domingo, noviembre 25, 2007

ADRIÁN FERRERO





Te diría que eso ha ido variando mucho en función de circunstancias autobiográficas y momentos de mi maduración. Cuando era adolescente y vivía con mis viejos escribía a mano, con lapicera y cuaderno. Soy de la generación intermedia, es decir, ni de la máquina de escribir mecánica ni plenamente de la computadora: la de la máquina de escribir eléctrica, una especie de transición donde el texto aún era material, corpóreo, no digital o virtual. Ese no es un dato menor. Por un lado, un texto escrito manualmente o topográficamente no puede ser modificado sin tachaduras, algún tipo de corrector o aclaración marginal. Eso le otorgaba al acto de escribir una importancia que tiene todo lo irrepetible. Además de tipear con mucha velocidad (había tomado cursos muy joven) la máquina de escribir le confería al manuscrito, o al menos eso me parecía a mí en ese momento, mayor seriedad, quizás por su semejanza con la tipografía de un libro o un medio gráfico. Escribía mucho más a mano, por supuesto, de lo que terminaba pasando a máquina. Pasar a máquina suponía un proceso de selección: mucho se pasaba, pero mucho no, y se tiraba, se rompía o se guardaba. Lo interesante es que entre el impulso de escribir (muy primario, elemental, inexplicable siempre) y el pasaje a máquina, mediaba un tiempo, sumado al rito de la revisión y la corrección. Eso le imprimía al cuento o al poema una temporalidad muy particular, que lo sometía a una suerte de espera o de maceración obligatoria, de “penitencia”, donde el texto era puesto a prueba. Pero además ese “rito de pasaje”, en mi caso estuvo ligado a la asistencia sistemática (y muy provechosa) a talleres de escritura creativa coordinados por estupendos escritores y escritoras, donde aprendí muchísimo de oír, ver, leer, estar y también de asistir a las reacciones que mis textos producían en los demás. Era como un laboratorio previo. Jamás había publicado nada, pero eso era como un ensayo, al mismo tiempo que una afirmación en el oficio. Llevar mis textos escritos a mano podía producir malentendidos por una caligrafía difusa y si algo era prioritario para alguien que empezaba a escribir era que lo comunicativo no fallara, al menos en su dimensión más externa. La preocupación por que nada afectara ese vínculo autor/lector o autor/oyentes, que nada interfiriera con el interés por mejorar la calidad de mis manuscritos, era algo que determinaba mi decisión de tipearlos. De modo que ese tránsito de la palabra/dibujo o la palabra/trazo a la palabra/tipografía iba en paralelo con una evolución personal en la que como sujeto me involucré y me comprometí gradualmente cada vez más: de un pasatiempo absoluto, un juego o, incluso, una catarsis, la escritura devino (cronológicamente hablando) un intento de escribir ficción más sistemático y persistente, más ligado a la comprensión de que la escritura sería un largo y laborioso camino y un aprendizaje permanente. Me parece que también fueron muy importantes para mí algunas figuras que primero oyeron mis cuentos: mi padre (profesor en Letras y gran sonetista), los coordinadores y compañeros de los talleres, algunos amigos y amigas, mi mujer (que es una excelente cuentista). Esa etapa en que uno es ignoto y la escritura es ignota para uno es un período productivísimo, porque comienzan a contornearse y delimitarse muchas cosas que serán fundamentales para configurar la identidad. Como además de escribir cursé estudios universitarios en Letras y trabajé en el ámbito universitario, eso nutrió mi experiencia de lector y produjo una serie de tensiones no siempre apacibles, pero que se fueron resolviendo de una manera aceptable.
Cuando me fui a vivir solo la escritura quedó muy supeditada a la jornada laboral (larga e intensa) y el escaso tiempo libre. Trabajaba muchas horas afuera, eso implicaba que los momentos libres los empleara más para descansar, estar con mi compañera y amigos o en leer por placer que para escribir (siempre me gusta más leer que escribir; en el primer caso uno siente que el trabajo ya lo hizo otro para uno, en el segundo no). No obstante, tengo algunos recuerdos de esa etapa donde primaba una vida llena de horarios y de traslados en transportes públicos, por ejemplo un domingo escribí un cuento para niños que quiero mucho que se titula “Una luna para todos” a partir de una frase que Alfredo Alcón dijo contestando a una entrevistas de un diario porteño.
Cuando formé una familia y después nació mi hija Emilia (que ahora tiene seis años) la vida por supuesto se reorganizó en función de esa nueva entrañable habitante, en especial los primeros años en los que un bebé y luego una nena son muy demandantes de tiempo, servicios y afectos, la madre necesita de apoyo y seguridad y en eso soy muy firme: mi prioridad es mi vida afectiva, mi familia, mis amigos. Lo demás viene acompañando, no comanda ni rige mi vida.
Volviendo a tu pregunta, tengo más o menos fechada la incorporación de la computadora, hacia mediados de la década de los noventa. Fue algo muy gradual. Primero asistía a ese aparato y a mágicas sus funciones con mucho recelo. Me parecía como tener un invasor de otro planeta en mi hogar, un intruso. Leía testimonios de autores como uno del escritor español Antonio Muñoz Molina declarando que había perdido una novela extensa terminada por haber apretado un botón que ejecutaba una función que había eliminado el documento. Me pareció terrible, haber trabajado años, y de pronto perder ese tiempo, ese trabajo en un segundo. Al mismo tiempo, para alguien criado en una cultura no digital sino material (nací en 1970), perder ese vínculo tan estrecho con el papel, la tinta, el olor y color de la página, la estética de las tachaduras (en torno de las cuales después surgió esa suerte especialidad del trabajo con manuscritos de escritores con hallazgos tan prodigiosos respecto de la génesis de escritura poética) no lograba seducirme. No obstante, supe que si uno tomaba los recaudos necesarios esas pérdidas podían evitarse: había que aprender a manejar bien el ordenador, guardar y archivar los documentos, utilizar un buen antivirus y actualizarlo en lo posible todos los días. Si se trataba de un manuscrito más o menos definitivo era aconsejable imprimirlo o guardar una copia en disquete, o bien en back up. El asesoramiento de un hermano muy avezado en tecnologías e informática, además de algún técnico de confianza a quien recurrí en algún ataque de desesperación, también reforzó la idea de que no debía negarme a todo lo positivo que parecía aportar la máquina, en especial en lo que hace a los procesos de corrección y reproducción, además de los recursos de INTERNET y de utilización de buscadores o la publicación de textos en la WWW, debidamente preservados. Por supuesto a ello debo sumar el correo electrónico que ha sido capital en mi vida de escritor porque me ha permitido publicar en revistas o editoriales otros países y lenguas, gracias a esas redes.
En la actualidad dispongo de una oficina a la que vengo a trabajar (estudiar, preparar clases, corregir manuscritos y editar libros, supervisar libros que me encomiendan terceros, escribir trabajos de investigación o ficción) y eso ha permitido circunscribir nítidamente el espacio de la vida privada del espacio de la vida profesional, que años antes podían mezclarse, contaminarse y el efecto, al menos en mi caso, no precisamente benéfico.
Con respecto a horas del día, épocas del año, no hay muchas reglas ni pautas. Trato de manejarme con la mayor flexibilidad posible, dando prioridad a mi familia y por supuesto a la vida laboral, y sólo escribo cuando hay algo que estimo de importancia para decir, cuando siento la necesidad de escribir que no recuerdo haber leído ni escrito. Se trata de un síntoma fácil de reconocer para mí: aparece una idea (de argumento o a veces una frase insistente, que se repite o no en la mente, según los casos, pero comienza claramente a recortarse alguna clase de “forma”) siento el deseo imperioso de ponerlo por escrito. A veces lo hago y a veces no. A veces anoto la idea en un cuaderno a mano, si no puedo inmediatamente dedicarme a la escritura creativa. La postergo y no siento ni pena ni rencor ni frustración por no sentarme a hacerlo. Lo vivo más bien como una puesta a prueba a la que someto a esa idea. Si pese a que haya transcurrido algún tiempo aún persiste la necesidad y el deseo de escribirla, eso suele implicar que se trata de un material más o menos relevante para mí. Si no, no.
Me gusta más trabajar de tarde que de mañana, si puedo elegir, pero en tren de hacer ficción no hay un horario fijo ni estipulado. Me sucede muchas veces que se me ocurren ideas para escribir mientras leo a otros autores o autoras, como si dispararan o detonaran alguna zona significativa a la que debo responder como si generaran la respuesta a una demanda o una invitación.
El silencio o la música pueden o no estar. A veces un texto pide el silencio. Eso lo puedo percibir y quiero y debo respetarlo. En ocasiones es a la inversa, pide sonidos, melodías, ritmos, compañía. Pide a Bach o a Chopin, a Haendel o a Miles Davis. En tren de elegir, voces clásicas populares (Sinatra, Fitgerald), evito la lírica (la opera me resulta afectada y tediosa) y disfruto mucho de los fados, la música francesa tradicional, la música catalana (de mis ancestros) o la gallega. Es decir, es imperioso que la música sea o bien instrumental o bien en lengua extranjera, esto es, que no estorbe, que no interfiera en el proceso compositivo de un texto distrayéndome y haciéndome perder la concentración en él. Es cierto que recientemente he escrito poemas a mano, sin más excusas que las meras ganas.
Si escribo hay siempre una bebida a mano. Infusiones (desde la yerba mate hasta una tisana amarga o con miel), agua mineral, jugos frutales. Es cierto que en verano el cuerpo tiende a solicitar (a exigir) bebidas frescas y en invierno calientes. No obstante, mis gustos no son tan lineales como los del almanaque, sino tornadizos, dicho sea de paso a partir del influjo del efecto invernadero.
El silencio (aunque haya música) es primordial. El texto mismo lo pide para escribirse sobre él. Es una suerte de predisposición interna en la cual mi mente debe estar serena, atendiendo a la tarea.
También en este caso no hay una norma que se repita de manera estable. Cuando escribí mi novela (inédita) París 1949, investigué mucho sobre la Segunda Guerra Mundial, Francia, el existencialismo, leí muchísimo material literario y ensayístico (de Herbert Lotman, Julia Kristeva, entre otros) y eso fue como una suerte de documentación que permitió “reconstruir” lo que Pierre Bourdieu llamaría el campo intelectual de la época. No obstante, eso sucedió en 1997 (empecé a escribir la novela en febrero y la terminé en septiembre de ese año). En los cuentos y poemas el comportamiento fue por completo distinto. No me interesa ser fiel a un supuesto referente histórico (porque en general es ese supuesto verosímil es una construcción tan ficticia y arbitraria como un cuento fantástico). Es muy raro que trabaje a partir de referentes históricos de existencia constatable. Me gustan más bien los textos no intertextuales, literariamente autónomos (por más que siempre escribimos a partir de una o varias tradiciones) y en lo posible me atengo a lo que ese texto me solicita o me pide. Cada texto impone una temporalidad (de ser concebido, redactado, en su modo de aflorar lentamente al mundo), donde incluyo la corrección ulterior. Es muy raro que haga planes. Más bien anoto ideas, muy vagas, sin detalles, no estructuras ni esquemas formales. Las ideas están más ligadas a de qué va a tratar un texto o a lo sumo de alguna frase que va a incluir, a algún personaje que en algún tramo de su totalidad aparecerá.
La corrección me parece un componente de la escritura, no una instancia posterior. La integro entonces como un momento ulterior a la primera redacción, a la que pueden seguir varias correcciones más. Si puedo dejo descansar el texto, un período que puede variar mucho. Me parece que corregir un texto le da más consistencia, más solidez, por supuesto evita redundancias o errores de escritura que pueden deslizarse involuntariamente al escribir (imperceptibles en la primera versión), pero también lo que yo llamaría el sonido del texto o su temperatura. Me refiero a la capacidad de verlo como totalidad, ya desprendido de uno, de asistir a ese texto desde otros sitios, nos sólo desde el inmediato de la producción. Esa idea de perspectiva la da o la otorga la distancia del tiempo transcurre entre la primera versión y el momento que se elige para retomarlo.
Me gustaría, por otro lado, mencionar que me ha ocurrido alguna vez o le ha ocurrido a algún amigo mío (recuerdo haberlo charlado) que uno corrige de más, es decir, se excede en la corrección, como si sobre corrigiera. Y eso produce un efecto paradojal, de saturación o de control excesivo del material lingüístico que termina por boicotear la obra. Elimina su espontaneidad o bien adorna la sintaxis a un punto tal que empalaga, como si en la gastronomía se abusara de algún ingrediente como la sal o el azúcar, que ya no tiene vuelta atrás ni reparación si uno no los administró con sabiduría. La única forma de salvar el texto es la reescritura, volver a comenzar de cero. Al menos esa es mi experiencia. Mi idea de la corrección consiste más bien en una suerte de praxis regida por una búsqueda de economía que pretende eliminar, elidir, sugerir, decir de menos. Me parece que decir de más siempre juega en contra a una persona o a un texto. Hay que decir lo justo o un poco menos, porque eso le permite al lector cubrir esos vacíos con sus propias hipótesis.
Por supuesto hay estupendos textos y películas que trabajan a través del exceso, la hipérbole, el pleonasmo, la redundancia, la repetición. No es la línea que a mí me interesa trabajar, por lo menos en este momento.
Una vez más lamento decepcionar a quienes esperan encontrar algún tipo de ley o regularidad. La pauta la da el texto, cada texto es diferente, uno mismo es diferente y cada día es diferente. De modo que sólo podría afirmar taxativamente que por ejemplo en la poesía además de leer lo que escribo estoy muy atento a la musicalidad, al sonido, al modo en que los versos se encabalgan (en la prosa menos), lo pictórico, la forma que el texto se despliega en la hoja adoptando formas perceptibles desde lo visual (véase el caso paradigmático de Apollinaire u Oliverio Girando), rasgo o recurso que puede o no ser explotado. En la prosa, en general, y me refiero a los cuentos porque en la novela tengo muy escasa experiencia de escritura y no deseo repetirla, al menos por el momento (es demasiado absorbente y desalentadora), me sucede que escribo el texto como si las palabras se fueran acomodando a un cauce ya previsto, en algún lugar asignado por mi mente, vislumbrado como idea o como forma. Es decididamente más sencillo para mí, además de menos desasosegante la escritura de prosa que de poesía. Por lo demás, me parece que un escritor debe ante todo preservarse y poner en práctica elementos, recursos, juegos, saludables para él, que lo conecten con zonas vitales. En mi caso, el humor, el trabajo con la imaginación y lo fantástico, a veces incluso lo épico, son decididamente alentadores, me gratifican, me nutren. Leo muchísima literatura infantil, que el teatrista Hugo Midón propone denominar, muy acertadamente, “apta para todo público”. También me gusta mucho leer teatro, guiones de cine y de miniseries, libros de entrevistas (de los que se aprende muchísimo) y ensayos de escritores más que de universitarios.
Admiro muchísimo las respectivas prosa de Italo Calvino y de Clarice Lispector. Entre mis poetas, Juan L. Ortiz y Juan Gelman.

Sensación talco
El talco se desliza seco sobre mi cuerpo. La sensación es una especie de frío o de aspereza en la piel, que me pone la piel llena de granitos diminutos. Algunos la llaman “piel de gallina” y otros “piel de gallo”. El talco es un polvo. Mi piel no. Mi piel es algo húmedo, oleaginoso, maleable, tibio o fresco. Se deteriora y sé que demora unos tres meses en renovarse por completo. Pero cuando me pongo talco en las manos para después desplegarlo a los pies o a las piernas, siento una náusea. La náusea se manifiesta como un irisarse de la piel, que se agrieta o se pliega. El talco la conquista en algunos sectores y se apodera de ella. Yo me resisto. Me paso una toalla por el lugar donde está el talco y me limpio. Me arrepiento de haberme puesto talco y procedo de un modo convulsivo a quitármelo, como si me quemara o me mordiera como un insecto. Siento que en cualquier momento mi piel se va a resquebrajar. Es la sequía y el humo del talco. Cuerpo desierto que lo rechaza.
Me mojo las manos para sacarme los residuos del talco que quedaron en las palmas y los dedos. Se forma entonces como una arcilla blanda y blancuzca llena de grumos. Sobre esa palma trazo dibujitos. A veces hago un redondel. Otras una línea o un plano. Salgo de la náusea. Estoy mojado. La humedad me hace salir de la náusea. La humedad es lo opuesto al talco, que es desierto y arenoso. La humedad me restituye a mi vivir sin talco.
Cuando me pongo talco en los pies la náusea es más intensa. Los dedos se doblegan, se hinchan, se desplazan. Los espacios intersticiales entre las falanges y los metatarsos se apartan. En ese resquicio penetra el talco y allí anida. Pero lo peor es cuando me froto los pies con las manos para extender el talco. Los dientes me rechinan, como si mordiera un carozo de aceituna (similar sensación) y la náusea vuelve. Muevo los dedos blancos de talco y el talco vuela alrededor formando una nube espesa. Una atmósfera-talco que permanece intacta por unos instantes formando un anillo. Al talco lo siento en las quijadas.
Nunca pude entender a la gente que ama el talco. A mí me consterna, es una verdadera penuria. He visto a muchos miembros de mi familia embadurnarse de talco y sonreír con ese tacto. Esa sensación-talco es ártica y funesta. Anuncia cosas feas y malditas. Sequías. Grietas. Huecos. Minúsculas partículas que flotan y que van a parar a mis fosas nasales. Respiro el talco sin quererlo y respiro porquerías. Porque seguro que el talco penetra en los pulmones y los ensucia más que el cigarrillo. Mi nariz cuela el talco y lo mantiene ensartado en los segmentos del sistema respiratorio. En los alvéolos.
Morder talco es lo peor que le puede pasar a un hombre. Es como morder el polvo. La peor tortura que podría alguien infligirme es hacerme comer talco, probar con el dedo lleno de talco. Mi boca reseca se convulsionaría en una náusea profunda y liquidada. El espasmo sería un corcovear de mi espalda. Recuerdo los juegos en los cumpleaños en los que escondían caramelos y chocolatines en un plato con talco. Los cubrían y había que pescarlos con la boca. Ese era para mí un juego espantoso, porque me espantaba hacerlo. Sentía el talco en mi boca y todo se empastaba. La boca pastosa. La lengua pastosa. La garganta pastosa.
Dicen que el talco es algo higiénico. Para mí, en cambio, el talco es algo sucio. Ese polvo me reseca y me quema. Me ensucia. Me mancha. Ya no quedo intacto después de haberme puesto talco. Yo ya no soy yo. Soy otro plagado de una sustancia arcillosa. Me pongo talco y me tengo que abrigar porque la piel se contrae como la de un bicho de gallinero. Y entre esas excrecencias que forma la piel el talco se enquista. Nada puede sacarlo de allí. Ni otra ducha. Ni un lienzo. Ni yo mismo frotándolo. Porque cuanto más lo froto más se adhiere.
Lo mismo me ocurre con el almidón de maíz o con la harina o con el hollín. Tal vez sea ese costado minúsculo o impalpable de las sustancias que acabo de enumerar. Algo que no puedo mensurar, ni agarrar, ni guardar, ni sujetar, ni apropiarme ni esconder. Todo eso se adueña de mí, me posee, me toma y se apodera de mi cuerpo. El problema es el contacto. Verlo no me produce el menor trauma. Pero es tocarlo que ya algo violento hace que yo sucumba a esa sensación-talco. Me siento desfallecer, temblar, aterrorizar y agonizar. Mi cuerpo agoniza con ese tacto.
Cuando voy viajando en auto por un camino de tierra la sensación se exacerba. El polvo vuela, entra por las ventanillas abiertas, se me pega a la piel, me ensucia la boca de una manera inconsulta. Se adueña de mí la sensación-talco. Toco el asiento y me embadurno todos los dedos con el polvillo y lo respiro. Allí vuelve la náusea.
El talco es una suma de partículas minúsculas. Yo también soy una suma de partículas minúsculas. Yo soy un montón de células. En cada una de mis células se ensarta una partícula de talco. Un pedacito de talco por un pedacito de cuerpo.
El talco es algo microscópico. Yo también soy algo microscópico. Pero para darse cuenta de que uno es algo microscópico hay que mirarse a través de la lente de un microscopio. De otra manera somos algo grande y palpable. O mirar el ancho mundo. Pero cada uno de nosotros también es algo que no se puede palpar. Azúcar impalpable. Células impalpables. Costado de un cuerpo que se mira pero no se ve. Como el talco. Salvo una tarde de sol, con mucha luz, con un rayo de sol que atraviesa el living y me deja ver que estoy rodeado, que el talco ha cundido y flota, flota, en torno, como el mismo aire. Y es inofensivo. Y es terrible. Como yo.

POEMAS DEL LIBRO "CANTARES"

1
a veces me gustaría vivir
en los sueños
en los sueños
la gente es tan
desesperadamente honesta
igual
que cuando hace
el amor
2
después de habernos dado
lo que teníamos
nos lanzamos en un
movimiento perpetuo
movimiento perpetuo
hacia ella
hacia mí
hacia eso que
somos
en una serie
a la que
volvemos
a dar
comienzo
3
yo en ella
ella en el verde
el verde sobre el humus
el aire entre los dos
ambos
como dos laderas
unidas en un vértice
de montañas
en llamas
4
hurgo
y cuando ya no resisto
saber si
está
lista
para mí
lo averiguo
5
tan metido en ella
como en el césped
somos un par de animales
salvo que no nos damos cuenta
de eso
hasta que
volvemos
de ese viaje
y hacemos planes
para las
compras de mañana

6
en medio de la cama
como una lámpara
se defendió
la miré sin dolor
sin saber si tenía razón
la escena era tenebrosa
para ambos
-eso- pensé cuando desperté
lejos de todo dolor, de todo mar
de todo eco
hasta que
volvimos a ser
los de siempre
19
recóndita pierna
guarda
un sitio
no terrestre
donde me guarda ella
y se lleva los secretos
que ni yo conozco
adiós les digo
y me hago a un lado
24
si yo me le plantara por
detrás
y con la paleta dibujara en
su espalda
la misma selva que
veo en sus ojos
no sé qué fuera hoy de la
salud
de ambos

38. acera
dicen
amor de acera no es
amor
pero no les miento si les
digo que nos
amamos
entre las paredes de un
hotel por horas
de cortinas con elefantitos
rojos y amarillos
con el
felpudo artificial con flecos
jabones pequeños y
música funcional
fuego de una
hoguera medieval
supe que era una
bruja
hechicera
u otra cosa
por todo
pero no me importó

45. pajarera
nos amamos en la
cama como en una
pajarera
por supuesto que
ella sabía cómo
abrir y
echar a
volar de
allí hacia
otro cielo
u otro balcón
46.tapices
en unos tapices
antiquísimos
pude ver escenas de
amantes
me parecieron
fantásticas inverosímiles superfluas
hoy a la gente no le da
tanto
trabajo amarse
50
la aguja que la costurera
enhebra lentamente
y asciende y desciende
y penetra como espada en lo
hondo de una tela
rasga
dibuja un acto
inconcluso un tapiz donde
danzan un friso de
mujeres
solas
Adrián Ferrero
Adrián Ferrero nació en la ciudad de La Plata, República Argentina, en 1970. Se graduó como Profesor y Licenciado en Letras en la Universidad Nacional de La Plata, con una tesis sobre la representación del autoritarismo en la obra de Angélica Gorodischer. Se ha visto beneficiado con tres becas bianuales y por un Subsidio para Jóvenes Investigadores en 2005 de su Universidad. Desde 2005 cursa su Doctorado en Letras en la UN La Plata, investigando sobre las poéticas de las escritoras argentinas Angélica Gorodischer y Tununa Mercado. Desde 1999 hasta la actualidad se desempeña como docente universitario en la UN La Plata. Disertante invitado a la Université de Toulouse-Le Mirail (Francia) en marzo de 2006, ha asistido en carácter de expositor a alrededor de treinta congresos nacionales e internacionales. Editó los libros Verse (cuentos, 2000, Ediciones Al Margen, Prólogo de Angelica Gorodischer), Cantares (poemas, Editorial de la Universidad Nacional de La Plata, Prólogo de Mario Goloboff) y en carácter de Editor fue responsable del volumen Obra crítica de Gustavo Vulcano (Ediciones de Periodismo y Comunicación, U.N.L.P., 2005). Ha participado con artículos en volúmenes colectivos y ha publicado trabajos académicos en revistas especializadas de U.S.A., Francia, Alemania y España. Cuentos suyos fueron aparecieron en antologías colectivas en su país y en revistas de U.S.A.
Ha sido traducido al inglés y publicado por Small Beer Press (New York & Boston, U.S.A.). Ejerció el periodismo cultural en diarios y revistas de su país. Ha escrito obras de teatro y cuentos para niños, algunos de los cuales fueron publicados. Desde 2000 es co-editor de la revista digital de escritura creativa Diagonautas (www.diagonautas.com.ar). Tomó cursos de escritura creativa con Leopoldo Brizuela, Gabriel Báñez y Graciela Falbo. Obtuvo distinciones en concursos nacionales por algunos de sus cuentos. Prepara una muestra colectiva interdisciplinaria para 2008.
E-mail de contacto: ferreroadrian@yahoo.com.ar

1 comentario:

Cecilia Gauna dijo...

Adri�n me gustaron much�simo tus poemas de cantares y tambi�n loq eu contas sobre el procedimiento de tu escritura.
En ambos casos, lo que me gust� fuela transparente de vos que asoma en cada frase y sin embargo el misterio sigue ah� vivo para tentarnos una vez m�s.
un abrazo
CECILIA