezas del color.
Mantenerse vivo
al norte
del círculo polar:
un ejercicio
ininterrumpido
de la voz y del oído.
Mi pie vira
(él también)
del rosa hacia el blanco.
Temprana lividez de la carne.
Algo puede suceder.
Algo
como un ojo
de agua escondida:
¿hundirse o imitar
el aullido
de los machos en celo?
Dejo correr
la sangre del alce
sobre la nieve
para que torne
del blanco
hacia el rosado.
Seis meses dura
la noche ártica.
Pero no importa:
también puedo
congelarme hasta morir
a pleno sol.
Una ráfaga
de aire helado
un golpe de luz
en las pupilas dilatadas
voy a tener que tomar coraje
y amputar,
uno a uno,
los dedos
más opacos
de mi cuerpo.
- 2 -
Como si se tratara
de un libro de viajes,
de piratas o aventuras,
un ciego recorre
los desiertos de Utah
mientras se desliza
sobre las aguas
de la bahía de New York.
La cara
levantada
hacia el sol
gime suavemente
para sí.
Si no voy al Oeste
nunca sabré
qué es el espacio,
enfrentarse
al tamaño de las cosas
cuando la fuerza de la luz
golpea el ojo.
Una frazada a cuadros
abriga las piernas
demasiado delgadas.
No saben caminar.
Los ojos conservan
como un residuo
el movimiento.
Rememora otros libros
y estira las manos
como buscando algo.
Un sitio
solo
en la tierra
que se parezca a la luna,
tierra-piel agrietada
con gusto a sal.
Habrá que esperar
un tiempo más.
Hay cosas
que sólo Dios
y los indios
han visto.
- 5 -
Se va más lejos
con diecisiete años
y ese vientre
alimentado
sólo a arroz
y a agua de río
amarillo
calva
a la intemperie
no mira hacia arriba
ni siquiera
hacia adelante
sola
en la luz crepuscular
en un paisaje
de arrozales
o en Calcuta
expulsada
por la madre
por el vientre
(una condena
o una profecía:
con esta hija
nadie la querrá)
camina
como si fuera
hacia el Norte
o hacia algún lado
o arranca
con ambas manos
sus mechones.
No le tiene miedo al sol.
A veces pide
aunque aquí
ya nadie
hable camboyano.
- 6 -
Camina o cabalga
las colinas azules
del este de Africa
la cabeza desnuda
bajo el sol de la tarde
el cielo entero
un escudo
de intemperie
después de las lluvias
la hierba crece
alta
en colinas y praderas
en ese verde nuevo
busca
una extensión
de tierra no ocupada
un punto
desde donde
el azul
neblinoso a veces
del Kilimanjaro
recorte las pisadas
de las presas
que ninguna mirada
puede atrapar
en movimiento constante
cuando el mundo no parece
ya
ese lugar peligroso
el atardecer
se extiende hacia el fondo
como un turbante
de seda
de hermosos colores
encuentra
el sitio exacto
come una naranja
dueña, ahora sí.
de las tierras altas,
se queda
uno a una
absortos
la mujer
el paisaje
bajo el cielo
protector
de Africa.
- 8 –
De cara al sol
erguido
en una esquina
cuando el calor de septiembre
no es
ni siquiera una promesa
busca en el pastito
junto a las vías
una flor
de pétalos azules
todavía
no marchita.
Ya no sabe
si es que
no ve bien
(cinco dioptrías
de miopía
en cada ojo
una marca
en el orillo
una condena)
pero los contornos
de las cosas
se han vuelto difusos
como en una
foto vieja
o mal sacada.
Se aprieta
con fuerza
los párpados
y observa
las manchitas
de colores.
Acaso
de eso se tratara:
los colores
lo fluo
pero nunca
el sol de frente.
Ahora es tarde
y la ceguera
hace arder
los bordes
de ese mediodía.
Setenta años
sin ver el sol
y ahora
tiene la vista
cansada
los ojos
agrisados
igual a esa mujer
que en una foto
en sepia
mira de frente
al espectador
las manos cruzadas
sobre el regazo
el collar de perlas
dos vueltas
pegadas a la garganta
como una soga de ahorque
¿se dice estéril
de un vientre
que pare
hermanos suicidas?
No hay viento.
El sol permanece.
La foto se borra.
Tiene la vista
demasiado cansada.
- 9 -
Congelado
el río de este invierno
casi polar.
El color blanco
cuando es el hielo
quien lo produce
(una refracción
exacta de la luz
en las pupilas
asombradas)
es
el que más daña.
Hay que entornar los ojos
si lo que se quiere
es avanzar
por esa superficie
helada.
Los pies se cansan.
La otra orilla
está siempre
demasiado lejos
distante
la ribera izquierda
la de las lilas
y otras flores
encarnadas.
Alguien pregunta:
¿es asesino
o salva
el impromptu arrasador
del ojo
de agua?
- 11-
Con saltos
increíbles y flotantes
como los saltos
ingrávidos
de los pasajeros
en la luna
como los pasos
de los sueños
ligeros
un rebaño de impalas,
una fuga
desordenada y salvaje
como Africa
en la mirada
de un hombre solo
tumbado en su cama.
El proverbio somalí
resuena
como una sentencia:
el triple temor del león
cuando se ve
por primera vez
su rastro
cuando se oye
su rugido
cuando se está
frente a él.
¿Saldremos
a cazar
ese león?
Irrita
oír rugir
a ese animal
cuando no hay luz
todavía
y las aves de presa
trazan círculos
en el aire
en la ribera
opuesta del río.
Un león
ahí
en Africa
casi de perfil
la cabeza
levantada
y vuelta hacia mí
los ojos fijos
el estampido seco
el golpe sólido
de una bala
de 150 gramos
entre los omóplatos.
Sentir
como un viejo
las patas pesadas
buscar refugio
en las hierbas altas
la boca llena
de una sangre
caliente y espumosa
ocultarse
aplastado contra el suelo
más allá
de los árboles de la ribera
dejar que el cuerpo
se vaya agotando
las garras hundidas
en la tierra blanda
la vida concentrada
como una vibración
gutural y ascendente
contemplar
la cima cuadrada
del Kilimanjaro
ancha
como el mundo entero
gigantesca
alta
increíblemente blanca
bajo el sol
de una Africa
no conquistada.
- 12 -
De pronto
como si fuera
un día cualquiera
el padre
se vuelve frágil
dan ganas de guardarlo
en una cajita
envuelto
(como un niño
envuelto)
en papel celofán
una extraña pieza
de cristal
de Bulgaria
con esos huesos
casi transparentes
como una nueva
dimensión del tiempo
el carácter exponencial
de la tristeza acumulada en el cuerpo
dan ganas
de acunarlo
de recitarle
mil perdones
como un arrorró
por el hijo que fui
por el hijo que no fui
mil reclamos
por el padre
que pudo ser
y me dejó
me deja
ahora solo
hasta que sonría
otra vez
o me eche
(como cuando
le sonreía a mi madre
en la dulzura
de las tardes calurosas)
esperar que adquiera
el carácter translúcido
resistente y quebradizo
de un insecto de verano
como aquellos
bichitos que juntábamos
ha ce rato
en frascos de mayonesa
vacíos.
Los más lindos
nos dejaban
una lucecita verde
que fosforescía
antes de extinguirse
en la oscuridad ajena
de la noche
entre los pastos altos.
- 15 -
Es
la cualidad de la luz
la luz brillante
del mundo real
que entra
por una ventana
abierta o cerrada
siempre a la izquierda
y es la mujer
sola
aislada
por esa materialidad
casi sonora de la luz
inmóvil
absorta
con la carta en la mano
un mapa en la pared
una silla vacía
una caja abierta
un collar de perlas
una ventana invisible
tan preñada
tan tranquila
la luz
tan pálida que brilla
sobre la blusa azul
sobre
su vientre hinchado
en sus ojos
que leen la carta
o miran el mapa
noticias
de más allá del mundo
mujer en azul
mujer pesando oro
niña
leyendo una carta
ante la ventana abierta
musitando
la plenitud
de su inmanencia.
a D. M.
- 16 -
Retratado de medio cuerpo
con el tronco ladeado
(no está de frente
tampoco de perfil
en el artificio de la pose
insostenible)
vuelve el rostro hacia
el espectador
mientras ríe con dientes
que relucen
a la sombra de labios
gruesos y sensuales
bajo el bigote oscuro
desgreñado.
La mano derecha
se apoya en la cadera
una postura que subraya
los pliegues de la capa
sedosa y roja
(dan ganas de tocarla
como da ganas
la seda italiana).
Por lo demás
poco impresiona la figura
socarrona algo grosera
de ese hombre
pequeño y enjuto.
El jubón
de terciopelo negro
(otra vez
las ganas de palpar)
y el cuello de puntilla blanca
hacen pensar en un hidalgo
o alegre cortesano
de la España de Oro:
sin embargo
se trata de Demócrito
riéndose del mundo
en la Torre de Parada
un pabellón de caza
muy cerca de Madrid
colgado de ese muro
apenas envejecido
por el moho y los años
al lado
de Heráclito que llora
la fijación extrema
de los ríos de este mundo
congelado su fluir
en la debilidad
de la palabra.
- 17 -
Son los últimos
zorzales
de la tarde
- explica
tal vez intenta
aquietar
lo trémulo
en mí
(entre el corazón
y la conciencia
siempre del cuerpo
también del aire
que nos separa).
Mira
como si fuera
inocente la mirada
estira
un brazo
desnudo
sobre la mesa
y ofrece.
¿Es la voz
la parte del cuerpo
que llega más lejos
en su caricia?
Responde
y la respuesta
es siempre grave
es siempre leve
(como si una mujer
hablara a otra/
en un cruce de aguas
profundas y claras)
solemne y frágil
ese cerezo
tan auténtico
como nacido
de un haiku
que florece
en los inviernos
con las ramas
desnudas
y provoca luego
una lluvia
de pétalos blancos
la nieve perfumada
de esta franja
de Sur.
-Se dice dorado
de algo
que asemeja
al oro
de algo
en su etapa
mediana
se dice
mujer
el hielo
que derrite
la voz
de la mirada.
Sonríe
y cuenta
la parte que quiere
de su historia
repite
de vez en cuando
un nombre
que deja
como herencia.
Un color
en expansión
la tarde
de verano
un rumor
entre las hojas
del jardín.
a D. B.


SELECCIÓN DEL LIBRO “ZOO”
- 1 -
un caballo
parado
debajo de la lluvia
como si no
lloviera
así quiero estar
desnuda entera
debajo de la lluvia
como si nada
como si nadie
me hubiera
tocado nunca
haciéndome más frágil
- 3 –
exploradora solitaria
dueña de la calma y la intrepidez
confusas de Ulises
una hormiga
se aventura
más allá
siempre más allá
del límite marcado con su olor.
nada especial la mueve
si no es querer saber
qué es lo que hay
del otro lado
qué es lo que
hace frontera
- 4 –
acostada
lo más plana que puede
ahí donde el pastito no es
ni corto ni largo
acumula en el cuerpo
dorado y negro
todo el calor
del sol de septiembre
cuando se cansa
de estar ahí
de habitar
la sola superficie del cuerpo
viene hacia la sombra
el amor concentrado en las pupilas
lo derrama
extrañada
sobre mí que escribo
mi perra sonríe
porque recién
se levanta de la siesta
- 5 –
aplastado derrama
las entrañas secas y suntuosas
sobre el calor del asfalto
impúdico el sapo
a la hora de la muerte
se pierde y abandona
su ocasión de fascinar
de repugnar
con la humedad
vidriosa de la piel
- 6 –
hormigas afanosas
obreras que no conocen sino
la lógica del trabajo como único
método de defensa
nos obstinamos
en la reconstrucción
del nido ya
resquebrajado
pulimos la hendidura
la rellenamos con materiales nuevos
forzamos el contrapeso para soportar
la presión
como un cascarudo
que mira hacia su centro
un bicho bolita que se esconde
para no ver al enemigo
replegado sobre sí
un erizo todo espinas
la panza tan blandita alrededor
del hocico rosado
todo con tal de
no ver
no saber lo que hay
ahí afuera
lo que acecha
y se cuela
por la más
mínima raja:
a la vuelta de la esquina
la muerte el amor
como si nada
- 9 –
atravesar
por meses y años y estaciones
desiertos
de piedra hielo o arena
con paso firme
como impertérrito
a los cambios
de la luz de la temperatura
a la inclemencia
del paisaje
para adquirir
la consistencia casi pétrea
de los insectos
o los paquidermos
su elegancia
recóndita y misteriosa
construirse
trabajosamente
ese caparazón
hasta que alcance
la cualidad
del oro o el jade o la turquesa.
cuando muera
nadie podrá decir
que pasé
incólume ante la belleza,
la premonición y el terror
sólo mi cuerno
único
de escarabajo sagrado
va a dar
de eso testimonio
una molestia
un desequilibrio en el perfil:
la marca en lo imperfecto
(un rinoceronte, un escarabajo
qué más da
persiste
por la deformidad
su geometría perfecta
en el relieve de arena
de la memoria).
- 13 –
dorada
una gota de sol
caida con el primer
rocío de la tarde
con alas traslúcidas o tornasol
y patas flacas
la cigarra se esconde
entre la fronda del parque
hay muchas otras cigarras
que como lucecitas o
monedas navideñas
adornan invisibles
el verde nuevo
inconcebible
de las hierbas y parterres
cuando el azul
del cielo se oscurece
frota
abstraída en la labor
de ser ella misma
las patas con las alas
una y otra vez
frota las patas
contra las alas
la chicharra suena
toda la tarde
toda la noche suena
la chicharra
ella sola
hace
y extiende como una manta
translúcida y dorada
el sonido el calor el sentido
cuando digo verano.
- 14 –
mejor no hablar
una vez más
del cuerpo felino
que se arquea en el placer
brillante el lustre
del pelo lujoso
en una noche
poblada de sonidos
¿Hablar de
su docilidad aparente
cuando se entrega
a la dulzura de la siesta
todo mimos ronroneos y zalamas
para más tarde
sacar las garras
desgarrar
la carne el cuerpo el alma
del que lo ha amado
rasgarlo rasparlo separarlo
con las uñas, los dientes y la lengua,
el sexo
que al salir
libera extensiones rugosas como espinas
así al final la hembra no sabe
si gime de dolor o de placer
pero sabe
que de nuevo
ahí estará
a la dulzura de la siesta y de la noche
para entregar
otra vez
su pasión
su ternura
a la sensualidad perfecta
bellísima
del macho felino
de pelo brillante y ojos que
ven en la oscuridad
más que lo que una
querría confesar?
mejor no.
ya hay demasiados
poemas sobre gatos
monteses o panteras.
mejor acariciarlos
y dejarlos partir
en esas horas
inciertas
en que reclaman
sin apelación
su inalienable
libertad de seductores.
22 –
amarillo
un sol del mediodía
que se desplaza
por el bosque nocturno
o las montañas de América
sin una mancha siquiera
en su piel lisa y sedosa
el puma
cauto silencioso solitario
busca su presa
la mata y la arrastra en la espesura
sin dejar un solo rastro
(las vísceras a un lado entre ramas y hojas
enterradas)
oculto la devora
para después de saboreada
empezar otra vez el ciclo de la espera
y el sigilo y la paciencia
cuando el momento propicio llega
salta con agilidad
muerde la nuca
perfora el cráneo
del venado, carnero, ganado o caballo
a menos que
el propiciado
el ofrecido en sacrificio sea
su corazón sangrante y sagrado
de rey americano
pre-hispánico
porque así como sin huellas arrastra a una presa
que dobla su peso
cinco siglos más tarde
ya olvidados
el prestigio solar y guerrero
y el sagrado temor de matarlo
no menos fuerte o valiente o fiero
perdido en la espesura
o cerca de los ranchos
vuelto un depredador cualquiera
el mayor carnívoro terrestre de los Andes
es el que necesita ahora
amparo y clemencia
- 26 –
como si fuera
un son de protesta
cuando en realidad no es sino
un deseo
desesperado
de atraer la atención
de una hembra preciosa
toda una estrella
de rock que canta y baila
un ave del paraíso ensaya
un scra:
imitaciones de gatos
halcones y niños
en la puerta de su magnífica enramada
con pedazos de vidriecitos
de parabrisas que brillan como
diamantes si el sol les da de pleno
(y les da de pleno
al fondo del nido) y otras
chucherías trozos de alambre
una tira de
plástico rojo alrededor
de las paredes
y vértebras de oveja resecadas y lavadas
por el sol y las lluvias
también vidrios de colores y hasta
casquillos de bala hablan
de su esplendor de macho
deseoso
a punto
de ser elegido
por una hembra magnífica en un ritual
a la vez fastuoso y algo banal
sus tesoros a la vista para que ella
ella finalmente
diga sí
sí quiero y levante
ligeramente la cola
con la cabeza hacia delante y deje ver
ahora sí
las plumas
rosa intenso
de su nuca
y entonces sí
por un rato la enramada
se vuelva un paraíso
Anahí Mallol
Nací en una época en que los jóvenes creían que podían cambiar algo por medio de la imaginación, la acción, la palabra y el amor. Crecí con miedo, silencio, alerta, violencia, eufemismos y desapariciones. Me hice joven en una primavera cuyas flores marchitaron pronto la ley de obediencia debida y el punto final. Después vinieron los indultos. Cada día se hablaba más del Sida y se instalaba como otro miedo. Empecé a escribir, sigo escribiendo, ahora, cuando nadie cree que se pueda cambiar mucho, y la resignación, inadmisible, es una amargura y una derrota históricas; cuando la palabra casi no tiene valor por la institucionalización de la mentira; cuando la amistad y el amor virtuales nos hacen creer cerca pero nos mantienen lejos; cuando una acción chiquita pero honesta, un poema que vuelve a pensar en las palabras y las cosas de todos los días y se pregunta por su valor o trata de darles un sentido efímero, es todavía una esperanza o, al menos, un testimonio de vida.
Publiqué Postdata, 1998, Polaroid, 2001 (Primer Premio del Concurso “Año 2000: Memoria histórica de la violencia en América Latina y el Caribe”), Oleo sobre lienzo, 2004 y un libro de ensayos sobre poetas argentinos, El poema y su doble, Simurg, 2003 (que obtuvo el Subsidio a la creación de la Fundación Antorchas). Zoo, que obtuvo la primera mención del Fondo Nacional de las Artes, está en prensa. Escribo reseñas, porque me gusta hablar de los libros que me gustan. Doy talleres de poesía.

2 comentarios:

daindart dijo...

que buena está descripción de desde donde parte la escritura!
me pasaba así, l o extraño*

Jorge Ampuero dijo...

Interesante poética, degustable por cierto.

Saludos...