viernes, noviembre 03, 2006

DOLORES ETCHECOPAR





Para que el poema se escriba me hace falta una cierta calidad de tiempo, del que se han expulsado los apremios cotidianos, los horarios, las preocupaciones que llevan la mente a otra parte. Eso, ante todo: estar disponible, entera, abierta, atenta, aguzando el oído del alma. Cada momento del día tiene su influjo, su encantamiento y su despeñadero.
La mañana es más lúcida, al mediodía todo está preñado por el sol, por el deseo, la tarde es melancólica, la muerte y la memoria se abrazan en los sonidos del mundo, es más hondo el desasosiego, la soledad, pero es también más fácil entrar en ella a esa hora del día y descender por sus grutas y sus jardines que se deshacen en los ojos casi cerrados del horizonte.
La noche es el país de la poesía, la suspensión del tiempo del mundo, la voz de los muertos, el silencio que se materializa, lo infinito, lo insoportable.
Escribo menos en verano que en otras estaciones.
Escribo más en mi casa y con la mano que siente el cuerpo de las palabras.
Pero muchas veces ha sido el movimiento de un tren o de un auto (cuando no soy yo la que maneja), la velocidad de un paisaje detrás del vidrio, lo que precipita dentro de mí un despegue del lenguaje de sus cauces habituales y hace soñar a las palabras.
Escribo en cuadernos donde ya hay otras palabras escritas que aquietan el desierto, que soplan alrededor de la página en blanco propiciando a que algo crezca allí.
Hay músicas que me hacen salir de la prosa del mundo y desatan otras corrientes en el lenguaje y nos llevan –a mí y a las palabras- a los lugares del alma. Cuando encuentro esta música la escucho una y otra vez mientras escribo, obsesivamente.
También dejo sobre la mesa donde escribo algún libro de poesía que me guste muchísimo, porque basta con abrirlo y leer una palabra para que ella despierte otro recorrido dentro de mí.
No tengo un plan. A veces me asalta una frase, una imagen, el rostro de alguien, un gesto, algo de todos los días que despega súbitamente de su opacidad, puede ser cualquier cosa que dispare una luz que estremece algo profundo en mí, algo que antes no estaba.
Sí, dejo "descansar" los poemas y en ese tiempo casi siempre sufren transformaciones, a veces sólo queda una frase, muchas veces nada.
Corregir es sobretodo sacar lo que debilita una frase, lo que opaca o mata al silencio que tiene que mantenerse vivo dentro del poema para que éste no muera en un significado, en una intención.
Corregir es acercarse a ese borde que vuelve autónomo al poema, que le confiere un rostro con el que también puede interpelar al escritor/lector. Para que el poema deje de ser el reflejo de un "yo" y se convierta en una presencia misteriosa, irreductible.
A veces aparece una frase cargada por mundos que estallan dentro de ella, a veces esta frase desaparece como un cometa y sólo me queda de ella una sensación a partir de la cual otras palabras empiezan a circular con vida propia generando una atmósfera para esa nueva constelación que puede ser el poema .
Pero antes que nada hay un estado interior particular que antecede la escritura. Ese estado es como un descarrilamiento de la percepción habitual del mundo, a veces tiene algo de ebriedad, otras de peligro, o se presenta grave y melancólico como la música de un cello que proviene de otros tiempos, estratos más hondos de la conciencia; se rompe algo de la psicología individual y lo que emerge también es desconocido para mí.
Escribir donde decir es imposible.
La flor del desierto.
La poesía como un modo de orar ante lo que nos abisma.

DOLORES ETCHECOPAR



POEMAS DEL LIBRO “NOTAS SALVAJES”


madre

Mi madre es suave como un campo de maíz
pero a veces se oscurece
entonces me siento sobre una piedra
para que me trague el sol


epílogo


una niñita abría su polvera cuando estalló el edificio.
sus pies, al hundirse, alcanzaron la velocidad de la luz
y no fueron hallados
es decir que hubo árboles en ella
y alguien que envenenaba a las bestias que subían
por las rosas


el sacrificio


ella murió
pero pudieron salvar
al primer resplandor del océano
que se abría en el iris de sus ojos


la disculpa


yo quería que eso volviera a suceder
una boba y una vieja embalan a un santo
todo el cuerpo entra en la caja
menos los ojos poseídos por un sol
que nunca se verá de este lado
yo quería que eso volviera a suceder
una boba y una vieja esperan un tren
acomodan sus bultos
dos bocas grandes y una pequeña
pájaros torcidos en la ventana torcida
(cuando seas grande te va a gustar
ver pájaros torcidos por la ventana torcida
ahora cállate)
yo quería que eso volviera a suceder
una vieja y una boba
con dos bocas grandes y una pequeña
piden disculpas perdón perdón
eso no volverá a suceder


POEMAS DEL LIBRO “CANCIÓN DEL PRECIPICIO”


perforación de la extraña voz


nuestro lenguaje es muy simple
sólo hay que soplar un barquito
sobre los lagos de la muerte


vacilación de los árboles y los muertos


allí he dormido mientras caía
un árbol lleno de hombres
he dormido llena de fuego
en un jardín
junto a ellos
los patos
y el lodo
las moscas
como oscurísimos alfabetos
recorren el misal del asesino


pronto ejecutarán al caballo

amable boca
pronto caerá la que camina
sobre los tambores de mi lengua
amable amable despeñada aurora
amable fuego
amable tú amable él
amable útero conocimiento estertor estrella
amable violencia flores marinas
amable ciudad verdor exterminio
la luna brota de las piedras estoy sentada
amables teorías cacareos valles
(alguien llora en la sala de música)
amable amable ferocidad
amables ustedes olvidados en un parque
donde la luz habla y habla con la muerte


POEMAS INÉDITOS

la ventana

en mi casa algo grave le sucedía al silencio. nadie
se miraba y había hielo en un ojo y un jardín aterrado era el otro/
en la oscuridad nevaba y los pasos de mi padre eran rápidos llegaban/
en un día a todas mis edades y rompían una ventana hasta que/
entraba esa luz en mi oído esa luz que quieren los árboles para tocar /
el día más allá de sus ramas más allá de sus frutos heridos por el /
hielo yo quería tocar la mañana de esa ciudad que se iba en los trenes/



el cielo desbordado

a veces mi corazón
da un paso adelante de mi cuerpo
entonces hablo
y no se escucha más que una ola
que abre la noche
y deja el cristal de sus mareas
sobre tu lengua
amor mío
suelta el lazo de mis pies
atados a narraciones muy tristes
con un hilo de sangre
suéltame las rosas detenidas
en este inmenso lugar sin brazos
ya sabemos morir
ya nos sucedió morir
ya pasó mi corazón
una larga noche con su sombra
ahora las heridas tocan
el arpa del mundo
que se disuelve entre los pájaros
ahora pliego tu nombre como un ala
sobre mi pecho
hago una isla infinita y quieta para tu rostro
ahora te respiro como a un árbol de la infancia
que levanta mis palabras hasta el sol
dejo las rodillas sobre un lago
ojo del cielo
en la tierra que traen tus sueños
a mi raíz

vos y yo en una sala de cine

los faraones están sentados
uno al lado del otro
así sus almas pueden desplazarse
callada la oscuridad
apoya tus manos
y mis manos
es la postura que enciende
la quietud de las rodillas
no nos miramos
absortos por el ojo de los sueños
que surge del fondo
y nos guía
sobre la montaña no hay nada
sólo la proximidad
uno al lado del otro
sin destino
así nuestras almas fluyen
vos y yo
entregados así
uno al lado del otro
mientras dure
todo lo que abrazo
todo lo que toco



DOLORES ETCHECOPAR


Nació en Buenos Aires. Hija de padre diplomático, durante su infancia y adolescencia viajó por el mundo. Escribió cinco libros de poesía (su voz en la mía, la tañedora, el atavío, notas salvajes y canción del precipicio). Actualmente vive en Buenos Aires. Participó en la dirección de un grupo de acción poética llamado el pez que habla, que se propuso investir poéticamente al espacio que rodea y atraviesa la voz de los poetas durante la lectura de éstos o de sus textos. Actualmente comparte con la poeta María Mascheroni un espacio de investigación de la voz y la palabra poética llamado Santo Cielo.

6 comentarios:

selva dijo...

Hola Dolores, aquí dejo un mensaje sobre tus poemas, que ya te adelanté por mail, para poder compartir con los lectores de este blog mis impresiones y sumar las de otros que también quieran opinar... Encuentro belleza en tus poemas. Algunos pasajes me estremecen. Me gusta mucho el uso de las reiteraciones y ese tono sostenido en lo celestial o cósmico, imagino una mano que se extiende para tocar el cielo en cada verso. Selva

Anónimo dijo...

Qué buenos están. El de la madre, imperdible!
María Teresa

Marco dijo...

Hola Dolores: Que lindas poesías.
Son tan lindas que me hacen acordar a las mías. Viste q humilde q soy. Creo que tenemos un cierto parecido al escribir.

Estan en http://elbebederovegetal.blogspot.com

marcia dijo...

Hola Dolores, soy Marcia de Montevideo, Uruguay. Encontré tu poesía por casualidad un día, en un puesto callejero, y me golpeó como una música largamente esperada, como una música que uno hubiera olvidado hace ya muchas vidas, y que volviera de pronto a las manos... yo también escribo poesía. Tal vez pueda alguna vez hacerte llegar mis textos.

marcia dijo...

Hola Dolores, soy Marcia de Montevideo, Uruguay. Encontré tu poesía por casualidad un día, en un puesto callejero, y me golpeó como una música largamente esperada, como una música que uno hubiera olvidado hace ya muchas vidas, y que volviera de pronto a las manos... yo también escribo poesía. Tal vez pueda alguna vez hacerte llegar mis textos.

Pedro Arturo dijo...

Apreciada Dolores, cada poema suyo es presencia viva, como decía Juarroz, directa, luminosa, suficiente, real. Gracias siempre y un abrazo grande.