domingo, agosto 05, 2007

SILVIA GUIARD

Quisiera decir en primer lugar que no concibo a la poesía como circunscripta al acto de escritura. La escritura es la condensación, cristalización o precipitación de una serie de movimientos interiores y experiencias vitales y sensibles, incluyendo desde luego las lecturas. La poesía, pues, no siempre habla, no siempre escribe: a veces solamente escucha, tiende redes, espera. A veces se debate, se comprime, se retuerce debajo de todo aquello que, en nuestras ásperas condiciones de existencia, le impiden manifestarse. Carga sus armas, busca el momento para el salto.
Todo lo que ocurre en el aire (viento, luz, tormenta) o en el cielo me interesa y me afecta, pero son más bien los climas y tiempos interiores los que desencadenan mi escritura.
Quizás sean los días de lluvia o muy nublados los que siempre se me han presentado como “ideales para escribir”. Quizás la noche es más propicia que el día y la tarde más que la mañana. Pero si estoy “en vena” o necesito escribir, lo hago en cualquier momento.
El tiempo más propicio es el tiempo mismo. Quiero decir: el tiempo libre.
Escribo a mano o en la computadora, según el momento, el día, el ánimo o la naturaleza de lo escrito. Puedo empezar a mano y pasar a la computadora y luego imprimir y seguir a mano, etc.
Mi letra manuscrita es muy mala, a veces ilegible. Cuando escribo poesía a mano siento generalmente el deseo de ver las palabras. Uso letra de imprenta, más grande, más prolija, más serena.
Prefiero la tinta negra, punta gruesa.
El libro Quebrada lo escribí a mano, con letra grande, tinta roja.
Puedo igualmente “escribir” sin soporte alguno. A veces una frase o una imagen aparecen cuando estoy caminando por la calle: paladeo las palabras, las repito, las continúo. Las escribo después. O bien puedo “escribir” mentalmente en la cama antes de dormirme o al despertarme o si me despierto en mitad de la noche.
Y ya que nos convoca aquí la palabra infancia, vaya un recuerdo: viajo en auto con mi familia, por la ruta, de regreso de algún paseo. Mis hermanas se han dormido. Yo –que tengo 7 u 8 años y soy ávida lectora de cuentos- miro el cielo estrellado y, aburrida quizás (¿o estremecida?), me invento para mí misma un largo cuento que escribo al llegar a casa.
Fue lo primero que escribí y comenzó con la contemplación del cielo.
Preciso soledad -o cierto aislamiento- en el momento de escribir. Pero he escrito también en bares o en mi lugar de trabajo. Y, por cierto, el diálogo con la palabra poética de otros, sea en presencia (compartiendo juegos) o a través de lecturas ha sido y es fundante de la palabra propia.
A veces necesito silencio. Otras veces escucho música. Clásica sobre todo o jazz (a veces necesito violines o piano o saxo o canto lírico o étnico).
Cuando escribí Quebrada escuché una y otra vez Las 4 estaciones de Vivaldi.
En cuanto a “ritos”, hay uno que me resulta curioso. Aunque soy naturalmente desordenada -y muy poco eficiente como ama de casa-, muchas veces, cuando quiero disponerme a escribir, necesito barrer. Es como si se estableciera una analogía entre las distintas superficies: el piso, la mesa, la hoja y el espacio mental que deseo despejar.
Los poemas aparecen. Acontecen. Se desencadenan. No hay plan.
Tampoco requieren investigación. Salvo en el sentido en que son fruto de –y están atravesados por- una mirada inquisitiva, curiosa, sobre el mundo y la experiencia de vivir. En ese sentido, los poemas son en sí mismos una investigación, un viaje de exploración en el que avanzo tanteando mi camino con la lengua.
Hay textos -no estrictamente poemáticos- que han surgido a partir del entusiasmo generado por lecturas apasionadas y apasionantes sobre determinado tema y que, en su desarrollo, suscitaron una profundización de esas lecturas. Tal es el caso, por ejemplo, de las notas etnográficas o antropológicas que acompañan el texto principal de Quebrada. O el caso de “Tierra Adentro”, un ensayo histórico-poético que llegué a escribir después de haber leído mucho sobre la resistencia indígena a la llamada “conquista del desierto”.
No tengo un “método” que incluya “plan-escritura-corrección” como momentos separados. No me siento necesariamente a corregir los poemas. Soy respetuosa de cierta unidad orgánica de las palabras enunciadas entre sí y con el instante de su enunciación. Confío en esta unidad, lo que equivale a decir que confío en aquello que trabaja en mi interior con independencia de mi voluntad. Esto no quiere decir que no haya a veces modificaciones, reelaboraciones. Necesito siempre oír los textos, leerlos en voz alta una y otra vez desde el comienzo, tanto al escribirlos como después de un tiempo. Es como recorrerlos de nuevo y puede que se imponga algún cambio o una continuación o, por el contrario, el abandono de un poema o de un fragmento. No siento esto como una “corrección” -en el sentido de tornar algo “recto” o “correcto” en función de algún patrón externo- sino como parte del mismo juego en el que las palabras van inscribiéndose en el tiempo. El tiempo es importante: hay palabras, emociones o incluso ideas que quedan como semillas sembradas en el tiempo, esperando su germinación, desarrollo o florecimiento. Por ejemplo, cuando viajé a Tilcara por primera vez en el 93 supe que algún día escribiría “algo” sobre ese viaje. No fue un plan, sino la conciencia de un impacto profundo que me llevaría hacia algún lado. Pero sólo esperé. Viajé más de una vez y un día, cuatro años después, algo ocurrió en mi vida que hizo detonar el proceso de escritura.
Cuando escribo otro tipo de textos, –ensayos, crónicas, estas respuestas, etc.- desde luego el proceso es diferente. Pero tampoco soy metódica, sino impaciente: me largo directamente y voy trazando mi camino, escribiendo, leyendo, reescribiendo. También leo en voz alta.
He hablado de ver y oír y paladear las palabras y de tantear el camino con la lengua. Todos los sentidos parecen estar presentes y confundirse en el surgimiento del poema. Lo que surge se sostiene en un ritmo y ese ritmo es lo más nítido. Las otras sensaciones son más confusas y confundidas. No hay, por ejemplo, imágenes visuales de tipo alucinatorio, sino algo como la sensación de una imagen, algo brumoso, como entrevisto en sueños, pero a la vez, presente. Por ejemplo, si evoco los días en que escribí Quebrada, recuerdo una intensa sensación de luz. No puedo decir que viera luz, pero recuerdo esos días como una luz. Más aún: como un arrebato de luz.
La escritura es un viaje. A su vez, los viajes o las largas caminatas me parecen un modo de lectura -indagación y creación de sentidos en el espacio y en el tiempo- y una escritura del cuerpo sobre el mundo. Los viajes son parte importante de mi experiencia poética, pero difícilmente escribo mientras viajo. Las imágenes o sensaciones aparecen después, entremezcladas con la saliva del presente.
Los sueños también son importantes. Hay poemas o textos que han comenzado o terminado en sueños. En mis libros hay siempre alguna intervención onírica: o relato o fragmento o glosa de algún sueño o alguna frase escuchada en sueños o en duermevela.
Debo decir que, personalmente, prefiero la palabra “operación” antes que “procedimiento” para referirme a la escritura. La entiendo como una operación de índole mágica, en diversos sentidos: transfiguración, transmutación, invocación, conjuro, exorcismo, etc.
La primera transfiguración es la que experimenta la voz en el tono poético. Allí la voz -o la personalidad o el yo- se expande, se metamorfosea.
También la mano que escribe se transfigura: deviene, como en los sueños, cuerpo entero. Así es que a menudo me represento el acto de escribir como un desplazamiento del cuerpo: escribir es caminar, bailar, nadar, galopar, flotar. Fluir en el tiempo y en el espacio.
En cuanto a transmutación, hay un primer nivel, inmediato, privado, puramente personal, que ocurre en mí y para mí. La escritura convierte el plomo del peor abatimiento o de la peor angustia en el oro del entusiasmo, de la serenidad o de la euforia. Escribir –cuando fluyo- me llena de energía, me pone de pie, me exalta. De distintas maneras esa energía pasa de mis manos al cuerpo entero: a veces camino, bailo, me descubro realizando cosas de las que no me sabía capaz. A veces simplemente vivo el día que viene con un ánimo nuevo.
Es en este sentido que podría hablar también de una operación fisiológica: la poesía es una suerte de respiración suplementaria o incluso, una fotosíntesis espiritual mediante la cual se crea un oxígeno precioso, un aire nuevo. Y estoy segura, dado que he pasado momentos muy difíciles, que más de una vez mi vida ha dependido de ese oxígeno para sostenerse.
Así, hace tiempo escribí: “Estoy atada al hilo de mis cabellos por mi voz”.
Valga aclarar que, aunque hablo aquí de lo que ocurre imediatamente en mí (porque ese es el tema de la encuesta), no me refiero a una mera “catarsis”. La magia no consiste en “descargar”, sino en “cargar”: sentir que en la escritura misma, en las palabras mismas, en las puertas que ellas abren, los infinitos que alientan y las músicas que traen, aparece el aire nuevo y se opera una transformación.

Silvia Guiard

POEMAS DEL LIBRO “QUEBRADA”


SUEÑO DE LA VISIÓN MÁGICA


A Vincent Bounoure, in memoriam.


“Estoy sentada, sola, en medio de las montañas (sé que estoy al pie del Aconcagua). Aún dormida, conservo, como soñante, plena conciencia de los sentimientos de dolor, separación y pérdida que impregnan ese tiempo de mi vida, incluso de sus causas. Pero la montaña que me rodea es tan imponente y tan bella, tan maternal y llena de sol, que su sola visión calma mi angustia por completo, colmándome de un sentimiento extraordinario de alegría y fuerza.”


(En la primavera de 1992 recibí el libro de Vincent Bounoure Vision d’Océanie, enviado por su autor desde París. De este hecho deriva directamente el sueño que tuve esa misma noche y que acabo de referir. Por un cierto recorrido asociativo, vinculado a la profesión de Bounoure - ingeniero en minería - me remonté, al comenzar a hojear el libro, al recuerdo de las vacaciones de mi infancia, que transcurrían en Mendoza, tierra de origen de mis padres y, para mí, fuente perdurable de encanto y maravilla. Por otra parte, al momento mismo de recibir el libro y constatar la generosidad de tal envío, recordé un fragmento de un texto del propio Bounoure cuyo tema es el don, y en el que se dice, en explícita referencia a la leche materna, que “en el plano de la ontogénesis (...) el don recibido es la experiencia económica original”. A mí me basta con agregar la luz que emana de las mismas páginas del libro, a causa del intenso placer visual y poético que producen, para comprender de qué modo esa “Visión de Oceanía” se transformó en mi propia “Visión de la montaña”.) 1

Sueño-talismán, sueño todo de luz.
Comida imprescindible para el alma. ¿Leche? Leche del cielo, agua de la Vía Láctea: Luz.
Sueño de movimiento: toma el deseo infantil, regresivo de ampararse junto al pecho materno y lo expande hacia el mito. La cordillera toda me amamanta. Mi propia infancia, aureolada con toda su belleza, me sostiene en los brazos. Del pecho a la montaña, de la leche a la luz, la analogía abre el horizonte en abanico y me devuelve la plenitud del cielo.
El sueño abre la vida hacia adelante...

QUEBRADA

“Quebrada”. Juega la suerte a cara o cruz en la profundidad de una palabra, en la encrucijada del sentido.

“Quebrada”. ¿Es ésta la palabra que elijo para nombrar un estado de mi ser? Quebrada de tristeza. Arrancado el amor, desgarrados los sueños, derrumbada la casa. La vida se destripa de repente, astillada de puro desconcierto.
Quebrada de dolor. Y ahora, ¿adónde ir?

“Quebrada”: quiere la palabra darse vuelta, sacudir de un coletazo su sentido, abrir un nuevo rumbo hacia adelante.
Prodigio. Malabarismo de las voces. Es la misma palabra y vuelve a mí, de golpe, transformada: traspasada de repente de luz.
Quebrada es un lugar: la de Humahuaca.

“Quebrada” no es ya el sitio solitario en que me quieren encerrar las penas.
“Quebrada” es el camino que me lleva, rodando, sobre sí.
“Quebrada” es la apertura, el cielo desplegado entre los cerros, la bandera del aire transparente, el vértigo de luz en los pulmones.

Quebrada de Humahuaca es este sitio, este camino entre los arco iris, este alud de belleza en el que estoy.



* * *



Camino lentamente, junto al río. ¿Son un sueño los álamos que hablan, que agitan labios verdes y saludan? El sueño maternal de la montaña abre su entraña para mí: en él me muevo, sigo mi camino.
Me mira el sol, tranquilo, cabeceando, medio adormilado entre las nubes, que tratan de taparlo. Delgado pasa el río, sin apuro; conversa quedamente con las piedras, las acaricia, sigue su camino.
Se enciende junto a mí, con una luz que viene desde abajo, como del fondo mismo de la Tierra, la cresta blanca de las cortaderas. Las ideas les bailan de repente, remolino de suaves pensamientos, tocadas por un soplo de la brisa.
De lejos viene un indio con su burro. Despacio va, sereno, conversa quedamente con la leña, me saluda y sigue su camino.
Reverberan de golpe, en un sobresalto de presencia, los mágicos álamos plateados, contra un cielo que quiere desmayarse.
Allá lejos, bosteza el horizonte, misterioso de nubes y de honduras.
Respiro el aire inmenso del paisaje. Estoy despierta: sigo mi camino.



* * *



La montaña del sueño, que me envuelve, la montaña del sueño tiene nombre, tiene voz, tiene voces en ronda que la nombran. La Tierra, la redondez que gira y gira y gira, tiene la voz callada que mana hacia la luz en la apacheta, tiene la voz redonda de la caja que canta, tiene el latido suave, tiene el golpe profundo de la caja que va de mano en mano, tiene el eco que va de cerro en cerro, de quebrada en quebrada, y la copla que va de ronda en ronda.
Tiene el sueño que va de piedra en piedra, tiene el nombre redondo que le cantan las voces en ronda que la nombran:
Pachamama, kusilla kusilla. 2
Pachamama.

Sobre la Tierra que gira y gira y gira, me estoy moviendo, sigo mi camino.



* * *



La Tana y el Lobito - los dos perros de la casa - y yo, nos vamos por la falda del cerro, hermanados como niños que juegan. Rebota mi corazón de piedra en piedra, en el centro del mundo. Alegre voy, subiendo hacia la luz.
Abajo, verde, se despereza el valle de Tilcara, tembloroso de vidas y de sol.
Liviana voy, converso con los perros.
Me alimentan los ojos, los oídos. Veo nacer el mundo para mí.



* * *



A mitad de mañana, entro a la humana algarabía del mercado. Huele a albahaca, a cebolla, a pimentón. Se agitan de colores las polleras, las bolsitas de especias, los sombreros, alguna premonición de serpentinas. Baila un desparramo de arco iris por los cajones de las verduleras.
Compro un kilo de rojo en los tomates y me siento feliz.

La vida está jugosa en los duraznos.



* * *



Maimará. Rosa, naranja, cobre: serpentea la luz sobre los cerros.
Abajo, junto al río, el viento que levanta polvareda y alza nubes de agua, pinta al mundo de lila.
Hacia adentro, entre las huertas verdes y el ocre rojizo del adobe, un girasol despliega, solitario, el alto kikirikí de su amarillo
En la estación, se duerme. Sonámbulos, los trenes que no existen circulan por un único color: el invisible.
Y acá, bajo el tinglado de la feria, inauguran su espléndido escándalo de rojo, los tomates; su lisura de dientes, los maíces; su recóndito mundo agazapado, las dulces calabazas-mujer; su fresquísimo verde, las acelgas; su chillido visual, las zanahorias.

Yo como los colores con los ojos.

“Estrella-que-cae”: Maimará.
Patinando va el tiempo sobre un pie por esa casi única calle, alargada y rojiza, de una punta a la otra del misterio solitario de un pueblo. De un pueblo que fulgura, con su luz repentina, entre el Cielo y la Tierra. Estrella que no cesa de caer, estrella que hace estallar contra los cerros los múltiples colores de su luz.



* * *

Hay un ala blanca, un ala sola.
Hay el ala de una mariposa, ala blanca de sal, clavada contra el suelo por la punta del alfiler del sol.
Ala blanca detenida en el álbum inmenso de la Puna.
¿Y dónde, dónde está la otra ala?
¡Arriba, arriba, arriba, entre las nubes, alta, revoleando su espuma, agitándose siempre, ala blanca de viento...!
¡Mariposa doliente, partida al medio, herida, con un ala prisionera en el suelo y la otra queriéndose escapar!

Mariposa de lucha permanente. ¿Habrá fiesta en el cielo o desgarro en la tierra el día que liberes tu ala presa y salgas a volar por el espacio? Mariposa de viento, mariposa de nube, mariposa de sal...



* * *



No es un río que cae frente a nosotros. Es un viento que sube desde atrás.
Porque el futuro sopla desde atrás, como un viento que sube, nunca se sabe adónde volará el sombrero.
Hacia aquí o hacia allá, el camino aparece y nos empuja.
“Hoy estoy aquí / mañana no sé / pasado mañana / ¿dónde me encontraré?” 5

El Jueves de Comadres, al bajar de la challa en el mojón, de repente alguien dice: “Hoy hay señalada en Huichaira...”
Y poco después estoy ahí, en la caja de la camioneta, en busca de la fiesta, cerro arriba...
Sorpresa. Maravilla inesperada de irme hundiendo, con el frío del viento en las mejillas y los pulmones ávidos de cielo, en el pincel crepuscular del cerro... Sorpresa y maravilla ir recibiendo, en el pequeño rectángulo en que estamos, en honda y resonante caída libre, el diapasón de luz de cada estrella.
¿Quiénes somos? Una mujer viejísima, coplera -pequeña, arrugadita, dulce - ; otra coplera, joven, con su niño en los brazos; más hombres, niños y mujeres... un puñado de humanos.
Un coplero (me ha ofrecido su albahaca más temprano), sentado frente a mí, de repente me invita: “Mañana voy a viajar para Abra Pampa, a pasar el desentierro allá. Si te gusta, podemos irnos juntos.”
Puedo decir que sí, puedo decir que no... sopla un viento que viene desde atrás: pasado mañana ¿donde me encontraré?
Sonrío. El coplero es hermoso. Pero digo que no. (Poco después, se apartará del grupo: por el largo camino, vuelve a pie, oteando entre los cerros la aparición de algún nuevo deseo. Pasado mañana, ¿dónde se encontrará?)
La camioneta, de pronto, se detiene: ha llovido, el terreno está barroso, no se puede seguir. Río arriba, continuamos a pie. Es noche ya. No se ve nada. Nada. Sólo una antigua memoria de la nada nos permite seguir. ¿Quizás va creando cada pie el terreno que pisa? Hacia arriba, hacia el centro de la noche, nuestra marcha deviene fantasmal. ¿Adónde, para qué y por qué vamos, entre tropezones, sobresaltos y risas?
Baja un hombre a caballo. ¿Lo vomita la nada? Se desprende de pronto de la sombra, como una palabra inesperada, aparecida no sé cómo de no se sabe dónde, para aterrizar sobre un discurso, de por sí, extravagante, que cruza, de piedra en piedra, el sinsentido...

Un hombre.
A caballo.
Y con sombrero.
Suelta palabra que cabalga, de la nada a la nada, sobre el mundo que rueda.

“No sigan, el mundo se termina”.

No. No fue eso lo que dijo. La fiesta se termina. Hay agua en el camino. Es peligroso, es tarde. No tiene sentido continuar.
¿Tanto andar y volverse sin la fiesta?
Pero cerca de ahí hay una casa, una puerta, una luz... Llegamos. Se abren puertas y brazos. Y la chicha nos da la bienvenida. Nos quedamos allí. El tiempo, ¿se detiene o se emborracha? Vasos, coplas, sombreros, cajas, ponchos... todo empieza a girar. Va llegando más gente desde arriba...
Una hora, dos horas, tres horas, cuatro horas... la ronda sigue, tambaleante, en pie. ¿Quiénes somos? Un puñado de hombres y mujeres, lanzados a pique por el viento contra el talud enormísimo del cerro, en torno de una luz... Un puñado de humanos que festejan en la tierra que gira.

Hacia atrás, hacia el fondo oscurísimo y profundo donde la casa se abre al Universo, hermanada con alguna muchacha cuyo nombre no puedo recordar, me voy a orinar con las estrellas.
Aquí, donde la coronilla toca el cielo, se vuelve nuevamente sagrado el gesto simple de hacer fluir el agua, que hacia la Tierra quiere retornar.

Y cae, vertiginosamente cae el aluvión de luces sobre mí.



* * *


Altísimo en el cielo corre Mayu, “el Río” - la Vía Láctea.

Pensativa va el agua por la hondura de aquel mundo de arriba, fluyendo, siguiendo su camino, salpicando de luz sus dos orillas.
¿Qué peces de misterio dejarán sus huevos transparentes en la transparencia de esa espuma?

Contaban los Antiguos que de Mayu cayó a la Tierra un día toda el agua que formó los ríos, los lagos, los arroyos, y que, corriendo, se desbordó en los mares.
Alegre iba el agua por el mundo, cantando, siguiendo su camino, salpicando de verde sus orillas.
Los hombres, las plantas y las llamas, sedientos, la bebían.

Pero ¡cuidado! que también en el Mundo de Arriba hay gargantas con sed...
Yaqana es la llama negra que galopa en el cielo, al Sur de la Vía Láctea. Oscuro polvo cósmico la forma. Oscura, invisible, inagotable ansiedad la de su lengua: Yaqana, la sedienta, se bebe cada año toda el agua, la absorbe en la esponja negra y enorme de su cuerpo. Seca queda la Tierra, suplicante.
¿Morirán, pues, de sed los sembradíos, las mujeres, los hombres, los niñitos, los abuelos, los animalitos...?

¡Yaqana, danos agua!

Cuando llega el verano, satisfecha, henchido ya de líquido su cuerpo, deja caer Yaqana su milagrosa orina sobre el mundo.
¡Y entonces llueve, nuevamente llueve!
¡Sobre la Cordillera llueve y llueve!
Abierta, temblorosa, toda la Tierra espera, enamorada, la dulce inseminación de las estrellas.
¡Y llueve, llueve, llueve!
En enero y febrero, sobre el Tawantinsuyu llueve y llueve.
¡Qué pezuñas de barro se abalanzan de golpe por los ríos!
¡Qué alboroto de vida por los valles!
¡Qué surtidor de música en los cerros!
¡Qué descorchar de líquido en el mundo!
Abiertas, temblorosas, más sedientas que nunca, hacia el cielo se vuelven las gargantas.
¡Y llueve, llueve y llueve!
Chicha, aguardiente, vino: todo llueve.
Todo circula y corre por el mundo: el agua, la gente, el baile, los deseos, el amor y la chicha...
Todo fluye en el Cielo y en la Tierra; todo fluye en el cuerpo, microcosmos que absorbe como esponja los líquidos preciosos y los vierte a la Tierra nuevamente.

¡Yaqana, no retengas la luz de nuestra vida en tu vientre de sombras, no olvides que aquí estamos: danos agua!

Sobre el Tawantinsuyu llueve y llueve.
Alegre va la vida por el mundo: cantando, circulando, salpicando de luz sus dos orillas.
Se está moviendo: sigue su camino.



* * *



Profunda, revoleando su espuma por los toboganes del espacio, se despliega la vida, inagotable...

¿Qué encantador, qué mago poderoso seduce de repente a todas las serpientes de la luz y los basiliscos de la sombra, a todos los dragones del aire, las anguilas del agua y las salamandras crepitantes del fuego y los guarda en el mínimo vientre de una sola vasija?

“El Cosmos dentro de la tinaja de chicha”... 6

Pero, ¿cómo? ¿Tanta profundidad cabe en las manos?
¿Tanta luz, tanta sombra, tanto aluvión de estrellas, en la simplicidad de una tinaja?
¿Cabe el mundo en un grano de maíz?

¿Ilusionismo? ¿Juego de palabras? ¿Divagación un poco pintoresca?

No.

Realidad fermentando de misterio.
Realidad desbordada de sí misma.

El corazón humano galopando, saliéndose de madre como un río impetuoso de febrero, desbordándose siempre, desbordando sus ojos, sus manos, sus tinajas... forzando con las flechas de su anhelo el cerco virtual del horizonte.

El corazón en plena cacería. La más alta y antigua.
Cacería de luces y de sombras, de cumbres y de abismos.
Cacería de honduras de sentido: más y más profunda realidad.

¿El Cosmos durmiendo en la tinaja?
Sí.
¿Obra de magia entonces?
Sí.

Magia de imágenes que flotan, que danzan, que se cruzan, que copulan bailando por el cielo.
Magia del entrelazamiento amoroso de los mundos.
Es la magia de la analogía, que despliega sus redes transparentes en el océano del estremecimiento.
La analogía, que hace estallar furtivamente, en el cuenco de la vida cotidiana, sus silenciosas bombas de infinito.
Onda expansiva de los ojos. Onda expansiva del entendimiento.
Resonancias. Reverberaciones. Ecos que ahondan las honduras hondísimas del mundo.
Magia expansiva del espejo que duplica la luz.
El sol en una gota de rocío.
Mil soles en mil gotas de rocío.
El mundo en un grano de maíz.


¿El Cosmos metido en la tinaja? Que así sea.
También ésa soy yo; también es así mi propio juego.
Es la poesía, conquistando el cielo.



* * *



Y teje, teje, teje el corazón humano, con la baba caliente de su lengua, las telarañas de deslumbramiento.
Redes.
Redes sutiles, impalpables, leves.
Redes de imágenes, de ritmos, de sentidos.
Y en ellas, cada gota imperceptible de rocío se agiganta en un sol.
Y, así deslumbrado, descentrado, explota el ojo humano en abanico, como un universo en expansión, para abarcar en un solo vistazo, en un solo latido, el mínimo cuerpo de un guijarro y el géiser estelar.
El corazón, en plena cacería, proyecta, desbordado, sobre el mundo, la inagotable luz de sus visiones.
En amoroso salto de captura, despliega sus palabras en el cielo.
Es la más alta cacería: la cacería de constelaciones.
Figuras. Sueños. Mitos.
Costura luminosa de los mundos.

Maravilla. Profundidad. Fulgor.
Belleza del poema cotidiano:
Un hombre, una mujer, hacen su chicha.
En sus tinajas hierve el infinito.





* * *



No obstante, es necesario detenerse, generar esos remansos circulares donde la vida puede abrirse en gajos dulces o ser compartida como un pan.
A lo largo del pueblo, aquí y allá, cuadrúpedas y mansas, ponen las mesas lomos amigables.
Aquí y allá, por todos los rincones, sobre todas las mesas, llueve gente.
Aquí y allá, por todos los rincones, sobre todas las mesas, aparecen, de pronto, las guitarras.
Brotan. Quién sabe cómo. Quién sabe de dónde. Misterio de música en el aire. Surtidores de luz sobre las mesas. La fantástica fauna musical desciende suavemente sobre el pueblo: flotando van y vienen instrumentos - algún violín, un bombo, bandoneones, saxo, charango, quenas -; flotando van y vienen, sin apuro, de un bar al otro, de un pueblo al otro, de una noche a otra, por misteriosas rutas, van y vienen... Sobre todo guitarras: manadas interminables de guitarras navegan a la deriva por el cielo, se arremolinan, giran, aterrizan sobre las mesas cálidas del mundo.
Ubicuas, promiscuas, repentinas. Generosas: celebran el milagro pagano de la multiplicación de las gargantas. Así, de bar en bar, de mesa en mesa, de mano en mano, giran, luminosas y frescas, profundas y calientes, las guitarras.
Aljibe musical al que se asoman, sedientos, los oídos, las bocas y los dedos.
Sol pequeño, fogata a la altura de las manos, en torno de la cual el canto humano gira y gira y gira...



* * *

En febrero del 95 viajo de nuevo hacia Jujuy. Se sienta a mi lado un hombre joven. Conversamos. Es humahuaqueño. Trabaja como obrero metalúrgico en el Gran Buenos Aires, en Munro, después de haberlo hecho varios años en las fábricas de Tierra del Fuego. “Cualquier cosa, me dice, cualquier cosa hacemos con tal de estar en Carnaval allá”. Un telegrama enviado a tiempo a los patrones, mintiendo el grave estado de la madre, y... de Retiro a Jujuy el tiempo no termina de pasar. “A veces, en esta época, se corta el camino al Norte por la lluvia, pero los changos esperan lo que sea, cruzan como sea... el sábado hay que estar en Humahuaca”. Se ríe: “Va a matarme mi primo cuando vuelva: trabajamos en la misma máquina, y, si yo falto, él tiene que quedarse”.
Vive en una piecita. Dos posesiones tiene, dos tesoros: su bandeja para siete CD, que está pagando en cuotas, y el saxo, que toca desde siempre. Pero ¿cómo tocar en la estrecha pieza del hotel? ¿Cómo encontrar en ese sitio, y entre un turno de trabajo y el otro, espacio para la vida que desea reverberar a pleno en los pulmones...?
Quizás no viene en realidad en micro: volando viaja, montado sobre el saxo... Sobre el saxo, brillante como un sueño, llegará hasta Humahuaca, estén o no cortados los caminos. Allá, bien lejos de los mamelucos y las fábricas grises, se vestirá de nuevo de colores.
Allá serán la fiesta y el abrazo, la estampida del aire en los pulmones, la estampida de música en los cerros. Su saxo, entre los vientos de la banda, otra vez bailará de casa en casa, otra vez cantará de calle en calle.
Será la vida, la verdadera vida... ¿Un sueño solamente, de ocho días?
Tanta luz, tanta música percutiendo el cielo, ¿no acabarán un día por romper este apretón de herrumbre en la garganta, que apenas si nos deja respirar...?



* * *
Dice que aprendió a tocar solo, o quizás conversando con el viento, desde chico.
Es su pasión, su fiesta, su alegría. Su despliegue de luz entre los cerros: la colorida banda de sikuris. Con ella irá tocando, cerro arriba, bailando sin parar, casi saltando, volando casi, olvidado de los pies, sobre las notas que caracolean, mientras la larga procesión, cargándola en los hombros como a un niño, lleva a la Virgen de Copacabana, día tras día bajo el sol, la lluvia o las estrellas, hasta el santuario de Punta Corral.
Cargando subirán, bailando. Soplando subirá, casi volando.
Cargando ha tenido que bajar, casi muriendo bajo las estrellas. Muy joven, casi un niño.
La muerte no le quita lo bailado, ni le quita las ganas de bailar. Pero de pronto, en medio del tumulto, arrebata la caja de un vecino, alza la voz y canta, con borracha afonía, su desgarro:

“Una sola vida tengo
dositas quiero tener,
una para vez en cuando,
la otra pa’permanecer.”

¡Copla: mariposa doliente, abierta al medio, herida!
Mariposa de lucha permanente, con un ala que quiere estar en Tierra y la otra queriéndose esfumar...
Mariposa dolientemente humana de anhelo sobrehumano: más vida, más música, más luz...


* * *



Oigo decir que se suicidan.
Oigo decir que es alto el porcentaje de jóvenes suicidas en Tilcara.
Oigo decir que se suicidan.

Muchas veces, cuando vuelven del baile.
¿Qué cuerda los asalta? ¿Qué hipo de silencio? ¿Qué disparo? ¿Qué badajo les da por la cabeza? ¿Qué repique de muerte los alcanza?

¿Qué rostros traicioneros tiene el hambre que clava sus uñas en los valles? ¿Qué soledad destripa sus corderos, lívida y desnuda, entre los cerros?
¿Qué desarraigo implora en los cardones?

Blanca es la horca. Cuelga de la luna. Qué vértigo. Qué angustia. Qué dolor. Y qué extraño placer quedarse así, colgando de la dicha. Flotando, detenidos para siempre, por siempre suspendidos del más alto corcovo de la Fiesta, sobre la Tierra que gira y gira y gira.



* * *




Alas tienen , y vuelan cuando quieren.
Plumas, a veces; y pechos coloridos, deslumbrantes en su revoloteo.
Si se arraciman cubriendo los percheros, simulan pajareras al sol.
Pueblo extraño, suspendido a mitad de camino entre el Cielo y la Tierra, a la altura del hombre y la mujer. Corolas para invisibles picaflores, antenas de luz para los duendes.
Turquesa, rojo, azul, violeta, verde... se alborota el color en los sombreros. Coquetería humana con el aire, seducción del espectro de la luz.
Bailan. Trabajan. Van y vienen. Llevan en la cabeza el arco iris.
Verde, turquesa, azul, violeta, rojo... Bailan en una ronda, entre el Cielo y la Tierra, los sombreros...



* * *



Algo regresa hacia la sombra, algo vuelve al pasado. Algo quiere percibir pulsaciones más antiguas, más hondas, que el tic-tac de un reloj o las campanas de la iglesia. Algo anhela el zumbido subterráneo más que el zumbido de la electricidad, las voces que se entretejen bajo el musgo más que las charlas de televisión.
Algo se aparta del centro de los pueblos, de las calles con autos, de los diarios del día, y se vuelve con ansia hacia el espacio sin señalizar, hacia el mundo silvestre.
Aparecen a orillas de los ríos, justo al pie de los cerros, al borde de todos los caminos. Al borde de otro mundo: los mojones.
La apacheta. El mojón.
Es la boca de sombra entre las piedras. ¿O la boca de luz? El beso de la sombra con la luz.
¿Habla? ¿Escucha? ¿Fuma? ¿Vaticina?
Las eligen, las cargan, las acercan. Preferentemente, blancas. Con amor, con respeto, las enciman: piedras y más piedras se amontonan en su escalonamiento hacia los cielos, trepan, se apresuran hacia arriba, modelan un cerro en miniatura, dulce pezón que brota de la Tierra que gira, piedra de toque para el baile, surtidor de la música que sube arremolinándose hacia el cielo - pero también, hondo pozo de silencio, apertura al doble fondo de la vida, caída hacia los túneles de sombra.
Pasaje. Canal. Eje del mundo.
Apacheta. Mojón carnavalero de comparsa. Altar de Pachamama.
Con amor, con respeto, las enciman: cada uno su piedra. ¿Son piedras o son huesos? ¿No serán quizás los propios cuerpos, amontonados unos sobre otros - los cuerpos vivos-muertos - los que forman la montaña sagrada?
Cada uno su piedra. Cada uno su porción de vida-muerte, su marca sobre el tiempo. Cada uno su riñón de risa y su riñón de llanto. La comunidad crea su ombligo y baila, amorosamente, alrededor.
¿Es piedra sobre piedra? ¿O es un árbol?
Seco y mustio de un año para el otro, como un árbol sin hojas, el Jueves de Comadres reverdece el mojón. Resurge de su propia sequedad, florece y estalla de colores. La vida planta en él sus alborotos: tallos largos y verdes, flores frescas, maíz, albahaca, girasoles. Hacia afuera, hacia arriba.
Alto, vital, redondo: ancho y resonante en su amarillo, es bandera de luz el girasol sobre el altar de piedra. Respira el mojón, envanecido. Vivo, reclama sus ofrendas: alcohol, tabaco, coca, chicha, talco, serpentinas, baile, música, copleros... Es boca de luz entre las piedras. Alrededor se baila, se festeja.
Cada uno le planta un cigarrillo: cada uno el humito de su vida, el dibujo inasible de su aliento. Ansiosa por entrelazarse con el aire, la Pachamama fuma, fuma, fuma.



* * *


No se va. No quiere irse. No se va.
No es suficiente para él desplegar en el cielo la tersura fugaz de su pelaje. Bello nadador de los diluvios, nacido de un gran huevo de luz, no le basta con mostrarnos desde lejos su lomo de animal recién bañado.
De un salto, se lanza el arco iris sobre el mundo.
El golpe lo hace añicos. Se desparrama en charcos, espejos, lentejuelas, pero recobra luego, sin esfuerzo, su forma de reptil fabuloso. Dividiéndose en múltiples serpientes de múltiples colores y múltiples cabezas, se adueña enseguida de las calles y repta locamente por ellas.
Lleva a las comparsas en el lomo.



* * *



Aquí es donde el pueblo se da vuelta. Gira. Salta. Corre. Cambia sus casas de lugar. Hace malabarismos con sus calles. Y mientras, enloquecidas, le hormiguean por dentro las comparsas, deviene en repentino laberinto.
Aquí es donde el tiempo se extravía. Desde la primera invitación, “vacunado” con el dulce sabor del “saratoga”,14 pierde toda conciencia de su oficio. Las horas zigzaguean, van y vienen, patinan en el fondo de los vasos o se desparraman por el aire en estornudos de papel picado.
Las comparsas me arrastran. ¿Desde dónde? ¿Hacia dónde? No lo sé. Son torrentes de vida que derraman su ardor sobre las calles. Vamos. Cantando, bailando, caminando, no se sienten los pies. Una fuerza nos lleva dando vueltas y vueltas... ¿O es el pueblo el que gira? ¿Son las calles? ¿Las casas? ¿Son los cerros? ¿El río? ¿Por qué ahora, después de tanto andar, estamos de nuevo junto al puente? Pero sigo. Siguen la banda, el diablo, la bandera, el coro caliente de las voces arremetiéndole a los estribillos, las parejas que saltan, incansables, que van caracoleando, con sus lúdicos bailes en pasillo por delante de todo - encontrarse, soltarse, separarse, cruzarse, reencontrarse, saltar, correr, rotar - dibujando en el suelo espirales, ochos, cruces, remolinos, dibujando con un pie y otro pie, de salto en salto, como niños que juegan... Todo va, todo corre, todo rueda, dejándose llevar por la corriente, por la fuerza que arrastra y nos revuelca sobre el pueblo que bulle y se da vuelta, que se esconde, se cubre y se descubre... ¿Qué esquina es esta esquina? ¿La conozco? ¿Qué casa es esta casa en cuya puerta bailamos desde hace media hora? ¿Estuve antes acá? ¡Pero sí! ¡Claro! ¡Si es el almacén adonde vine a hacer las compras tantas veces...! Recién ahora, entre una saya y otra, dando vueltas, reconozco su puerta... Todo se ve distinto, trastocado... ¿Y yo? ¿Cómo me veo? ¿Quién soy, con esta cara blanca? La cara, la ropa, el pelo, todo blanco bajo el alud del talco. Blanca, liviana, transportada. Qué alegría de ser entre las cosas se apodera de mí. Ser, simplemente, bajo el cielo. Anónima, blanca, transportada: una gotita más en el torrente inagotable de energía, saltando, circulando, festejando, bailando en la alegría del color...
¿Y quiénes son éstos, que me abrazan, que bailan, corren, juegan, todos blancos, con los ojos brillantes, bajo el barullo de las serpentinas, sobre el mundo que rueda...?15

Gira la Tierra, gira, y por el cielo, se deshilacha el día en arreboles. Pero, ávido de fiesta todavía, se rebela el color en esas calles lavadas por la lluvia. Se revela, se exalta, se agudiza. Y así, maquillado por la luz que se despide, todo el pueblo es ahora una única joya reluciente que se prepara, con emoción de quinceañera, para el “gran baile gran” de los salones cuando caiga la noche.

Expulsado finalmente del cielo, el color no se va.
Se cuela en el local de las comparsas y, atornillándose a las lamparitas, revoloteando en las guirnaldas, brillando en las banderas, permanece hasta la madrugada lloviendo interminablemente en takiraris, cumbias, huaynos, serpentinas, lentejuelas y papel picado.



* * *

* * *


“El deseo”, me dice, “lo que llaman deseo”.
En la oscuridad de su discurso estas palabras son como el chisporroteo repentino de un fósforo al prenderse. De un viejo fósforo de cera, raspado por manos toscas y rugosas.

Estamos en la explanada del Mercado, sí, la reconozco. Con orgullo se levanta en el centro el mojón de “las Comadres del Mercado”. Me gustan estas mujeres aguerridas, desenvueltas, un poco misteriosas, por la fuerza que, al parecer, encarna en ellas. Una cierta autoridad, que me intriga, parece destacarlas ante el pueblo. Ellas, copleras avezadas, lideran su propia agrupación.
La ronda está girando y se coplea.
Entonces, se acerca y me pregunta: “¿Le está gustando esto?”
Un hombre ya mayor, con el rostro gastado por el tiempo, que sonríe. “Aquí, cuando un hombre se acerca a una mujer, lo hace con respeto...” Así comienza un largo, laberíntico discurso, una conversación que linda a ratos con lo ininteligible, y sólo sostengo por fragmentos. Pregunta por mi esposo, por mis hijos. Después ríe: “Yo también me declaro soltero cuando salgo del pueblo.” Su dicción rápida, cerrada, un poco ebria, apenas si me permite comprender más que palabras sueltas, frases sueltas. Sólo percibo por momentos el aura, el resplandor de sus palabras, luz y sombra. La pasión que describe o que sugiere. “Una vez en un tren, conocí una mujer...” ¿Qué historia está contando? ¿Por qué a mí? Su propio discurso me parece ese tren, tambaleante y oscuro, cruzando no sé qué montes y desiertos. ¿Córdoba? ¿Santiago? ¿Qué me dijo? Toda la brumosa lejanía se apodera de mí. Un paisaje de trenes fantasmales que vienen y van a la deriva, con seres extraviados y anhelantes poblando sus vagones. Alzo los ojos, muevo la cabeza. Alrededor ahora están bailando. Veo a las comadres, entusiastas, sacando a bailar una tras otra a un joven inglesito, rubio y alto, que sonríe con cara de sorpresa. El hombre sigue hablándome del tren. Vuelve a mí ese paisaje neblinoso de seres errantes, solitarios, que van por el desierto sosteniendo pequeñas lucecitas, buscándose, chocándose, perdiéndose. ¿Quién no sueña, quién no ha soñado alguna vez la azarosa madeja de los trenes? El hombre - quién sabe si está hablando para mí - levanta su propia lucecita. “El deseo, ¿me entiende? lo que llaman deseo”. El fósforo prendido es un vagón que se incendia de golpe. Un vagón rojo y vivo, sobrevolando así, por un instante, la lenta melancolía de los trenes. ¿Qué fue lo que pasó con la mujer? ¿Quién era “Una Mujer”, así encontrada, perdida, deseada, en un vagón de tren? No puedo comprender lo que me dice. Percibo en su murmullo indescifrable la luminosa colisión de vidas. “Cincuenta el hombre, cincuenta la mujer”.
“Con respeto, repite, con respeto”.
Una muchacha, fresca y amigable, me sonríe: “La banda ya tiene que irse a la invitación de “los Ahijaditos”, en casa de la Sra. de López, ¿sabés?, la zapatera. Nos vamos a bailar allá.”
“Bueno, concluye el hombre, yo no la molesto más. Le he contado todo esto, con respeto, para que no vaya a pensar que acá no sabemos nada del amor.”
Me saluda y se va.
De repente recuerdo - como si recobrara súbitamente un sueño, o saliera de él - que conozco a este hombre. Sí, es el mismo que justo en este sitio me vendía lechuga esta mañana.

Uno o dos días después lo vi de nuevo, circunspecto en su puesto cotidiano. Hablamos únicamente de lechuga.
Yo me llevé, oculto entre esas frescas hojas verdes, un jirón misterioso y parpadeante de su historia de vida, un rasguño del brillo de su ser.
Ni él mismo ha de recordar, probablemente, ante quién y por qué, aquella tarde, en torno del mojón de las Comadres, dejó vagar el tren de sus recuerdos con esa fascinante lucecita chisporroteando en el vagón: lo extraordinario.



* * *


¿Qué dios se le trepa a la mirada?
Viene con los brazos en alto, traspasada de luz toda la cara, al frente de la comparsa, dirigiendo. Tambaleante, visionario, feliz. Alta la frente, alta la mirada, soberbio en su embriaguez y en su estatura de hombre pequeñito, alza los brazos con prestancia, los agita: dirige a la comparsa.
Sonríe: sin duda ve a la música naciendo del movimiento mismo de sus manos. De ellas nacen el baile, la alegría, los colores, las risas, la madeja de cuerpos que lo envuelve. Tambaleante, visionario, feliz, traspasada de Carnaval la cara, muy alta la mirada, que atraviesa, con ojos alucinadamente abiertos, el gentío, la calle, la llovizna. Se pierde más arriba, más atrás. ¿Qué mira? ¿Qué dirige? ¿Qué ve? Eufórico, sacude los brazos en el aire. Sonríe: dirige el movimiento de los astros, la rotación del cielo, el baile de la luz sobre los cerros... hace nacer el mundo con sus manos... Dirige, baila, ríe, girando con los brazos en alto, saltamontes de cara enharinada, traspasado de luz.

De pronto se detiene la comparsa, en la casa dispuesta para el baile. La esperan varias ollas de bebida y un generoso cucharón. Los vasos empiezan a girar. Entonces, se acerca y me saluda. Me da la mano y dice: “Yo soy Pedro”.
Una vez.
Y otra vez, insistente, cómicamente respetuoso: “Yo me llamo Pedro”.
Me invita a bailar un takirari. Sonríe, golpea su pecho con las manos: “Yo soy Pedro”.
“Silvia, quiero que me mandes una carta.”
“Yo me llamo Pedro”.
“Silvia, ¿vas a escribirme?”

Sonríe. Está feliz. La vida es dulce. Alrededor todo fluye y se entrelaza, el caracolear de la comparsa lo acuna como a un niño, lo mece, lo trae, lo lleva, lo levanta; él se deja llevar, abandonado, liviano como un corcho en el oleaje, se deja ir, se deja atravesar, se arremolina, canta, baila, deja pasar la chicha a su garganta, entonces, tambaleante, se da vuelta, ve a la gente bailando, alza los brazos, toma esa energía con sus manos, la levanta, la tiene entre los dedos, la agita, la desparrama sobre el mundo, la ve desprenderse de sus manos como serpentinas de colores, la ve volar delante suyo, la impulsa, la hace girar, la distribuye por el mundo, la dirige. Sonríe, altos los brazos, alta la mirada, feliz y tambaleante, visionario. Altivo cardón, cardón viviente que en la Tierra que gira, con sus dos brazos ávidos de Cielo, apasionadamente, gesticula. Duende de cara enharinada, hombre llamado Pedro, saltamontes, director del Cielo.

(Lo vi pasar los días que siguieron, siempre adelante de una u otra comparsa - un dios no es exclusivo - caminando hacia atrás, con los brazos en alto, dirigiendo. No volvimos a hablar.
Esta es la carta que le debo.)



* * *




(Este final va dedicado a Gabi, por la fraterna conversación que, a lo largo de los años, y pese a la inevitable discontinuidad, hemos podido mantener en lugares tan diversos como: los bancos, el patio y la cantina de la escuela; el bar “Oriente” en la estación de Villa Ballester, “La Giralda” en la calle Corrientes; un divergente “viaje de egresadas” que comenzó en el “Estrella del Norte” a Tucumán, tuvo en Salta una cena de lujo con los distinguidos señores Poroto y Zapallito, siguió en un jeep destartalado que trepaba la Cuesta del Obispo bajo un cielo acribillado de estrellas y en la vereda de una antigua casa en Cachi, “ombligo del mundo y corazón del cielo”, para regresar a Buenos Aires en la clase turista del “chahuanquero” tren Belgrano; los polvorientos vagones del ferrocarril Roca hacia el Sur, el refugio del cerro Catedral a la luz de una luna absoluta, el camping junto al lago Puelo, el muelle de Villa La Angostura sobre el Nahuel Huapi, un camión maderero que nos cruzaba a Chile, el residencial “La Paloma” en Osorno, el ferry sobre el canal del Chacao, con el viento en la cara, el muelle de Ancud, en Chiloé, comiendo almejas cuando cae el sol, un inverosímil manuscrito hallado en dicha isla, referido a traucas rubias y morenas; y, a la vuelta de los años: el comedorcito de su casa en Tilcara, la cocina de la peña “El Diablero” y su auto, de Tilcara a San Salvador de Jujuy y viceversa; conversación que ha versado sobre tantos y tan variados temas, entre otros, viajando en auto, éste: cómo se saluda en Jujuy.)


En Jujuy se saluda de esta manera misteriosa: nombrando.

Pasa a mi lado alguna persona que conozco. Sonríe, sacude levemente la cabeza, quizás alza las cejas y, con voz decidida, pronuncia la contraseña de mi ser diciendo: “¡Silvia!”

Es un juego. Es un acto de magia. Especie de luminoso “piedra libre” que saca del gran escondite del no ser el aura particular de cada vida y la planta en el mundo. “Abrete sésamo” que toca, riente, a la persona, descubriendo y desplegando su ser. Mágica revelación de una presencia. Reconocimiento de su forma, su espacio, su fulgor.

Me baila el corazón cuando me siento saludada así: existo, he sido puesta sobre el mundo, ocupo mi propio sitio entre los seres y las cosas que ruedan.

¿Nombrar es saludar?
Entonces, yo vivo saludando al mundo. Nombrarlo es mi forma de vivir, mi oficio.

Nombro la luz, el cielo, las montañas, el río, los álamos, las calles, los mojones, las casas, las comparsas...
Nombro el viento bailando entre los cerros...
Nombro Humahuaca, Purmamarca, Maimará, Tilcara...
Nombro luces, vidas, sombras, corazones... así, como quien toca con la punta del alma las formas, los misterios, las bellezas ocultas o visibles y las pone de un golpe en evidencia por la mágica fórmula del nombre.

Como quien saluda, te saludo: Quebrada de Humahuaca.
Que estén en pie tus cerros, que rueden por el mundo tus caminos, que reluzcan tus fuegos, que fluyan en el cielo tus estrellas, que bailen tus banderas, que despliegue tu nombre sobre el tiempo, límpido y vivo, el arco iris.

Desde lejos te nombro, y nombrándote, alzo hacia tu cielo mi vaso, pleno de luz hasta los bordes, para decir, una vez más: ¡Salud!



Tilcara-Buenos Aires,
1993-1997




BOCAS

Es el valle una gran boca abierta. Misteriosa. Su saliva está llena de silencio. Y el silencio me habla.



* * *

Si hay combate, es de amor.
Ante mis ojos ruedan, abrazados, hacia el fondo del valle, noche y día, hundiéndose uno en otro, confundidos. En bruscos arrebatos pasionales, se arrancan mutuamente la ropa a mordiscones; y así quedan, flotando por el cielo, desgarrados, mezclados, los jirones de sombra, los jirones de luz, hasta que, finalmente, en el abrazo se desmaya el día y la noche lo absorbe por completo en su espasmo de amor.



* * *



Es la noche. Es la noche absoluta.
Y yo sé que es por ella que he venido.
Sólo para hundirme en ella y respirarla.
Sé que ayer a la tarde, cuando, en Tafí del Valle, la amiga que viajaba conmigo volvió a San Miguel de Tucumán y yo dije: “Me quedo, yo me quedo. Yo sigo”, todo mi ser pensaba en las estrellas.
Subir. Subir hasta la luz. Subir hasta la noche y respirar profundamente en ella. Beberme la Vía Láctea gota a gota otra vez.
Y es, esta sed que me trajo, una gran boca abierta.



* * *



Cuando el prodigio toma la palabra, ¿qué decir?
Una noche en la rueda de las noches precisa ser nombrada.
Pero, ¿cómo? ¿en qué lengua? ¿con qué voz se puede cantar su maravilla?
¿Qué misterio de luces bailó toda esta noche sobre mí?

Que me responda el fuego. Sí, el fuego. Le toca hablar a él.
En torno suyo estamos, tres personas, en un patio que la noche desborda.
Hundidos, transportados, flotando, en la noche absoluta.
Sí, es la noche absoluta. Pero no es cualquier noche.
Es la noche del 31 de julio al 1º de agosto del 97. Y cuando el sol saque al día entre los cerros, no será cualquier día. Será fiesta de vida en cada casa. Será la fiesta de la Pachamama. La tierra tendrá la boca abierta y los hombres le darán de comer.

Y esta noche ¿qué es?
Esta noche de fuegos en la tierra - hay, no muy lejos de nosotros, un ponche en torno al cual parte del pueblo espera el día - esta noche de fuegos en el cielo - hay, encima de nosotros, la infinita pirotecnia del tiempo - esta noche, ¿qué es?
¿Qué puerta? ¿Qué umbral? ¿Qué ceremonia que no alcanzo a entender?

Soraya, Marcelo y yo, tres personas en torno a este fuego, en un patio tallado en los cimientos azules de la noche.
Hablamos levemente, casi nada. Se rozan, sin herirse, nuestros pensamientos en el fuego. La Vía Láctea es sobre nosotros un río transparente y tan intenso que podría tocarse. La emoción me desnuca. Sedientos, traspasados, nuestros ojos son seis bocas abiertas. Y caen, literalmente caen, todas las estrellas en nosotros.
Alzo la mano y digo suavemente: “Una estrella fugaz”.
Después, dice Soraya: “Otra”.
Después, Marcelo: “Otra”.
Y después otra, y otra y otra...
Y otra. Y otra. Y otra...
Esta noche, ¿qué es?
¿Qué malabarismo de prodigios está bailando ahí?
¿Qué misterio de fósforos y luces derrama su gracia en nuestros ojos?

Es la noche. La magia. Es la madrugada del 1º de agosto del 97 y en la noche que precede a su día, la tierra se indigesta de estrellas.
Esta noche, el desborde bellísimo del cielo que derrocha el asombro de sus fuegos, precisa ser nombrado.
Pero ¿en qué lengua, cómo, con qué voz, podría cantar su maravilla?
Sólo la lengua del fulgor puede hablar del fulgor.



* * *



La Tierra abre la boca. Abre múltiples bocas a lo largo de la cordillera. Abre la boca y come. En cada casa, en cada pueblo, en cada cerro, come.
Aquí, rodeadas de su gente, inician la ceremonia las copleras.
Viejas - viejísimas algunas - alegres, arrugadas, coloridas, se inclinan sobre esa boca abierta para ofrecer comida y canto.
Como una mano más entre las manos, empujo yo misma hacia ese hoyo un puñado de maíz, cebolla, papa. He allí, firmado con mi mano entre las manos, este misterio simple de los cuerpos: como y seré comida.
Es grande en su sencillez el gesto de estos hombres y mujeres que cada año miran, cara a cara, la boca abierta que los devorará. Año tras año, miran y son mirados por la mirada ciega de esa fosa que parece decirles: “Tengo hambre. Tengo hambre de cuerpos”, y aceptando, ante Ella - vulva de toda luz, boca de sombra - la naturalidad de su destino, alegremente cantan.
Viejas, arrugadas, coloridas, las copleras - las muchas veces madres, las muchas veces muertas y resucitadas - las Abuelas, oficiantes sencillas de misterios antiguos, echan a andar el tiempo con el suave latido de sus cajas, girando alrededor de esa boca abierta que las mira y les habla en ese lenguaje silencioso de las cosas que ruedan, así, de vientre a vientre, de hendidura a hendidura. Y ellas, girando, sostienen el misterio del tiempo con sus cajas, y con sus coplas, el misterio de la luz humana que, ante el abismo, canta.

Y yo me voy, sobre la tierra viva, bajo el cielo, con mi mitad de sombra y mi mitad de luz, con mi mitad que come y mi mitad comida, doble y una, populosa y sola, con mi bípedo andar y mi verdad humana: como y seré comida...

Mientras tanto, aquí estoy, de pie y entre los vivos, sostenida por mi propio latido y, como las copleras, alzo la voz y canto.

Que el paladar del tiempo me sostenga en su lengua todavía.
Mi semilla será una gota de agua, temblorosa de luz, trepando una garganta de arco iris.

Que fulguren las sombras para mí.


1997




NOTAS

1) Vincent Bonoure (1928-1996). Poeta surrealista francés. Integró dicho movimiento desde 1955 hasta su muerte. Además de su activa intervención en revistas y experiencias grupales, publicó varios libros de poemas (Envers l’ombre, 1965, Talismans, 1967, Maisons, 1967) ilustrados por Jean Benoît, Jorge Camacho, Guy Hallart, Martin Stejskal.
Fue un reconocido especialista en el arte de Oceanía. Su libro Vision d’Océanie fue publicado en 1992 en París por el Musée Dapper.
En 1976 compiló trabajos de surrealistas franceses y checos en el libro La civilisation surréaliste (París, Payot). En él está incluido su trabajo “Genealogía del intercambio”, al que pertenece el citado fragmento sobre el don.

2) Fórmula de saludo ritual a Pachamama, para pedirle que sea propicia.

3) Copla tradicional. Juan Alfonso Carrizo la registró en sus cancioneros populares de la década del ‘30.

4) El “Jueves de compadres” es el penúltimo antes del sábado de Carnaval. Ese día comienza a vivirse ya el clima de fiesta, que se acentuará el jueves siguiente, llamado “de Comadres”. Este último jueves cada una de las comparsas en las que se agrupa la población visita su mojón para challarlo. El mojón es un montículo de piedras consagrado a Pachamama, idéntico a las apachetas que se alzan al borde de los caminos, pero vinculado exclusivamente con los festejos de Carnaval. Cada comparsa tiene el suyo, al que vuelve año tras año, y en él se realizan las ceremonias del Jueves de Comadres, el desentierro del diablito, el sábado, y su entierro, el domingo siguiente. Durante esos días, el mojón es la única fuente de donde emana la sacralidad, y aunque algunos concurren a misa el miércoles de Cenizas, el festejo continúa, dando la espalda al calendario oficial, hasta el otro domingo. Durante la challa del jueves, cada comparsa adorna su mojón con tallos, flores y frutos, además de serpentinas y papel picado, realizando allí ofrendas, libaciones y copleadas.
Además de mi experiencia personal, tomo como fuente, con respecto al Carnaval tilcareño, el trabajo de Mercedes Costa y Gabriela A. Karasik, “¿Supay o diablo? El Carnaval en la Quebrada de Humahuaca (provincia de Jujuy, Argentina)”, que fue incluido en el libro compilado por Bernd Schmelz y N. Ross Cumrine: “Estudios sobre el sincretismo en América Central y en los Andes”, Bonn, Holos, 1996; y del que poseo una copia.

5) Así comienza la letra de uno de los carnavalitos que escuché cantar y bailar con más entusiasmo en el carnaval tilcareño. Me tomo aquí la libertad de asociarlo con esta interesante observación: “... en aymara, ‘se mira su pasado ante sí y se considera que el futuro se encuentra atrás’, como lo recalca Bouysse-Cassagne”... Esta nota figura al pie del trabajo de Thierry Saignes: “Borracheras andinas: ¿por qué los indios ebrios hablan en español?”. El trabajo forma parte del libro de varios autores, compilado por el mismo Saignes: Borrachera y memoria: la experiencia de lo sagrado en los Andes. La Paz, Hisbol/IFEA, 1993

6) Esta frase es el título de uno de los capítulos del trabajo de Robert Randall: “Los dos vasos: cosmovisión y política de la embriaguez desde el inkanato hasta la colonia”, incluido en el ya citado Borrachera y memoria...
Esta parte de mi libro no es más que un despliegue o comentario poético de la cosmovisión que él describe y las analogías que establece entre el proceso de elaboración de la chicha, el ciclo agrícola, el flujo de agua en el cosmos y el cuerpo humano. Su trabajo, basado en fuentes etnohistóricas y etnológicas contemporáneas - Randall convivió durante años con la comunidad quechuáfona de Ollaytantambo - está orientado también, indudablemente, por una singular intuición poética. Lo que aquí resumo brevemente es sólo una mínima parte de la riqueza de dicho trabajo. No sé, ni tampoco interesa a los fines puramente poéticos de mi abordaje, qué similitudes o diferencias existen entre el proceso de elaboración de la chicha tal como se da hoy en Tilcara y el que describe Randall, que paso a resumir:
El proceso comienza mojando y tapando granos de maíz para dejarlos germinar durante diez días (esta acción equivale a la siembra); este maíz brotado, llamado wiñapu, es sacado y secado (equivale a la cosecha) y luego molido y cocido (equivale a la preparación de la comida). Se lo coloca después en una canasta, colgada de una horqueta, para que gotee sobre un nuevo recipiente llamado raki. Randall compara este proceso con la lluvia que gotea de la Vía Láctea. La horqueta que sostiene al primer recipiente se llama chakana, y éste es el mismo nombre que recibe la constelación de las Tres Marías, ubicadas junto a la Vía Láctea (Mayu, “río”), el nombre sugiere que sirven como base para un puente sobre el río celestial. También señala Randall que el término wiñapu (que significa “crecer, brotar”, pero también “siempre, eterno”) puede ser considerado un síncope de wiñay apu “señor grande” o “divinidad”; de allí resulta un “dios eterno que siempre crece”, título que sería apropiado para Wiraqochan, dios de las aguas y la fertilidad, equivalente a la Vía Láctea.
Una vez que el líquido está destilado en el raki, se le agrega el qonchu (sedimento que se conserva de la chicha del año anterior) y se los hierve juntos para hacerlos fermentar. El líquido equivale aquí a la fuerza masculina de la lluvia que fertiliza, mientras que el qonchu es la fuerza femenina de fecundidad, la tierra o Pachamama. Mezclarlos y calentarlos para hacerlos fermentar es equivalente al acto sexual de procreación, así como a la fertilización de las chacras.
Una vez hecha la chicha, se separa en tres niveles dentro del raki: arriba queda un líquido claro llamado ñawin, en el centro, la chicha propiamente dicha, y abajo el qonchu o sedimento. Antiguamente, los raki se clavaban en el suelo, enfatizando la conexión del qonchu con Pachamama.
Ñawi significa “ojo”, y ñawin, “parte medular de una cosa, lo mejor de lo mejor”, siendo también un nombre aplicado a los manantiales. Estos, utilizados para el riego, son, como la lluvia, fuerza fertilizante masculina, comparables al semen, al igual que el ñawin (lo mejor) de la chicha, situado arriba, que es lo más propicio para las ofrendas, especialmente las ofrendas a Pachamama.
“El raki de chicha es entonces un modelo cosmológico. Encima, el ñawin que es de color blanco claro es equivalente al semen masculino, mientras que el qonchu, que es un sedimento turbio, es comparable a la sangre femenina que es considerada la fuerza de fecundidad (...) Ahora bien, para servir la chicha es necesario removerla para mezclar todo junto y hacer una buena cantidad de espuma, phusuqu, (en los Andes es un insulto servir chicha o cerveza sin bastante phusuqu). El phusuqu es el resultado de la procreación; contiene la fuerza vital masculina y femenina y (...) está relacionado con el dios Wiraqochan. Así como la chicha, Wiraqochan es la fuerza vital masculina que a su vez está también compuesta de partes masculinas y femeninas.” (Randall, ob. cit, p. 80).

7) Así llamaban mis amigos al Hotel Sierra, de Maimará, más generalmente conocido como “el Hotel”. Máximo Puma, “el bandoneón de la Puna”, era la persona que, en 1993, lo administraba.

8) Malcolm Lowry, en Bajo el volcán.

9) “Iruya”, poema de Manuel J. Castilla incluido en Cantos del gozante. San Salvador de Jujuy, Buenamontaña, 1972.

10) Nombres de algunas de las comparsas maimareñas.

11) La saya es un ritmo de origen afro-boliviano, muy de moda en el Noroeste.

12) Cuando en febrero de 1993 viajé por primera vez a Tilcara, no pude dejar de recordar el sueño que abre este libro, soñado unos meses antes. Me pareció que su luz tan extraordinaria cobraba cuerpo y se desplegaba en el espacio para mí. No sólo por la coincidencia literal (mis largas caminatas en solitaria contemplación de la montaña) sino también porque me sentí sumergida en el horizonte mítico al que el sueño aludía.
Y aún más, porque esta experiencia de las “invitaciones” a las comparsas - de la que no tenía noticia previa - con su distribución gratuita de bebida - y de comida, en el caso de las invitaciones que tienen lugar al mediodía - me remitió inmediatamente, no sólo a aquel párrafo de Bonoure sobre el “don recibido”, que intervino en la formación del sueño, sino al conjunto de ideas y temas tratados en el trabajo “Genealogía del intercambio”, al que dicho párrafo pertenece. Bonoure intenta rescatar allí, por debajo del sentido puramente económico o cuantitativo que actualmente tiraniza los intercambios humanos, su primitiva función simbólica y sagrada como palabra que anuda un vínculo entre partes. Y analiza experiencias de intercambio social como el potlach y la kula.
Los trabajos que leí posteriormente sobre el Carnaval y sobre la bebida en los Andes me confirmaron aún más la proximidad entre las ideas de ese trabajo, que fue una de las raíces de mi sueño, y el sentido profundo de aquello que, meses después, viví.
Acerco aquí estos fragmentos que dan cuenta de esta proximidad:
Costa y Karasik (ob. cit.): “En los rituales de umbral de las invitaciones, se reproduce constantemente el símbolo máximo de lo social, dar y recibir bebida.”
Robert Randall (ob. cit. p. 75-76): “El hecho de que siempre existen dos vasos en estos ritos etílicos enfatiza su naturaleza recíproca y complementaria. Dentro de las normas andinas, el hecho de recibir un vaso de alcohol implica aceptar una obligación, a la misma vez que pone al donor en posición de deudor (...) Así se establecen lazos inviolables que se aplican tanto al mundo social humano como al mundo sobrenatural. (...) Así el hombre quedó involucrado en una red eterna de obligaciones recíprocas con los dioses. Lo mismo pasó en los niveles tanto sociales como políticos.”
Vincent Bonoure (La civilisation surréaliste p. 152): “El contrato de intercambio se desarrolla entonces a lo largo del tiempo como una conversación en la que los interlocutores, lejos de autentificar un documento único, firman sólo sus propias frases, certifican el valor de su propia moneda, y abren, por turno, a su socio, un crédito que sella su alianza por la doble circulación ininterrumpida de objetos frecuentemente inútiles, pero portadores, aún cuando respondan a ciertas necesidades, de un valor sagrado ligado a la comunicación que instauran.”
Esta nota es simplemente una constatación. Aquel sueño, que tuvo en el momento mismo de producirse un efecto inmediato de bienestar y placer de singular intensidad, hundía sus raíces en las capas profundas y primeras de mi afectividad pero también resultó estar en contacto con lo que, en aquel momento no era otra cosa que mi futuro. Quizás intuí algo de esa función anunciadora del sueño cuando me vi impulsada a anotarlo y titularlo “sueño de la visión mágica”. Así quedaba asimilado a aquel rito de los indios sioux, quienes, en situaciones de conflicto o crisis vital, se apartaban - muchas veces partiendo precisamente a la montaña - en busca de una visión - ocurrida muchas veces en sueños - que les permitiera discernir señales orientadoras para decidir los pasos a seguir.
Lo cierto es que este sueño parece haber alzado su luz, desde un punto particularmente oscuro de mi vida, para proyectarla hacia adelante y desplegarla en experiencia vivida - sin excluir la experiencia amorosa - y aún sigue desplegándola, varios años después, en la escritura de este libro, y luego, quién sabe en qué.
Lo cual demuestra que los sioux sabían lo que hacían: de todas las montañas llueve luz.

13) Estos son los disfraces más comunes en las comparsas. El pepino es un payaso.

14) “La primera bebida que se ofrece (en cada invitación) es la ‘vacuna’, esto es, una mezcla muy fuerte de bebidas: alcohol puro, jugo de frutas concentrado, frutas frescas y azúcar. La vacuna hace las veces de ‘permiso de entrada’, ya que pretende embriagar rápidamente, para que nadie esté ‘frío’, como ‘recién llegado’.” Costa y Karasik, ob. cit.

15) “El enharinarse la cara es una representación de las almas, de las que vuelven en Todos Santos y que metafóricamente denotan abundancia, bienestar comunal y fertilidad (...) En este sentido, es como si representaran esta carga energética y vital de las almas y la exteriorizaran a cada instante. A través de la evocación del mundo de abajo, los propios cuerpos se transforman sin ocultarse, afirmándose en las significaciones a la vez sagradas y profanas del mundo al revés.” Costa y Karasik, ob. cit.
“Estar borracho en Carnaval es necesario para ‘estar endiablado’, un estado de conciencia que no necesita mediadores para comunicarse con lo extraordinario. Los miembros de las comparsas se alzarán, olvidando el ritmo de los días y las noches, del trabajo y del descanso (...) es alcanzar un grado de conciencia diferente, como si la energía vital se multiplicara y necesitara expandirse. Dicen que en este momento sale la verdadera persona. (...) la gente lo asocia con el movimiento, con salir, ya no querer quedarse donde uno estaba, tener la sensación de que ‘nadie lo puede parar’.” Costa y Karasik, ob. cit.


Silvia Guiard

Nací en Buenos Aires en 1957. Mucho de mí nació sin embargo en Mendoza, tierra de origen de mis padres, adonde íbamos todos los veranos durante mi infancia. Formé parte del grupo surrealista que editó las revistas Poddema y Signo Ascendente entre 1979 y 1982 y de la continuación del mismo como Grupo Surrealista de Buenos Aires, hasta el 92. Publiqué dos libros con el seudónimo de Silvia Grenier, ambos en ediciones Signo Ascendente: Salomé o la búsqueda del cuerpo (1982) y Los banquetes errantes : diario de viajes (1985). En 1998, ya sin seudónimo, publiqué Quebrada, (ed. Tsé-Tsé). En 1999, la plaqueta Mujer-pájaro en el círculo del sol. En 2007, En el reino blanco (ed Tsé-Tsé). Mi obra fue incluida en varias antologías (Indicios de Salamandra, Madrid, Ediciones de la Torre Magnética, 2000; Surrealist Women, de Penelope Rosemont, Austin, University of Texas Press, 1998; Nueva Poesía Argentina, de Jorge Santiago Perednik, Buenos Aires, Calle Abajo, 1989) y difundida en diversas revistas en el país y en el exterior. En particular, colaboro habitualmente con las revistas Sur, de París, y Salamandra, de Madrid. En esta última apareció mi ensayo “Tierra Adentro”, inédito aún en Argentina. Escribí además varias obras para chicos, de las cuales ha sido publicada Lombrices (Libros del Quirquincho, 1997) y esperan su turno Chantilly, el gato negro y Cantos de dinosaurios. Desde 1979 realicé diversas traducciones del francés. Entre ellas, coordiné recientemente la traducción del libro de Michael Löwy, La estrella de la mañana : surrealismo y marxismo, publicado en 2006 en Buenos Aires por El cielo por asalto. Al final del mismo se incluye, por invitación del autor, un apéndice de mi autoría: “Buenos Aires, el surrealismo en la lucha contra la dictadura”. Por otra parte, después de haber trabajado por 20 años como maestra de grado, soy actualmente bibliotecaria escolar en escuelas primarias del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y docente de español para extranjeros en la Universidad de Buenos Aires.

5 comentarios:

elescaramujo dijo...

me encantó toda la selección. no conozco el norte argentino, y sin embargo después de haber leído todos estos textos, podría afirmar que he estado allí.gracias!

Yarisa Colón Torres dijo...

Me encanta su trabajo. Muchas gracias! Tremendo. Además me encantaría leer los textos de sus dos primeros libros. Hay ediciones disponibles? Vivo en Puerto Rico.

julieta marchant dijo...

Hola! Necesito contactarme con Silvia, tengo dos mails suyos, pero ambos me rebotan. Tienen algún modo de contactarse con ella?
Se los agradecería muchísimo.
Gracias
Julieta.

Isabel dijo...

Me encantaria hablar con Silvia, somos amigas de la infancia y parece que amantes del mismo amor....la Quebrada de humahuaca.
Bellisimos escritos...como siempre.
Isabel Butler

gracias

Silvia dijo...

¡Hola , Isabel! ¡Qué sorpresa!
Creo que puedo imaginarte muy bien en la Quebrada con tus bucles bajo un coqueto sombrero norteño...
No dejaste una dirección de mail. Espero que veas aquí mi mensaje. Escribíme a: silgui17@gmail.com
Muchos cariños,
Silvia