martes, octubre 24, 2006

EDUARDO MILEO


No reconozco ritos en torno a mi escritura. Pero si se trata de historizar un poco, recuerdo la caja de "utensilios": birome, portaminas, goma de borrar, un cuaderno; en otro momento la máquina de escribir eléctrica; luego la computadora. Antes, un vaso de vino; ahora no. Y, en realidad, una comprobación, quizás un poco sorprendente: la escritura se acomoda a la técnica utilizada para escribir. Cuando empecé a escribir con la máquina, me costaba acomodar los pensamientos a esos nuevos movimientos de la mano, torpes al principio, más fluidos luego.
La escritura sufrió el mismo proceso: se fue volviendo asequible, logró sincronizarse con el pensamiento. Una situación análoga sucedió en el pasaje de la máquina de escribir a la computadora. Evidentemente, hay una memoria de la mano, que se vuelve "pensamiento" autónomo, que necesita independizarse para, a la manera de un pianista, "disociarse" de algún modo de la inteligencia cerebral, cobrar inteligencia propia, para entrar en comunión: ser otro para ser el mismo. Una memoria que es aprendizaje de procedimientos y que procede inconscientemente. Que al momento de escribir potencia las posibilidades de encuentro. La luz es importante. En general, prefiero escribir con buena luz. Pero cada luz tiene su escritura, porque cada luz tiene sus biografemas en la memoria del espectro. Casi siempre escribo en el mismo lugar, porque escribo en la computadora. Pero a veces escribo en cuadernos, al aire libre o en bares. Creo que lo mejor es mantener en estado todas las memorias de la mano.
El silencio, para mí, es el estado ideal para escribir: el silencio, pero poblado de sonidos.
No suelo tener un plan, lo que no quiere decir que no tenga un tema. Pero sea lo que sea –a veces hay tema y a veces no–, espero la llegada de un tono. Se manifiesta cuando llega, hace sonar su campanita, y hacia ella voy. Mis lecturas son eclécticas, y tampoco responden a un plan: soy muy digresivo cuando leo, y aunque varias veces me propuse alguna investigación, solo pude realizarla conscientemente cuando investigué sobre temas ajenos a la literatura –estudié varios años anatomía humana, y di clases de esa materia en la Facultad de Medicina–. Una vez que termino un poema, lo leo una vez y corrijo lo más superficial. Después lo dejo descansar. De vez en cuando vuelvo a tomarlo y limo asperezas estilísticas o musicales. En ese proceso, voy escribiendo otros poemas, que seguirán el mismo camino, y que generan muchas veces un tono, y pautas para corregir los poemas que han sido puestos a macerar. Cuando decido publicarlo, lo corrijo nuevamente. Esta corrección incluye un propósito de edición en un organismo –el próximo libro–, lo que implica, además de una corrección del texto, la elección de un orden en el rompecabezas del texto general. También la lectura en voz alta, sobre todo en recitales, es decir, con público lector-escucha, es una muy buena instancia de corrección. La respiración, el ritmo, todos los elementos musicales del poema se ponen en juego y permiten la confrontación de la idea con la realidad. No obstante algunos poemas en los que trabajé durante mucho tiempo, corrijo poco, y creo más bien que un poema se corrige con otro poema. Escribir no es impune: todo poema, aun los descartados, dejan su huella en la escritura. Casi siempre aparece primero una imagen, que se traduce en palabras. Luego se establece un diálogo entre las palabras y la imagen, lo que provoca que la imagen se mueva. Creo que la poesía es una especie de cine individual. Pero a medida que avanza la escritura, comienza la música a invadir el poema. La unión de música y palabras ha sido, desde tiempos inmemoriales, uno de los sentidos más auténticos y evocadores que supimos darle a nuestra comunicación con el mundo. Un mundo poblado de dioses —naturaleza sublimada— engendraba emociones que los tambores, las cuerdas y las flautas transformaban en danzas que hacían girar los cuerpos alrededor del fuego: lo sagrado. La palabra llevaba las danzas al éxtasis necesario para entablar el diálogo con los dioses. Interioridad exteriorizada, las deidades devolvían esas expresiones en forma de sol, lluvia, noche, luna y abundancia. Los dioses han sido, desde nuestra más tierna infancia como especie, el espejo donde miramos nuestra belleza, nuestra bondad. Lo que por un lado es vacío –lo que escribo se aleja en ese momento de mí–, por el otro es plenitud: nombrando al mundo me completo. Lo que es oscuro y me pierde, laberinto de mí, se vuelve luminoso y claro, espacio abierto. Generación de la mudanza, lucidez del instante, secreción visceral de la conciencia, grito ensimismado, apocalíptica visión del paraíso, cactus, desierto, inundación, potencia, fracaso de la inercia, tormenta en reposo, sexo de los dioses, pájaro del deseo. La poesía es concentración, y en ella las cosas se manifiestan como extractos, se expresan como agujeros negros de sentido. La melodía verbal se ajusta en ritmos que combinan frases y silencios y que, en algunos casos, producen la armonía de versos simultáneos. De todos modos, los armónicos de ciertas palabras resuenan en la cámara natural del silencio poético, pueblan los coros del vacío. La belleza que ofrece la poesía es una belleza íntima, porque la poesía nos hace bellos y, en ese trance, nos vuelve dioses de nosotros mismos. Pero en esa operación en la que participamos todos, como poetas o como lectores, la poesía nos hace universales, nos convierte en universo. Es por eso que, entre todas las cosas, la poesía une mis fragmentos, me establece en la categoría de lo humano, de lo que es capaz de amar. Ante la poesía quedo perplejo: me obliga a mirarla de frente, me impide mentir; soy los que soy sin ambages. Me une y, por tanto, me libera: me pone dentro de mí. Al volverme humano, me desaliena, me corta la retirada, me ubica en la tierra, me da realidad. Por eso también me eleva en un único cuerpo con los que luchan, me solidariza con los trabajadores, porque soy uno de ellos, me da el coraje de sentir que soy muchos, y de combatir con todos ellos por otro mundo que –no tengo dudas– está en este. La poesía es revolucionaria porque violenta el lenguaje, lo mueve, lo deshace, y luego salta hacia el abismo entre los escombros. Íntima religión, la poesía es cosmos revelado; anatomía del instinto, es una ética que se hace al andar. Con la poesía desaliento el olvido, diluyo el silencio, habito el universo, invento el amor.




Poemas


XXIX

El que está sin amor
o el que está sin trabajo
ahuyenta –sin amor
pero no sin trabajo–
una mosca tenaz.
El insecto es religioso en su fastidio.
Como si orara,
como si el orbe levantara entre las alas,
se esfuerza en el zumbido
por imitar a la abeja.
Pero nadie esperaría de ese vientre negro
–a pesar del ojo verde o bordó–
la dorada descendencia de la miel.
El sin amor o el sin trabajo la mira
describir una órbita aleatoria
tomando su cabeza como sol.
Bebe
de a sorbos
todo el vuelo.
"Amor y trabajo
–piensa entre tragos–,
no alcohol y tabaco."



XXXII

El sin trabajo se quedó sin luz:
se lo tragó la verdad.
Ni acomodarse pudo: vacío
como silueta forense.
¿Por qué esperar del mundo una respuesta?
¿Qué sabe de uno la noche?
No hay fuera de las manos una acción.
Sólo lo inmóvil persevera:
lo demás es del viento.



XXXIV



El que está sin trabajo
cuelga de un perchero.
Su cotidiano deshacerse,
su ser nadie más que ropa
expuestos como un cuadro.
"Esto no es un perchero",
habría dicho Magritte
si no fuera una momia,
una nada hecha de polvo y misterio.
Pero qué puede decir el sin trabajo
si desaparece de su ropa,
si no es nadie en el amor del mundo.
Con la punta de los dedos
aferra el puño de la camisa holgada.
Siente en la yema los hilos
de la tela raída.
Y vuelve a colgar de su perchero
como la momia de Magritte.



XXXIX

Es un día de fuego.
Estalla en los ojos
el sol de la cúpula
y es un incendio de odio la campana.
Cantan los fieles una fe que se apaga.
San Cayetano tiene la espiga marchita.
Pero bailan como alambres
las filas de fidedignos,
las columnas encendidas de la grey.
Es un día de fuego
porque hay fuego en los ojos
porque es de fuego el rostro que confía.
Es de fuego y tiene hambre.
La sombra no se come.
Ya no se bendice el agua.
Dios no tiene perdón.
El que está sin amor
o el que está sin trabajo
abandona la fila de creyentes
y camina junto a las paredes
escritas por los herejes.



XXXV

El sin trabajo huele a quemado.
Su aspecto de sí mismo
lo descubre ante el mundo.
Ha pateado la calle
y en la calle latas,
tapitas sin botella,
cartas
que algún despechado hizo bolitas.
Como el amor se come con champán,
el sin trabajo no piensa enamorarse.
Pero vivaces
sus ojos se despiertan
cuando huele en el aire.
El sin trabajo cree en el humo
de las gomas encendidas.


Eduardo Mileo




Eduardo Mileo nació en Buenos Aires el 4 de julio de 1953. Editó los libros Quítame estas cruces (Ediciones del Escuerzo, 1982), Tiendas de campaña (Trocadero, 1985), Dos épicas (junto a Alberto Muñoz, Filofalsía, 1987), Puerto depuesto (Último Reino, 1987), Mujeres (Último Reino, 1990; 2ª edición: Ediciones en Danza, 2005), Misa negra (Último Reino, 1992), Poema del amor triste (Ediciones en Danza, 2001), Poemas sin libro (Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes, Ediciones en Danza, 2002) y Muro con lagartos (Ediciones en Danza, 2004), y el casete Mujeres (Circe/Último Reino, 1989), donde recita poemas del libro homónimo y otros. Junto a Alberto Muñoz, es autor de la obra de teatro Misa negra. Junto al compositor Raúl Mileo, editó el CD A boca de jarro y prepara Irala, sueño de amor y de conquista. Fue miembro del Consejo Editorial de la revista de poesía La Danza del Ratón hasta su último número, en 2001. Junto a Javier Cófreces y Alberto Muñoz, dirige el sello de poesía Ediciones en Danza. Integra la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina (SEA)

jueves, octubre 19, 2006

VANINA COLAGIOVANNI



Una cámara rápida que se desplaza por paisajes cotidianos y extraños con música animada. Así es la poesía que más me gusta. Lo que escribo surge de la observación y la percepción que después busco "traducir" al lenguaje escrito y, como en toda traducción, algo se pierde. Son imágenes, al principio aisladas, que empiezan a repetirse obsesivamente y a interconectarse. Lo que me impulsa a escribir es siempre una percepción extrañada de lo cotidiano, que tiene algo de siniestro. Hacia eso se acerca una descripción lateral, sesgada, oblicua, que nunca llega verdaderamente a nombrarlo. Lo rodea, pero no lo toca. No tengo muchos rituales, me concentro mucho en bares ruidosos, pero puede ser también en un colectivo o en mi casa. Suelo escribir la primera versión a mano, al pasarlo a la computadora hago una reescritura y voy corrigiendo sobre cada nueva impresión; dependiendo del poema, las impresiones pueden ser muchas. Hay épocas en las que estoy totalmente vinculada a la escritura y todo lo que observo, escucho, hablo, leo, las películas, las publicidades de la calle o la televisión, todo forma parte de un gran texto que dialoga con el texto que estoy escribiendo en ese momento, y que llevo incorporado; de manera que ese texto interior es muy permeable y lo que miro y escucho tiene una conexión misteriosa con lo que estoy escribiendo. Siempre tengo un interlocutor en mente cuando escribo, no puedo pensar un poema sin ese "lector fantasma", a él o ella van dirigidos muchas alusiones y guiños. Ese interlocutor no es el mismo, va cambiando. Pero lo que lo caracteriza es que siempre es alguien de total confianza. Los libros son para mí cartas, más o menos largas, dedicadas a los amigos. Escribo un diario en el que aparecen mis obsesiones, crisis, intentos de poemas, ideas para libros que quiero escribir, ideas para libros que abandono casi en el mismo momento de contarlas, cartas que nunca voy a mandar, canciones, diálogos reales, fotos, catálogos de muestras, inventario de sueños. Muchas –muchísimas- veces eso que escribo va a parar a los poemas. Me interesa mucho la mezcla de géneros. Uno de mis libros preferidos es El affaire Skeffington de María Moreno en el que ella inventa la vida y obra de una poeta que vive en París en los años 20, hace un cuadro de la época de entreguerras, en plena efervescencia de las vanguardias artísticas y políticas, incluye una biografía de la autora y hasta sus poemas y los comentarios a esos poemas. La pretensión documental, la inclusión de distintas voces, la relación entre diferentes niveles del texto, para mí es la marca de un libro excelente. En mi diario, cuento un sueño: estoy con mis amigos, mirando una película en la casa donde viví hace tres años, voy a mirarme en el espejo y me pinto los labios con brillo, de reojo miro la tele, al volver a ver mi reflejo tengo la cara de una de las que estaba en el sillón. Lo que más me intriga es el gran volumen de los labios nuevos. Los miro al hablar. Cada vez que los abro pienso decir algo pero salen palabras que no se parecen en nada a lo que quiero decir, como si hablara en otro idioma. Tienen cierta coherencia, pero no dada por mí sino por esos labios y esa lengua, que no son propios pero que trato de usar para hablar. Algo parecido creo que pasa cuando escribo.




Poemas


5


Volví a casa dolorida
por la extracción

no dejé de tener cierto respeto
por lo sagrado, prendí velas
puse el rosario bajo la almohada
-que cicatricen bien los puntos-
fui al supermercado

regalan una revista el mundo se ve amplio
y permanente

todos son corredores
nadadores en bicicleta maratonistas
a cierta distancia
las caras parecen frutas
las frutas hacen sombras de pájaros

la comunión se extiende
desde nosotros
hasta los vegetales

el carozo de ciruela en caída libre
hacia el patio de comidas

cortar una ciruela al medio
introducir la lengua en el orificio
-que no se abran los puntos-
cerrar los ojos hasta ver todo
duro como el carozo, la piel, blanda
-que suture, por favor-
para mi hambre
la pulpa.



8

Tomates en la pantalla violeta
luz radiante en los cartones de leche
flechas de plástico verde
hacia el pasillo

cierro los ojos
entre las verduras hay ángeles:

los corredores terminan
con montañas de conservas
túnicas celestes y espigas de oro
en los paquetes de galletitas

la suficiencia reservada de las naranjas
el rojo verde de las paltas en descomposición
limones agridulces

todo lo que llega desde su memoria precaria de voces
y raíces se filtra a través de mi mano

unión perfecta equilibrio de las cosas
las flechas verdes laten motorcito acelerado
el rumor de las heladeras dice algo más
a cada especie lo suyo

no, a cada una los restos carcomidos de otra
un lugar en la góndola

esperando que alguien las mire
y elija
de canastos ordenados no por letra,
sino por fecha de vencimiento

hombres comiendo tomates ven
ángeles clavados
en la pared
como mariposas
se exhiben en el pasillo
y al salir se llevan uno
envuelto en algodón.


21

enfermarme de algo grave, quedarme meses en cama
que me mantenga inmóvil, leyendo hasta cansarme agotar todas las escuelas de la filosofía, volverme sabia,

no pasó.


De, Sala de espera.


El perfume literario

Sentados en un sillón verde
las miradas de los cuatro se cruzaban
focos de luz en la noche de Colonia.
El tiempo se iba con el vino
en la exploración de los temperamentos
y las conversaciones inesperadas.
Uno se levantó y comenzó a caminar
recitando versos incomprensibles.
La vida imita al arte _la cita obligada,
y otro pensó en las afinidades electivas
como la puesta en escena
de un lugar común.
Ahora la memoria oscila
y se desplaza como el deseo
modificando las figuras y los mapas.
La distancia es
el principio y el fin de las correspondencias.



Carta

El principio es una imagen intermitente
los cuatro en el umbral de la casa
observando la tormenta,
un relámpago y el bautismo
la luz que cambió nuestra mirada
desvelando las pupilas.
Los acontecimientos
comenzaron a correr con su propia velocidad.
Nuestra unión fue una carta sin abrir
que contenía las palabras justas.
Y dicen que los libros mismos
son cartas, más o menos largas,
dedicadas a los amigos.



El ajedrecista

Está sentado, la cabeza apoyada en una mano,
en la parte más ruidosa del café.
Envuelto en el ensueño temprano
fija la mirada en un punto impreciso entre los libros,
papeles apilados y una partida de ajedrez
sin terminar.
El reflejo le hace bajar los párpados
hasta la mitad de los ojos oscuros.
Sobre una hoja en blanco
decide hacer un mapa de su vida:
las ciudades en las que vivió
los desvíos, las mudanzas,
y el dibujo vacilante
que no representa para los demás
otra cosa que un garabato infantil,
con la forma vaga de un rostro,
para él es un laberinto,
una brusca revelación.



Huellas

El viento cálido agita las hojas
inclinando al ciprés hacia la casa
bajo un cielo que se oscurece.
Las paredes
descoloridas por la humedad,
resguardan los cuerpos dormidos
abandonados al calor de la mañana.
La arena cubre el suelo del cuarto
empañando los vasos
y el vidrio de la botella
que están junto al umbral.

El pasillo en silencio.
Las miradas, las risas,
los juegos y afinidades cruzadas
se apagaron junto con
las últimas sombras
de la noche.

Los párpados cerrados
hasta que llegue la tormenta.



Slovaquia

La chica repite “slovaquia”
tratando de decir algo más
que se detiene, resistiéndose a salir.

Cada vez que lo dice, la “s” emite
un leve zumbido que turba sus labios
la boca se recorta del rostro,
opacando sus ojos grises,
atrapándome en una inmovilidad obscena
en la pausa de la propia contemplación
del momento discontinuo,
hasta que sin aviso
vuelvo a la velocidad del mundo
al asiento del tren
extrañamente familiar.
Podría ir a Eslovaquia, pienso,
mientras recuerdo sus labios
y de nuevo vienen, un momento después, sus palabras
la palabra
slovaquia
y la lengua
da un golpecito mecánico en el paladar.



La decepción y otras estéticas

Como descreo de los efectos en cadena
enmascaro toda necesidad propia
cada impulso individual
para adscribir a las verdades más triviales
y montar, sin falla, la representación de mí misma.



Peces

Con peces en el cuerpo
naranjas como tu bolso preferido
o el pañuelo en el cuello,
con mirada de nena y sonrisa vegetal
no hiciste mejor cosa que decirme,
después de haber dormido juntos,

la quiero a ella más que a vos.

No tuviste mejor idea que llevarte,
a la mañana mientras yo dormía,
la torre blanca
como un talismán,
dejando mi juego interrumpido,
porque creías haber soñado que estabas presa
en la diminuta pieza de ajedrez
y siempre es mejor llevar la propia cárcel con uno,
antes que huir imprevistamente de la muerte
hacia una ciudad cercana
para encontrarla esa misma noche
en un barrio desconocido.



Instantánea

Vi a mi doble en un tren
de perfil,
llevaba un saco oscuro
pestañas largas, el pelo largo ondulado
que en siete u ocho años voy a tener
mucho maquillaje, una sonrisa estática.
La observé todo el viaje
parecía como si no me pudiera ver
y fuera sólo una película
proyectada para darme
un vistazo del futuro.


De, Travelling



Vanina Colagiovanni


Vanina Colagiovanni nació el 23 de diciembre de 1976 en Buenos Aires. Publicó Travelling, Gog y Magog ediciones, en el 2005. Escribe poesía y guiones, actualmente está trabajando en un fotodocumental sobre poesía argentina de los años sesenta.

JORGE NAPARSTEK


Mi ritual es irregular. A veces estoy más cómodo a la mañana, otras necesito el silencio de la noche, cuando casi todos duermen. En algunos momentos me parece encontrar alguna indicación o pista para establecer un sistema, pero al día siguiente se derrumba. Mis manos no están en buen estado así que ya casi no escribo en cuadernos, que es lo que más me gusta. Mi superstición es usar siempre el mismo lápiz o lapicera hasta que se acabe. A veces uso la máquina de escribir, cuando los ojos se quejan, pero en general es en la compu. Me gusta escribir con música, aunque en algunos momentos me distrae. Más que un plan es un clima, algo que viví, leí. Alguna frase, algo que me llama la atención, una nube o restos de un sueño. Me gusta leer algo sobre el tema que estoy trabajando, insectos, estrellas o lo que pasa a mi alrededor. Descansar, sí, pero unas horas nomás, una noche. Es raro que escriba algo y no lo corrija. A veces me parece que me gusta mas borrar que escribir.
Procedimientos de escritura no sé, pero muchas veces hay algo flotando en mí, como una burbuja que es mejor no mirar demasiado.
Yo también escribo como y cuando puedo. Nunca sé si lo que empiezo a escribir va a terminar en la carpeta o en el cesto. Tiene mucho de andar a tientas. Algunas veces es placentero. Pero siempre vuelvo .


Poemas


una a una
las voy poniendo en el cuenco de la mano
para después dejarlas en la mesa
podrían ser pequeños cerebros
con deficiencias en la materia negra
acentuadas por cielo gris prolongado
pero son apenas semillas blancas
contraste aparente
por detrás de las segundas intenciones
el murmullo es monótono
no llega a eclipsar
el perfume de la mandarina.


***


quedarse dormido frente al monitor
las ideas se emborronan en la boca
tren subterráneo recorriendo dentaduras
cepillos y erosiones en silencio
mensaje cifrado en energía amarillenta
ellos
nosotros
mariposas de un día
evitando despedidas
hipotermia en el circuito
ola blanca reptando en los oídos
después vendrá otra vez el cuentagotas de la tarde
oscuridad diluida sin preludios
en un sueño sublingual.


De, Esa Tibieza colgada en la ventana

inédito.


***


el viento cambió
la noche huele a humo
eso no ayuda para el sueño
por motivos desconocidos
una ambulancia estalló esta mañana
raro espectáculo para los planetas
mensajes perdidos
entre los primeros grillos.


De, Equinoccios

inédito


Mi nombre es Jorge Naparstek, nací en capital el 3 de noviembre de 1953. Hace 22 años que vivo en Córdoba. Estudié composición con Oscar Bazán y Graciela Castillo, compuse música de cámara y electroacústica, toqué flautas, clarinetes y saxo alto. Escribo desde chico, pero siempre fue algo colateral, estaba concentrado en la música. Hasta que hace más de un año comencé un taller a distancia con Romina Freschi. Participé en la antología laplanatersuradelcolgar, y en varias publicaciones virtuales.
jorgena_@hotmail.com

sábado, octubre 14, 2006

OSVALDO AGUIRRE





Escribo en mi casa, en papeles sueltos o en cuadernos, a mano. En principio tomo notas y luego a partir de esas notas, de algunas de esas notas, surge determinada escritura. Por lo común estas notas están relacionadas con conversaciones, o son registros de situaciones mínimas o de relatos. Luego, no importa si es de día o de noche, pero sí que haya un cierto silencio, el silencio necesario para que esas palabras que están apareciendo cobren fuerza y se hagan oír. Para mí escribir es vivir en otra lengua. Recuerdo una vez que hablé con Mario Levrero, el día siguiente al que él terminara de escribir una novela; Levrero me decía que se había ido a vivir a esa novela. Bueno, en determinado momento, llegado a lo que considero puede ser la versión final, paso el texto a la computadora. En cierto sentido yo pienso la escritura de poesía de modo análogo al trabajo agrario. Aclaro que mi familia proviene del campo (y en parte ha vuelto, ahora, al campo) y al escribir poesía, en general, escribo sobre el campo. No obstante, yo no tengo tanto una experiencia directa del campo como de los relatos que he escuchado desde chico sobre el campo, sobre las cosechas, las tormentas, los animales domésticos y los animales salvajes, ciertos personajes fantásticos, etcétera. Pero volviendo a lo anterior: pienso que también yo hago mi "campaña" –como se dice en el campo-, que cada año, entre la primavera y el otoño estoy madurando determinada cosecha.
El plan aparece cuando esas notas van tomando cuerpo en un posible poema. No refiere a ninguna investigación ni lecturas en especial, es sólo definir cómo se va a estructurar el texto, cómo sería el cierre, qué tipo de voces se están tramando. Voy haciendo lecturas, pero no están referidas directamente a lo que escribo sino al hecho de escribir, "el oscuro desafío que me enciende", como diría Juan Manuel Inchauspe. Sí, los dejo descansar forzosamente, ya que publico de vez en cuando. En el 2000, por ejemplo, publiqué un libro, El General, que había escrito siete años antes. Y ahora estoy por publicar otro libro que empecé a escribir hace nueve años. En algunos casos –por ejemplo, en El General- prácticamente no hice corrección después del tiempo que dediqué a su escritura. Hay un modo, pienso, de dejar tranquilo a un texto, de advertir que ya no necesita de uno o que en todo caso es imposible corregirlo; y es cuando uno ya no puede entrar en ese texto. Cuando uno termina de escribir algo –y digo "termina" en el sentido literal- comienza a convertirse en un lector de ese texto, el texto se va volviendo extraño a uno, y uno mismo se aleja del texto. En ese sentido, aunque lo haya escrito, uno es como cualquier otro lector. Me pasa, con algunos poemas (y también con reseñas o artículos que hice), de sentirme absolutamente extraño, de desconocerme; no porque abjure de esos textos sino porque no sé, no comprendo qué me pasaba por la cabeza al momento de escribirlos. Es decir, lo he olvidado. Y agradezco el olvido, porque, como dice Barthes, es porque olvido que leo, y que escribo.
La corrección, cuando la hay, significa para mí ajustar el sentido de las palabras, el sonido de las palabras que uno asocia. Atenuar algún exceso. El sentido de la corrección también cambia con el transcurso del tiempo, uno no hace siempre el mismo tipo de correcciones, depende del trabajo que se proponga hacer con la lengua y con el poema. En algún momento me propuse trabajar sobre las posibilidades poéticas de determinados procedimientos narrativos. De la narración. Me propuse reinventar una lengua familiar, casera. Una lengua a la que sentía perdida, aunque a la vez sabía que nunca existió como yo la practicaba.
Sentí que tenía como un legado, y que ese legado se materializaba en dos libros, un libro de mi abuelo y un libro de mi padre. El libro de mi abuelo es un viejo libro de contabilidad que inició mi bisabuelo para registrar el movimiento del campo y que luego, abandonado y convertido en borrador, fue el lugar donde mi abuelo aprendió a escribir, donde ensayó su firma, donde transcribió canciones e hizo otros ejercicios de escritura.
El libro de mi padre es un herbario, que todavía conservo (como el libro de mi abuelo), con todas sus muestras (aunque ya secas, claro) y sus descripciones, los pequeños relatos sobre los ejemplares que había recolectado. Por eso he estado atento a las palabras y los modismos rurales que he escuchado, a las modulaciones de una lengua estereotipada y a la vez, no sé, sabrosa. Ahora, aun con esa misma lengua, quiero salir para otra parte.
La poesía se me aparece como un camino, un camino con vueltas, donde es raro cruzarse con alguien.


Poemas



Nota

Campo Albornoz era el nombre de una estancia en el sur de Santa Fe. No sabría ubicarla en el mapa, porque fue fraccionada y desapareció. Sin embargo, sobrevivió en el habla de personas que siguen situándola como punto de referencia, aunque no exista. Es decir que se trata de un lugar del lenguaje, no de la geografía.
O. A.


Campo Albornoz

I


Con un silbido largo
llamaba al Lucero
para ir echando putas
hasta el pueblo.
Ya en la última hora,
antes de salir al patio
y entonar como dormido
las estrofas de Aurora,
sus ojos picaban
por la calle ancha.
Era la palma de su mano
y se animaba al primero.
Listos, en sus marcas,
a ver quién gana, a ver
quién llega a la estación
para saludar el paso
del lechero;
a ver quién en la plaza
y el último
cola de perro.
La señorita
se quejaba de la tierra
y decía que mañana.


II

Quién te corría, digo,
sino el campo florecido
en el mediodía de verano,
los cuises asomados al borde
de la cuneta, intrigados
por semejante apuro,
los teros, que alzaban vuelo
a los gritos, como si dijeran
"aquí no se puede estar
tranquilo", cruzaban la huella
y se posaban del otro lado
y al rato, con quejas y reclamos,
volvían al punto de partida:
"esta es la última vez", decían.


III


En Campo Albornoz,
departamento Constitución,
provincia de Santa Fe
-escribió el sumariante-,
la señorita de tal,
directora de la escuela
rural, declara.
Desde el pueblo siempre
por la calle de la estación
llegaba en sulky
-tenía una capota roja
para sol del verano,
heladas o temporales.
Paraba en chacras
o por el camino
a esperar alumnos,
apuraba a la yegua
y ocho menos cuarto
podía llamar a fila
ante la bandera y dar
los buenos días
donde ahora no se oye
voz humana ni corre
más que el viento,
o el simple abandono,
ni hay cosa que diga
de nuestra vida.
Todos los grados
a su cargo, de marzo
a noviembre, años
y años sin falta:
salvo esa mañana
en que hallaron
bajo el sauce
al viejo que cuidaba,
frito de una puñalada.


Diario íntimo

En su cuaderno anota
el día de siembra
y la verdad de la cosecha,
la fecha y el monto
de cada lluvia, aclara
si hubo piedra y otra:
qué daño quiso hacer.
No se hace líos
con tantos números
pero a fines de marzo
como maleta de loco
lleva ese cuaderno,
uno que guarda
de la escuela rural,
forrado con papel araña.
Mide el agua caída
en la quinta
y al final de la trilla
compara las cifras
de la campaña presente
y la campaña pasada,
y otra: saca cuentas
del rinde por cuadra.
Y tiene una letra
tan clara que parece
dibujar sobre las líneas
de la hoja, bien parejos,
los surcos de soja.


Vademécum

Se aplica un sapo
-la parte de la panza
fría- y el dolor
de muelas pasa.
Un caldo liviano
es santo remedio
para ir de cuerpo,
dar una vuelta
a la casa apenas
uno se levanta
de la mesa cura
la falta de sueño.
Con telarañas
las cascaritas
no arden ni sangran
y si se agrega
algo de barro fresco
se acabó el llanto:
nadie se rasca
las ronchas que dejan
hormigas, tábanos,
abejas. Y la tos
se va con tomas
de agua y miel
cada cuatro horas
en cucharita de té.

Bizcochos

Te voy a dar algo,
dice, que en la ciudad
imposible de conseguir.
Son los bizcochos
de dulce de leche y coco
que él mismo hace.
Ofrece una bandeja
con sonrisa bien ancha.
Antes, se jacta, por la zona
repartía bochas como ésa
-y qué galletitas, qué masas:
una delicia. Hasta decir
basta, hasta que se cansaba:
salía antes que las gallinas,
con la chata rebalsada
y en una de esas llegaba,
capaz, a San Nicolás.
Entonces algo fallaba
en él, ya la semilla
del desastre de su vejez.
El bulto del cuchillo
que calzaba y hacía ver
por gusto. O las gansadas
tremendas para disculpar
el susto y los diálogos
y entreversos que mantenía
consigo mismo:
"-¿Cómo?
¿Si vienen de lo profundo
del maíz?
-Me roban, ¿y?
-¡Y no sé qué más!
-¿Cómo?"
El negocio se conserva,
ese es su orgullo,
aunque algunas vitrinas
desnudas, y tiene espacio
de vicio. A la madrugada
da vueltas al lado del horno,
más que nada por costumbre,
y la mujer que le ayuda
se aburre de estar sentada.
Es cosa de locos, los pocos
clientes son viejos sin dientes,
y encima la competencia
bolacea que sus manos
tratan la harina más barata.
Pero quién aguanta ahora
las bromas de otra época,
las carcajadas a solas.
El pan se vuelve piedra,
ya nadie se extraña, y él
amasa lo justo, o menos,
de martes a viernes,
y en fiestas y fin de semana
agrega los bizcochos,
unas cuantas docenas.


Alemanes

Son dos gotas de agua,
mejor dicho de aceite
y grasa.
El trabajo y los años
los retocaron parejo:
gruesos, retacones,
la palidez de la cara
realzada por qué mugre
qué negros los mamelucos
y el pelo colorado, igual
que si un golpe de viento.
Los mismos callos
endurecieron sus manos
en el aprendizaje
de los misterios
que animan lo mecánico.
Hasta en la manera de ver
las cosas, como si un cable
invisible los uniera.
"Cómo anda -dice uno,
por la marcha de un Hanomag-:
Ése no nos da de comer".
Y el otro arranca apenas
un segundo después:
"no nos da de comer",
repite, los ojos deslumbrados
por la inteligencia del cascajo.
O antes: "Cómo anda",
y a lo mejor frena y deja
al otro seguir lo que él piensa.
Y los dos, al conversar,
inflan las mejillas
enrojecidas y tratan
de decir, con pausas,
las palabras completas,
como si tuvieran la boca
repleta de tuercas.
Conocen los tractores
y las trilladoras que les llevan
desde su salida de fábrica,
vida y obra de cada máquina:
cómo anduvo en campo
con humedad o qué fuerza
para desencajar un acoplado.
Sin necesidad de salir
de la fosa, por el motor,
el temblor del piso
o la tierra que levantan.
No les resulta ajeno
nada de lo mecánico.
Bien entrada la noche
se ve luz en el taller:
los dos siguen con trapos
embadurnados, y el aceite
y la grasa, como el tinte
más natural de la piel.


La despedida

Has sentido, en tu corazón,
el desprendimiento de una rama que cae.
Juan M. Inchauspe

En sus últimos días
se puso más flaca
y arisca que de costumbre.
Apática: la voluntad
le faltaba. Pero ni quejas
ni lágrimas alteraban
lo serio de su cara,
y no quiso que fueran
con ánimos o sonrisas.
Le preguntaban:
-Pero qué le pasa.
-Nada, nada –ella;
y eso si contestaba.
El reposo aconsejado
por el médico que no pidió
no calmaba su cansancio
y las plegarias de la extraña
puesta de compaña y vigilia
al Cristo crucificado
sobre su cabeza, lo mismo
que si escuchara llover.
Le costaba entender
los consuelos que le daban,
abrir los ojos y enfocar
algún objeto o silueta
en la pieza en sombras.
Más que acostarse
se hundía en la cama
como si ya estuviera
donde te dije.
La comadre afligida
por el agua, la ventilación
del cuarto y el olor
de las sábanas, y el médico
que, vaya novedad,
la veía desmejorada,
seguían la rutina del drama
y por eso se engañaban.



Ladrones

I

Era noche tan cerrada
que ni luciérnagas
siquiera y de pronto
los perros comenzaron
un escándalo.
Ladrones,
pensó.
Echaban chispas,
y hasta perder la voz,
como si un extraño
o los que van de chacra
en chacra con carne
envenenada o qué sé yo.
Se levantó de la cama
e intentó hacer luz
en las esterillas. Nada,
pero aquellos seguían.
A la mañana encontró
un pobre gato destripado
-quién sabe de dónde-
y en el patio, a la vista,
para que él supiera,
una comadreja, bah:
las patas y la cabeza.


II

Comenzaban el día
con mates en la cocina
y la radio para saber
los rindes de la lluvia.
Discutían si el agua
caída y el cielo, hacían
pronósticos por su cuenta:
lo normal después
de recibir la tormenta.
Hasta que ella, con luz
de alarma en los ojos,
helada de pies a cabeza,
pidió que bajara el volumen,
silencio, que no se moviera:
le parecía escuchar
algo raro en el camino.
Él le hizo caso
por darle el gusto nomás
pero enseguida vio:
no estaba loca, no,
eran voces, por lo menos
dos, que circulaban
a pocos pasos, oh.
Ladrones, dijo ella.
Y él, callado la boca,
dejó el mate y salió
con la escopeta a ver
un camión atravesado
entre huella y cuneta,
justo ante las casuarinas
de la puerta,
y dos vestidos de barro:
vecinos del pueblo
que tenían la ocurrencia
de salir al camino. Pero,
¿cómo, en qué cabeza?,
preguntaron, y todavía
esperan una respuesta.


De, Campo Albornoz


Osvaldo Aguirre



Osvaldo Aguirre (Colón, Buenos Aires, 1964) vive en Rosario. Integró el Grupo de Arte Experimental Cucaño y estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Publicó los libros de poesía Las vueltas del camino (Tierra Firme, 1992), Al fuego (Tierra Firme, 1994) y El General (Melusina, 2000), las plaquetas Narraciones extraordinarias (Vox, 1999) y Ningún nombre (Dársena 3, 2005), las novelas La deriva (Beatriz Viterbo, 1996) y Estrella del Norte (Sudamericana, 1998), los libros de cuentos La noche del gato de angora (Fundación Ross, 2006) y Rocanrol (Beatriz Vierbo, 2006). Editó las obras poéticas de Arturo Fruttero y Felipe Aldana, publicadas por la Editorial Municipal de Rosario. Edita el suplemento Señales del diario La Capital, integra el consejo de redacción de Diario de Poesía y colabora (o ha colaborado) en Radar, Punto de Vista, Bazar Americano, Vox, La Pecera, El Jabalí, Hablar de poesía, La ballena blanca, Nadie olvida nada (San Salvador de Jujuy) y Ángel de lata (Rosario), entre otras publicaciones.

viernes, octubre 13, 2006

SANTIAGO ESPEL



El tiempo es tirano, y las obligaciones su brazo ejecutor; esto determina mis modalidades, mis hábitos de escritura, de manera unilateral. Por eso, hago todo lo que se detalla en la pregunta, y más, según la ocasión. Saber si esto es bueno o no, es materia de debate, o al menos de reflexión, considerando que yo no me "siento" a escribir poesía, sino que me "siento" cuando termino de escribir.
La poesía se escribe desde un alerta, desde una incomodidad, desde la adversidad.
El poeta no es un talabartero ni un programador de sistemas. Cuando llega el momento de corregir, ahí sí me siento, y trabajo, hago uso del oficio.
La poesía está inficionada de misterio, por eso sus procedimientos, sus modos de escritura están sujetos a ese mismo misterio.
Escribimos en los intersticios del día, de las obligaciones, de ahí la variedad de recursos, con y sin luz, con y sin ruido, en la computadora, en el papel, con frío o calor, con lluvia o melancolía, con viento o exaltación, con dolor o placer…escribimos como hacemos el amor.
Escribo, según se mire, poco…nunca más de 15 o 20 poemas al año…!!! Si se trata de un libro de poema único y extenso, es decir un libro articulado sobre una trama y encadenado, trabajo con un plan previo, incluso con la preexistencia del texto, es decir tratando de escribir aquello que me gustaría leer, y que de algún modo –misterio dixit- ya está escrito, y yo desentraño, rescato. Así escribí mis últimos dos libros: Isoca y Vulgata. Si son poemas independientes, confío más en la intuición, en la violencia del momento, en algo instintivo que está más en el cuerpo que en la cabeza, a diferencia de lo anterior, donde la cabeza manda.
Una vez más, ahora no tirano pero sí justo y benefactor, el tiempo determina qué poema se salva del estropicio y qué otro no. Corrijo mucho en la cabeza, antes de escribir. Doy muchas vueltas en torno a cada verso, lo leo en voz alta, lo reviso, su sentido y sonido, y por último veo si está justificado dentro del poema, si suma, si tiene valor autónomo. Hay versos de apoyatura y otros de relevancia; ese acople de acordes es el tejido del poema, su trama. Acordes menores y mayores combinados, indispensables, insustituibles. Por último reviso el poema entero, lo leo en voz alta, trato de ver dónde renguea, dónde corre y se afirma.
Mi procedimiento quedó, creo, dicho arriba, en esas urgencias y limitaciones espacio-temporales; puedo agregar algo: yo empiezo a escribir el poema dentro de una caja de seguridades, como una caja acústica y afinada, trabajo sobre lo que sé y conozco, digamos que utilizo mi "oficio"; después, cuando el poema está casi armado, lo monto sobre un rectángulo de vidrio, como quien calca una figura, y lo desplazo levemente, lo borroneo. Se trata de una distorsión, de una deformidad, un movimiento casi imperceptible por donde se cuela el misterio y corrompe la prolijidad del texto, lo fuerza, le da su sentido último y auténtico. Salgo del cuadro del oficio y lo abordo desde el misterio, lo retuerzo.
Mi vínculo con la poesía está en el cuerpo, en mi respiración, en mi ideario del mundo. Ningún poema ha cambiado el mundo, pero más de un poema ha mejorado mi vida…¿y por qué no la de los demás?



Poemas

  

El hacha de silex

 

Rebajada a vitualla arqueológica

el mango rústico abraza los cantos de la piedra

y se pierde en vaguedades de estilo, la forma

en que caía sobre el lomo del animal

                        o sobre la espalda del adversario.

 

Una tipificación celosamente estudiada

hace de la bravura de antaño un visaje,

una elegía para el asombro del museo.

 

Ríos de sangre intactos aún corren

por su filo irregular, y van a secarse

                                    en el liquen de los muros.

 

De esa doctrina abrevan los hombres,

sin enjuagarse las manos, ni mirarse a la cara.

 

  

 

El largo día del poncho de hilo amarillo

 

 

Eso que algunos poetas llaman jornada y otros día,

no es más que una débil tregua o cese imaginario

del fuego en la batalla, la pausa descarada de la vigilia.

Abrirá la puerta de la casa, traspasará el límite oscuro

como quien sale del sofoco del agua o del lejano

e inenarrable útero, y dejará inerte sobre la silla el saco

gastado por el rayo del sol o por la caricia de la lluvia.

Se dirá que los aspectos frívolos de su vida han alcanzado

ya un punto intolerable, un punto sin retorno, y cerrará

y abrirá instintivamente la mano como un corazón abierto

y anhelante de sacarse un peso de encima.

En el patio cuadrado y de reflejos presentirá el perfume

dulzón y esperanzado de los brotes nuevos, y cuando

el pájaro cante en la antena, como es costumbre,

el perro del vecino ladrará su encierro de todo el día.

Pensará en el paso del tiempo, y lo verá en los lunares

de los brazos, y en la humedad que sube decidida

por la pared del sur, la más angosta del patio cerrado.

Se sentará finalmente a la mesa y dejará caer unos pocos

y balbuceantes versos que reprobará con una mueca.

En ese momento, como un gesto indeclinable

del destino, sonará el timbre: una, dos y tres veces.

Abrirá y verá que está empezando a llover, y que la gente

corre a sus casas con las últimas y perentorias compras,

como quien busca refugio y sosiego, después de un

largo y tedioso día, apenas antes de la indolencia fatal

y socarrona del próximo, disciplinado, e inminente minuto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Crónica de la muerte del autor

 

Podría ser un primerísimo y magistral plano de Chabrol,

porque llueve en París, y el viento golpea con fuerza

en los toldos de los cafés, mientras un hombre con

sobretodo cruza la calle con un diario bajo el sobaco

y un cigarrillo en los labios, pegado a la comisura.

Sigue otro plano en perspectiva plana y casi velada:

Una camioneta de lavandería dobla una esquina

y embiste al hombre que no ha terminado de cruzar

ni de llegar a la Sorbona, donde al parecer, se dirige.

El cuerpo acusa el impacto y queda laxo en la calle.

Estamos en la Rue des Écoles, es 25 de febrero de 1980.

Un travelling recorre de pies a cabeza al viejo canoso

que ha perdido sus zapatos y el diario del día.

De alguna extraña manera, el cigarrillo sigue pegado

a su boca, y el fino papel se empieza a teñir de rojo.

Después de amagar algo que parece una disculpa

o un gesto impávido de asombro e indignación,

el hombre que maneja la camioneta con ropa limpia,

planchada y perfumada, se aleja del círculo de curiosos

y dobla con vehemencia la esquina, dejando el rastro

de los neumáticos borrándose en la película de agua.

El hombre que maneja la camioneta es una silueta

que no sabe que acaba de atropellar a un viejo canoso

nacido Roland Barthes que habló de la muerte del autor.

El viejo canoso morirá un mes más tarde en un hospital.

Predijo la desaparición y la muerte metafórica del autor.

Encontró una mañana de frío y de manera involuntaria

el signo más concreto de su semántica y su fatalidad.

Los dos inciden en el pensamiento contemporáneo:

Uno por haberlo gestado. Otro por haberlo interrumpido.

 

(Inéditos)

Santiago Espel



Santiago Espel, nació en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina, en 1960. Publicó en poesía rapé, 1988 (Faja de Honor de la S.A.D.E); Pavesas & Muelles, 1990; Misas en Harlem, 1993 (1er Premio de Poesía Nacional Ramón Plaza); Cantos Bizarros, 1998; La clari­dad meridiana, 2001; La víspera sí, 2002; Isoca, 2004; Vulgata, 2006; 100 haikus, 2008, Cuaderno acústico, 2010; La penitencia, 2012; Notas sobre poesía, 2013; Mesa de entradas, 2015; Breviario exótico de accidentes poéticos, 2016, Photo Carné 2018, y El Pan de la rabia & El Vals, 2019, Su señoría, 2020, y Nuevas notas sobre poesía, 2021. En 1995 publicó la novela La Santa Mugre o El País de Cucaña, en Grupo Editor Latinoamericano. Su poesía fue traducida al inglés, alemán y portugués. Tradujo a Philip Larkin, Paul Blackburn, Kenneth Patchen, Patrick Kavanagh, Alice Oswald, Robert Graves, John Ashbery, Patti Smith, Don Parterson, Peter Hammill, Gary Snyder, Mario Quintana, Wilson Bueno y Mario de Sà Carneiro, entre otros. Coordina talleres de escritura en Vicente López, lugar donde reside. Su poesía fue musicalizada, documentalizada, y puesta en escena teatral y artística en más de una ocasión. Egresado de la Escuela de Periodistas del Círculo de la Prensa. Es editor del sello de poesía, narrativa y ensayo, La Carta de Oliver, desde 1990, en el que lleva editados de manera independiente alrededor de 100 títulos.


ANAHÍ LAZZARONI

.











Hasta hace un par de años el primer borrador siempre lo hacía a mano y continuaba en la computadora. En estos momentos casi no puedo escribir si no es máquina mediante aunque se que si surge un poema, de ser necesario, podría escribirlo a mano como en los viejos tiempos. Escribo sobre todo por la tarde y algo que necesito de un modo más que imperioso es un silencio absoluto. Las hojas blancas tamaño A4 me producen una atracción hipnótica. Sin plan, bastante a ciegas, con un inmenso placer. Corrijo, sigo corrigiendo aún una vez que el texto ha sido publicado, acepto sugerencias. Aparece a veces en forma de una idea otras es como si mirara lo que pasa en el mundo y tradujera a un lenguaje poético eso que creo ver. Pero no se si debería decir que miro el mundo o que escucho el mundo y después escribo o que hago una cosa o la otra según la ocasión. Me encantaría escribir con más continuidad. Soy de las que deben esperar que la poesía las visite.




Poemas


Algunas cosas necesarias para la escritura de un poema


La precisión de un relojero.
El vuelo del águila.
La delicadeza de un insecto.
La zozobra del loco.
Pluma o lápiz.


Sequía poética


Las palabras no se adhieren al papel,
vuelan dispersas, se distraen el aire.
Andan como locas de atar,
como mujerzuelas,
en la época de los conventos.
Padecen demencia.
Reniegan.
Hasta que un buen día
Se paran en seco.


Vicisitud

Envíanos la lluvia, envíanos la lluvia
Zeus amado, sobre nuestros campos
de cultivos y llanuras.
Súplica Ateniense
Si se pudieran mojar las palabras,
¿acaso crecerían?
No habría desierto en los papeles.
Una leve lluvia cayendo desde lo alto
y los textos se clasificarían
en, al menos, dos tipos :
poemas de invernadero
y poemas salvajes.
Una leve lluvia en los papeles.

De, Bonus Track




En todos lados se cuecen habas

Algunos poetas me escriben cartas
donde me cuentan que deliran por el lejano sur.
No son pocos los que me imaginan en una casa
construida con maderas claveteadas,
escribiendo sin cesar mientras la nieve cae y cae
Hasta piensan que suelo estar sentada junto al fuego,
como si fuese un personaje de ciertas novelas decimonónicas,
y me piden que les describa el silencio porque ellos ya no lo recuerdan.
Este mediodía varias calles de la ciudad están cortadas.
Escucho bombos,
voces,
sirenas de patrulleros,
personas que gritan cada vez más alto en medio de la aglomeración.
Por ahí no se puede pasar.


Primavera de 1999

De, A la luz del desierto



¿Quién intenta
en el extremo del mundo
acechar el haiku?

***

El globo rojo
tirado en el suelo,
hay una fiesta.


De, Acechar al Haikú


Anahí Lazzaroni


Anahí Lazzaroni nació en La Plata. Reside desde su infancia en Ushuaia, capital de Tierra del Fuego, Argentina. Publicó: Viernes de Acrílico (1977), Liberen a la libélula (1980), Dibujos (Ediciones Revista Aldea, 1988), En esta ciudad se escribirá una novela (prosa, Ediciones Revista Aldea, 1989), El poema se va sin saludarnos (Ediciones Último Reino, 1994), Bonus Track (Ediciones Último Reino, 1999), A la luz del desierto (Ediciones Último Reino, 2004). Entre 1986 y 1994 codirigió la revista Aldea. Colabora en diarios y publicaciones del país, y del extranjero. Poemas suyos han sido traducidos al italiano, francés, coreano y catalán

martes, octubre 10, 2006

MARIA TERESA ANDRUETTO





Vivo lejos de la ciudad y por lo menos tres días a la semana trabajo en casa. Esos días trabajo casi todo el día, ya se trate de contestar mails, preparar un pequeño texto, leer material para una colección que dirijo o proyectos personales de escritura.
No me importan la hora, ni la luz, ni la época del año, ni los ruidos (he escrito con fondos muy ruidosos, aunque ahora vivo en el campo, en un lugar silencioso), aunque en general hago las primeras versiones de narrativa en verano y muy rara vez trabajo por la noche.
La narrativa va directamente en la computadora. En cuanto a la poesía, como dijera Montale, escribo sólo "cuando ella me visita" y eso no sucede a menudo. En el caso de los poemas, un primer borrador puede que vaya a mano, sobre todo si aparece –y es lo habitual- cuando estoy fuera de casa, cuando viajo en ómnibus (tengo largos trayectos en transporte público) o estoy en la ciudad, entonces entro a un café y anoto en una pequeña libreta o agenda o servilleta de papel algo que luego vuelco a la computadora. Nunca anoto propósitos ni objetivos, ni temas a trabajar, ni argumentos a seguir, y generalmente al comienzo de un proyecto de escritura no tengo mucho más que una imagen muy fuerte y el deseo de explorar qué (me) pasa en relación a esa imagen. Pero hay/sucede una suerte de plan, sí, aunque no se trata tanto de una planificación sino más bien de un cauce que a partir de cierto texto toma la imaginación.
Podría dar ejemplos: en algún momento surge un primer borrador de un primer poema (Arroz con alcachofas, de Palabras al rescoldo, o la primera versión del poema Pavese, del libro del mismo nombre, o Hamaca en Kodak) e inmediatamente (se me) aparece la idea de una serie: poemas sobre comidas/poemas como foto-escenas de la propia vida/poemas-relatos en torno al padre biológico y al que se quisiera padre literario...).
También me ha pasado eso con ciertos proyectos narrativos: El anillo encantado y Huellas en la arena, son una serie de cuentos que retoman el género maravilloso, La mujer vampiro, una serie de cuentos de miedo, Todo movimiento es cacería una serie de cuentos con mujeres. Escribo uno, después aparece otro, en algún momento pienso que podría hacer un conjunto de cuentos o de poemas de ese tipo y me vuelvo más receptiva a esos asuntos y a esas formas. Es decir, se me aparece pronto la idea de conjunto, de libro. e parece que así, bajo esa modalidad suelen trabajar los artistas plásticos. e trata de un camino de exploración (la serie puede tener que ver con lo formal o con lo temático o con ambos aspectos) que no se agota en un solo texto, que tiene su tiempo de existencia en mí y después se diluye como interés de escritura. Ha persistido además a lo largo del tiempo y de lo escrito el interés por el mundo de las mujeres.
Eso puede verse en la narrativa (Tama, los cuentos de Todo movimiento es cacería, La Mujer en Cuestión, en una novela inédita que se llama Lengua Madre) y también en Kodak y en Beatriz. Mujeres – la que soy, las que observo, las que quiero- de distinta generación y la relación entre ellas, las relaciones entre madres e hijas, la relación entre las mujeres y la palabra, las traiciones y fidelidades domésticas, la búsqueda del amor, los prejuicios, la incomprensión, la solidaridad o la maledicencia, y algo que siempre me atrae y desconcierta: las diversas miradas que se puede tener sobre un mismo asunto, la relatividad de todo, la imposibilidad de conocer nada de un modo absoluto. Todo eso forma parte de un mundo del que puedo extraer "material" cuantas veces quiera, porque es el mundo al que pertenezco y entonces mirar allí ha sido también un intento de comprender.
Tengo alta conciencia del oficio y mucho respeto por los oficios. Se trata de una pelea con las formas. De una materia cruda que va en busca de cocción estética.
En ocasiones el buceo en los distintos géneros se da porque no puedo resolver lo que busco por un camino y entonces me cruzo a otro, pero también puede suceder que un asunto, aun habiendo sido ya escrito, siga pretendiendo otros cauces. ¿Ejemplos? Muchos: un episodio de infancia convertido en un poema de Kodak, el poema de Kodak convertido en cuento ilustrado para los más chicos, el mismo episodio como base de reflexiones en torno a la escritura para leerlo en un encuentro de poetas, fragmentos de ese mismo texto ingresando como reflexiones de la protagonista de una novela inédita. Cosas así me suceden con frecuencia. Corrijo mucho, sí. Casi diría que en la corrección, en el lento trabajo artesanal, es donde encuentro el placer más intenso de escritura.
Abandono por años los proyectos y tengo la sensación de que dejándolos exudan lo que no les sirve, porque cuando los tomo –tanto tiempo después, a veces años- parecen señalarme qué es lo que sobra.
También conozco los riesgos de la hipercorrección capaz de matar "lo vivo" de un texto, y sé que a todo eso me expongo (nos exponemos al escribir) con mejores o peores resultados.



¿Qué significa la corrección para mí? Se trata de un ejercicio vital, creo, una suerte de depuración de uno mismo, de los excesos de uno mismo. Los trabajos/ la vida tienen un peso enorme. Todo lo que uno vive/hace es de una importancia crucial para la escritura, hace la escritura o mejor dicho, la escritura se hace con eso. Hay una corriente que va desde el mundo y los oficios, hacia la escritura, porque ésta no nace de la nada sino de esa relación con lo/los que nos rodea/n. Así las lecturas y la escritura de lo que no es poesía, el dolor con respecto a ciertas cuestiones, la relación intensa con muchas personas que nada tienen que ver con el ambiente, el asombro ante lo mucho o lo poco que vemos y el trato con alumnos que en mi caso siempre ha estado muy cargado de afectos, van dejando su marca en lo que escribo.
La voz narrativa, incluso si se trata de poesía, es uno de los aspectos de la escritura que más me interesa y, desde ya, el aspecto formal que, a mi juicio, exige mayor refinamiento: la posibilidad de ser otro, de ser desde otro, de un modo verosímil.
Ese travestismo de la mirada es algo que está íntimamente ligado a aquel núcleo de interés al que me refería antes: lo relativo de toda verdad, la imposibilidad de alcanzar una certeza que sea a la vez propia y del otro. Finalmente es central para mí la mirada –creo que escribir es un modo de mirar muy intenso- eso (la mirada a un mundo interno/el ojo puesto en el mundo) es lo que está al comienzo de la escritura. La música, que no quiero altisonante (siempre busco un tono menor) me importa mucho, muchísimo. Pero se trata de una búsqueda que aparece sobre todo en el trabajo de corrección.


Poemas


Hamaca

Estoy en cama
(la enfermera
se llama Erminda)
Por la ventana que da al patio,
mi hermana pasa a bordo de una hamaca.
Pasan también las moras, el verano,
las chicharras. Ha de ser octubre,
como esta tarde, o tal vez noviembre,
y el calor agobia, porque mi padre
que llega del trabajo, se ha soltado,
cosa extraña, la corbata. Yo estoy
en cama. Y Ana que pasa alegre,
viva, a bordo de la hamaca.
Habrá sido de vidrio el aire,
como esta tarde.


Peras

Había una rosca cubierta
de azúcar, una mesa con el hule
verde y una frutera de vidrio
(por la loneta de las cortinas, el sol
sacaba tornasolados color de ajenjo),
y había peras. Recuerdo los cabos rotos
y el punto negro que, en una de ellas,
hace el gusano. Sé que las dos teníamos
el pelo corto y unos vestidos
almidonados.
Después algo (quizás el viento)
sonó allá afuera y mi madre dijo
que acababan de pasar
Los Reyes.


Marin´a *

Mi madre está dormida, con su solero
de flores sobre la colcha (tiene el pelo
tomado con invisibles, huele a agua
colonia). Mi abuela se acerca,
le dice algo al oído y lloran las dos.
La que ha muerto tenía las uñas
amarillas, un misal y un relicario
con pelos de Santa Cecilia.
Hay murmullo de rezos,
una cama vacía, una pañoleta
oscura, una taza de café
(pasa el vapor todavía),
el piso de ladrillos,
la mecedora, las glicinas...
Alguien nos alzó
hacia el tufo de la muerta
(se llamaba Elizabeta),
para que viéramos.


(*) Madrecita, en piamontés, es también la palabra con que llamaban a mi bisabuela.


Teoría sobre el cielo


(... tu mano, mi tapadito azul, el cortejo,
los caballos, un sacón que llevabas de pied
de poule... )
¿Quién pasa?
Un niño.
¿A dónde va?
Al cielo.
¿Y por dónde sube?
Por una escalera larga /que está allá lejos, /al final del pueblo.
Paisaje
Le dijeron: verás el río
(ella llevaba un vestido con canesú),
verás pajaritos y sauces
(un vestido rosa hecho
por su madre).
En el camino
se largó un aguacero,
¡y ella estaba bajo un toldo
con su vestido nuevo!
(cuando la lluvia acabó
ya era tarde,
no encontró pajaritos ni sauces
y el agua corría por todas
partes).
Desnuda en la tienda
No era coqueta
Era fuerte.June Jordan
Necesito ropa, dijiste. Una blusa
alegre, de color subido. Y fuimos
a la tienda. La chica que nos llevó
a los vestidores se llamaba Tula.
Te queda rico, dijo, te queda de novela.
Nos metimos las dos en esa caja,
entrábamos apenas.
Como no había asientos ni percheros
te ofrecí mis brazos.
Te sacaste el vestido, la campera,
te sacaste la blusa, las hombreras,
te sacaste el turbante, la remera,
te sacaste el corpiño, la bolsita de mijo,
te miraste al espejo y me miraste
y yo vi tu pecho crudo, las costillas
al aire, y después tu corazón
como una piedra, fuerte y fatal
como una piedra.
Carta

En la feria, cuando elegía alcauciles
(estaban algo oscuros), un muchacho
que no tenía más de trece años (lo vi
correr, por La Cañada, hacia El Pocito),
me arrancó la cartera (quedaron
las tiras colgando).

¿Tenía dinero, señora?
Nadie preguntó por tu carta
(yo la llevaba conmigo,
tu última carta,
doblada en cuatro).
Era sólo un papel y ese muchacho
lo habrá tirado al agua.
Caballito


Eran una niña y su madre.
Esta piedra parece un caballo,
dijo la niña,
y se hincó junto al agua.
La madre abrió las manos
y el caballito galopó
hasta la página.


Visita

Hoy vino mi madre a visitarme
y caminamos las dos por estas calles.
Hablamos de mi hermano,
de los hijos, de las chicas del Sur,
de mi cuñado. Otra vez yo critiqué
al gobierno y ella dijo otra vez
"¡Es un país tan grande!". No quiere
que me queje: "¡Este país generoso
recibió a tu padre!" y rodamos las dos
hacia una zona de tristeza, en silencio,
hasta que se detiene y dice: "Ayer
hice dulce de duraznos" y yo digo
que hablaron de mi libro


De, Kodak


María Teresa Andruetto


María Teresa Andruetto nació en Arroyo Cabral/ Córdoba/ en 1954. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Córdoba. Ha escrito narrativa, literatura juvenil, libros informativos y teatro. En poesía, publicó Palabras al rescoldo (1993); Pavese y otros poemas (1997) y Kodak (2001), todos ellos en Ediciones Argos, quien tiene en prensa Beatriz. La editorial de la Universidad Nacional del Litoral prepara actualmente un libro con su poesía reunida.



domingo, octubre 08, 2006

ALEJANDRO MENDEZ






No tengo ritos a la hora de escribir, ni lugar preferido. Respecto a los momentos del día, prefiero la mañana y la luz natural (me gusta mucho escribir al aire libre, en el campo, en la playa, en una plaza). Es muy raro que escriba de noche, enseguida me vence el sueño.

Puedo escribir tanto en el más completo de los silencios, como en medio de un gran barullo. Por lo general, pongo algo de música, dejo algún cd que me guste mucho en "repeat" funcionando como un mantra. Últimamente estoy escuchando LALI PUNA, un disco que curiosamente se llama FAKING THE BOOKS. Cuando escribo con la computadora, me tranquiliza mucho utilizar siempre el mismo tipo de letra: garamond, tamaño: 11.

Si escribo a mano, prefiero el lápiz. Me gusta mucho su textura, el ruido casi imperceptible de la mina.

Ahora que lo pienso bien, estos son ritos hechos y derechos. ¿Seré supersticioso, y no me enteré?
Como tengo mucha actividad en el día: trabajo como abogado, voy al gimnasio, veo a mis amigos, cuido mis plantas; trato de aprovechar al máximo los momentos libres, y ahí me pongo a escribir, con lo cual puede ser arriba de un colectivo en una libreta chiquitita que llevo a todos lados; o en la computadora del estudio jurídico –cuando mis compañeras se van a almorzar-; en algún bar; y los fines de semana, en mi casa.

En algunos momentos me cuesta concentrarme,  así que puedo pasar varios minutos mirando las plantas del jardín, o yendo y viniendo con el mate, cambiando la música, limpiando la casa, mientras que la página o el monitor siguen en blanco; hasta que pasa algo (inexplicable) y me pongo a escribir.
Nunca pienso en poemas aislados. Es muy raro que escriba lo que vaya surgiendo. Siempre tengo un plan previo, un concepto que quiero desarrollar. Últimamente pienso más en libros que en poemas (esto se lo escuché decir a Rita Kratsman, y coincido plenamente con ella).
Una vez que tengo la idea en la cabeza, y que decidí -aunque más no sea el título tentativo del libro- recién ahí me largo a escribir.

Hago mucha investigación previa, lo que incluye lecturas de lo más diversas, buceo en Internet, pregunto a los que saben, indago, relaciono datos.
También trato de ver "en mi cabeza" la estructura del libro, su osamenta. Eso me ayuda a ordenarme y a ordenar los textos.

La corrección es algo fundamental para mí. Siempre corrijo, y por lo general es un proceso muy penoso y lento, pero absolutamente necesario para mi modo de ver la poesía. Es corrección por agotamiento, por rebasamiento; una y otra vez; o sale algo que realmente creo valioso, o el mismo proceso de corrección me hace ver que eso que estoy escribiendo no sirve: entonces, el fuego, la destrucción (imprescindible tener al lado un buen cesto de basura).

Dentro de este proceso de corrección, es importantísimo "el descanso de los materiales", como la buena pasta italiana, hay que dejarla reposar. Luego de este descanso, se producen cosas muy interesantes, porque uno ya es otro, y el texto también es otro, en esa perplejidad aparecen señales clarísimas de cómo seguir adelante, o bien detenerse allí y echar la pasta en la cacerola humeante.

Me gusta mucho leer a mis contemporáneos, por eso me busqué la excusa y armé el blog: http://www.laseleccionesafectivas.blogspot.com/ ; pero también abrevo en la tradición y cada tanto vuelvo a esos textos que están en el ADN literario de todos los que amamos la literatura. A partir de estas lecturas, pueden surgir ideas para mis poemas.

También es fuente de inspiración el diario. Muchos poemas míos fueron creados, luego de haber leído alguna noticia, que actuó como disparador, tal el caso de los poemas de Hannelore Kohl (Medley); o Baños neutros (Cosmorama). La música y el cine, son también elementos que me ayudan a escribir:
hay determinadas escenas de películas, determinados climas, que para mí son fragmentos de poemas (pienso en cualquier película de David Lynch: un solo minuto de Mullholand Drive o de Blue Velvet); también la música actúa de similar manera (escribí Variaciones Goldberg escuchando una y otra vez la genial versión de Glenn Gould y por momentos texto y música fueron una misma cosa). Cuando escribo, salgo al ruedo con una primera versión en crudo "rápida y furiosa", que por lo general no me demanda mucho tiempo. Después viene la lucha, con toda la neurosis correctiva, en dosis espiraladas y persecutorias.

En cuanto al procedimiento de mi escritura, casi siempre realizo dos pruebas importantes (que en realidad tienen más que ver con la post-escritura, que con la escritura en sí misma) "a", la prueba de la pared y "b" la prueba de la voz.

a- La prueba de la pared consiste en -una vez terminados los poemas que integrarán el libro- imprimirlos, y en alguna pared de la casa, pegarlos con cinta scotch uno al lado del otro, como si fuera un mural. Entonces empiezo a convivir con ese mural, uno o dos meses; me levanto y lo tengo ahí, discuto con mi novio y lo tengo ahí, miro televisión y lo tengo ahí. Me acerco, me alejo, veo cómo funcionan los poemas uno al lado del otro, los cambio de posición, corrijo algunas cosas. Es fantástica la sensación de totalidad, de tener "todo" el libro delante de mis narices, de una sola vez, lo puedo abarcar "todo" con una sola mirada.

b- La prueba de la voz: registro todos los poemas en un grabador, y después me los pongo a escuchar. Esto hace una gran diferencia con los poemas impresos. Escuchados ganan en corporeidad y presencia, y se potencian las virtudes, como así también se evidencian los errores, como si fuera una ominosa lupa acústica.

Mi vínculo con la poesía es visceral, orgánico; pero a la vez tiene una fuerte componente racional y cerebral. No creo que sean elementos antitéticos, sino complementarios.


POEMAS



La literatura es la infancia recuperada.
Georges Bataille.

Noticia aparecida en el diario francés Liberation:


"Hemos operado y hecho transfusiones a más de 500 osos de peluche en estos últimos meses", explica muy seriamente el profesor Marcel Rufo, pedopsiquiatra en el C.H.U. de Marsella. En el "Hospital de la Timone" los osos de juguete reciben tratamientos y operaciones antes que los niños. Los pequeños sienten menos temor si ven a un oso recibir las mismas curaciones que ellos."

Esta noticia prueba una vez más que el cerebro acepta las metáforas como si fueran reales.
Alejandro Jodorowsky.


I- FUTURIBLES

Uriel (10 años)

Junto a las botellas
de lavandina,
con el abrigo gastado,
elige ese rincón
abandonado
de la casa

en silencio

¿Hablando con las
botellas?

El gesto
telekinético
espanta al gato
escondido
en el armario.

La botella de
lavandina se
mueve
amarilla
lenta

abducida.


Julián (9 años)


Breve respiración
entera, su dicción
declina monolítica
certeza, en cada
rama balanceada
el impacto veloz
de su cuerpecito,
arcano en su
Neverland.

Ese grito vespertino,
magnificado por
el chapuceo informe
de los amigos en la pileta,
corriendo por
su alfajor y su
coquita.



Sergio (11 años)

Espacio imbricado
en el aliento de la
ensoñación:
casi satisfecho.

En múltiples risas
altisonantes,

allá quedarnos para
siempre.

Tu lugar, ese
destino
dibujado en la
suela
de las zapatillas;

reduce a sombras
lo que no volveremos
a ver:

arena de las flores.



II- CAJA DE VOCES



seis


El amor es cuando la chica se pone perfume y el varón se pone loción para después de afeitarse y salen juntos para olerse.

( (Martín 5 años).


once


Me llamo Michelange. Tengo doce años y les voy a contar como me imagino dentro de 23 años.
Estoy en uniforme, con un casco que tiene un águila. Tengo treinta y cinco años.
Camino por la calle, los otros están vestidos normalmente. Yo soy diferente. Soy parte de algo así como la NASA, pero no se llama de esa manera.

Estoy allí para ayudar, dar información. Están listos para pasar a otra dimensión. Estoy allí para ayudarlos en ese paso, porque una vez que se encuentren en la otra dimensión, se perderán.
Más tarde, me encuentro con mi hermana, que tiene 33 años, para almorzar, en un restaurante de la ciudad.
Ella lleva el mismo uniforme que yo. Trabaja en las oficinas de la NASA.
Los dos trabajamos en una base secreta, pero tenemos prohibido decir donde está localizada.

Más tarde, me encuentro con mi otro hermano: Nicolás que tiene 24 años y mi hermana menor: Cecilia que tiene 22.
Nicolás es millonario, porque ya patentó muchos inventos....es ingeniero.
Cecilia es muy linda y posee poderes especiales.
La NASA le ha implantado a papá una inteligencia superior, para permitirle cumplir sus nuevas funciones.
Nos encontramos en la ciudad, veo una burbuja que cubre a la ciudad y los parques. En esa burbuja, la polución no puede entrar, y muchos animales viven dentro de ella.

Pájaros, conejos, mariposas, nuestros perros y gatos...
Hay mucha verdura, plantas, flores multicolores...
A primera vista, el conjunto es tal cual se ve, pero en realidad existen varios agujeros negros que permiten una expansión del conjunto. Todos los agujeros conducen al mismo lugar. El terreno se vuelve más grande y se extiende hasta el mar.
Un agujero se abre sobre el pasado, otro sobre el futuro, otro sobre un espacio destinado a la creación de pensamientos, otro comienza a abrirse sobre una dimensión superior.
La ciudad y el campo tienen la facultad de desplazarse volando.

Para hacer volar al conjunto, por lo general papá, o alguno de nosotros, vamos a la sala de control, situada en el sub-suelo y piloteamos el conjunto hasta su destino final. En su lugar creamos un holograma, destinado a las personas que no están en nuestra dimensión. Este sistema fue creado por mi hermano Nicolás.

Los fines de semana nos vamos a una isla desierta de la Polinesia, pero podemos ir donde queramos, incluso a otras galaxias.
Nuestra misión es ayudar a las personas que no pudieron evolucionar, a volver a su pasado para limpiar los pensamientos que impiden su evolución. En el jardín tenemos una puerta/agujero que da sobre el pasado de cada uno.

Mi hermana y yo, franqueamos el umbral de esa puerta y volvemos al pasado de alguna persona, donde cambiamos los acontecimientos. Una vez que hicimos el trabajo, la persona olvida este episodio del pasado y se vuelve más luminosa, lo que le permite evolucionar.

Una vez en el pasado de la persona, no nos ocupamos de persuadirlo de cambiar su comportamiento, sino que hacemos intervenir a nuestra otra hermana, que tiene el don de entrar en los cuerpos de las personas no evolucionadas, para hacerlos cambiar de actitud.
Vivimos en nuestra dimensión y algunas veces hay personas menos evolucionadas, que nos ven por unos pocos segundos, cuando ellos tienen pensamientos elevados...


(Michelange- 12 años)


doce

Queridas gemelas místicas: ...bueno, quería contarles que siempre he sido muy perceptiva y desde que fui mamá me costó entender que mi hijo era diferente en todo sentido al resto de los bebés siempre actuó de forma que me impresionó mucho, se que es muy difícil hablar de esto con cualquiera y en este momento de mi vida me siento profundamente mal ya que como soy muy curiosa y estoy bastante conectada espiritualmente con Dios le he pedido con todas mis fuerzas que me ayudara a encontrar una guía después de pasar por varias situaciones difíciles y de que mucha gente me dijera que el chico tenía rasgos de mucha inteligencia, por un estudio que tuve que hacer le pregunté al doctor el porque de su hiperactividad y después de estar una hora o más con él me preguntó primero si lo había llevado al neurólogo respondí que no entonces me dijo que su coeficiente era muy alto que si podía lo mandara a un colegio especial para estos chicos quiero aclarar que muchas veces los profesionales no mencionan la palabra índigo sino inteligencia superior, yo el primer libro que descubrí fue el de Uds. que cuando lo leí me di cuenta que mi hijo tiene todas las características de un índigo he aprendido mucho de ese libro pero quiero saber más, para poder ser una madre acorde las circunstancias y de la que su hijo pueda estar orgulloso, y no que el día de mañana diga que su madre no lo entendió, que tenía una joya y no supo apreciarla, valorarla...

(e-mail de Helena –41 años- a las famosas “gemelas místicas”).


catorce

i- Le basta con apoyar su mano en la corteza de un árbol, para conocer la historia del mundo.

ii- Es paciente receptor de la filigrana diluvial, su cauce, todo el lodazal: cada flor de cobalto.

iii- Su atención sufre momentáneos raptos de distracción, no obstante ello puede hacer foco en varias cosas a la vez.

iv- Sólo persigue aquellas preguntas que resplandecen en su formulación y estallan en el silencio que las sobreviene.

vi- Cuando era un bebé, sus sentimientos se reflejaban en sus ojos, sin necesidad de traducción alguna.

vii- Su valentía forma una dupla irreductible con la inmensa alegría con la que se desplaza por la vida. Destino de príncipe: dauphin.

viii- Navega en un mar eléctrico, enlazado por un hilo conductor cuyo centro reside en sus pupilas brillantes.

(extraído del test de los chicos índigo)


III- LEJOS DE CASA


La mariposa es un animal instantáneo inventado por los chinos.

Las vacaciones de
verano
-en el campo-
coronaban la saga familiar.

Jurásica tiranía
de atardeceres infinitos:

cada bromelia proclamaba
su independencia
cromática
ante los insondables
designios solares.

Suspendidas
larvas tropicales
ocultas en el
follaje,
aliadas intermitentes
de milenarias
mariposas azules.

Su augurio era leído
cada mañana,
antes del primer rayo,
para luego encenderse,
como papel
de arroz.


La mano

Le dijo a mamá que mientras ella le tuviera la mano, no se moriría. Esta cercanía, concomitancia astral, produjo el modesto milagro de unos días de sobrevida, en un ominoso hospital de los suburbios; igual que Xul Solar, en una isla del Tigre, también le dijo a su mujer que si le sostenía la mano no moriría. Luego de una larga noche, ella debió dejarlo un instante, y cuando volvió; Xul había muerto.


De, Chicos índigo.


Alejandro Mendez

Nació en 1965. Integró el grupo poético: Academia Medrano (Pablo Pérez, Ernesto Montequin, Rafael Cippolini, Nicolás Gelormini).
Tradujo a Francis Ponge, El Asparagus. Publicó los siguientes libros: Variaciones Goldberg Ediciones del dock, Buenos Aires; Tsunami Crunch editores,México; Medley, suscripción.larga distancia. Barcelona. Próximamente Bajo la luna editará Chicos índigos. En la actualidad, está trabajando en un libro que tentativamente se llamará:
C O S M O R A M A.