sábado, septiembre 29, 2007

LEONARDO MARTINEZ



Mi escritura estaría sustentada por pulsiones del subconsciente y más al fondo por la memoria colectiva y, seguramente la carga genética. Es decir, el proceso es instintivo, plural, indefinido, compulsivo, no buscado.
Viene después el trabajo de desbrozamiento y limpieza en el que sensibilidad e inteligencia van despojando al poema de lo superfluo, con la ambición de llegar a la arquitectura barruntada en su origen.
Jamás he tenido manías o ritos. Soy capaz de escribir en cualquier lugar, en hojas sueltas o cuadernos, con una lapicera obediente, en un respetable estado de concentración; no importa la hora, sólo el deseo. Puedo soportar los ruidos, no así la música. Escribir y escuchar música se excluyen. La música, y me refiero a la de la gran tradición de occidente, me produce exaltación emocional, lo mismo que la lectura de un buen poema.
En mi caso, pienso, que la planificación previa hace peligrar el poema. Pienso, también, que toda norma de composición poética está dada por el poema mismo. Siempre a posteriori, como resultado. Pero de igual modo pienso que todas las propuestas son válidas cuando son genuinas, sea cual fuese el camino, la estética, la técnica utilizada, etc.. Requisito único: la verdad.
Hay poemas que descansan para siempre. No sirven, son irrescatables. Hay otros que semejan una obsesión, diaria o nocturnal, en la vigilia y el sueño. Y corrijo cuanto haya que corregir. Arranco las hierbas, los líquenes, los musgos que desvirtúan la arquitectura de los versos. Entonces los incorporo al ciclo correspondiente o los abandono, insatisfecho, hasta que alguien, amigo y poeta los lee y los juzga favorablemente, indicándome un posible cambio o modificación en una o varias de sus partes.
Es mi costumbre dar a conocer, en la intimidad, a poetas de mi mayor consideración, mis versos. Aguardo su opinión con respeto, aunque a veces no haga caso de sus observaciones pues siento una intromisión no deseada.
Corregir me apasiona. El momento de la parición es desgarrador, doloroso, nada placentero. Tengo miedo y espero con temor el nacimiento del poema. Por el contrario, corregir, limpiar, desmalezar, clarificar, es lúdico y gozoso.
La poesía aparece y desaparece a su antojo. Hay períodos de gestación, a veces largos períodos, pero de pronto comienzan a desfilar las criaturas, una o dos por día. Estado que se prolonga por meses. Sin darme cuenta el manantial se agota y quedo a merced de un silencio interior que me hace pensar: se acabó. Luego empiezo a leer mucho. Descubro poetas que nunca leí y frecuento a otros que abandoné y los redescubro iluminando un rincón desconocido.
Un buen día te visitan de nuevo los sueños y en tu vida se instalan colores, sonidos, olores y como si recién miraras el mundo, balbuceas desde los abismos de tu mente las correspondencias secretas, renacen las afinidades electivas, te conviertes en eco y resonancia y te invade lo por venir y las mágicas analogías. La poesía se ha instalado en tu cuerpo entero. Los sentidos trabajan incansables y una alquimia desconocida transforma lo sensorial en intuiciones nutridas de futuro sobre los valles del pasado.
El poeta es un visionario, logra sumergirse en el TIEMPO, palpa la vida y su aniquilación. La oscuridad o el hermetismo o la ambigüedad son elementos de la expresión poética. Evitan que un sentido único se imponga para que la palabra pueda brillar con múltiples destellos, dando lugar a que el encuentro entre poeta y lector sea creativo. Uno a través de la elaboración y el otro a través de la lectura que es una recreación, interpretación o versión del objeto poema.




POEMAS




ETERNIDAD DE LA SIESTA


Aguardo el atropello
la hueste furiosa de recuerdos
el sordo chistar de las culebras ahora
esta siesta como boca caliente
boca de incendios y lamentaciones
el gallinero ardido en llamaradas
de plumas y aleteos
gallos iracundos
vociferando el miedo a la iguana
fría y acechante
el sombrío torpor de las higueras
con su duende alerta
Siesta
que arrastra su largo dolor de incesto
en el niño solo
sentado al viento del verano
Siesta
de tíos y tías con muletas de amenazas
de servidumbres empiojadas
y de comadrejas que duermen
para despertar con la muerte
y morder la luna



LA CASA



Mi padre
heredó de viejo
la casa y los alfalfares de mis abuelos.
La casa estaba en ruinas,
puertas y ventanas tapiadas.
Las hormigas habían levantado grandes túmulos
en los pisos.
Los techos filtraban el agua de las lluvias
y por los huecos de las tejuelas rotas
la luz caía en figuras cambiantes.
Mi herencia fue en otoño.
La iguana, que tenía su cueva
en la sala de sillones sombríos
empezaba a dormir su sueño de invierno.
Las comadrejas abandonaban el nido
hecho en la maraña del clarín de guerra
y en el patio
sólo se oía la embestida del viento.
Los alfalfares ya eran montes
de vegetación áspera y cerrada,
guarida secreta de habitantes
de la casa.

Ahora,
la casa está vencida
el tiempo clausurado.



DE LA INFANCIA

III

De la infancia queda todo
intacto.
Clausuras llenas de plegarias,
palabras como flores marchitas,
amonestaciones de próceres
quemándose en cielos de sequía,
besos y caricias guardados
en un corazón de monedero.

Nunca fuimos más paganos.
Ríos, montes, desiertos
eran nuestro cuerpo.

Como pequeños dioses
amábamos el placer,
su pelambre de seda.
Así creamos jardines
de pájaros visionarios y corzuelas sabias,
paraíso de palomas
que todavía ensayan su vuelo
en mi corazón desterrado.



IV



Recuerdo
los cuchillos de azogue de la siesta
y el calor enredado en las moscas del jardín
un verano,
¡ hace tantos años!
Recuerdo
un pedazo de tristeza
recortado y pegado en el cuaderno
de estampas
junto a San Antonio,
ojos de miel.
Recuerdo
el callejón de los talas
donde el viejo de las pesadillas
desgarraba con uñas de mica
el agua tierna de las acequias.


V



Entonces
nos gustaba mirar
las puestas de sol,
hundirnos en la sombra caliente
y soñar.
Entonces,
¡ay! rezábamos,
cumplíamos penitencias de rodillas,
comulgábamos,
las rodillas callosas y escamadas
con una paspa dura y seca.
También
guardábamos secretos
envueltos en hilachas de oraciones
dentro de un corazón apasionado.
Eran secretos penosos,
hermandades presentidas,
complicidades con las sombras leves
que empezaban a velar los cuerpos.


VI


En la arboleda se labraba el silencio.
Pájaros enmudecidos rasgaban el aire.
El sol colaba por las altas ramazones
pedacitos de luz
para depositarlos en la tierra dormida.
La arboleda era el palacio
de dioses ambulantes,
se mecía como una nave de lentos adioses.
En la arboleda soñábamos
mientras los insectos en vuelo
enturbiaban la siesta.
Viciosos,
dejábamos correr los sueños
hasta alcanzar un incendio
que languidecía veloz
en abandonos.


EL SEÑOR DE AUTIGASTA


Fue Alonso Carrión
o Juan Bautista Muñoz
el que dejó heredad
viñedos algodonales
la umbría plantación de higueras
los durazneros
el membrillar a orillas de la acequia
y un buen día
mandó todo al carajo
religión y familia
rey y teniente de gobernador
y se adentró en el caserío de indios
por los matorrales de Huaycama
para hacer vida de idólatra
fornicar con salvajes
comer viandas asquerosas
pintarrajeado
emplumado
por fin libre
las corotas al aire
huérfano
sediento del lloro de plata de la luna.


***



Los mestizos son poetas taciturnos
Su poesía es un monte
que se les desnubla adentro
y les crece hasta avasallarles la lengua;
buscan el silencio,
lo atraviesan
y se desdibujan en la muerte.
Generaciones y más generaciones
fueron borrando, disimulando,
tapando, encubriendo
la nariz de puma,
el ojo de ágata,
la boca con el estigma real,
el topu de oro atravesándoles el corazón,
la huincha de finísima lana
ciñendo sus cabezas.
Pero aún hoy,
en las noches inaccesibles,
deambula una palidez lunar
por los campos.
Es el alma de algún poeta de la tierra
como vislumbre,
surgiendo
de las flores de la muerte.



HOMBRE SOLO



Todos han muerto
Se han ido muriendo uno a uno.
Yo pude haberlos matado
pero dejé al tiempo la tarea.
Por segundos seré dueño,
dueño solo de la memoria
y desde mi sitial
abarcaré los sueños de los otros,
sus grandes desconsuelos,
sus vidas en pedazos.
Cuando me toque la muerte
seguiré sentado como en este instante,
bajo el tala,
mirando sin ver
los cerros,
allá lejos.



MÁS QUE LA MUERTE



IV



El comino
el ají
el cilantro
la canela
perfumaban las cocinas
Innumerables carnicerías
borboteaban en ollas negras
Eran caldos con grandes charcos
de grasa reluciente
y en las parrillas
las entrañas
lloraban de gozo por el fuego
La repostería necesitaba
mucha lágrima
desasosiego y tumba
Y comíamos sobre extensos manteles
viandas sobrenaturales
El cielo y el infierno
eran masticados y tragados
volviéndonos santos y apóstatas
luego ángeles sacrílegos
en lentas siestas incestuosas






III


a Cuty Yurilli de Barrionuevo

Desde el humo de las cocinas negras
diosas de largas cabelleras
regían los destinos de la casa
Caldos ardientes
enjoyados guisos
violentas frituras
desfilaban por la mesa de silencios
donde el niño comía
los trasudados martirios
mientras los pechos de la madre
empollaban la muerte
con dulzura de sagrario
En los claustros divinos
tocadores llenos de ungüentos
despedían ácidos olores
y borrosos al tenue resplandor de las candelas
cujas
doseles
reclinatorios
Reino nocturnal pálido y sombrío
Caliente rencor de los encierros

Pero el día era un gigante
amigo del sol
Al alba los caballos
como una promesa de eternidad
estaban listos
entonces montábamos hacia las cumbres
y eran nuestros el horizonte y las distancias


ASUNTO DE FAMILIA

II

Nadie tuvo su muerte propia
Siempre la muerte fue un asunto de familia
Había sueños con madres vueltas a la vida
y tíos de tos seca en alcobas sin aire
Se hablaba de la Resurrección de la Carne
en refulgente Valle
donde el clan se reuniría
amoroso y tibio
acolchado en vida eterna
Incontables abuelos esqueléticos
florecerían en cuerpo virginal incorruptible

Sin embargo la muerte se oía en los velorios
como una hedionda sonata mal ejecutada
Cumplido el entierro comenzaba el olvido
y entre platos humeantes y disimuladas sonrisas
en el comedor iluminado
la avidez y el deseo
tocaban su tambor de vida

Después de sepultar a todos
estoy a solas con mi muerte
Ya no es asunto de familia
A pesar de alguna aparición en sueños
padres y abuelos están bien muertos
He logrado apaciguarlos
Darles el descanso final
El saludable olvido



POEMAS CON ÁRBOLES


a María Eugenia Valentié


II
La dicha que yo atesoro
no podré alcanzarla nunca
Está rodeada de espinas
Como la flor de la tusca




Un día seré como vos
espinillo
churqui en la loma
apenas hueso de palo
atesorando el invierno

Y cuando sople la vida
compañera de la muerte
en las abras de los cerros
floreceremos fragantes
amarillos
delicados






III


Es septiembre
Las novias urden sus coronas de azahares
y los novios destilan dulce jugo
semejante al de la caña de azúcar
Humea un incendio rosa
en la falda de los cerros
El deseo tiene el color del lapacho florido
país rosado donde empieza la mañana




IV


Ha llegado octubre
Cielo y tierra se acoplan
en atronador celeste
Toda la gracia carnal de los ángeles
encadenada al tarco
halo de cielo
ráfaga de Dios
que se aloja en el corazón del monte




V

¡Mistoles!
El gran abanico del sol
calcinaba el plumaje del monte
y la paloma salvaje
alta
melancólica
discurría en los dominios silenciosos de la iguana
¡Mistoles!
Entonces
los días eran un soplo de fiesta
un destino feliz
y nuestras risas
alegría
en el umbral de los adioses
¡Mistoles!
La siesta amarillea
y se desgaja lánguida
por el bosque de cielo verde
juega con el cuerpo de dioses
cautivos en osario de fragancias
mientras lejanas voluptuosidades
arden
sobre un lecho de drupas coloradas



VII


Del vientre de la tierra
al vientre del árbol
el agua
Por venas oscuras
a flor
semilla
luego a copo aventado
Prendido a la ladera
yuchán aguarda
la lluvia
Borracho de jugos tenebrosos
al borde del abismo
yuchán se tambalea





POEMA DE LAS ESTACIONES
III

El padre pisa las uvas
en el lagar oscuro
y deja correr el vino
El padre es un follaje del atardecer
Dulce durmiente
hace estallar las uvas
en el paraíso de un reino perdido
Ahora está solo
en la gran casa del sueño
junto al verano
que fluye caliente
en el lagar sombrío





VI


En altas horas
cuando los pájaros nocturnos
en plena acechanza y cacería
organizan su festín de roedores
el bosque habla en voz baja
con sus muertos
Ellos rumian callados
la hojarasca del pasado otoño

Si en alguna primavera
te internas por la noche en la maleza
escucharás entre las hojas caídas
y los frescos retoños apenas movidos por la brisa
lo que el cielo el polvo
la oscuridad el sueño
cantan
y tendrás miedo de ese canto
Tendrás miedo de la herrumbre de los años
De la estación corta
Del rápido pasaje




LA LUZ DE LOS AMANTES



Tengo un perro
Su nombre es el de un héroe sumerio
Gilgamesh
Está muy viejo
Camina con dificultad
La sordera lo ha vuelto huraño y cascarrabias
Sus ojos presagian una cercana muerte
Me muerde No me reconoce
Come a duras penas delicadas papillas
Pero duerme conmigo
Es un raro amante anciano
egoísta y gruñón
enfermo de mezquindad y celos

Se acerca otro verano
pero no habrá otro perro
Éste es el único
Artrítico canceroso diabético
Terminará en cualquier momento
y como todo lo amado
lo enterraré en un jardín
donde la eternidad no lo fosilice




***



Lo que fue amado
quedará para siempre (*)
junto a la lumbre de los solitarios
a los trastos machacados de olvido
a los huesos de los interdictos
a la penuria de los animales domesticados
Todos serán un mármol duro de roer
como mi perro
que me está mirando con unos ojos de amor
como nadie me ha mirado nunca
y que me seguirá mirando
a través de sus ojos insondables
en las generaciones y degeneraciones
de los mundos
Me da gusto su olor
pues comemos del mismo plato
una comida donde no interviene la sangre
sino la luz de los amantes





· de Fosa Común , de Alejandro Carrizo




JAULA VIVA

I

Santidad de la tierra
que cría los cuarzos
como cría nuestro amor
en inaguantables presiones
desencuentros
para destellar tornasol
carcomido después
diamante leproso



V


En las mañanas
me siento ante una mesa infinita
con el cuaderno abierto
y escribo versos que no son versos
parecieran mas bien tiras de piel
huesos vísceras palabras de infierno
echados a volar a un viento inmóvil
Estar lejos es como estar muertos
Pero vives
me aprisiona el blancor de tus manos
y clamo como el divino Herrera
buelve tu luz a mí, buelve tus ojos
antes que quede oscuro en ciega niebla



XXIII



Los años pasados y éste son lo mismo
Nada nuevo bajo el sol
Sufrimos gozamos lloramos cantamos
reímos un poco
Dormimos más a veces menos
según el reloj del corazón
En oportunidades diversas
tenemos visiones semejantes
Por ejemplo la recurrente certeza
de la gran olla universal
donde la inteligencia es una salpicadura
Por ejemplo la seguridad de la desaparición
en la noche caníbal





XXVIII




La oscuridad brilla en el relámpago
ilumina la menta delicada donde duermo
la hierba triste
y me devuelve el olor a humo de comidas relegadas
Sonido y eco lo soñado rebota
Rebota en mí
Vibración grave sostenida
espejo de agua donde la piedra soy y el agua
la pedrada violenta y los infinitos círculos
concéntricos
Trina el pájaro en la estación anticipada
Florece el jardín volátil
y las enredaderas aprisionan en sus manos
lo que de mí perdura





LAS PALABRAS

a Joaquin O. Giannuzzi
y Teresa Leonardi


I

Encontró una línea escrita
la creciente arrastra sombras
Le pareció un hermoso verso
y pidió al hijo que continuara
Éste agregó
también zapatillas trozos de cuero
osamenta de animales etcétera
Entonces
el padre defraudado
condenó la inclusión del deterioro
entre los eslabones de la vida
como si ésta sólo fuera
un lírico desgarrón de lo absoluto





II


Sin embargo todo resulta banal
lo enorme y lo ínfimo
Cantar sería revertir
encontrar el espacio de pureza
donde trazar el resuello
Tomamos aire y continuamos
El espejo dice la verdad
Nuestra imagen en el agua quieta
es la momia del instante
Luego están los otros y el amor
los pedazos de carne en la gloria del tacto
y la amistad para sentirnos tibios
pues desde los sillones
tapizados de codicia
la historia de cada uno
cada historia personal
parece un film confuso y boqueante
No entendemos de números
ecuaciones estadísticas proyecciones
más fácil fuera el látigo la horca
Rebaño el mundo
matadero





III


Bueno o malo
por un oscuro designio
almaceno lo cotidiano
en un depósito de insalvables carencias
Demasiado ambicioso
he repetido mil veces
y te lo he dicho amiga
mi esperanza cuando escribo versos
es su buena factura
Pero soy un amanuense
incapaz de encausar el manantial
Éste arrasa con la hoja blanca
Es mi escritura
pero también la de un cuerpo desconocido
y sin embargo necesito escribir bien
sentir los contrastes rítmicos
el color de las vocales engastadas
en las terrestres consonantes
Hablar de la perfección
sería hablar desde un afuera
Nosotros
modestamente
tratamos de orquestar la vida
enhebrando palabras
por el ojo de una aguja
con la íntima certeza
de que el viento barrerá
todo rastro del posible bordado

IV



El infinito sonoro
y nuestras incontables tribulaciones
tejen una malla cambiante
un caleidoscopio
donde los mismos materiales
se combinan inéditos
Todo se corresponde
en el magnificente reino de la Madre
Sonidos y colores
en la mesa del escriba
bajo la lámpara
en el silencio de la noche


V


Mi amigo
el gran poeta viejo
y la vejez en este caso como en tantos
es sabiduría
sin mucha convicción afirma
`` sobre los sentimientos se ha dicho todo
de manera insuperable´´
y es verdad de perogrullo
Pero me instalo a escribir
Y reescribo desde el vacío la pérdida el vacío
Hasta donde puedo resignifico
dispongo ordeno el mundo
El bisturí abre y corta
Hago un laboratorio de mis vísceras
Las expongo sobre el mármol
La herida es la boca del destino
Distante el bisturí sobre la mesa
Inservibles el hilo y la aguja
Recojo los órganos
Escribo el resto



TODO FUE NECESARIO


a Graciela Ester Zanini


V

Todo fue necesario
Ese atardecer casi de fuego
la polilla fugaz
el canto del rey del bosque
los caballos al galope en el amanecer frío
Los pasados años parecen un ramo de alegría
de aquella guardada en el rescoldo del dolor
Ahora todo baila hacia la noche
como si la noche fuera
el tibio paraíso umbilical



LEONARDO MARTINEZ


Leonardo Martínez, nació en Catamarca en 1937, donde realizó sus estudios primarios, secundarios y de música. Ya en la adolescencia completa su formación musical en la Escuela Superior de Artes Musicales de la Universidad Nacional de Tucumán. Allí ejerce posteriormente la docencia en Audioperceptiva y piano. En 1980 regresa a Catamarca y se dedica a tareas rurales en su estancia de Tacana. En 1990 se radica en Buenos Aires donde reside. Ha sido publicado en revistas especializadas del país y del exterior. Es colaborador de diversos suplementos culturales. Su obra aparece en antologías latinoamericanas.

Tiene publicados los siguientes libros:

Tacana o los linajes del tiempo (1989) / Ojo de brasa (1991) / El señor de Autigasta (1994) / Asuntos de familia y otras imposturas (1997) / Rápido pasaje (1999) / Jaula viva (2004) / Estricta ceniza (2005) / Jardín volátil -antología- (2007).
Tiene en prensa: Las tierras naturales (2007)

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