jueves, febrero 01, 2007

MARIANA TERRÓN

Desde que Selva me invitó, estuve haciendo memoria. Nací en Buenos Aires en 1976. Escribo desde que me acuerdo que aprendí a escribir. Antes de saber escribir, inventaba canciones con melodías ya conocidas. Las cantaba en un desnivel del departamento. Así que la arquitectura de los setenta y la creatividad de mis viejos para aprovechar espacio ayudaron en eso. También grababa en unos cassettes TDK grises. Mas grande llenaba cuadernos. Andaba siempre con algo para escribir encima. Hacia cuentos sobre indios y poesías para mis juguetes. Lo de los indios lo estuve pensando mucho en estos días y no encuentro el motivo.
Yo no me daba cuenta de que otros chicos no hacían estas cosas. Tampoco se lo contaba a mis amigos. En quinto grado en la escuela hicieron un concurso literario y mi maestro de italiano, un tipo de sesenta años que se llamaba D’anibale, me dijo: “esmerece terron que ud escribe bien”. Creí que se había equivocado de alumna. Pero gané el primer premio en italiano y el segundo en castellano. Eso me hizo un poco popular. Y supe que escribir podía tener una especie de plusvalía social que desconocía. Pero como para el cuento en castellano me había afanado una metáfora del libro de inglés, tampoco me la creí. Seguí escribiendo y leyendo mucho porque era algo que podía hacer.
En el secundario empecé a leer mucho más de lo que escribía. Casi todo lo que leí en mi vida lo leí entre los 14 y los 18 años. Nunca más gané un concurso literario. Como escribía cosas muy intimas no se las mostraba a nadie, salvo las cartas que eran para los demás. Pero tendría que haber guardado las cartas también.
A los 19 entré a la carrera de letras y me agarró un desprecio por los escritores. Pensaba que no pensaban en lo que hacían. Los que pensaban en la literatura eran mis profesores. Y sin embargo seguía escribiendo. Así que como a los 21, en un evento de la era Loperfido, conocí a la que fue mi primera tallerista. Un taller muy solitario. Estábamos ella y yo. Como me parecía muy linda le escribí un libro, del que después publique fragmentos en la antología 9 de Vox, con el que nos quedamos bastante contentas. El libro se llama Muerde!. Ese taller además fue el inicio de la maratón de los talleres. Beca Antorchas para taller de poesía. Beca del Rojas para taller con Helder y Casas. Taller con Helder dos años. D. G. Helder fue la persona que más me enseñó sobre poesía. Con el perdí completamente el desprecio por el escritor. Y en su taller llegué a la idea de que si escribía todo el tiempo que podía y eso me preocupaba tanto, entonces debía ser una escritora también yo.
Y tallereando también conoces gente. En el de Antorchas conocí al grupo del sello IAP. Después terminé enemistada con casi todos. Antes de eso compartimos un montón de discusiones y cosas que me ayudaron mucho. Hasta conocí a uno de mis novios, Galindo, con el que escribía casi todos los días. Con el activé la disciplina del trabajo permanente. No rituales ni ambientes especiales, pero sí tratar de escribir siempre. Tener la computadora llena de inéditos. Trabajar, trabajar, y divertirse trabajando. Depositar el patrimonio personal en el disco rígido. Se puede escribir varias versiones de lo mismo al mismo tiempo. O estar trabajando en distintas cosas a la vez. Se puede cortar y pegar. También escribir de a varios. Esto es algo que me gusta mucho. Por eso adoro mi notebook. La podes llevar a la casa de tus amigos y que haya una compu más. Se van rotando los usuarios del texto, aparecen unas cosas rarísimas. Hay personas a las que estas prácticas las asustan mucho. A mí me dio una gran libertad el escribir e improvisar con otros. Incluso el tener que corregir algo compartido. Una especie de cintura que me relaja cuando trabajo sola. Se puede escribir cualquier cosa y eso es hermoso. Aunque se termine haciendo lo que se puede, es hermoso igual.
Ya casi no escribo en papel. a veces sí, pero es raro. Lo último en el papel lo traté de transcribir y terminé escribiendo otra cosa. La computadora es turbo. Mayor potencia. El papel es para casos de necesidad extrema o fuerza mayor. Pero en esos casos, el resultado ni vale la pena pasarlo. Hubo un inédito que escribí en una sola noche en papel. Como treinta poemas. Se llama Introducción al dibujo, fue muy emocionante hacerlo pero no creo que vaya a publicarlo nunca. Si algo no me entusiasma con el tiempo me quedo con la gloria del momento y se acabó.
En 2006 escribí bastante menos de lo que me habría gustado. En 2005 escribí mucho más. Este verano quiero terminar un libro que eran cuatro libros. Empecé a escribir y después estaba escribiendo siempre sobre lo mismo así que cuajó la mezcla. Falta el gran tiempo para el enorme trabajo de corrección que necesito. Pero justamente como lo necesito, seguramente lo voy a tener. En 2007 me gustaría estar con eso terminado. Se trata del proyecto que más me interesó hasta ahora.
De acuerdo a la necesidad, se arman las rutinas. También pienso: el texto no tiene la culpa de ser mío. Trato de tener la intuición para saber lo que cada cosa necesita. Pero aunque no tenga la culpa sigue siendo mío, y las decisiones las tomo yo. Puedo escribir a cualquier hora y en cualquier lugar. Pero si estoy demasiado triste no puedo escribir ni hacer nada.
Además de los poemas de la antología, publique Anime y Los libros del año.



Este es un poema que escribí con Marcelo Galindo en 2005.


La plaza del arenero frente al mar


Sobre todo la brisa me hizo del ensanchamiento
me fui entre los mas livianitos verdes que dije
verduzco
negrura del verde de los pinos de la plaza

la arena amarilla
el camino ocre
mi hijo corre entre los colores

aquí se hizo la pintura
la copia
nosotros somos los que cuidamos la plaza

esfuerzo? la plaza?

la cristalizacion de los capullos en invierno
cae la niebla y solo atrás el monte está
muy nevado
plateado que deja ver el invierno

donde requiere trabajo
hay que calentarlo

vamos a prender las ramas, las hojitas que tengan el valor

el calor humano apretado en una montaña reciclada
la fogata más clásica se prenderá
cuando los cuidadores quieran
dejar de cuidar

mi hijo se despatarra se tira pedos
los dedos ay!, que vomita
la verdura. el hermitaño

fui para el cumpleaños de mi hermano
me toco la torta
fuimos en el 163
nos bajamos a tres cuadras de la casa
y nos dimos el banco
el gusto de uno para el otro
extraño

la tierra marron
la produccion lila

la casa de mi hermano decorada
las puertas pintadas
la copia
ONDA WARHOL

la tierra marrón
la vamos a mover un poquito pero sin llegar a trabajar
entonación marrón

el atardecer los cuidadores
con camperas de colores
llamativos

mi hijo

la tierra marrón
con cariño,



MARIANA TERRÓN

Mariana Terrón nació en Buenos Aires en 1976. Vivió en Saavedra hasta los doce años. Actualmente vive en Carapachay, la estación anterior a Villa Adelina, en Vicente López, no en Tigre. Casi la anotan en Platense pero a su mamá le gustó más la colonia de River. Mariana quiso ir nada más que una vez a ese club porque no conocía a nadie de River y en cambio sí podía reconocer a Platense, e incluso supo que calamar era animal muchos años después, cuando una maestra de italiano de explicó que “tintero” se decía “calamaio” por el bicho. El papá le terminó la explicación: el calamar cuando tiene miedo larga tinta. A los trece años la mandaron a un colegio comercial muy anticuado y entonces, gracias a las clases de caligrafía, entendió el sentido de la expresión “tinta china”. El referente de dicha expresión lo tenía claro porque ya había usado tinta china en las clases de expresión plástica. En tercer año se cambió de escuela y leyó a Dante, Petrarca, Bocaccio, Ariosto, Lorenzo de Medici, Machiavelli, Leopardi, Manzoni, y claro, al que ya había leído en la primaria, el Cortázar que ningún niño italiano deja de tocar, Calvino. También una novela de Pratolini, Cronaca dei poveri amanti, texto que no recomienda en absoluto. Después empezó la carrera de Letras en la UBA, pero cuando faltaba poco para terminar se fue a la FADU a cursar el CBC de Imagen y Sonido. Cuando estaba por empezar Imagen y Sonido, volvió a FFyL para terminar Letras. Hizo brevísimas incursiones en la plástica. Unos vídeos y muchas pinturas en hoja A4. También dibujó un libro contable para balance en el que la gráfica debía interactuar con el texto. Una galería lo tuvo un año y como nadie lo compró se lo regaló a Martín Armada, ya que cayó en el cumpleaños de ese chico sin saber que era el cumpleaños de ese chico que era compañero suyo en el taller de Helder. También tuvo una guitarra eléctrica y un amplificador: se los regaló a su hermana menor en la última navidad. La más pequeña de las hermanas Terrón ganó más concursos literarios que Mariana, la mayor, y puede tocar buenos punteos que a Mariana nunca le salieron. Sin embargo Mariana tiene cosas publicadas y aunque los libros no se vendan, siempre se pueden regalar. Ahora que tiene 30 años, Mariana está mucho más tranquila que cuando tenía 21, 25 o 16. Acaba de renunciar a su empleo en una de las escuelas en las que se desempeñaba como profesora. El sueldo era de 1500 por ir tres veces a la semana, pero fue una decisión pertinente. Dio clases de Historia del Arte, Culturas y Estéticas Contemporáneas, Historia Mundial Contemporánea, Historia Europea del S. XVIII, Lengua y Literatura y Proyecto y Metodología de la Investigación. Actualmente se dedica solo a Lengua y Literatura en el campo de la educación formal y dicta talleres de escritura en el de la no formal. También hace traducciones y es capaz de redactar cualquier cosa que le pidan.

1 comentario:

Hernán dijo...

Siempre fuiste la persona más inteligente que conozco, la única poesia que llega al fondo de mi ignorancia, leerte es como comer maní. Te deseo lo mejor siempre.