viernes, octubre 13, 2006

SANTIAGO ESPEL

El tiempo es tirano, y las obligaciones su brazo ejecutor; esto determina mis modalidades, mis hábitos de escritura, de manera unilateral. Por eso, hago todo lo que se detalla en la pregunta, y más, según la ocasión. Saber si esto es bueno o no, es materia de debate, o al menos de reflexión, considerando que yo no me "siento" a escribir poesía, sino que me "siento" cuando termino de escribir.
La poesía se escribe desde un alerta, desde una incomodidad, desde la adversidad.
El poeta no es un talabartero ni un programador de sistemas. Cuando llega el momento de corregir, ahí sí me siento, y trabajo, hago uso del oficio.
La poesía está inficionada de misterio; por eso sus procedimientos, sus modos de escritura están sujetos a ese mismo misterio.
Escribimos en los intersticios del día, de las obligaciones, de ahí la variedad de recursos, con y sin luz, con y sin ruido, en la computadora, en el papel, con frío o calor, con lluvia o melancolía, con viento o exaltación, con dolor o placer…escribimos como hacemos el amor.
Escribo, según se mire, poco…nunca más de 15 o 20 poemas al año…!!! Si se trata de un libro de poema único y extenso, es decir un libro articulado sobre una trama y encadenado, trabajo con un plan previo, incluso con la preexistencia del texto, es decir tratando de escribir aquello que me gustaría leer, y que de algún modo –misterio dixit- ya está escrito, y yo desentraño, rescato. Así escribí mis últimos dos libros: Isoca y Vulgata. Si son poemas independientes, confío más en la intuición, en la violencia del momento, en algo instintivo que está más en el cuerpo que en la cabeza, a diferencia de lo anterior, donde la cabeza manda.
Una vez más, ahora no tirano pero sí justo y benefactor, el tiempo determina qué poema se salva del estropicio y qué otro no. Corrijo mucho en la cabeza, antes de escribir. Doy muchas vueltas en torno a cada verso, lo leo en voz alta, lo reviso, su sentido y sonido, y por último veo si está justificado dentro del poema, si suma, si tiene valor autónomo. Hay versos de apoyatura y otros de relevancia; ese acople de acordes es el tejido del poema, su trama.Acordes menores y mayores combinados, indispensables, insustituibles. Por último reviso el poema entero, lo leo en voz alta, trato de ver dónde renguea, dónde corre y se afirma.
Mi procedimiento quedó, creo, dicho arriba, en esas urgencias y limitaciones espacio-temporales; puedo agregar algo: yo empiezo a escribir el poema dentro de una caja de seguridades, como una caja acústica y afinada, trabajo sobre lo que sé y conozco, digamos que utilizo mi "oficio"; después, cuando el poema está casi armado, lo monto sobre un rectángulo de vidrio, como quien calca una figura, y lo desplazo levemente, lo borroneo. Se trata de una distorsión, de una deformidad, un movimiento casi imperceptible por donde se cuela el misterio y corrompe la prolijidad del texto, lo fuerza, le da su sentido último y auténtico. Salgo del cuadro del oficio y lo abordo desde el misterio, lo retuerzo.
Mi vínculo con la poesía está en el cuerpo, en mi respiración, en mi ideario del mundo. Ningún poema ha cambiado el mundo, pero más de un poema ha mejorado mi vida…¿y por qué no la de los demás?

SANTIAGO ESPEL

POEMAS INÉDITOS

NI UNA COSA NI LA OTRA



Miento si digo que intenté la revolución.

No es verdad que puse una mesa patas arriba.

Tampoco le dije mire váyase a mi ex suegra.

No mordí la mano que me dio de comer.

Menos cierto es que estuve preparado

para rechazar los honores que nunca me dieron.

Y además, debo confesarlo, me costó

diferenciarme de los conspiradores.

En fin, que como multitud, fui un adicto del deseo.

Que como no pocos, transgredí con permiso.

Fui un tentado. Un idiota revulsivo. Un asco.

Eso sí: no vengan a decirme que todo esto me resbala.

No me vengan con el cuento

de que estoy grande para prender la mecha.

Menos que menos ustedes, jóvenes, viejos peripatéticos.




TEMA PARA UNA DES-COMPOSICIÓN



Peor que el olor, que las moscas, peor que la carne roja y plateada

en un cuadro de Bacon, peor, mucho más duro es el ojo de la vaca.

No es la mirada bovina que conocemos.

Ajena la vaca a la tragedia del matadero, a los camiones enrejados,

a la tipificación mitológica, ajena inclusive a sus múltiples metáforas literarias,

a su donaire de bestia pacífica, a la infame bucólica agraria;

…no…no, es peor, porque es una mirada que va por afuera de lo bovino,

por afuera de la desgracia o la suerte misma del animal.

La vaca está echada a un costado de la ruta, un bulto informe

y sanguinolento en una banquina en declive.

En lo que queda de piel, de pelo crespo, fue casi enteramente negra,

con geometrías blancas y manchas de grises irrelevantes.

A un costado, tumbada, igual que un mueble sin uso, como una mesa,

o un vehículo que hubiera desbarrancado, cuadrado y pesado,

torpe y guarango, con las patas aparatosamente estiradas hacia el cielo.

La vaca mueve el ojo como la traslación lenta de un planeta en su órbita.

Una mirada agresiva y blasfema, escrutadora;

a veces el ojo queda inerte en el paso lerdo de las nubes.

¿Hace cuánto que está ahí la vaca? ¿Cómo llegó ahí? ¿Tiene dueño esa vaca?

¿Estaba sana o estaba enferma al caer allí? ¿Ya no da leche esa pobre vaca?

El bicherío que le anda por el despojo del cuerpo se ha empezado a extender

entre las otras vacas; algunas ya pobladas de ese verde dorado de la mosca.

Muchas se sacuden la corta cola en el lomo ancho

para espantar el ir y venir zumbón de los bichos.

La vaca gira despacio su ojo y ve el desastre en ciernes.

De a poco van llegando veterinarios, lugareños, los primeros fotógrafos,

los cronistas acreditados y los esbirros de la gobernación.

El rumor de la vaca se extiende como la misma peste de la vaca.

Se cancelan rápidamente las inversiones, cae la cosecha, tiembla el mercado,

la bolsa retrocede, se ve amenazada la liquidez, cae el cambio por culpa de la vaca.

Raro…mientras…se mueren otras vacas, pero no la vaca del ojo aprensivo.

Consecuente, el ojo sigue la propagación del caos con lenta rotación.

Hay que hacer algo con la vaca que se nos muere, se nos está muriendo don,

dicen cabizbajos, algunos que llegan en fila con velas y cachimbas.

Otros discuten el límite del desastre, previsores, miden las consecuencias,

pesan la peste, suman y restan la muerte, calculan la indemnización,

miran de costado a la vaca y firman documentos extensos de letra chica.

Vienen luego los intendentes de signo opuesto a dirimir el litigio,

se reclaman airadamente las pérdidas millonarias, tiran la taba, se van a las manos,

y la vaca en tanto gira su ojo en torno y parece empecinada en no morirse.

Entonces, las moscas verde doradas se empiezan a animar con el gentío.

Llegan por fin los exegetas de la vaca y declaran un milagro;

un grupo de notables recaba información y delibera en círculo;

se componen odas y se instalan atriles para pintar a la vaca;

entonces pronto se llena de curiosos que se arriesgan al bicherío,

familias con barbijos y carteles de cartón en favor de la vaca;

otros de signo exaltado que vienen decididos a terminar con la vaca.

Se levantan unas carpas en la zona y se desvía la ruta en forma de herradura.

La prensa extranjera consigue acreditaciones sin garantías sanitarias.

El papa menciona a la vaca moribunda en su homilía.

Se multiplican las peregrinaciones espontáneas y el turismo prospera.

Crece la mortandad del ganado aledaño y muchos vecinos se apestan.

Algunos candidatos improvisan tarimas y exponen sus plataformas.

Y la vaca mientras tanto sigue sin morirse, mirando hondo y desde lejos.

El alboroto de la heterogénea aldea se hace más y más ruidoso.

El grupo más radical quiere sacrificar sin más demora a la vaca.;

algunos expresan en defensa razones humanitarias; otros hablan

del futuro de los hijos, de la tradición de la tierra y el respeto por los difuntos.

En algún sector se desata una gresca que levanta polvareda y represión.

El ojo de la vaca se agita, preso en ese cuerpo corrupto y tieso.

Hasta que en un momento, por encima de la disidencia generalizada,

la vaca suelta un mugido tan prolongado y agónico, tan único,

como sólo puede ser el que provoca el silencio más absoluto.

Y como todos creen que la vaca se muere, o que se está muriendo,

o que por fin acaba de reventar, de irse en ese mugido bestial,

se acercan y estrechan el multitudinario cerco en torno al animal

y comprueban con asombro que la vaca aún mueve ese ojo lento y aprensivo,

para clavarlo en ese otro ojo que ahora lee desaprensivamente este poema.



GANCHOS



La última mujer con la que estuve

me dejó la casa llena de ganchos

de carnicería.

Me fui dando cuenta de a poco,

a los días de quedarme solo.

Ganchos ahora vacíos

y oscilantes como horcas.

De esos ganchos, mi última mujer

colgaba toallas, corpiños, bufandas

y grandes pañuelos de seda.

De la seda emanaban

perfumes oscilantes como horcas.

Cuando me quedé solo,

de a poco fui escuchando

el tenue balanceo de los ganchos:

un acero sinuoso

cortando el aire.

Al fin, no me quedó otra

que descolgar los ganchos,

uno por uno, meterlos en una

bolsa y tirarlos al río.

Si un día de estos vuelve

por los ganchos

le voy a decir que vaya a dragar el río.

Me acuerdo que el último gancho

que descolgué era realmente grande;

tan grande como para resistir

el peso de un viejo caballo sangrante.



MUJER DE FE




No tuvo suficiente con la carta astral,

ni escarmentó con solari parravicini:

sin embargo espera que pase algo trascendente,

que florezcan los nardos por ejemplo,

que el gallo cante tres veces al día

o que las arañas resignen de una vez el patio;

espera, velando una vieja máquina de coser,

junto a un perro sin nombre ni apellido,

regando una higuera seca en un jardín vacío.



HOMBRE DE CIERTA FORTUNA



Entre los objetos de la descendencia encontró

dos corbatas, un título de propiedad de un terreno

en algún pueblo de la provincia, un reloj de oro,

una baraja española con mujeres desnudas

y una palangana de acero inoxidable.

Usó las corbatas durante veinte años;

por deudas inmobiliarias el estado terminó

por expropiarle el terreno;

empeñó el reloj para hacerse una dentadura de porcelana;

jugando, apostó la baraja y las mujeres desnudas y perdió;

finalmente, una tarde de lluvia en el balcón,

descubrió la sabiduría en el agua quieta de la palangana.



EL GIGANTE



Toda una vida elongando y sacando músculo

tenía que conducir al éxito más rotundo.

Al principio, fue cómico no comprender la idea de

perspectiva y proporciones durante la infancia;

siendo generosos, fue pintoresco y hasta artístico;

por último, sin casi poder evitarlo, ya adulto,

y con la malla negra ajustada al cuerpo, fue trágico.

Sin embargo, toda una vida de nutrientes

y abdominales tenía que redundar en vigor y destreza.

Pura fibra, decían unos. Poco cerebro, otros.

Indiferente, el gigante colgaba medallas de su cuello.

Adicto al anabólico y al elogio, sus músculos crecían.

Un día, en el gimnasio, por exceso de potasio

pisó una de las cáscaras de banana que constituían

parte de su dieta y resbaló, con tanta mala suerte

que golpeó su nuca contra la barra de una pesa.

Te dije que poco cerebro, decían unos, por lo bajo.

Pero qué músculos, decían los otros, compungidos.


TANGO



Un camión de bomberos rojo, como un juguete inmenso

con la cuerda rota y la sirena cortando el concierto de bocinas;

sin incendios a la vista, ni derrumbes, salvo la pelea casi

imperceptible de una pareja en el café de la esquina; la caída

seguida de rotura de una gran maceta de arcilla desde un

quinto piso que da al pulmón de manzana orientación oeste;

una colisión de escarabajos y su consecuente atascamiento

en el playón de una estación de servicio; la pérdida de nafta

súper de un bidón amarillo en la misma estación de servicio;

un hombre de campera de cuero negro que fuma de espaldas

al bidón mientras le pone gas al auto; dos monjas que cruzan

la avenida consustanciadas en algún diálogo privadamente divino;

un albañil en un piso 26 agitado por el viento contra los

cristales azules de un edificio colmena; un gorrión que acaba

de morir de un síncope por el choque de dos colectivos en

la esquina donde tiene su nido; el inminente encuentro de dos

nutridas columnas enfrentadas por el control del sindicato;

los bombos y bombas de estruendo que sacuden a los viejos

del geriátrico frente al que van a concentrarse las columnas;

la avalancha desopilante de naranjas y pomelos de la verdulería

sobre el cochecito de bebé que pasa justo con su madre apurada;

alguien que saca el cuerpo tapado de alguien y lo lleva a la morgue;

una ambulancia ululante que cruza a 70 km. por hora en rojo;

un supermercado coreano que está a punto de ser asaltado;

el temblor sofocante del subte con el paro sorpresivo de

los conductores y el bloqueo de los molinetes; esa señorita

que compra un helado de chocolate con fecha vencida;

los cuatro fibrosos ciclistas en línea que toman agua mineral

con las cabezas estiradas al cielo; la marquesina que va a

caerse sobre un puesto de diarios a las 12 horas tres minutos;

una ampolla de bencina que se astilla en la mano de un enfermero

que ve venir por el pasillo a la enfermera que tanto le gusta;

salvo estas catástrofes menores, es un día como cualquier otro

en la ciudad, nada que justifique ese camión de bomberos rojo

y brillante, como un juguete inmenso e importado, crispando

el ánimo de la tarde gratuitamente, como si hiciera alguna falta.





LAS COSAS QUE SE VEN A TRAVÉS DEL VIDRIO


Al séptimo día la piel del poroto se tensa y ramifica

en uno de sus costados; tiene forma embrionaria, de feto;

al noveno día la piel blanca se cuartea y aparece una

finísima hebra verde, sólo la punta, rompiendo la piel;

el secante que aprisiona al poroto contra el vidrio se

oxida y abre una mancha aureolada como una corona ocre;

del costado del poroto sale una diminuta lengua que

comienza con los días a buscar su vertical y el rayo de luz

hacia la boca del frasco; el niño sonríe y dice mirá mirá;

tan indispensable ese alumno miope que lee y busca

la metafísica de spinoza en el pulimento de cristales,

como el exaltado que busca la resaca en el fondo de su vaso:

ambos la bacteria bajo el influjo de lo microscópico, ambos

el bacilo que engendrará un nombre y múltiples maldiciones;

hombres yéndose por un periscopio en posición supina

tras el sumidero de los talentos y la inmortalidad;

células congregadas bajo el panóptico de la tentación;

centauros discordantes de ritmos que gritan eureka eureka;

el cristal convergente en su aro metálico va sobre

la presa y las huellas; el forense abre su ojo y lo pega

a la lente; rastros de lo mínimo aumentados a escala;

la hipótesis convexa como el mismo contorno de la lupa

que exhuma lo que no será hasta que haya prueba,

evidencia o alcahuete que diga señor yo sé toda la verdad;

una pecera es el universo y la paradoja de llenarse

con tierra y no agua para espiar transversalmente la

molienda del orden de la hormiga: víscera singular de

un cuerpo multiforme en chirridos y armaduras casi

espaciales; canales, catacumbas, túneles y viaductos,

panes y larvas tan pequeños como panes y larvas de

nada más que hormigas; la hormiga ignora el perímetro

de cristal que la contiene; la tarea no se debe al lugar

sino a cierta ontología desesperante y a la construcción

de un continuo que ignoramos desde este otro lado;

obsesión de atrapar aquello inasible que nos mata:

el tiempo; la circunferencia y el diagrama como una

rosa de los vientos en la arena que grano a grano cae

desde siempre y para siempre hasta que no quede nada,

ni siquiera ese relojero de cuento que dicen sabía cómo

imponerle al tiempo la burla del mecanismo del tiempo;

la vitalidad del paso de los minutos encerrada en diámetros

y elegantes embudos invertidos que estrangulan pero no

impiden que el grano caiga y decante el desierto entero

aunque su tópico sea el infinito gesto de volver la arena

arriba para recomenzar como el mar su macabro destilado;

las formas deformadas del otro lado del vidrio:

ese embrión que pudo ser y no será ése que tuvo que ser

de otra manera y forma y sin embargo da motivo

al progreso de patologías debiera ser orgullo familiar

aunque signe ciertos temores en sus descendientes y

en ocasionales aparejamientos que no apareamientos

ni accidentes salvo esos cartelitos prolijos en las bases

de los frascos y la repugnancia de los que dicen yo no fui;

la pared de vidrio entre el hombre sentado en la silla

con los brazos ajustados al correaje y a la sentencia

del distrito; los otros ojos del otro lado miran

la pierna afeitada del hombre sentado en la silla que

contrae el puño de su mano derecha; la inyección que

entra en el brazo del hombre y la pared de vidrio

sordomuda que no sabe lo que allí comienza a ser

y a dejar de ser equidistante; el vidrio es la mejor asepsia

para reprimir la arcada que el deseo sujeta a su correa;

habrá un copérnico pronto, ese que nos salve de lo que

nos pisa los talones como farsa o equivocación; habrá un

copérnico en cada patio y esquina de cada barrio; uno que

mire arriba las uvas dispersas en el cielo para trazar

geometrías; millones de kilómetros y años luz vistos

a través de un tubo con un intrincado filtro de cristales;

ese que nos libere del horóscopo homeopático por rabia

de saber qué somos sin alfileres ni meandros diplomados;

habrá osa mediana y casiopea y boyero y can mayor y

también cruz del sur y tres marías y súper nova y halley;

se trata de ese vidrio fino o grueso que tocamos no

sabemos de qué lado.



EL CASCO DE GUERRA



Cuando el empleado lo dio vuelta para repasar

el estante de vidrio donde se apoyaba,

vio adentro del casco de guerra la colonia de piojos;

adheridos a la concavidad del hierro áspero,

y ante un corto y enérgico sacudón de la mano,

los piojos, de a miles, desataron el nudo oscuro

que formaban en la parte superior del casco;

cuando no quedó ni uno solo de los piojos

apareció el mechón renegrido y sanguinolento

que los reunía pegado al hierro interno;

el casco estaba despintado y tenía una abertura

como una grieta en la tierra reseca de la sequía;

tenía también unas letras y números y nada más;

adentro había un rectángulo adhesivo con un código;

el empleado despegó con una espátula

el mechón de pelo que cayó al piso;

con el golpe, salieron los últimos piojos

y el empleado los roció con un insecticida; después

repasó el estante y acomodó el casco en su lugar.



GOMA



Sentado en la silla de ruedas, las manos juntas,

el acróbata recuerda sus días de gloria;

el número de los anillos es lo que mejor hacía;

¿Cómo se llamaba la gimnasta rusa?

¡qué tetas!...y ese olor fuerte, como acero…

¿Y el domador que tenía un diente de oro?

Ahora está rígido por fuera y blando por dentro;

ha perdido la elasticidad que le diera fama

y el apodo grandilocuente de goma.

La mujer que le cobra la pieza le pregunta

cómo fue el accidente; “no hubo accidente”

dice el hombre y gira en la silla de ruedas;

“Parkinson”, dice después. “Parkinson”.

Cuando la mujer sale del cuarto, el gato

del acróbata, un gato atigrado y naranja,

se sube a sus faldas; el gato arquea el cuerpo

y bosteza; le faltan los colmillos superiores;

el hombre pasa la palma por el lomo del animal;

cuando llega al cuello, empieza a apretar.





7a.



Dicen la brutalidad del homicidio:

la mariposa monarca descuartizada.

La cabeza en una lata de azafrán,

sepulta, ahí, en el fondo del río.

La boca cosida, los ojos quemados.

Perforadas con saña las alas, plexo,

las patas en los canteros sin tierra.

Difunden que no existió tal crimen,

que una mariposa no altera el orden,

y que no se hable más del asunto.



7b.



¿Cuántas manos tiene un verdugo?

¿Un verdugo acaricia a sus hijos?

Habrá migrado la mariposa, dicen.

Matar nadie la mató. Porque quién,

quién se ensañaría con una mariposa.

¿Para qué asesinar una mariposa?

¿Qué propósito tendría, qué fin?

¿Habrá chocado contra el viento?

¿Dónde están las manos del verdugo?

¿Acaricia a sus hijos el verdugo?



7c.



Sin permiso vengo a matar al verdugo.

Le haré estallar un ramo de jazmines

cerca, en el corazón o en la cabeza.

¿Pero cómo matar lo que está muerto?

¿Cómo matar lo que vive en la muerte?

Lo haré de todos modos, armado de

una palabra o con una hebra de luz.

Subvertiré el orden de los asesinos:

sin licencia vengo a matar al verdugo.

Le cortaré el cuello con una mariposa.



(del libro Isoca, 2004)



romance de barrio


fue al cruzarse en el almacén del barrio

entre salames y dulces de batata

que ella se arremangó

metió la mano en salmuera

y sacó del tarro una aceituna imponente

el convidado

aceptó con febril gratitud

abriendo y cerrando la boca como un besugo

sin saber que luego

aquel delicado convite

complicaría el primer beso

con el filoso pico de su carozo

tarde piaste pajarito

¿por qué no me habré quedado para siempre

rampante

en alguna de las casas de la infancia

levantadas arriba arriba de los árboles altos?

¿quién me mandó bajar

quién me hizo bajar?

por qué para qué en qué momento

-bajé a tomar la leche-

y puse entonces los pies en el mundo

para calcinarme de ahí en adelante

de dolor de metejones de revanchas de cacareos

de conscientes, torpes, irremediables muertes.


(del libro Cantos Bizarros, 1998)




SANTIAGO ESPEL

Santiago Espel nació en Capital federal, Bs.As. Argentina, en 1960. Publicó en poesía: rapé, 1988 (Faja de Honor de la SADE); Pavesas & Muelles, 1990; Misas en Harlem, 1993 (1º Premio de Poesía en el Concurso Nacional Ramón Plaza); Cantos Bizarros, 1988; La claridad meridiana, 2001 (mención en el Certamen Internacional "Letras de Oro 2000", Honorarte , y Divisa Nacional "Horacio Rega Molina"; La víspera sí, 2002; Isoca, 2004 y Vulgata, 2006.
En 1995 publicó la novela La Santa Mugre o el País de Cucaña, en Grupo Editor Latinoamericano.
Dirigió la revista bilingüe de poesía (castellano-inglés) La Carta de Oliver, entre 1990 y 1999.
Actualmente coordina la colección de libros de poesía del mismo sello.
Integra la revista de poesía Omero.
Es miembro de la Sociedad de los Poetas Vivos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola Santiago!
Están buenas tus reflexiones. Lo del "montaje sobre vidrio", lo de escribir y luego borrar...está muy bueno!
Tere