domingo, noviembre 11, 2007

ALEJANDRA CORREA





La poesía es para mí un paréntesis en medio de un inmenso mar. Como diariamente tengo muchas ocupaciones (tres hijos, una casa y un trabajo que me apasiona) escribo poesía cuando entro en lo que llamo para mí “la zona muerta” (con permiso de S. King). Es un estado que se impone por su propio peso y me arrastra. Generalmente es en otoño o invierno, cuando la luz se hace azulada, hacia el atardecer o la noche. Luego reaparece en los pliegues de octubre, un mes que desde la infancia ha dejado marcas en mí. Cuando “la zona” me invade, trae consigo un silencio que no es de este mundo y que se impone con total certeza. Padezco un estado de desdoblamiento donde parece que estoy en lo cotidiano, pero en verdad me hago aérea. Por supuesto, esto trae consecuencias: me transformo en un ser menos “eficiente”, algo distraído y torpe. Pero ahora pero me lo permito sin culpas.
Escribo en determinados lugares de mi casa, pero difícilmente lo haga en el mismo lugar donde trabajo y casi nunca en la computadora que también tiene la impronta laboral. Suelo escribir primero a mano, corregir y tachar y luego pasar los textos en la computadora. Escribo en cuadernos A4 con espiral y hojas rayadas. Son como diarios de bitácora que me van acompañando arbitrariamente un año o dos. Y un día, no importa cuantas hojas queden, lo abandono y comienzo otro. Como si se tratara de capítulos. En medio de lo que escribo -reflexiones, ideas, sentimientos-, comienza a surgir un hilo. El hilo empieza a atravesar los días y en un momento dado se impone en tono de poesía.
Desde esas hilachas que surgen de esos escritos o desde una imagen fuerte comienzo a escribir los primeros versos.
En un determinado momento, siempre cercano a este inicio, aparece la voz de una editora que fui en otro tiempo y que me pregunta a dónde van esos versos.

Ahí comienzo a pensar en un plan, que para mí no lo es en ese momento. A veces aparece el título, el tema o una respiración que me va guiando. Lo que podría ser el eje o tema central reaparece insistentemente y pide ser pensado desde diversos sitios. Para entonces, ya estoy en el territorio de la poesía.
En este punto puede pasar que “investigue”, pero se trata de un método diferente al que se utilizaría para la “investigación periodística”, por ejemplo. Es una investigación con cierta suspensión de la causalidad. Consiste en reunir elementos que jamás se reunirían si no estuvieran iluminados por esa luz nueva que es la poesía.

Dejo descansar lo que escribo mucho tiempo. Cuando lo vuelvo a leer debe parecerme casi ajeno y sorprenderme. Corrijo, pero casi siempre lo hago apenas escribo. Generalmente despojo mucho porque me gusta la poesía que contenga el sentido y el silencio, y que no se desborde. Luego ya no necesito mucha corrección.
En lo que sí trabajo obsesivamente es en el tema de la secuencialidad entre poema y poema. Busco momentos de inercia para que algunos poemas respiren y momentos de crescendo para no dejar respirar a quien lee. Eso se logra poniendo a prueba toda la maquinaria. El propio trabajo me enseñó que un poema crece, brilla o se hace presente por sí mismo si está en el sitio adecuado.

Una clave es que mientras sé que estoy escribiendo ese libro, no escribo otro. Me dejo habitar por él hasta que siento que se agotó todo lo que quise y pude decir. Cierro la página, intento publicarlo con toda mi furia y luego cuando estoy en ese camino de desprendimiento, sin saber cómo ni dónde, me asalta la siguiente búsqueda. Es por eso que entre que termino un libro y lo publico (que por supuesto en nuestro país puede pasar uno o dos años, con muchísima suerte a favor), ya estoy escribiendo otro.
Es importante recordar que al trabajo de la escritura, la poesía nos exige un trabajo adicional, tanto o más importante aún: la publicación. Esto implica relaciones sociales en torno a lo editorial, que nos conozcan quienes hacen lo mismo que nosotros, estar presentes -en dosis controladas- en eventos donde leemos o exponemos ideas...

En mi caso, es un trabajo que me requiere muchísimo esfuerzo y que me da una enorme pereza. Sueño con publicar sin tener que hacer nada de eso. Incluso, sin tener que presentar el libro en sociedad. Pero es sólo un sueño y lo sé.
La idea inicial surge siempre de una imagen que lleva a un pensamiento. Es en ese momento donde se expresa en palabras y ya interviene cierto clima que origina una cadencia o musicalidad.
En los cuatro libros que llevo escritos ha sucedido que el inicio y el final intentan tocarse. Los libros son secuenciales y concéntricos. Este procedimiento, lo descubrí andando, no busca cerrarlos sobre sí mismos: intenta que el final empuje al lector al inicio, para resignificar las primeras palabras a la luz de las últimas.


También en cada libro trabajo específicamente el campo semántico que siempre está relacionado a un “escenario” de ese libro en particular. Las ideas y los primeros trazos comienzan a ordenarse a partir de ese “escenario”. Por ejemplo: en “Donde olvido mi nombre” (Alción, 2005) el escenario de fondo fue para mí “todo lo que se degrada y sus efectos”: basura, cuerpo en descomposición, fragmento, vestigio, corrosión, ruina, holocausto, etc. Y en “Los niños de japón”, en cambio, fue lo sutil del paisaje japonés en la pintura y la tradición literaria; a la vez que la dureza de la mirada japonesa (en escritores como Oe, Mishima o Ishiguro) y que pueden reducirse a palabras como: sangre, estallido, corte, horadamiento, escisión.

Alejandra Correa



POEMAS DEL LIBRO "EL GRITO"



Es tan fácil
a veces
despertar siendo niña




I.


¿Fue un ancla lo que ella dejó en
el centro de mi cuerpo?

¿Fue como para decir
nunca serás tuya

serás llevada y traída por
la memoria a su antojo?

¿Fue un mástil de bandera?

¿Una raíz de ella
lo que creció entre mis pechos?

¿Un carozo amargo el que
cerró mi garganta en tabique?

¿Fue o no fue?

¿Qué cosa central
qué mandala
qué puñal adormecido?

¿Qué es lo que vuelve
de tarde en tarde
cuando todo empieza a apagarse
y las ranas se aparean
mugiendo como vacas?

qué es lo que no sé
lo que ella dijo
o no dijo
o quiso decir
pero masticó hacia dentro
en su silencio roedor

¿Fueron sus dedos,
la yema de sus dedos
áridos?


¿Fue en el primero de los minutos
cuando el horror
anidó esta mirada
en el profundo hueco

y el ácido río de sus ojos
se derramó en mí?

¿Fue todo lo que su cuerpo
no dio?

¿Se instaló aquí
en medio de mi carne
la casa abandonada
inconclusa?

¿O fue la muerte
con la que me sembró
esta semilla
que crece sombra
en mis huesos?

¿Quiso ella que el piano
mudo
estuviera para siempre
como estaca
entre las costillas mías?

¿Arrancó, como quien arranca
cardos de cuajo
como quien arranca carnes de en medio
un pedazo mío y lo devoró?

¿Soñó ella
ése cuadro de Goya?

¿O fue insecto
cuando hizo esta morada
que de tanto en tanto
estalla en finas patitas
que me aferran?

: O arácnida
: O piedra sembrada con amor
de madre


¿Qué es este inmenso
lago
de aguas macizas
en el que caigo?


II.


Una sola vez
lo dijo
y eso le bastó
para nombrar
lo que no volvería

Cada uno
niño
hizo silencios
con muñecas de goma
y triciclos

Cantó
cada uno
su canción
secreta

Ella cosía
y recosía
la palabrita aquella

llena de parches
nos iba
mostrando que el tiempo
siempre gasta
lo que se dice
una sola
de las veces




IV.

Allí está
dentro de la caja
busquen ahí
y no olviden
la ceremonia también es de ellos
que quieren verlos pastar
las lágrimas

Animen ustedes
este acto escolar

Si las piernas no alcanzan
yo podré elevarlos
por sobre el corral que los detiene

Bésenlo y bébanlo
traguénle el aire entero
que lo rodea

que de eso está hecha la vida

instantes
que se desgajan como pétalos
de corona

Vean que tranquilo
está

Ninguna lágrima
podrá rodar
lo suficiente
para que él cambie
su risa negra


V.

Repártanse lo poco

Arañen de él
lo que de él es arañable

y cierren
esos picos de pollo
que nadie quiere ver
el triste espectáculo

de un par de huerfanitos
parroquiales
llorando



VIII.

Golpéame con tu odio
la mañana se abre
a la duda
y todo tiembla

no hay ramilletes
de hierba a orillas
de la escuela 22

sólo el caserío
donde habitan
demasiados sueños y alguien reza
por su salvación

No está el campo
donde
una niña dibuja
la noche

(la noche es una niña
que dibuja)

No sueltes mi mano
de almidón
mi pelo no sueltes
cabello de ángel

No hay ceremonias
blancas
sobre el blanco
pedregullo de mármol
rumbo a la escuela 22

Hay las paredes
descascaradas
y un himno
y las galletas Manon
y mi paraguas
en los charcos

Y las promesas
también blancas
anudadas a la cintura

son un beso
inútil
sobre la cabeza
de yeso de un recién nacido

Besemos santos
y muertos
besemos todo lo inmóvil
lo frío
besemos la mañana helada
rumbo a la escuela 22

donde la amnesia
respira
las horas
el guardapolvo ajado
y las cintas en el pelo

allí fuimos
lo que se anunciaba
pura carne
para ser devorada
por las uñas sedientas
de lo que ya estaba escrito

IX.

Subo al niño niñito
sobre mis espaldas
lo arrastro cuesta arriba

Es el niño niñito
un botón de acero
cerrado entre mis alas

lo beso
lo limpio
le doy de comer en la boca
lo acuesto

El niño niñito se ha dormido

En puntas de pie
delineo mis ojos en el espejo
subo en una torre
el pelo a mi nuca
y bebo

Vestida de mujer
envejezco

(espero que el niño
se haga hombre
en su reloj de arena)


X.

Mi pequeña cara
en ella
un fragmento
de piedra
un cactus
sobre el cielo
celeste postal
un fragmento

tenía zapatos
gastados
una corbata rosada
el aire sin voces
respiraba
el sol
bocanada muda sobre nosotros

piedras y guijarros
un camino
subía
el viento en el pelo
en la cara
el viento
caliente
espacio donde nada se dice
y está

una bocanada
mi pelo
la piel tibia
el cielo turquesa



XIII.

Puede ser que haya
únicos niños de octubre
y que yo tenga en ellos
el destino puesto
de tierra y agua

que de mí partan raíces
y juncos me aten
de pies y manos
a esta tierra
de carne oscura

Puede que yo sea
niña fingida
de una primavera atávica
para que nadie sepa
cuánto tiempo hace que
en mí dejó la luna
sus semillas

XIV.

Nubes como costillas de vaca
huesos de vaca
blancos
como dientes
sobre los álamos

en la bandada
uña oscura
de alas
desgajadas por molinos
las nubes
como escamas
sobre las manzanillas
y las garzas
sobre el camposanto
las cruces
de domingo

nubes como manos
que sangran
chorros de luz
de octubre
sobre el campo

nubes
como serpientes
azules
y las salvias
huelen
en mí
y la garganta
cierra el cielo
en cúpulas
de huesos de vaca



XVII.

Los brazos
hacia atrás

cargo centenares
de flores

Construiré una montaña
de crisantemos amarillos

Adentro haré
para siempre
mi casita de muñecas



Alejandra Correa

Nació en 1965 en Minas, Uruguay. Vive en Buenos Aires desde los 3 años de edad y adoptó la nacionalidad argentina.
Ha publicado los libros de poesía: Río partido (1998, El otro cielo, Buenos Aires); El grito (2002, Alción Editora, Córdoba); y Donde olvido mi nombre (2005, Alción Editora, Córdoba). Su último libro, Los niños de japón está inédito.
Su ensayo Parir es morir un poco, fue publicado en Historia de la Mujeres en Argentina, Editorial Taurus (2000, Buenos Aires), tomo I.
Ha participado en presentaciones de libros, lecturas, charlas y encuentros como panelista.
Trabaja desde hace 20 años en ámbitos relacionados a la comunicación social. Ha sido periodista y editora gráfica en Clarín, Viva, Trespuntos, Puentes, Ciudad Abierta. Actualmente forma parte de la redacción de la revista independiente “Funámbulos, cultura desde el teatro” (Buenos Aires).
Se desempeña en el ámbito de la gestión cultural desde hace 7 años, organizando diversidad de eventos para diferentes instituciones.
Es una de las fundadoras y directoras de la Audiovideoteca de Escritores de Buenos Aires, dentro del Gobierno de la Ciudad, que reúne sus pasiones: la memoria, la escritura y la comunicación. En este programa –que incluye un archivo audiovisual único en su tipo, programas documentales para TV (Obra en Construcción, Canal Ciudad Abierta), micros radiales y un sitio web (http://www.audiovideotecaba.gov.ar/), - trabaja desde hace 3 años.

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