domingo, agosto 05, 2007

CESAR BISSO


Acerca de la Poesía


Elegir el río de Heráclito como destino del poema: andar que no cesa.

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Habitar poéticamente, aun el más adverso de los mundos. Este deseo es el objetivo de todo poeta que siente la poesía como un acto de fe, porque a través de él percibe la conmoción de la verdad y la infinitud de la belleza.

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El poema es decir que no cesa. Todos los ciclos de la humanidad están insertos en la palabra poética, en esa diosa blanca que transita las noches y los días entre milagros y holocaustos.

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En el apasionado instante de la creación, cualquiera sea el hábitat, la circunstancia o el paisaje que lo rodea, el poeta se inspira bajo la influencia simultánea del Otro. El objetivo fundamental de todo poeta es lograr trascender sus emociones a través de la palabra. ¿Y cuál es el objetivo de la poesía? ¿Toma el mismo rumbo del poeta que se siente indiviso cuando la expone a la consideración pública? ¿O ella se fragmenta en infinitas acepciones y adopta el cuerpo y el alma de quien la desee?

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¿Cuál es el objetivo de la poesía? Ella no tiene objetivo alguno. Simplemente es, y en tanto es, trasciende, repara. Deviene inevitable en nosotros porque nos permite re-significarla desde el lugar de nuestras privaciones o deseos. Esta comprobación cotidiana es la que revela a la poesía como un milagro. Y entre los mortales, todo milagro es necesario.

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¿Para qué escribir poesía? El poeta se ve impulsado a escribir debido a una sensibilidad personal y también porque se cansa de la monotonía de la propia imaginación, por así decirlo, y parte en busca de la diversidad, dice Wallace Stevens. Esto significa que no sólo escribe porque poéticamente imagina situaciones, lugares o encuentros de los que ha sido partícipe o no, sino porque mirada e instinto se diversifican en busca de belleza y verdad, máximas obsesiones de todo creador. Pero como belleza y verdad pocas veces están en un mismo sitio, la diversidad de sus premisas lo transforma en un buceador ciego e insaciable. Allí radica el sentido de la eternidad de la poesía: la búsqueda infinita de lo nunca develado. Y esta búsqueda ha formado el tiempo y el espacio de la poesía, desde aquellos conjuros de los antiguos celtas hasta esta edad de la cibernética. Ella seduce, ilumina y desborda dejando al creador esa dolorosa sensación de que jamás logrará poseerla. El poeta es poeta en todas las instancias de su vida, pero lo es mucho más cuando guarda silencio ante la palabra que lo invade.

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La convicción del verbo escribir. Escribir requiere de un tempo que tiene que ver con el silencio, la mirada y el inesperado hallazgo de la palabra. Escribir tiene que ver sentimentalmente con la pasión, pero más aún con la vida y la muerte. La palabra navega desmesurada entre estos estadios. Y frente a la insistencia del poeta, rara vez se transforma en poema y muchas más queda en el intento. Esto sucede cuando el poeta escribe desde sí y no desde el poema. Cuando no registra la voz del poema y escucha la voz de su ego interfiriendo con esa otra voz, el poeta fracasa. La prueba irrefutable de la vida independiente del poema es que cuando aparece su voz se suspenden todos los actos sociales y privados del sujeto ante el temor de que el posible poema se vaya y no vuelva.

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Desde la sinrazón de quien escribe para sí, es imprescindible ingresar al reino de lo misterioso para explicar que el fenómeno de su divulgación siempre tuvo que ver con la decisión arbitraria de institucionalizar el lenguaje ante el deseo colectivo de poseer un destino común y no con la esencia misma de la poesía. Por eso se podría inferir que desde aquel acto social la poesía se encuentra despojada de un deber ser multiplicador para poder ser comprendida. Esta acción tendría que ver más con la misión social del lenguaje, no con el destino único e irrepetible de la escritura poética. Porque el creador traduce como un acto de la emoción la ceremonia donde el texto deja de ser poema de uno para ser poema de Otro, o mejor dicho, ser otro poema. Ocurre, inexorablemente, no por obra del creador sino porque la poesía es ante los demás por sí misma. La voz del poeta es efímera. Sólo la voz del poema perdura, porque en ella jamás se cancela la felicidad del otro.

Poemas del libro “Lluvias y regresos”
Ellos

Padre de bondad,
hermana temblorosa,
los escucho andar
por senderos de agua.
Sus rostros vaciados
flotan sobre mi cauce.
Ah destierro del corazón.
Lágrima, amor, herida.
Detrás de la muerte
resisto el olvido.

Valer la pena
Tu ausencia es lo que no será
y así es futuro.
Juan Gelman


Cuando era niño esparcía colores a mis asombros.
Un día su muerte apagó todas las fulguras.
Suplicaron buscar a Dios para compensar la pena.
No sabíamos el lugar preciso donde mirar.
Mi madre dijo el cielo. Mi padre señaló el río.
Mi otra hermana propuso hurgar el recuerdo.
Aun persiste la búsqueda. El cielo es impenetrable.
El río no tiene final. La memoria revive algunos colores.
Ignoro dónde estuvo Dios aquel día.
Vale mi pena saber que nadie compensará su ausencia.



a Graciela Bisso

Infancia

¿Quién arrojó con furia la piedra contra el destino?
¿Quién encendió el fuego de la angustia y el asombro?
¿Quién asomó el pálido rostro por la ventana del espanto?
¿Quién oyó al viento tocar el río con sus dedos afilados?
¿Quién cruzó el puente bajo una sombra de pájaros?
¿Quién lavó los pies en voluptuosas lluvias del verano?
¿Quién vulneró la vigilia y el rezo a nuestras madres?
¿Quién habitó los sueños de nuestros padres solitarios?
¿Quién dolió por un amor ausente,
guardó el sol tras los árboles, la noche en una lágrima?
¿Quién aprendió a ceder, quién a no rendirse?
¿Quién descubrió el silencio, quién conoció el olvido?
¿Quién se animó a decir adiós, quién a morir antes?
¿Quién dijo basta de ser niño, derrumbó la inocencia?
¿Quién de nosotros guarda aquella misteriosa piedra?


a Julio Luis Gómez.

Intervalo fugaz

Hendiduras ennegrecidas
por donde huye la luz.
Ojos devanan cielo y tierra,
veneran la noche.
La brisa presagia el límite,
su gemido medra los árboles.
Bajo esta levedad
la palabra
en sueños quiebra
y transmuta mi pena.
Evoco tu sumisión a la lluvia.
Es reto del destino, decías.
Voy con ella.


a Rosa Furini.

Revelación


Mirabas caer enero sobre el campo.
Entre verdes y ocres
la oblicua serenidad del silencio
canceló tu asombro.
La vida no es recurso del tiempo,
sino una manera de revelarnos
todo lo que en ella iluminaste.


a Marta Alzamora.


El vuelo


Vengo a ti, padre en soledad.
Hacia el patio de larga sombra,
al refugio celeste de alverjillas,
a la tierra embellecida de lluvias.
Desde la ciudad de la infamia
un pájaro de fulminado vuelo
retorna al primer esplendor.
Hacia ti, quien busca ser otro.
Y en mí nada muera otra vez.

Rituales


Es placer matinal de mi hija
desintegrar fideos crudos
a mordiscos lentos y ruidosos.
Desentrañar noticias perversas
fraguadas en oráculos del poder
mi silente faena cotidiana.
Entre el alborozo y la congoja
comienzan a bullir en orfandad
su fascinación y mi desconcierto.
En soledad

Bar adentro no llega la furia.
Leo a Donne desde un viejo
poema: my face in thine eye...
Bebo café. Me reconstruyo.
El frío puja contra el ventanal.
Encendido, voy a tu encuentro.

Mirares


Tarde en fuga sobre el río.
Bajo la leve brisa de abril
dos pájaros desvelados
en busca de otro cielo.
Al mirar advierto tu mirar
mientras azula el horizonte.


Transparencia


Entre el cielo y el barro
seremos la lluvia.
Tú y yo
a un costado (y al otro)
de la muerte.

Parábola de la flor


Ciega su hermosura
y tú la arrancas.
Queda un hueco.
Por él cae la luz,
el aroma del tiempo.
Espectro de lo perdido.

Desencuentro


La luna.
El agua incesante.
La orilla difusa.
Desde la ancha ventana
he mirado lo bello sin prisa.
El humo tenaz del cigarrillo
enturbia la noche y el corazón.
Aun espero a quien no se ha ido.
A quien ya no vuelve, como el río.

Región última


La mano se retarda
como un sol de invierno
sobre los campos sembrados.
Ella va a morir sin remedio.
Celestes palabras
devienen terco desafío.
Resguardan el secreto
de la que inicia el viaje
a una región menos impura.
El poema derrama sus dones.


a Amelia Biagioni.

Primavera fluvial


Sobre carnadas pavorosas
zumbido de moscas
anuncia la muerte bárbara.
El pescador mira desde la orilla.
La tarde exhala pliegues de luz.
Sauces y juncos menean.
En medio del río acecha el anzuelo.
Sábalos irascibles tañen en lo profundo.
El silencio es otro pez que alza el agua.

a Francisco Madariaga.



El nadador


El río es lluvia en una gota hueca,
torbellino inacabable,
arco de fuego sin malicia,
lengua que lame su cuerpo.
Una mano que sostiene la tierra.
Nado, sin pudor.

El dorado

Bebe la pasión
sangre a bocanadas
y vomita en oro
el dolor más bello.


a Leopoldo Castilla.

Luciérnagas

Llegan por encanto
al borde de la noche.
El oleaje del viento
las hace faro un instante.
Lábil escritura encarna
el riesgo de la belleza.
Imágenes


Transito el atardecer.
Sobre muros de barro
contemplo
el perfil de la luna, remoto,
suspendido entre hojas de sauce.

Vibra esta hora secreta
al ritmo de los impetuosos juncos
cuando el gran pez
abre la boca de espuma
y devora el último hilo de luz.

La tierra flota
sobre un abanico de estrellas.
Sólo los pájaros desafían
las espadas del cielo
clavándose en la enramada solitaria.

La isla es canto de cigarra
a la espera de una lluvia sin tiempo.

Qué alivio abandonarme
y sentir como desciende la mirada.
Qué deslumbrante hechizo
la luna entre los remansos ocres.

Veo tenderse, rendida, la muerte.

De orilla a orilla
todo se vuelve ausencia.

Un jaspeado viento sur
abre la puerta de la noche.

Garza mora

Serpentea el alba.
Con plumaje de luz
busca la fina porcelana
en el fondo de la laguna.

Abandona su vuelo
quien desde la orilla ignora
la armonía del cosmos fluvial
y comienza a desandar
el quebrantado rumbo del día.

Entre dos cielos,
la vida descansa en una sola pata.
Los regresos

La elección

Perpetuar el amor
o seguir narrando
escenas del despojo.

Acerca de otras muertes

La cucaracha camina sobre el mármol.
No percibe la sensación de ser víctima
no intuye la certeza del disparo.
Trata de pervivir.
Una lluvia letal la persigue
hasta el borde del abismo. Cae.
Y como aquellos otros cuerpos
desciende a la noche más honda.


24 de marzo, veinte años después.



El círculo


La mano
tiernamente abierta
sobre la página del libro
causa más espanto que
la sombra del verdugo.
Desapareció tu mano.
Arranqué la página.
El libro abanica otra sombra.
Fatiga al verdugo la espera.


a Alberto Velzi.

Durar


Tu deseo por vivir
tocó lo prohibido
con la punta de los dedos
y de pronto
una falange tras otra cayó
y gota a gota la sangre
y en cada desgarro la sangre
y entre huesitos rotos
la espesa y lenta sangre
ahogó noches y días.
Nunca duró tanto la muerte.

Tumbas


Pulsa el ojo
más profundo
de la tierra.
Enredaderas
de sangre
aun buscan
cuerpos
donde aferrarse.

Cárcel


¿Qué contiene la espera?
¿Sonidos de puertas cerrándose,
nombres aniquilados por el insomnio,
ecos de un silencio carcomido
entre sombras y paredes?
¿Acaso tu desnudez
despeñada
de la nuca a los tobillos?
Pregunto

¿Por qué
desmembrarme,
ser memoria,
sobrevivir,
si es tu dolor
país
preñado en mí
el que desangra?

No

Lastima el No de uno en el otro
bajo este agrio rocío del desencanto.
Imploro por aquellos que no están:
rostros amados, manos abiertas sin tregua.
No hay piedad, no hay alma que resista
esta soledad que nos abarca.
¿Decir la verdad, negarla si dolemos un poco más?
Combatir este presente sin flores ni besos
es desafío en la noche aun cerrada.
Para que nadie intente salvarnos.
Aunque duela para siempre.



a Concepción Bertone.
En el fondo del mar

No anhelamos el fondo del mar
ni destellos de medusas y corales
sobre la sangre fría de los peces.
Elegimos el lecho pútrido del río,
el vaivén de bogas trashumantes
bajo la urdimbre de los anzuelos.
Avezados en la negritud del barro
fuimos presa de nuestro destino:
entrañas de un país más oscuro.
Nunca imaginamos codiciar el mar
porque en él nada es imperfecto.


a Rubén Chihade.


Sobre la arena


Observo aquellas criaturas.
Saltan la espuma del mar,
ríen, juegan, resisten
por encima
de todos los pesares.

La tarde se pliega
entre nubes rosáceas
horizontalmente felina.

El artificio del lenguaje desoye la brisa.
Distrae.
La vida pierde elocuencia
más acá de los ojos.

Cierro el diario y regreso a la orilla.
No hay olas asesinas al acecho,
casas de fuego devoradas por la memoria,
ángeles y demonios
encerrados en jaulas de papel.

Ante mí, niños ataviados de sol
salto tras salto
ascienden al sueño que no acaba.

Una sombrilla hundida en el médano
sostiene la realidad a este lado del mundo.

a Gigi, Vicente y Valentín.



Valéry



Poetas del mundo claman al cielo.
Aquella Babilonia. Esta ciudad inventada.

Más allá del azar, los jardines desbordan.
La brisa cruza puentes otoñales,
recorre ingrávidos senderos junto al río.

Enteramente azul va tu voz con el agua.


Designio

La noche no ocupa ningún espacio.
Tampoco da refugio al amor furtivo
aunque criaturas enjauladas
clamen por su pan de beatitud.

Sólo nos protege la cordura del grillo.


A Leonardo Martínez



a cacería


Acechan las sombras en esta ciudad moribunda.
Inciertos corazones laten huérfanos de luz
y hay otros, sin muerte apacible que los ampare.
La desesperanza no se detiene. Cazadora furtiva,
acomete al amor sobre nuestros despojos.

No apagará el último fuego que nos ilumina.

Circus


Relámpago de muerte desgarra nubes.
Abajo, el ardid del guerrero cósmico.
En óvalo de barro exhalan las bestias.
¿Quién despertará en otra realidad,
vislumbrará lo que ya nadie sueña?
César Bisso
César Bisso nació en Santa Fe en 1952. Actualmente reside en la ciudad de Buenos Aires, desempeñándose como sociólogo y profesor universitario. Obtuvo el premio regional José Cibils para poetas jóvenes (1973) y el premio provincial de poesía José Pedroni (trienio 1994/97), entre otras distinciones. Ha integrado diversas antologías. Coordinó los talleres de escritura del Rectorado de la Universidad Tecnológica Nacional, entre 1991 y 1995. Colabora con notas de opinión en el diario El Litoral de Santa Fe y con trabajos literarios en numerosas publicaciones culturales nacionales y extranjeras. Algunos de sus textos fueron traducidos al inglés, francés, portugués e italiano. Publicó los libros Poemas del taller (1975), La agonía del silencio (1976), El límite de los días (1986), El otro río (1990), A pesar de nosotros (1991), Contramuros (1996), Isla adentro (1999) y De lluvias y regresos (2006). En 2005, la Universidad Nacional del Litoral publicó La trazas del agua (poesía escogida). En el 2006, la editorial colombiana Arquitrave ha editado una selección de poemas bajo el título de Coronda, pueblo santafesino donde el poeta vivió su infancia.

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