domingo, noviembre 25, 2007

ADRIÁN FERRERO





Te diría que eso ha ido variando mucho en función de circunstancias autobiográficas y momentos de mi maduración. Pero también de los mismos progresos de la tecnología informática y el universo digital. Cuando era adolescente y vivía con mis viejos escribía a mano, con lapicera y cuaderno. Por lo general  rayado. Pertenezco a la generación intermedia, es decir, ni de la máquina de escribir mecánica ni plenamente de la computadora: la de la máquina de escribir eléctrica, una especie de transición donde el texto aún era material, corpóreo, no digital o virtual. Ese no es un dato menor. Por un lado, un texto escrito manualmente  no puede ser modificado sin tachaduras, algún tipo de corrector o aclaración marginal. Eso le otorgaba al acto de escribir una importancia que tiene todo lo irrepetible. Además de tipear con mucha velocidad (había tomado cursos desde muy joven) la máquina de escribir le confería al manuscrito (o al menos eso me parecía a mí en ese momento) mayor seriedad (lo que no es sinónimo de solemnidad), quizás por su semejanza con la tipografía de un libro o un medio gráfico. Escribía mucho más a mano, por supuesto, de lo que terminaba pasando a máquina. Pasar a máquina suponía un proceso de selección: mucho se pasaba, pero mucho no, y se tiraba, se rompía o se guardaba. Lo interesante es que entre el impulso de escribir (muy primario, elemental, inexplicable siempre) y el pasaje a máquina, mediaba un tiempo, sumado al rito de la revisión y la corrección. Eso le imprimía al cuento o al poema una temporalidad muy particular, que lo sometía a una suerte de espera o de maceración obligatoria, de “penitencia”, donde el texto era puesto a prueba. Pero además ese “rito de pasaje”, sometía inevitablemente al texto a una serie de modificaciones. 
Por otro lado, toda la etapa de escritura en mi caso estuvo ligado a la asistencia sistemática (y muy provechosa) a talleres de escritura creativa coordinados por estupendos escritores y escritoras (María Negroni, una escritora muy admirada por mí, Leopoldo Brizuela, igualmente y Gabriel Báñez y Graciela Falbo, con quienes me me formé en narrativa), donde aprendí muchísimo de oír, ver, leer, estar y también de asistir a las reacciones que mis textos producían en otros. Además del impacto de los textos de lo que los demás producían en mí. Era como un laboratorio. No había publicado nada aún, pero eso era como un ensayo, una puesta a prueba, al mismo tiempo que una afirmación en el oficio. Además de una confirmación de ese texto: según el efecto que surtiera en los demás, podía ser acertado o no. Especialmente el efecto  que produjera en el maestro de escritura, claro está, que era la opinión más autorizada, sin subestimar a la de los compañeros. Llevar mis textos escritos a mano podía producir malentendidos por una caligrafía difusa y si algo era prioritario para alguien que empezaba a escribir era que lo comunicativo no fallara, al menos en su dimensión más externa. La preocupación por que nada afectara ese vínculo autor/lector o autor/oyentes, que nada interfiriera con el interés por mejorar la calidad de mis manuscritos era algo que determinaba mi decisión de tipearlos. De modo que ese tránsito de la palabra/dibujo o la palabra/trazo a la palabra/tipografía iba en paralelo con una evolución personal en la que como sujeto me involucré y me comprometí gradualmente cada vez más: de un pasatiempo absoluto, un juego o, incluso, una catarsis (de la que velozmente tomé distancia), la escritura devino, cronológicamente hablando, un intento de escribir narrativa, poesía o crítica más tarde de modo persistente y sistemático hasta ser mi profesión. Pero siempre todos esos procesos ligados a la comprensión de que la escritura sería un largo y laborioso camino y un aprendizaje permanente que aún prosigue, naturalmente. Me parece que también fueron muy importantes para mí algunas figuras que primero oyeron mis cuentos: mi padre (profesor en Letras y gran sonetista), algunos amigos y amigas, mi exmujer (que es una excelente cuentista), algunos docentes de la Facultad que fueron luego amigos, colegas o a quienes frecuenté. Esa etapa en la que uno es un sujeto anónimo literariamente hablando, salvo para un círculo muy íntimo, y lentamente ese círculo se va ampliando, como  cuando arrojás una piedra a un lago y esas ondas expansivas podríamos decir que son los libros que llegan y con ellos los lectores o, en todo caso, los lectores que uno no conoce. Como además de escribir cursé estudios universitarios de grado y de posgrado en Letras y trabajé en el ámbito universitario, eso nutrió mi experiencia de lector y de productor de textos e introdujo una serie de tensiones no siempre apacibles, pero que se fueron resolviendo de una manera aceptable.
Cuando me fui a vivir solo la escritura quedó muy supeditada a la jornada laboral (larga e intensa) y al escaso tiempo libre. Trabajaba muchas horas afuera, eso implicaba que los momentos libres los empleara más para descansar, estar con mi pareja y amigos o en leer por placer que para escribir (siempre me gusta más leer que escribir; en el primer caso uno siente que el trabajo ya lo hizo otro para uno, en el segundo no: siempre hay un esfuerzo, un “gasto”). No obstante, tengo algunos recuerdos de esa etapa donde primaba una vida llena de prisas, horarios y de traslados en transportes públicos, por ejemplo un domingo escribí un cuento para niños que quiero mucho que se titula “Una luna para todos” a partir de una frase que Alfredo Alcón dijo contestando a una entrevista de una revista de un diario.
Cuando formé una familia y después nació mi hija Emilia (que ahora tiene 16 años años) la vida por supuesto se reorganizó en función de esa nueva entrañable y prioritaria parte de mi  vida, en especial los primeros años en los que un bebé y luego una nena son muy demandantes de tiempo, servicios y afecto (si bien el afecto es algo perpetuo con los hijos en mi casado), la madre necesita de apoyo y seguridad y en eso fui muy firme: mi prioridad era mi vida afectiva, mi familia, mis amigos. Lo demás venía acompañando, no comandaba bajo ningún punto de vista mi existencia. Yo no iba a privarme del disfrute de la paternidad por escribir.
Volviendo a tu pregunta, tengo más o menos fechada la incorporación de la computadora, hacia mediados de la década de los noventa. Fue algo muy gradual. Primero asistía a ese aparato y a sus enigmáticas funciones con mucho recelo. Me parecía como tener un invasor de otro planeta en mi hogar, un intruso. Leía testimonios de autores como uno del escritor español Antonio Muñoz Molina con la alarmante declaración de que había perdido una novela extensa íntegra terminada por haber apretado un botón que ejecutaba una función que había eliminado el documento. Me pareció terrible, dramático, haber trabajado durante años y años y de de tu vida. Consagrarte por entero a un proyecto y de pronto perder ese tiempo, ese material con el que uno se compromete de modo total, en un segundo. Al mismo tiempo, para alguien criado en una cultura no digital sino material y gráfica (nací en 1970), perder ese vínculo tan estrecho con el papel, la tinta, el olor y color de la página, la estética de las tachaduras (en torno de las cuales después surgió esa suerte especialidad del trabajo en Letras llamada crítica genética, que trabaja con manuscritos de escritores o con variantes de publicaciones con hallazgos tan prodigiosos respecto de la génesis de escritura poética) no lograba seducirme. No obstante, supe que si uno tomaba los recaudos necesarios esas pérdidas podían evitarse: había que aprender a manejar bien la computadora, guardar y archivar los documentos, utilizar un buen antivirus y actualizarlo en lo posible todos los días. Si se trataba de un manuscrito más o menos definitivo era aconsejable imprimirlo o guardar siempre una copia en disquete y, en la actualidad, en un PEN, o bien hacer back up, como hago ahora periódicamente. El asesoramiento de un hermano diestro en tecnologías e informática, además de algún técnico de confianza a quien acudí en algún ataque de desesperación, también reforzó la idea de que no debía negarme a todo lo positivo que parecía aportar y proponerme la máquina como posibilidad infinita, en especial en lo que hace a los procesos de corrección y reproducción, además de los recursos de Internet. Por ejemplo de utilización de buscadores. Por supuesto a ello debo sumar el correo electrónico que ha sido capital en mi vida de escritor e investigador porque me ha permitido publicar en revistas o editoriales de otros países y lenguas, gracias a esas redes.
Durante la primera etapa de mediados del  años 2000 dispuse de una oficina a la que iba a trabajar (estudiar, preparar clases, corregir manuscritos y editar libros, supervisar libros que me encomiendan terceros, escribir trabajos de investigación o ficción y poesía) y eso permitía delimitar con claridad el espacio de la vida privada del espacio de la vida profesional, que años antes podían mezclarse, contaminarse y el efecto, al menos en mi caso, no había sido precisamente benéfico. Hay muchos intelectuales que, si pueden y les interesa, lo hacen, así como lo hace un abogado u otro profesional de carreras liberales.
Ahora (principios de 2018), con una  hija ya independiente y divorciado de su madre, trabajo en mi casa, que es un departamento, con computadora fija. Tengo una notebook prestada que uso poco pero de tanto en tanto sí. Y desarrollo todas mis actividades en mi en ese espacio. En este momento dispongo de  más libertad y puedo consagrarme a mis proyectos de escritura y estudio. Suelo trabajar en más de un libro a la vez en este preciso momento, lo que no siempre sucedió y lo que no estoy seguro de que sea del todo bueno. Creo que lo hago para no aburrirme de ninguno de ellos. Lo que, convengamos, es algo preocupante. Porque aburrirse del libro que uno está escribiendo no parece un síntoma demasiado alentador. Se supone que esa misma emoción se transferirá al lector eventualmente. Pero, para ser precisos, me aburro de un mismo tipo de escritura en particular más que de libros en particular durante mucho tiempo, lo que es algo muy distinto. No obstante, hay etapas en las que sólo me consagro estrictamente a uno. Y etapas en las que directamente no escribo nada y me dedico a  las reseñas o trabajos académicos que me solicitan o quiero publicar.  
Con respecto a horas del día, épocas del año, no hay muchas reglas ni pautas. Trato de manejarme con la mayor flexibilidad posible. Afortunadamente siempre se me ocurren ideas para escribir. Y hacer crítica literaria o de otras artes me resulta algo apasionante y estimulante para lo que no es necesario que yo espontáneamente tenga ideas para crear sino que leo ese libro o atravieso por la experiencia de esa obra y ya me siento en condiciones a partir de ese estímulo de escribir sobre ella (aunque sea como un aficionado). Ya se trata de un ejercicio para el que estoy muy entrenado porque escribo desde 1989. Son muchos años de trabajo con la escritura. Publico mucho en Facebook. Allí uno es uno de modo pleno. Total. Porque elige por completo libremente lo que hace, cómo lo hace y lo va a hacer. En lo personal no me interesa ni agraviar ni ofender ni insultar a nadie. Tampoco intervengo en debates políticos ni polémicas partidarias (que son tan frecuentes). He escrito solamente un par de artículos sobre temas puntuales en ese sentido y porque lo consideré  imprescindible. Más bien tomo posición respecto de temas sociales como la cultura y la educación (que es estrictamente lo que conozco), la salud y la realidad carcelaria, por citar ejemplos que tengo a la mano ahora. Y hago fundamentalmente crítica literaria, pongo texto a fotografías que toman profesionales amigos con su autorización previa, claro está, pinturas o música, desde una perspectiva más creativa que técnica. Sería presuntuoso de mi parte decir, por ejemplo, que yo hago crítica musical. No soy analítico ni técnico. Respeto demasiado a los expertos como para ser tan audaz. Sencillamente porque no  cuento con los saberes y las destrezas de otras disciplinas. En todo caso, escribo textos literarios sobre obras de arte. Doy mi  opinión (que puede ser desinformada y hasta errada)  desde un lugar de escritor y no de especialista. 
Con  respecto a la escritura. Qué decirte. No me gusta hablar de lo  que estoy escribiendo o tengo inédito, pero sí puedo decirte que percibo lo mucho que yo aporto desde la voluntad y la deliberación en la escritura literaria en este momento. No sólo en la creación espontánea.
Me gusta más trabajar de tarde y de noche que de mañana. “Yo no soy yo por las mañanas”, escribí una vez en un  poema que a Mirta Rosemberg, que se lo di a leer le  gustó.  Me sucede muchas veces que se me ocurren ideas para escribir mientras leo a otros autores o autoras, como si dispararan o detonaran alguna zona significativa a la que debo responder como si generaran la respuesta a una demanda o una invitación. Pero ahora con  la escritura estoy explorando otro tipo de territorio. Es cierto que vi que lo autobiográfico comenzaba a colarse en  mis textos. Eso no me gustó nada y descarté esos textos literarios por completo para publicar. Me pareció algo de índole muy poco creativa para un texto literario. Puede que haya incluido en alguno de mis textos literarios (de modo inevitable) algún elemento autobiográfico. Pero prefiero no escribir un  cuento a partir de materia autobiográfica.
El silencio o la música es un buen punto a tocar en esta intervención. Recientemente el silencio se  ha vuelto primordial. Paso buena parte del día escuchando música. Sobre todo música clásica y tratando de aprender de su Historia y sus mecanismos compositivos. También escucho música popular, por supuesto. Pero cuando me siento a escribir necesito de un silencio absoluto: sentir la cadencia, el ritmo, el tono, la melodía y la musicalidad misma de las palabras, que la música taparía o distraería. 
Si escribo hay sin duda mate a mano. De hierbas. Es cierto que en verano el cuerpo tiende a exigir bebidas frescas y en invierno calientes. No obstante, insisto: el mate siempre está. 
Cuando escribí mi novela (inédita, que es pésima y que jamás será publicada: ya le impartí órdenes a mi hija al respecto, medio con humor medio con seriedad) París, 1949, investigué mucho sobre la Segunda Guerra Mundial, Francia, el existencialismo, leí muchísimo material literario y ensayístico (de Herbert Lotman, Julia Kristeva, polémicas entre escritores, entre otros) y eso fue como una suerte de documentación que permitió “reconstruir” lo que Pierre Bourdieu llamaría el campo intelectual de esa época. Pero también otros aspectos de la cultura francesa. No obstante, eso sucedió en 1997 (empecé a escribir la novela en febrero y la terminé en septiembre de ese año, fue todo demasiado rápido, si bien no es una novela excesivamente larga). En los cuentos y poemas el comportamiento fue por completo distinto. No me interesa ser fiel a un supuesto referente histórico (porque en general ese supuesto verosímil es una construcción tan ficticcional y arbitraria al igual incluso que en un cuento fantástico o de ciencia ficción). Es muy raro que trabaje a partir de referentes históricos, de personas o acontecimientos de existencia constatable. Sí, en cambio, he escrito algún  cuento ambientado en el pasado. Pero no sobre personajes históricos, excepto en la novela. Me gustan más bien los textos sin intertexto histórico, literariamente autónomos y en lo posible me atengo a lo que ese texto me pide. Cada texto impone una temporalidad (de ser concebido, escrito, en su modo de aflorar lentamente al mundo), donde incluyo la corrección ulterior. Es muy infrecuente que haga planes. Más bien anoto ideas, muy vagas, sin detalles, no estructuras ni esquemas formales. O ni siquiera eso. Las ideas están más ligadas a de qué va a tratar un texto o a lo sumo de alguna frase que va a incluir (por lo general con la que empieza), a algún personaje que en algún tramo de su totalidad aparecerá. Pero en términos generales me atengo al momento espontáneo en que llega la necesidad de escribir.

La corrección me parece un componente inherente a la escritura, como lo digo siempre. No  concibo la escritura sin corrección. Si puedo dejo  descansar el texto durante un período que puede variar mucho. Me parece que corregir un texto le da más consistencia, más solidez, más contundencia, por supuesto evita redundancias o errores de escritura que pueden deslizarse involuntariamente al escribir (imperceptibles en la primera versión), pero también lo que yo llamaría el sonido del texto o su “temperatura”. Me refiero a la capacidad de verlo como totalidad, ya desprendido de uno, de asistir a ese texto desde otros sitios, como un espectáculo, no sólo desde el inmediato de la producción. Esa idea de perspectiva la da o la otorga la distancia del tiempo que transcurre entre la primera versión y el momento en que se elige para retomarlo. Leí una vez una frase que me gusta mucho (y lamento no desconocer o no recordar a su autor): “La corrección vuelve a un texto indestructible”. Es algo exagerada, es cierto. Hay pocos textos que podríamos decir que son verdaderamente indestructibles. Probablemente ninguno lo sea. Ningún texto deja de envejecer, sucumbir a los arrebatos del tiempo y de las biografías de autores y lectorados. No obstante, una corrección seria es una moderada garantía de que el trabajo se ha realizado con profesionalismo.
Me gustaría, por otro lado, mencionar que me ha ocurrido alguna vez o le ha ocurrido a algún amigo mío (recuerdo haberlo charlado) que uno corrige de más, es decir, se produce un exceso de corrección. Y eso termina resultando nocivo  para el texto. Elimina su espontaneidad o bien adorna la sintaxis a un punto tal que empalaga, como si en la gastronomía se abusara de algún ingrediente como la sal o el azúcar, acto que ya no tiene retorno si uno no los administró con sabiduría. Hay que descartarlo. Ya se echó  a perder. Puede que eso me haya sucedido alguna vez. Pero también soy moderado para corregir. Quiero decir: no sobre corrijo. 
En cuanto a mis búsquedas, en este momento consiste en una búsqueda obstinada de economía que pretende eliminar, elidir, sugerir, decir de menos. Esa gran lección que nos legó Heminway. O bien  de hablar en el texto todo el tiempo de temas que en verdad no son de lo que trata en profundidad el texto. Estas no son ideas originales. Grandes maestros de la escritura ya lo han planteado en sus poéticas. Me parece que decir de más siempre juega en contra a una persona o a un texto. Hay que decir lo justo. Y preferentemente un poco menos, porque eso le permite al lector cubrir esos vacíos con sus propias hipótesis y la capacidad misma que tenga para desplegar su imaginación. Que uno espera que ese texto alimente más aún.
Por supuesto hay estupendos textos y películas que trabajan a través del exceso, la hipérbole, el pleonasmo, la redundancia, la repetición. El barroco y  el neobarroco  son dos espléndidos ejemplares de ello. No es sin embargo la línea que a mí me interesa trabajar, por lo menos en este momento. Tampoco la que espontáneamente brota a la hora de crear, lo confieso.
Una vez más lamento decepcionar a quienes esperan encontrar algún tipo de ley o regularidad en mi forma de trabajo. La pauta la da el texto que irrumpe, cada texto es diferente, uno mismo es diferente cuando se sienta a escribir. Y cada día es diferente. Lo que sí, de modo muy general podría decir, es que hay una  idea espontánea, una escritura (que puede ser o bien más simple o más  compleja) y un largo trabajo de corrección en el momento y después de haberlo dejado descansar. 
 La prosa me resulta (salvo que lea o escriba sobre temas muy duros) menos desasosegante que la poesía. La poesía (en la creación, no  tanto en la lectura), es una experiencia de quiebre, de ruptura de las estructuras formales habituales del lenguaje. Eso sume al  poeta en un lugar de incomodidad e incertidumbre. Claro que la prosa puede abordar contenidos sumamente dolorosos y angustiantes. Y la lírica sumamente gratificantes. De modo que tampoco hay allí leyes. Pero un  escritor debe preservarse y aprende a hacerlo, si es lo suficientemente hábil o, en  el mejor  de los casos, sabio. 
Leo muchísima literatura infantil, que el teatrista Hugo Midón propone denominar, muy acertadamente a mi juicio, “literatura apta para todo público”. Y lo hice mucho antes de criar a mi hija. También me gusta mucho leer teatro (o dramaturgia si así se prefiere), guiones de cine, libros de entrevistas (de los que se aprende de modo notable). Son géneros considerados por algunos estudiosos “menores”. Pero  allí, justamente allí, estriba su infinita riqueza. En su “estar al  margen de”. Me interesa, tanto en la vida como en la literatura, el desprejuicio y todo lo que no sea dogmático. Cuestionar estereotipos, para lo que primero hay que saber identificarlos. Motivo por el cual estudio mucho, presto mucha atención a mi formación y procuro estar lo más formado e informado posible acerca de la literatura y las novedades. Leo también ensayos de escritores, además de académicos. La mirada en un caso y en otro es completamente distinta.  Y la mirada, el punto de vista a partir del  cual uno crea, experimenta el arte es, como en el resto de todo lo sensible el abc.


Poemas


Sensación talco


El talco se desliza seco sobre mi cuerpo. La sensación es una especie de frío o de aspereza en la piel, que me pone la piel llena de granitos diminutos. Algunos la llaman “piel de gallina” y otros “piel de gallo”. El talco es un polvo. Mi piel no. Mi piel es algo húmedo, oleaginoso, maleable, tibio o fresco. Se deteriora y sé que demora unos tres meses en renovarse por completo. Pero cuando me pongo talco en las manos para después desplegarlo a los pies o a las piernas, siento una náusea. La náusea se manifiesta como un irisarse de la piel, que se agrieta o se pliega. El talco la conquista en algunos sectores y se apodera de ella. Yo me resisto. Me paso una toalla por el lugar donde está el talco y me limpio. Me arrepiento de haberme puesto talco y procedo de un modo convulsivo a quitármelo, como si me quemara o me mordiera como un insecto. Siento que en cualquier momento mi piel se va a resquebrajar. Es la sequía y el humo del talco. Cuerpo desierto que lo rechaza.
Me mojo las manos para sacarme los residuos del talco que quedaron en las palmas y los dedos. Se forma entonces como una arcilla blanda y blancuzca llena de grumos. Sobre esa palma trazo dibujitos. A veces hago un redondel. Otras una línea o un plano. Salgo de la náusea. Estoy mojado. La humedad me hace salir de la náusea. La humedad es lo opuesto al talco, que es desierto y arenoso. La humedad me restituye a mi vivir sin talco.
Cuando me pongo talco en los pies la náusea es más intensa. Los dedos se doblegan, se hinchan, se desplazan. Los espacios intersticiales entre las falanges y los metatarsos se apartan. En ese resquicio penetra el talco y allí anida. Pero lo peor es cuando me froto los pies con las manos para extender el talco. Los dientes me rechinan, como si mordiera un carozo de aceituna (similar sensación) y la náusea vuelve. Muevo los dedos blancos de talco y el talco vuela alrededor formando una nube espesa. Una atmósfera-talco que permanece intacta por unos instantes formando un anillo. Al talco lo siento en las quijadas.
Nunca pude entender a la gente que ama el talco. A mí me consterna, es una verdadera penuria. He visto a muchos miembros de mi familia embadurnarse de talco y sonreír con ese tacto. Esa sensación-talco es ártica y funesta. Anuncia cosas feas y malditas. Sequías. Grietas. Huecos. Minúsculas partículas que flotan y que van a parar a mis fosas nasales. Respiro el talco sin quererlo y respiro porquerías. Porque seguro que el talco penetra en los pulmones y los ensucia más que el cigarrillo. Mi nariz cuela el talco y lo mantiene ensartado en los segmentos del sistema respiratorio. En los alvéolos.
Morder talco es lo peor que le puede pasar a un hombre. Es como morder el polvo. La peor tortura que podría alguien infligirme es hacerme comer talco, probar con el dedo lleno de talco. Mi boca reseca se convulsionaría en una náusea profunda y liquidada. El espasmo sería un corcovear de mi espalda. Recuerdo los juegos en los cumpleaños en los que escondían caramelos y chocolatines en un plato con talco. Los cubrían y había que pescarlos con la boca. Ese era para mí un juego espantoso, porque me espantaba hacerlo. Sentía el talco en mi boca y todo se empastaba. La boca pastosa. La lengua pastosa. La garganta pastosa.
Dicen que el talco es algo higiénico. Para mí, en cambio, el talco es algo sucio. Ese polvo me reseca y me quema. Me ensucia. Me mancha. Ya no quedo intacto después de haberme puesto talco. Yo ya no soy yo. Soy otro plagado de una sustancia arcillosa. Me pongo talco y me tengo que abrigar porque la piel se contrae como la de un bicho de gallinero. Y entre esas excrecencias que forma la piel el talco se enquista. Nada puede sacarlo de allí. Ni otra ducha. Ni un lienzo. Ni yo mismo frotándolo. Porque cuanto más lo froto más se adhiere.
Lo mismo me ocurre con el almidón de maíz o con la harina o con el hollín. Tal vez sea ese costado minúsculo o impalpable de las sustancias que acabo de enumerar. Algo que no puedo mensurar, ni agarrar, ni guardar, ni sujetar, ni apropiarme ni esconder. Todo eso se adueña de mí, me posee, me toma y se apodera de mi cuerpo. El problema es el contacto. Verlo no me produce el menor trauma. Pero es tocarlo que ya algo violento hace que yo sucumba a esa sensación-talco. Me siento desfallecer, temblar, aterrorizar y agonizar. Mi cuerpo agoniza con ese tacto.
Cuando voy viajando en auto por un camino de tierra la sensación se exacerba. El polvo vuela, entra por las ventanillas abiertas, se me pega a la piel, me ensucia la boca de una manera inconsulta. Se adueña de mí la sensación-talco. Toco el asiento y me embadurno todos los dedos con el polvillo y lo respiro. Allí vuelve la náusea.
El talco es una suma de partículas minúsculas. Yo también soy una suma de partículas minúsculas. Yo soy un montón de células. En cada una de mis células se ensarta una partícula de talco. Un pedacito de talco por un pedacito de cuerpo.
El talco es algo microscópico. Yo también soy algo microscópico. Pero para darse cuenta de que uno es algo microscópico hay que mirarse a través de la lente de un microscopio. De otra manera somos algo grande y palpable. O mirar el ancho mundo. Pero cada uno de nosotros también es algo que no se puede palpar. Azúcar impalpable. Células impalpables. Costado de un cuerpo que se mira pero no se ve. Como el talco. Salvo una tarde de sol, con mucha luz, con un rayo de sol que atraviesa el living y me deja ver que estoy rodeado, que el talco ha cundido y flota, flota, en torno, como el mismo aire. Y es inofensivo. Y es terrible. Como yo.


De, Cantares



1

a veces me gustaría vivir

en los sueños

en los sueños

la gente es tan

desesperadamente honesta

igual

que cuando hace

el amor




después de habernos dado

lo que teníamos

nos lanzamos en un

movimiento perpetuo

movimiento perpetuo

hacia ella

hacia mí

hacia eso que

somos

en una serie

a la que

volvemos

a dar

comienzo



3

yo en ella

ella en el verde

el verde sobre el humus

el aire entre los dos

ambos

como dos laderas

unidas en un vértice

de montañas

en llamas


4


hurgo

y cuando ya no resisto

saber si

está

lista

para mí

lo averiguo


5


tan metido en ella

como en el césped

somos un par de animales

salvo que no nos damos cuenta

de eso

hasta que

volvemos

de ese viaje

y hacemos planes

para las

compras de mañana



6

en medio de la cama

como una lámpara

se defendió

la miré sin dolor

sin saber si tenía razón

la escena era tenebrosa

para ambos

-eso- pensé cuando desperté

lejos de todo dolor, de todo mar

de todo eco

hasta que

volvimos a ser

los de siempre


19

recóndita pierna

guarda

un sitio

no terrestre

donde me guarda ella

y se lleva los secretos

que ni yo conozco

adiós les digo

y me hago a un lado


24

si yo me le plantara por

detrás

y con la paleta dibujara en

su espalda

la misma selva que

veo en sus ojos

no sé qué fuera hoy de la

salud

de ambos



38.    acera


dicen

amor de acera no es

amor

pero no les miento si les

digo que nos

amamos

entre las paredes de un

hotel por horas

de cortinas con elefantitos

rojos y amarillos

con el

felpudo artificial con flecos

jabones pequeños y

música funcional

fuego de una

hoguera medieval

supe que era una

bruja

hechicera

u otra cosa

por todo

pero no me importó



45. pajarera


nos amamos en la

cama como en una

pajarera

por supuesto que

ella sabía cómo

abrir y

echar a

volar de

allí hacia

otro cielo

u otro balcón


46.tapices


en unos tapices

antiquísimos

pude ver escenas de

amantes

me parecieron

fantásticas inverosímiles superfluas

hoy a la gente no le da

tanto

trabajo amarse


50


la aguja que la costurera

enhebra lentamente

y asciende y desciende

y penetra como espada en lo

hondo de una tela

rasga

dibuja un acto

inconcluso un tapiz donde

danzan un friso de

mujeres

solas


Adrián Ferrero



Nací en la ciudad de La Plata, Provincia de Bs. As., en 1970.  Soy Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, con una tesis sobre las poéticas de Angélica Gorodischer y Tununa Mercado. Gané tres becas bianuales de mi Universidad (2000-2006) y un Subsidio para Jóvenes Investigadores en 2005 de la misma Universidad. Me desempeñé durante 10 años como docente universitario en la UN La Plata en dos Facultades. También ejercí en  el nivel secundario y primario, antes. Publiqué los libros Verse (cuentos, 2000), Cantares (poesía, 2005). En carácter de Editor fui responsable de dos libros: Obra crítica de Gustavo Vulcano (Investigación académica, Ediciones de Periodismo y Comunicación, UN La Plata, 2005) y en 2015, la antología de cuentos y textos breves en prosa de escritores argentinos contemporáneos Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (Edulp). Finalmente, Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (Ed. Malisia, 2018). Soy periodista cultural. He colaborado en revistas académicas de EE.UU., Alemania, Francia, España, Israel, Brasil y Chile. Actualmente lo hago con varias de EE.UU. Asisto a congresos académicos de mi especialidad desde 2000 hasta la  actualidad.

E-mail de contacto: adrianmferrero@gmail.com

1 comentario:

Cecilia Gauna dijo...

Adri�n me gustaron much�simo tus poemas de cantares y tambi�n loq eu contas sobre el procedimiento de tu escritura.
En ambos casos, lo que me gust� fuela transparente de vos que asoma en cada frase y sin embargo el misterio sigue ah� vivo para tentarnos una vez m�s.
un abrazo
CECILIA